25 mayo 1993

El debate se celebró en la cadena privada ANTENA 3 TV de Antonio Asensio, con Manuel Campo Vidal de moderador, ante la negativa del PP de celebrar el debate en TVE por considerarla una cadena pro-PSOE

El primer debate electoral entre candidatos a la presidencia da la victoria a José María Aznar (PP) frente a Felipe González (PSOE)

Hechos

El 24.05.1993 la cadena ANTENA 3 TV emitió un debate entre D. José María Aznar y D. Felipe González.

Lecturas

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El debate en ANTENA 3 TV moderado por D. Manuel Campo Vidal tuvo un amplio seguimiento en medios de comunicación. Y es sólo una primera parte, se prevee un segundo debate dentro de una semana en TELECINCO.

LOS COMENTARIOS

Gabilondo_Ser_2004  «Queda la duda de si el desganado González puede presentarse con mejores argumentos el lunes. A lo mejor, Felipe González, va mejor preparado al segundo asalto» (D. Iñaki Gabilondo, Cadena SER, el 24-05-1993).

antonio_herrero_cope  «Sea cual sea el resultado electoral, ya nadie podrá decir que este personaje, Aznar, carece de madera de líder» (D. Antonio Herrero, Cadena COPE, el 24-05-1993)

25 Mayo 1993

Demasiado verde, demasiado maduro

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

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El más esperado de los debates apenas servirá para despejar las dudas de quienes, según los sondeos, depende el signo del próximo Gobierno. El aspirante Aznar demostró haberse estudiado bien la primera lección, la de la denuncia de los fracasos e incumplimientos en materia económica, pero estuvo absolutamente impreciso en la segunda, la de las propuestas alternativas a lo denunciado, que es la que más se esperaba de un debate cara a cara. Y Felipe González, que sacó ventaja de su superior experiencia en terrenos como la política exterior o las propuestas de contenido social, no fue, sin embargo, capaz de deslizar un mensaje tranquilizador para los que sólo volverán a votarle si son convencidos de la sinceridad del propósito de la enmienda de los socialistas. Si se prescinde de las cuestiones de estilo, tan subjetivas, el debate puede considerarse, con todo, un ensayo positivo: el intercambio de opiniones fue civilizado, sin las descalificaciones que suelen oírse en los mítines ni la crispación que a veces han transmitido las discusiones, parlamentarias entre estos dos hombres tan diferentes.La diferencia de estilos y talantes es ciertamente notable. El aplicado Aznar, esforzado pero repetitivo, no se separó ni un milímetro del guión, y su discurso fue el que ha venido deslizando desde que la crisis económica dio credibilidad a sus denuncias de piñón fijo. La retahíla: paro-corrupción-despilfarro tiene la eficacia de que permite a los descontentos identificar una causa -y un responsable: González- de sus desgracias. Pero tendría mucha mayor credibilidad si fuera seguida por algún atisbo de alternativa que fuera más allá de las frases de diseño. Por lo demás, si es cierto que jugaba con la ventaja del que está inédito, también lo es que la supo aprovechar en la primera parte del debate, en la que consiguió hostigar a González haciéndole ver el contraste entre las promesas y los hechos. Desde el comienzo se vio que el interés del conservador era centrar el balance en la legislatura, y el de su contrincante, el de ampliar el arco al conjunto de la década. Ello ya supone un reconocimiento implícito de fracaso, pero, acosado por el otro, no se atrevió, excepto en el alegato final, a hacerlo explícito. Y sin embargo, ello no habría perjudicado, sino todo lo contrario, la credibilidad del mensaje que muchos esperaban oír: sin reconocimiento de errores es difícil que alguien se haga perdonar.

De manera hasta cierto punto simétrica, a los diseñadores del mensaje de Aznar también se les escapó el detalle de que aquellos cuyos votos pueden darle la victoria votaron anteriormente a Felipe González, y que por grande que sea su desencanto, encontrarían mezquina la obstinación del aspirante en negar cualquier mérito a quien algunos ha adquirido en los 10 años que lleva gobernando. Donde peor lo tenía González era en el capítulo de la corrupción. Su propuesta de creación de una comisión de investigación sobre la financiación de los partidos es más una amenaza que otra cosa, pero se fundamenta en la evidencia de que irregularidades las ha habido en todas las formaciones; el detalle de que vaya a ser presidida por Baltasar Garzón fue la única novedad de la noche.

