31 agosto 2016
El PP basó toda su estrategia en asegurar que el PSOE tenía la obligación moral de apoyarles o permitirles gobernar, argumentos que no convencieron a los socialistas
El rechazo del Congreso a la investidura de Mariano Rajoy propuesta por PP y Ciudadanos consolida el bloqueo político en España
Hechos
- Votos a favor: 170 (PP + Ciudadanos + Coalición Canaria)
- Votos en contra: 180 (PSOE + Unidos Podemos + ERC + PNV + CDC + EH Bildu)
Lecturas
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MIRADAS HACIA ÓSCAR CLAVELL
Mientras que en la efímera legislatura anterior cuando D. Pedro Gómez de la Serna fue investigado se produjo de inmediato su suspensión de militancia y su pase al Grupo Mixto, en el caso del Sr. Clavell el PP ha decidido respaldarlo y mantenerle en sus filas dentro del Grupo Popular.
07 Julio 2016
¿Investidura cuanto antes?
En Crónica de una muerte anunciada, García Márquez empieza contándonos el final, el homicidio de Santiago Nasar. Conocido el desenlace, lo común sería que perdiera interés el relato. El genio de Gabo nos lleva a perseguir con el máximo interés la trama que conduce a este final anunciado.
Tras las elecciones del 26 de junio, todos los responsables políticos parecen coincidir en el final: no puede haber unas terceras elecciones. Esto nos llevaría a la conclusión de que tiene que haber investidura y, como consecuencia, nuevo Gobierno.
Como ya hemos perdido ocho meses en esta extraña situación de interinidad, también parece lógico pensar que cuanto antes se llegue al final, mejor será para todos o, al menos, menos costoso. Por eso, esta reflexión comienza con un punto de interrogación que pretende llevar a una respuesta positiva y rápida.
El mínimo esperable sería llegar a la investidura de un nuevo presidente de Gobierno y, tal vez, sería deseable que de esta investidura saliera un Gobierno capaz de tomar decisiones inaplazables como unos Presupuestos condicionados por los compromisos con Bruselas.
El hecho de que se supere la investidura no significa que el Gobierno que se forme esté en condiciones de responder a las necesidades básicas que tiene España a nivel interno y en su relación con Europa.
No es imaginable que se repita lo que vivimos tras el 20 de diciembre, menos ahora que el PP ha obtenido 14 diputados más que la vez anterior y la alternativa se hace poco menos que imposible.
Rajoy, al que suponemos candidato del grupo popular a la investidura, pese a las palabras de la noche electoral sobre el discurso más difícil de su vida, tiene la obligación ineludible de ponerse a trabajar en serio. O sea, tiene que salir definitiva e irreversiblemente del “modo reposo” porque la táctica de esperar y ver, posterior al 20 de diciembre, se agotó y los resultados no deben confundirlo.
Es él el que tiene que proponer a las fuerzas políticas las bases fundamentales de su programa de gobierno. Es él el que tiene que intentar un acuerdo con los más próximos o menos incompatibles, incluyendo las cesiones que todo pacto comporta.
Seguro que ya sabe las exigencias de Bruselas y no puede decidir sin compartir este tema con los interlocutores para la investidura. Ahora es heredero de sí mismo y deberá explicar si mantiene su promesa de no seguir con los recortes y bajar los impuestos.
Es bastante absurdo el debate sobre cómo se van a pronunciar el Partido Socialista o Ciudadanos o los demás si no se sabe sobre qué hay que hacer este pronunciamiento.
No se trata ahora de preguntarse por el resultado electoral, sino de aceptarlo democráticamente y asumir el lugar en el que cada uno ha quedado. Pero si Rajoy se siente avalado para repetir la jugada, el resultado —y su responsabilidad— pueden situarnos en una crisis más peligrosa que la actual.
