17 abril 1997

El presidente del Congreso, Federico Trillo, exclama «¡Manda huevos!» con el micrófono encendido por el texto engorroso de una enmienda que debía leer

Hechos

El 17 de abril de 1997 la expresión ‘manda huevos’ pronunciada por D. Federico Trillo se escuchó por todo el hemiciclo al tener este, por error, el micrófono encendido.

Lecturas

El texto que debía leer que le llevó a esa expresión: ««Rúbrica de la disposición transitoria segunda. Se suprime la referencia a las tarifas de conexión para desarrollar el contenido resultante de la tramitación previa en el Congreso de los Diputados. Por último, también por razones de técnica legislativa, una disposición derogatoria que prevé expresamente la abrogación del Real Decreto Ley del que trajo origen este Decreto Ley».

19 Abril 1997

«Manda huevos»

Francisco Umbral

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El presidente de las Cortes, don Federico Trillo, después de haber leído obligatoriamente un complicado y mal redactado papel judicial, muy largo, al hemiciclo, arrojó los folios lejos de sí y se explayó:

-¡Manda huevos…!

Muchos diputados lo oyeron y todos los periódicos lo han contado. En persona tan moderada y controlada como el señor Trillo, a uno le parece saludable este desahogo. Para eso están los tacos en castellano, para despejar verbalmente la cólera del español sentado. Si los políticos soltasen más tacos por el micrófono la hora nacional no estaría tan crispada. Pero observen ustedes que Trillo no dijo «manda cojones», que es lo habitual entre españoles, porque los «cojones» son los genitales, y por tanto zona pecaminosa, aunque Trillo tenga varios hijos por lo legal, mientras que los huevos pueden ser de gallina o de avestruz, no aluden sino metafóricamente a lo genital. Así y todo, después de que el jubilata Jon Idigoras dijera aquello de que España «quite sus sucias manos de Euskadi», yo no había oído nada tan fuerte en esa tribuna como el «manda huevos» de un señor del Opus. Esto nos vuelve simpático al presidente de las Cortes y le hace a uno pensar, por otra parte, que no sólo se debió el exabrupto al cansancio de una lectura fatigosa y seguramente inútil, sino que toda la política nacional manda huevos.

Otro taco histórico que debe recordar todo buen cronista de Cortes, como Víctor Márquez Reviriego (que ahora presenta su libro de crónicas parlamentarias de fino humor), es el de Tejero, «Se sienten, coño», que a mí no me molestaba tanto por el coño como por la sintaxis cuartelera del guardia civil, ese desastroso y popular «se sienten», soportado en una noche de crimen y blasfemia.

Romanones, siendo presidente del Gobierno, y coñón como todos los cojos, se había presentado a la Academia, ya saben, invitado prácticamente por los académicos. No obtuvo ni un voto: «¡Joder qué tropa!», exclamó el presidente, y este joder ha pasado a la Historia. Es toda una glosa sintética y expresiva de la institución. Queda en nuestra memoria colectiva con otra exclamación de gran fortuna,

«¡Qué país, Miquelarena!», hallazgo y ritornello de don Pedro Mourlane-Michelena, aquel genio de café, conversando con Jacinto Miquelarena, otro gran prosista de la Falange. A esta exclamación de don Pedro se ve que le falta un taco, aunque en realidad lo lleva implícito, porque la cosa quedaría mejor así: «Joder qué país, Miquelarena». Luego Forges llegaría a sintetizar el dicho hasta un magistral y lacónico «¡País!». Camilo José Cela, en su Diccionario secreto, ha dejado testimonio de la riqueza y abundancia con que nuestros clásicos y románticos utilizan el taco, la palabra fea (a veces tan bella), obscena, blasfematoria o pornográfica, como que todo eso constituye una zona vedada, fértil y aristopopular del habla de aquí.

Entre el buen pueblo de Madrid, cuando alguien lanza un «joder» exclamativo e indignado, generalmente contra Aznar o Felipe, siempre hay otro más manso y sabio que le contesta: «No joder, jodamos, que todos somos hermanos». En mi libro La Derechona doy un ensayo sobre el complejo de derecha, pero ahora hay un complejo de izquierda que lleva a los rojos y sociatas a hablar fino y suprimir el taco, pues la izquierda tiene que dar ejemplo y probar a la burguesía que somos gente ilustrada y no follamos abadesas. Pero un rojo sin tacos queda tan cursi como Aznarín de explorador en Doñana, todo a estrenar, o Glez. de cazadora en Ferraz, como cuando era yeyé.