La principal baza de Aznar frente a esa y otras propuestas de González se resume en la pregunta: si es, tan necesario hacerlo, ¿por qué no lo hizo cuando su mayoría se lo permitía? La defensa de González fue apelar a la experiencia de la gestión de los populares en las comunidades que gobierna y, sobre todo, emplazar a Aznar a explicar qué haría él para resolver los males que había ido denunciando.

Ahí se vieron las debilidades del aspirante, que penetraron como un boquete en el aire del debate, mientras que su rival se crecía, sobre todo porque enseguida se pasó a la política exterior, terreno que domina, y en el que fue Aznar el acorralado cuando fue emplazado a decir si había o no calificado de «pedigüeña» la actitud de la delegación española en la cumbre de Edimburgo. En los alegatos finales, la parte más construida de los discursos respectivos, ambos recordaron que debían intentar convencer a quienes no lo estuvieran por adelantado; Aznar dijo que no quería cambiarlo todo, y González, que sólo el que actúa se equivoca: fueron los dos mensajes principales de la velada.

25 Mayo 1993

David venció a Goliat

ABC (Director: Luis María Anson)

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Han tenido que transcurrir dos elecciones y que las encuestas dieran cifras favorables al candidato del PP para que Felipe González se haya visto obligado a bajar del Olimpo y aceptar un debate audiovisual en el que los ciudadanos españoles han podido enriquecer su juicio con un instrumento que forma parte del arsenal normal de las democracias modernas. Si no hubieran tenido otra virtud, los debates de las ‘privadas’ hubieran resultado por sí mismos útiles para poner de manifiesto los niveles de falseamiento de la realidad, sectarismo y manipulación alcanzados por la apropiación indebida de los medios mal llamados públicos cuando se encuentran en la actualidad brutalmente expropiados, a la mayor gloria y servicio del régimen felipista. Hay que felicitar a Campo Vidal – como habrá que hacerlo previsiblemente a Mariñas la próxima semana si consigue imponer su autoridad como el moderador de ANTENA 3 lo hizo anoche – no sólo por el éxito profesional que han aportado a sus cadenas, sino por el ejercicio de salud democrática que supone la implícita denuncia de nula credibilidad de los sistemas públicos de comunicación.

En principio, el debate de la noche de ayer parecía plantearse en los proverbiales términos de Goliat, frente a David. La diferencia de edad y de experiencia, unidas al reconocimiento de las excelentes capacidades de comunicador del candidato socialista, González – esa mezcla de ‘tartante de feria de mulas, voceador de tómbola rural y trilero urbano, según la espléndida definición del filósofo Albiac – frente al laconismo poco expresivo de José María Aznar hacían presagiar un combate desigual. Pero como en el remoto precedente bíblico, David-Aznar hizo caer por los suelos a Goliat-González ante la mirada, quizá sorprendida, de millones de españoles.

González hizo gala de sus acreditados recursos, pero delató el efecto letal inexorable de su dilatada permanencia en el poder y demostró una lejanía casi sideral de los ruidos de la calle. Ensayó una y otra vez la explotación de los éxitos de su década de mandato, moviéndose en la atmósfera gaseosa del progresismo, la modernización, los horizontes del 97, la ambición europea y otras abstracciones, muy lejanas de los problemas e inquietudes ciudadanos concretos. Y muy propiciadas, también, para apropiarse indebidamente de los éxitos de la transición, de la Restauración democrática, del esfuerzo colectivo histórico de los españoles por la reconciliación nacional, mucho más entorpecido que propiciado por la posición rupturista del PSOE de la época.