Como la intención de esta reflexión no es buscar explicaciones de por qué y cómo han votado los ciudadanos, sino respetar esa decisión y sacar las consecuencias lógicas para los intereses de España, es necesario reiterar las responsabilidades que incumben al presidente del PP para conseguir que se produzca pronto una investidura y, si está en condiciones de hacerlo, un Gobierno capaz de tomar decisiones.
La cuestión territorial; la dignificación del trabajo; el sistema de pensiones; el modelo educativo; la regeneración democrática; la política europea, incluidas las respuestas al Brexit, a los errores del austericidio o los refugiados, deberían ser puestas sobre la mesa por el candidato.
Sin duda, esta nueva etapa nos llevará a un papel mucho mas relevante de la representación del Parlamento y esto significará que sea cual sea el resultado de las negociaciones para investidura y Gobierno este tendrá que estar mucho mas atento a sus obligaciones de control permanente del Parlamento y a la necesidad de un diálogo constante para los procesos legislativos.
Es positivo que se ofrezca diálogo a todos los grupos, aunque se tenga clara consciencia de que algunos de ellos son incompatibles en temas medulares para la gobernanza. Pero del diálogo hay que pasar al pacto, lo que exige renuncias y esfuerzos de aproximación a los grupos que se crean más compatibles para pasar la investidura y para hacer un Gobierno.
Y si esa exploración es exitosa, llevaría a una investidura apoyada por 169 diputados o 170, si se tratara de PP, Ciudadanos y CC en cualquiera de las formulaciones posibles.
Más de la mitad del periodo democrático ha sido gobernada por Gobiernos minoritarios, con apoyos parlamentarios externos o con acuerdos de geometría variable.
Naturalmente, es difícil la decisión para un grupo político como Ciudadanos, pero no como se dice, por su resultado electoral, sino por su propia concepción de temas tan importantes como la regeneración democrática o el sistema electoral, por no citar más que un par de ejemplos. La paradoja es que sus diputados actuales son más decisivos que los del 20 de diciembre. Pero es el PP el que tiene que moverse sin pretender contratos de adhesión.
Otra cosa es la consideración que se hace respecto del Partido Socialista. Es paradójico que cada día lo insulten desde las filas del PP y, al mismo tiempo, traten de cargarle la responsabilidad máxima sobre la posibilidad de formar Gobierno.
Los ciudadanos podrán entender que, a estas alturas de mi vida, se haya reafirmado en mi pensamiento la prioridad de los intereses generales de España y sus ciudadanos sobre cualquier otra. Y es precisamente esto lo que me lleva a pensar que el Partido Socialista ni puede ni debe entrar en coalición con el PP. Debe ocupar su sitio en una oposición responsable. Lo cual significa al mismo tiempo exigente y dialogante. Siempre lo ha hecho en asuntos de Estado, incluso asumiendo el protagonismo de pactos concretos como la lucha contra el terrorismo. Pero también tiene que ocuparse de reconstruir su propio proyecto como alternativa al PP con vocación de mayoría.
En esta situación, la solución de que haya una investidura para España, teniendo en cuenta que no hay mayoría alternativa coherente para hacerlo, pasa por un Gobierno del PP o encabezado por el PP.
O sea, en mi opinión, el Partido Socialista tiene que aceptar el diálogo que le ofrece el candidato del PP, aun dejando claro que no tiene intención de formar parte de una coalición con el mismo. Como ya dije hace unos meses, reitero mi opinión negativa a lo que llaman gran coalición al mismo tiempo que afirmo la responsabilidad de las fuerzas políticas: si no pueden formar Gobierno, tampoco pueden obstaculizar que este Gobierno se forme.
El resultado del 26-J coloca al Partido Socialista ante esa responsabilidad. Excluyendo la coalición y el apoyo al Partido Popular en la investidura, en caso de necesidad, no debe ser un obstáculo para que haya un Gobierno minoritario.
Conviene advertir que el Partido Socialista solo puede fijar posición sobre propuestas concretas. Si pretende que las fije sobre el programa electoral del PP, ya deben conocer su oposición.