19 Abril 1997

Sepultureros del castellano

Raúl del Pozo

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El castellano sigue amenazado; lo devoran no sólo las minorías nacionalistas y linguísticas; sino el Congreso de la nación. Hablar con corrección debiera ser la cortesía del diputado; pero la cámara de la carrera de San Jerónimo se ha convertido en una cripta donde se entierra cada día la lengua castellana. Los sepultureros son una veces políticos y obispos catalanes, y otras, diputados de llave y tarjeta, cuneros, juristas refalsados, ideólogos de nonadas; toda suerte de cursis, pedantes y analfabetos que redactan engendros como éste: «Rúbrica de la disposición transitoria segunda. Se suprime la referencia a las tarifas de conexión para desarrollar el contenido resultante de la tramitación previa». Ante el galimatías, que denota la oscuridad y confusión de las ideas, no se puede hacer otra cosa que soltar un taco; es lo que hizo Federico Trillo, cuando dijo por los altavoces del hemiciclo: «Manda huevos». Ya han avisado los hombres cultos, desde Lázaro Carreter a Luis María Cazorla que los neologismos, tecnicismos, extranjerismos, barbarismos, vicios léxicos y sintácticos han invadido el Parlamento; la palabrotas infames -tema, puntual, dimensionamiento, asumir, status, posicionamiento, publicitar, desdramatizar- salen de las laringes de sus señorías sin que nadie lo remedie; una jerga de mal desbaratado ingenio, pretenciosa y críptica se ha apoderado del Parlamento. Tal es la perversión política, tal su lenguaje. Ya era hora de que alguien hablara desde la calle, aunque no usara una expresión puramente castellana, sino un galleguismo recriado. El presidente del Congreso empleó la palabra, huevos, como sinónimo de testículos y no cometió disparate alguno. Utilizó una palabra culta, sonora, expresiva que se emplea desde Gonzalo de Berceo a Umbral, pasando por Quevedo.

Camilo José Cela en su Diccionario erótico cita una copla del folclore anticlerical:

«Dicen que se rompió un huevo / el cura joven de Chiva. / Le está muy empleado / por joder en una silla».

La palabrota la emplea Pío Baroja al contar que los Cervera eran bravucones: «Pusieron en la fachada del convento un letrero, formado con huevos sujetos con bramante, que decía:

«»Estos huevos que aquí veis / por cortedad los ponemos, / que otros más gordos tenemos»…».

Tejero dijo «coño» en el Congreso, pero Tejero era un golpista y su vocablo olía a rancho de cuartel. Desde don Estanislao Figueras, primer presidente de la República española, ningún demócrata había soltado un taco tan rotundo como el que anteayer soltó Federico Trillo. Don Estanislao, hombre refinadÍsimo, tolerante, gran jurista, un día que presidía el Consejo de Ministros, dijo en catalán: «Señores, no me puedo aguantar más. Les voy a ser franco ¡estoy hasta los cojones de todos nosotros!». Sólo un error de la megafonía ha logrado que entraran al Congreso de los Diputados los vocablos de la calle, el idioma vulgar, el de los comunes; digo vulgar para decir vivo y moderno, en contraposición a la lengua degradada o muerta; digo común en el sentido que se usa en Inglaterra para denominar la Cámara baja.

El Análisis

DOS PALABRAS

JF Lamata

Federico Trillo sustituía como presidente del congreso a Félix Pons que, elegido en 1986, había aguantado tres legislaturas al frente de la cámara baja.

Trillo sólo estaría una. Era el primer presidente del Congreso de los Diputados del Partido Popular, el primero que debía enfrentarse a un candidato alternativo apoyado por PSOE e IU desde los tiempos de Landelino Lavilla y al que le tocaría afrontar momentos relevantes en la historia política del país, en un periodo de pactos PP-CiU.

Sin embargo lo que más se recordaría de su etapa como presidente serían dos palabras: «Manda huevos».

Cosas que tiene la política. En 2000 fue sustituido por Luisa Fernanda Rudi. 

J. F. Lamata