Una y otra vez, Aznar pretendía introducir la brisa de la realidad – paro, corrupción, inseguridad, droga – en la atmósfera del estudio y González intentaba ahuyentarla mediante la apelación grandilocuente al circunloquio. Sólo en los territorios de la política exterior se desenvolvía González con desahogo y comodidad. Pero en cuanto el diálogo planeaba sobre los ámbitos más próximos – el cierre de empresas, la destrucción de empleo, las listas de espera, el precio de las viviendas – González, naufragaba ante la contundencia de la argumentación de Aznar, auxiliado sólo por el peso incontestable de las cifras. Frente a la demagogia felipista de la insinuación fronteriza en ocasiones a la difamación como en las alusiones a las vicisitudes parlamentarias de la ley represora, del blanqueo de dinero, Aznar apeló a los hechos concretos y González mintió con naturalidad.

Es imposible especular sobre la eventual incidencia del debate de los españoles. Nos tememos que exista una coincidencia casi cabal entre la voluminosa audiencia del debate y el mayoritario sector de población que tiene ya decidido el sentido de su voto. Unos y otros encontrarán en la confrontación televisiva razones para corroborarse en su decisión previa.

Pero algunas cosas han debido quedar suficientemente clara para el lector indeciso. Durante años, González ha intentado afirmar su opción personal neocaudillista de poder, sobre el argumento de la inexistencia de alternativa. Anoche quedó claro que la alternativa existe y no se sostiene sólo en el ejercicio de la oposición, sino en la capacidad de la propuesta.

Anoche se pusieron en evidencia dos certidumbres, escasamente polémicas para cuantos asistieran al debate desde la imparcialidad. Por una parte, la manifiesta pérdida de costumbre de González para someterse a una confrontación sin condiciones de ventaja. El legítimo privilegio parlamentario de hacer uso de la palabra sin límite de tiempo; su escandaloso absentismo de las tareas del Congreso y el abuso vicioso de las comparecencias televisivas a la medida con complacientes periodistas de cámara, han mermado a González reflejos y capacidades de repentización. La muelle permanencia en el poder ha puesto obesidad en su retórica y parece incapaz de ajustarse a la síntesis propia de la cultura audiovisual. Ha debido estar rodeado de adulación, porque cuando Aznar le interpelaba con severidad, parecía expresar auténtico estupor. Sólo le faltó recurrir al tradicional: ¿Sabe usted con quién está hablando?

La otra evidencia es la asombrosa maduración de un Aznar que resultaría irreconocible para quien sólo tuviera de él la noticia e imagen de la TV pública. La seguridad, la firmeza y la claridad de ideas que transmitió el líder popular nada tiene que ver con la caricatura con la que se ha pretendido desfigurarle. Sus ideas y programas podrán convencer o no, pero su liderazgo nada tiene de artificial ni de delegado. Aznar dio, y con creces, la talla que se debe exigir a un presidente de Gobierno.

González no puede pretender apelar a la renovación de la confianza sin dar cuentas ni someter a escrutinio su gestión. Cuatro latiguillos retóricos mejor o peor urdidos, no neutralizan la atroz realidad de 3.350.000 parados. González no puede presentarse como inédito y hacer oposición de la oposición o recurrir a chascarrillos casi grotescos con la servidumbre de los últimos cuatro años lamentablemente perdidos. González no puede tomar el pelo a los españoles asegurando que ha contratado a Garzón para que presida un comité de investigación sobre la corrupción. Once años, ciertamente, son muchos. Quince serían intolerables, y el González de anoche dio cumplidas muestras de las poderosas razones que asisten a los españoles para agradecerle cumplidamente los servicios prestados.