El título de esta reflexión me lleva a una conclusión complementaria. Al margen de que tengamos que corregir esta situación de espera excesiva para la constitución de las Cortes, los resultados son tan inamovibles como reconocidos por todos, y esto permite que se trabaje seriamente sin tener que esperar a la constitución del Parlamento. Deberíamos decir que ya llevamos 10 días de retraso y preguntarnos cuál es la razón de que Rajoy haya tardado tanto en ponerse en marcha y esté avanzando tan lentamente. Después de la constitución del Parlamento, las consultas deberían llevar a una propuesta de candidato por parte del jefe del Estado para que se cerrara este confuso capítulo de la democracia española cuanto antes. Por eso, la pregunta me lleva a una respuesta afirmativa y a mi juicio necesaria, puede y debe haber investidura antes que acabe el mes de julio, o en los primeros días de agosto.
27 Agosto 2016
El empate infinito
John Forbes Nash era un niño que jugaba poco y leía mucho. Quizá ello fue un estímulo para simular la realidad a través de modelos matemáticos, lo que le valió ser premiado con el Nobel de Economía en 1994. Era un hombre desequilibradomentalmente, pero ello no le impidió desarrollar una extraordinaria carrera en Princeton, donde había estudiado con Einstein. Su biografía está contada en Una mente maravillosa, una película que retrata su lucha contra la neurosis.
Nash ha pasado a la historia de la ciencia por desarrollar la teoría del empate infinito, en la que demuestra que hay escenarios en los que los protagonistas deciden no tomar ninguna iniciativa por miedo a perder lo que ya tienen. El profesor de Princeton pensaba concretamente en el mundo de la economía, donde varias empresas mantienen invariable su estrategia y renuncian a crecer para no alterar el statu quo.
No encuentro otro modelo mejor para explicar lo que está sucediendo en la vida política española que la teoría del empate infinito, que encaja como anillo al dedo en lo que estamos viendo: hemos superado ya los ocho meses de impasse porqueni Rajoy ni Sánchez se atreven a realizan movimientos, ya que consideran que cualquier riesgo que asuman podría suponer un deterioro de su posición política.
El caso del líder del PSOE es evidente porque sabe que, si facilita la investidura de Rajoy, los barones del partido no tardarían mucho tiempo en liquidarle. Por lo tanto, ha optado por instalarse en un «no» que nos conduce a unas nuevas elecciones en diciembre. Eso le asegura seguir en el cargo y mantener el control del aparato. Y aleja las posibilidades de un congreso en el que tiene todas las de perder.
La posición de Rajoy es más sutil, pero lo esencial es que él gana tiempo mientras su rival se desgasta por sus malos resultados y las querellas internas del PSOE. No tiene prisa porque sigue ejerciendo la presidencia del Gobierno y las encuestas reflejan que cada semana que transcurre aumenta el apoyo electoral a su opción.
Rajoy sabe que existe un equilibrio inestable y que cualquier iniciativa suya podría desencadenar una situación que escaparía a su control. Por ello, está manejando con extraordinaria habilidad el calendario para forzar unas terceras elecciones en condiciones favorables para él, consciente de que no tiene ninguna posibilidad en la investidura que comienza el martes.
Nos hallamos, pues, en una situación de empate infinito que habría inspirado el talento de Nash. Y no vamos a salir de este bucle cerrado si no surge algún nuevo factor inesperado que obligue o incentive a los jugadores a cambiar de estrategia.
La conclusión es que la negociación para formar Gobierno se ha convertido en un puro cálculo matemático, algo que ya había intuido Maquiavelo en la Florencia renacentista cuando escribió que la política es pura lucha por el poder en la quetriunfa el caudillo que acierte a elegir el momento.
Puede que siempre haya sido así, pero se echa de menos un cierto debate de ideas y una estética de la dialéctica política que hemos perdido hace muchos años. La política la deciden hoy los expertos en imagen, las encuestas y la aritmética electoral que determinan una oferta en la que, como los detergentes en televisión, todos son muy parecidos en el fondo.
30 Agosto 2016
El resultado nos da igual
En la puerta del Congreso que da a Zorrilla había que pasar dos controles de seguridad. El primero consistía en cruzar el detector de metales. Una vez hecho esto, el visitante tenía que atravesar un pasillo humano encabezado por Pablo Iglesias a un lado y Alberto Garzón a otro. Allí alineados, como si esperasen la orden para salir al campo, se encontraban también, entre otros, Xavier Domènech e Irene Montero. “¡Esperamos atrás, esperamos atrás!”, gritaban. Faltaban cinco minutos para que comenzase la sesión de investidura y los diputados de Unidos Podemos se disponían a marcharse del Congreso para acceder por la Carrera de San Jerónimo. En esas estaban, aguardando (“nos falta Íñigo”, avisó Iglesias), cuando una caravana cruzó el pasillo humano. La encabezaba Albert Rivera, con su gran carpeta naranja, seguido por Juan Carlos Girauta. Saludaron a izquierda y derecha, sonrientes; un responsable de prensa de Podemos, cuando vio marcharse al último diputado naranja y comprobó que no había foto, dio la orden: “Venga, salimos ya que esto parece un besamanos”.
Dentro, Pedro Sánchez y Antonio Hernando ocupaban sus escaños. Al número dos del PSOE le ha robado Girauta, número dos de Ciudadanos, el look minion. Sánchez lucía un bronceado Arenas: pasó la tarde meneándose como si estuviese sentado encima de un balón de Nivea; una diputada del PP anunció en petit comité que la intención de su partido era ofrecerle la dirección general de Costas. Mientras, los fotógrafos rodeaban a Mariano Rajoy, que cuando llega a su escaño no se sienta en él, pace. Es un trabajo poco envidiable el de fotografiar primeros planos del presidente. Se trata de un rostro en funciones, suspendido temporalmente entre el aburrimiento y el espanto.
El estado de la nación, su colapso, ha provocado en Rajoy una mueca perpetua de “en fin”, encogiéndose de hombros como si no hubiese un mañana, que no lo hay. Es como si de repente la gran obra de su vida se acoplase a la situación política, y su rostro tuviese por fin algún sentido: “Esto es lo que hay, o no”. La estrategia de su intervención era tan transparente que contaba con la reacción furibunda de todos, incluidos sus nuevos socios. Solo un hombre, del PP para más inri, tiró por la borda sus planes. “Fue un discurso brillante”, dijo Rafael Hernando. En su partido se llevaron las manos a la cabeza.
No quieren ser brillantes, ni originales, ni nada que les separe de la imagen aburrida y funcionarial que tan bien les sienta desde la llegada de los nuevos partidos. Contra las emociones, el hastío existencial del PP, el melasudismoabsoluto, sonando en los bares a las cuatro de la tarde. Por eso el discurso de Rajoy se dedicó más a la forma que al contenido. Rajoy, con los botones de la chaqueta abrochados, la mirada de vez en cuando en el horizonte como dirigiéndose al siglo XIX, no quiere ser presidente del Gobierno sino paisaje, que es la mejor forma de perpetuarse. Un ruido de fondo al que el español se acostumbra como a la información del tiempo; la derecha termina votándole porque de alguna extraña manera puede llegar a echarlo de menos. Uno de esos dolores con el que al final se convive sin saber cuándo empezó.
Por eso el tiempo le beneficia: no solo le envejece, con el prestigio que da eso entre sus votantes, sino que le sitúa en una posición dominante. Ni un gramo de pasión para la cansada y aburrida España; la política soy yo con más de lo mismo. Un dirigente del PP lo resumió así al terminar: “Un discurso aburrido para recordar que él sigue allí como siempre, y no cambia. Un discurso narcoléptico -casi tenemos que sacar a Rivera en brazos- para que sus señorías sigan tranquilas en la España sin gobierno”.