25 Mayo 1993

Sentadito

Francisco Umbral

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Estuvieron sentaditos, contra la norma de ANTENA 3 en estos debates, porque el señor Aznar no quería desmerecer de tamaño frente a González. A cambio de esto, González tuvo el privilegio de cerrar el acto. Sentaditos y bastante formales. Aznar venía en plan agresivo, dispuesto a buscar el cuerpo a cuerpo, y González lo trató en todo momento con distanciamiento, casi con indiferencia, lo cual dio como resultado un púgil joven y malicioso frente a un veterano remoto e incluso cansado (había dormido sólo seis horas la noche anterior). Aznar ha aprendido mucho en política, pero sobre todo en la mala política, en la que no hay que hacer, en la insinuación, la interrupción y el golpe bajo. Lo de Aznar con la política es como si uno principiase a estudiar gramática por la gramática parda. Mezcló datos falsos con los verdaderos, interrumpió, mareó la perdiz, tuvo una bulliciosa actuación parlamentaria, sudó la camiseta, pero no hizo jamás un discurso electoral definitivo y ofertivo, aunque su adversario se lo rogó repetidamente. González, ya digo, acusaba triples cansancios: el puramente físico, el cansancio de tener que discutir con un señor al que desprecia y el cansancio histórico de tener que escuchar lo que ya sabe o no le importa. De modo que estuvo también como en Las Cortes. Debates como éste se los hemos visto a ambos muchas veces en el Parlamento. Ninguno de los dos estuvo a la altura de un debate electoral decisivo, quizá porque para las elecciones sólo saben echar mítines. Como si hubieran olvidado que se estaban jugando el puesto. Los debates presidenciales norteamericanos, de que tanto hablaron previamente los locutores, son mucho más duros, crudos, decisorios y, sobre todo irónicos. Ninguno de estos dos señores sentaditos tenía sentido del humor. No lo tienen. FG estuvo en presidente, por más que se dejase llamar candidato, y Aznar estuvo en la más alegre barricada de la oposición, pero no opositando a primer ministro. Cada uno dijo sus verdades y sus mentiras, las que ya se les conocen, y González le reprochó mucho a la derecha el no tener proyecto, pero a la hora de explayar el suyo, como cierre del debate, se limitó a vender continuismo y solicitar la confianza de los españoles. Sentaditos, muy sentaditos, son en verdad dos candidatos poco ilusionantes, el uno por falta de ideas y el otro porque ya ha agotado o realizado todas las que tenía en el 82. Está bien este Aznar incisivo y pillo, pero al exigir la posición de sentaditos, por una honrosa cuestión de estatura, rebajó el nivel de todo el debate. González, que es un gran monologador, escucha mal, se le descuelga la cara cuando tiene que escuchar, e incluso interrumpe. Aznar daba toda la sensación de un pequeño robot con la lección aprendida, un robot muy bien programado, tirando siempre a dar, pero un robot picarón, un cibernético pillastre que iba todo el rato de niño malo, como ese chico de la clase que, siempre sentadito, es el que dice los peores pecados. Nos encontramos, pues, con un buen aprendiz de político que está empezando la asignatura por la parte mala, que de la gramática sólo se sabe la parda, como digo, y, por el otro lado, con un viejo maestro cansado, con un corredor de fondo que hoy ya corre y vive en soledad. Se dejaba quitar la palabra por el adversario y hasta por Campo Vidal, que, curiosamente, y dada la filiación implícita de la emisora, fue mucho más concesivo con el del PP. Quizá por eso, por complejo. Ni uno ni otro tienen nada que vendernos. Este debate no ha resuelto nada, contra lo que se esperaba. De pie, a Felipe se le nota el cansancio y a Aznar que es un poco bajo. Mejor los dos sentaditos.

25 Mayo 1993

Ganó el perdedor

Carmen Rigalt

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Llegan como si fueran dos púgiles que van a disputarse el título de campeón de los pesos pesados. Cada uno de ellos está convencido de su superioridad frente al otro, pero por si acaso, una cohorte de preparadores, secretarios, amigos y fans se encarga de recordárselo. Olga Viza, que presenta a los presentadores, abre el programa cantando las excelencias de Antena 3 y recordando el esfuerzo que ha supuesto la organización de este debate electoral. Para darle un poco de salsa a la introducción, ofrece unas imágenes de los candidatos entrando en el edificio de televisión y cuenta lo que cada uno de ellos ha hecho a lo largo del día. Entonces llega la primera sorpresa. Tanto José María Aznar como Felipe Gonzalez se han levantado a las nueve -ese dato seguramente pone de uñas a más de un espectador-, han estado en amor y compaña con sus esposas, han almorzado en casa e incluso han descansado a primera hora de la tarde. O sea, y hablando en cristiano, que se han echado la siesta. Merveilleux. La puesta en escena no puede estar más estudiada. En algunos momentos surge la incitación a la sonrisa, a la risa y hasta a la carcajada. Un batallón de fotógrafos se ceba en los candidatos cuando hacen su aparición en el estudio flanqueando a Campo Vidal. Todo suena descaradamente a Yanquilandia. Es como un telediario americano con algunas pinceladas de dibujos animados. Quiero decir que huele a imitación. Para ser más exactos, se parece a lo de Clinton, pero en pequeño. Los candidatos son más bajitos, los presentadores, más jóvenes, las mesas de madera tienen el aspecto brillante de la formica y el telón que recorta las siluetas de los candidatos es como el telón de acero, pero en angelical.

Manuel Campo ofrece un aspecto envidiablemente tranquilo. Este periodista tiene la virtud de comunicar un sosiego que la mayoría de los humanos solo alcanzamos tras ingerir una tortilla de valiums. Campo Vidal, pues, toma las riendas del combate y le brinda a José María Aznar el uso de la palabra. El presidente del pepé está algo nervioso, pero logra disimularlo mirando largamente a la cámara e intentando suavizar su gesto de hombre estreñido. Sin embargo, le traiciona el sudor de la frente, un sudor que no tiene justificación habida cuenta que el candidato acaba de pasar por la sala de maquillaje y que en el estudio la temperatura no sobrepasa los veinte grados (al menos, esa es la burra que nos han vendido los organizadores del debate). Digo pues que a José María Aznar le brilla la cara, mientras que Felipe muestra un rostro opaco, feroz, demasiado resistente a los sudores y los escalofríos. Ambos visten traje oscuro (el moderador tambien, pero él no tiene que ganar las elecciones) y, si el Pal color no miente, camisa azul celeste, casi blanca en el caso de Gonzalez. Según van adentrándose en el debate, crece la confianza. Todo empieza a ser más nacional, más doméstico, más nuestro. Felipe arrima el ascua a sus entelequias y Aznar se defiende atacando, que es una táctica infalible. El presidente del pepé insiste en los parados (a los quince minutos de programa ya ha dicho tres veces que 2.950 españoles pierden diariamente su puesto de trabajo), y en los pequeños y medianos empresarios, que son sus aliados condicionales. El presidente del Gobierno, reducido hoy a simple condición de candidato, prefiere recurrir a los viejecitos del Inserso, sin cuyo voto el pesoe se esfumaría como el agua de gaseosa. Con ese toma y daca transcurre buena parte del primer asalto, donde el candidato de la derecha va aventajando por puntos al líder socialista, que sucumbe frecuentemente a la tentación de dispersarse y entonar soliloquios.

La labia de Gonzalez es mucha labia, pero hoy no está solo y las condiciones del «macht» exigen que reparta el tiempo con su adversario. Felipe González, curándose en salud, ya ha advertido que el slogan de José María Aznar será «corrupción, derroche y paro». Aznar, que en eso no piensa llevarle la contraria, entra al trapo y saca a Filesa de la manga. González no quiere ser menos y saca entonces a los mil quinientos gaiteros que acompañaron a Fraga el día de su toma de posesión como presidente de la Xunta. Así, entre gaiteros, devaluaciones de la peseta (en ese punto Aznar, que ha estudiado muy bien la lección, se pone un poquito pesado), comisiones de investigación, modernidad -muletilla que aporta Gonzalez- y planes de futuro, se consume el tiempo del debate. A medida que Aznar toma confianza y seguridad, Felipe va poniéndose de los nervios. Ya no queda más opción que el recurso del pataleo. Poco antes de que Campo Vidal de por finalizada la sesión, Felipe esboza una sonrisa crispada y nerviosa. Ni él ni nadie podía imaginar este final. Contra todas las previsiones, ha ganado el chiquitín. Para el próximo examen, Felipe tendrá que ir más empollado.