Con la nada ganaron dos elecciones y con la nada seguirán hasta que se pudran las urnas. Estrategias pocas, pero muy perfiladas: dedicó casi la mitad de su discurso a Cataluña para poner en jaque al PSOE por si se le ocurre buscar el apoyo independentista, y citó muchas veces a Ciudadanos y Coalición Canaria como una manera de decirles “ya sois míos”. Habló poco y tarde de la corrupción, pero fue decir “corruptos” y estallar la bancada popular en aplausos emocionados, como si estuviese recordando a los caídos, a los que ya no están con nosotros. Incluso a los que quedan.
30 Agosto 2016
¿Qué impide rectificar a Sánchez?
¿Qué impide a Pedro Sánchez hacer lo que le aconseja la vieja guardia y, según las encuestas, prefiere la mayoria de sus votantes? El temor a hacer el ridículo tras haber mantenido con énfasis exagerado que nunca haría nada que favoreciera la continuidad de Mariano Rajoy en La Moncloa. Pero seguramente también que no ha renunciado del todo a replantear, tras el fracaso de Rajoy, una alternativa de fuerzas de izquierda y soberanistas que volviera a abrirle la puerta que se le cerró en marzo. El miedo al ridículo está justificado, pero no puede ignorarse que el coste de aparecer como responsable de unas terceras elecciones sería muchísimo mayor; y de una naturaleza no solo organizativa sino de política democrática y prestigio de país.
Sánchez continúa cerrándose salidas (“No a cualquier otro candidato del PP”) en un tono indicativo de que lo heroico es resistirse a pactar por mucho que se le presione. Pero abstenerse cuando no se dispone de una alternativa viable no es apoyar sino no impedir. ¿Significa esto que es preferible cualquier Gobierno a ninguno? No. Pero sí que es preferible cualquier Gobierno que defienda el sistema democrático representativo, sea conservador, socialdemócrata o cualquier otra variante compatible con ese marco.
El escrúpulo de tener que desdecirse cede sin embargo ante la posibilidad de encabezar una mayoría alternativa, tan variada como sea necesario, con estos ingredientes: PSOE (85 escaños) + Podemos y aliados (71) + ERC (9) + la ex CDC (8) + PNV (5): lo que Rubalcaba llamó Gobierno Frankenstein.
Esa mezcla solo podría articularse en torno al derecho a decidir, eje del programa soberanista. No directamente independentista, pero sí abierto a ello mediante una consulta de autodeterminación, aplazada hasta el momento oportuno. Y disponible para toda comunidad que la reclame con “particular intensidad”, según Podemos. Lo que solo garantizaría inestabilidad permanente.
Aunque Sánchez encabezase el nuevo Gobierno, no tardarían esos socios nacionalistas en poner a prueba, bajo amenaza de ruptura, la fe soberanista de los socialistas. Lo harían partiendo del dato de que en esa alianza, el PSOE (85 escaños) estaría en minoría frente a la suma de populistas y soberanistas (88).
Cuando fracasó el intento de Pablo Iglesias de convertir a Xavier Domènech, líder de En Comú Podem, en presidente del Congreso, Irene Montero, jefa de Gabinete de Iglesias, lamentó que se hubiera perdido la oportunidad de tener al frente del Parlamento a alguien partidario del derecho a decidir. Apreciación aventurada porque ese cargo requiere alguien capaz de suscitar consenso, no emociones fuertes. No olvidemos, salvando todas las distancias, que un desencadenante esencial del conflicto de Yugoslavia (1991-1999) fue el nombramiento de un nacionalista croata como presidente rotatorio de la Federación.
Con el problema catalán sobre la mesa, la transversalidad debería ser un componente esencial de la política de pactos del PSOE, empezando por el acuerdo con los de Rajoy sobre la reforma constitucional. Es llamativo que Ciudadanos, descalificado como segunda marca del PP, haya sido capaz de hacer firmar a ese partido compromisos de entidad en materia social. Y prueba de sectarismo existencial, que Sánchez haya calificado el acuerdo de “conservador y continuista”, lo que reforzó su “decisión de votar en contra”.
31 Agosto 2016
Cuatro posibilidades que evitarían otra repetición electoral
El primer intento de Mariano Rajoy ha fracasado y lo más grave para el candidato del PP es que no se ven muchas opciones para que la investidura vuelva a encarrilar. A ello ha contribuido, y mucho, el propio presidente en funciones y su penosa actuación. Con sus intervenciones en el debate, entre faltonas y chistosas, con su lamentable discurso del martes, el candidato ha llenado de argumentos a esa mayoría absoluta de 180 escaños que hoy le ha dicho que no; que la cámara donde reside la soberanía nacional no traga con esta supuesta regeneración encabezada por un mentiroso con las manos manchadas de corrupción.
Ha fracasado el primer intento de investidura Rajoy y también se ha complicado la ‘operación responsable’; esas presiones de la derecha y el poder económico que pretenden rendir a los dirigentes del PSOE para que arruinen completamente la credibilidad de su partido y permitan gratis la investidura de Mariano Rajoy. Después de lo visto en el Parlamento, Pedro Sánchez lo tiene mucho más fácil para seguir diciendo que no, que no va a incumplir lo que prometió a sus votantes, que no va a dar La Moncloa al presidente indecente de los sobres y la caja B.
Las presiones a Pedro Sánchez para que su partido se abstenga, por supuesto, seguirán. La mayor parte de la prensa continuará golpeando al líder del PSOE para que dé su brazo a torcer. Pero creo muy improbable que Sánchez vaya a ceder por muchos editoriales o encuestas que le aticen, no solo por coherencia con todo el discurso que ha defendido hasta hoy. También porque en ello le va su propia supervivencia política, y porque en la dirección del PSOE creen que una repetición electoral no tiene por qué irles mal.
¿Vamos inevitablemente a unas nuevas elecciones? Hoy es más probable que hace una semana pero hay también otras opciones que podrían suceder.
1. Un golpe interno en el PSOE
Es la jugada con la que sueña el PP, la que ahora alentará desde la prensa y en la que ya están una parte de los dirigentes socialistas, con Felipe González a la cabeza de la manifestación: echar a Pedro Sánchez de la secretaría general. El éxito o fracaso de la operación dependerá en gran medida de lo que ocurra en las próximas elecciones gallegas y vascas del 25 de septiembre. Si a los socialistas les va muy mal, los rivales internos de Sánchez –que no son pocos– tendrán más argumentos para dar un golpe interno en un comité federal.
Matar a Sánchez tampoco será tan fácil como creen en el PP porque después de esa batalla vendrá el congreso del PSOE y los líderes que defiendan la rendición ante Rajoy lo tendrán complicado después para ganarse a los militantes socialistas en las primarias del partido. Pero es bastante probable que al menos lo vayan a intentar.
2. Un pacto del PP con el PNV
Esto también tendría que esperar a que pasen las elecciones vascas y ni siquiera así se garantiza el éxito. Seguirá faltando un diputado más, pero los argumentos para llevar al PSOE a la abstención aumentarían mucho con un empate a 175; lo mismo así el famoso diputado canario pierde el avión. ¿Se puede meter en el mismo pacto al nacionalismo vasco y al español? No lo descarten. Si Ciudadanos ha tragado con Rajoy, tragar con el cupo vasco es un precio bastante inferior.
3. Un Gobierno sin el PP
Tampoco es descartable, pero alguien tendría que ceder. Siguen presentes dos vetos cruzados que por ahora impiden cualquier gobierno alternativo al del PP. El primero, el veto que mantiene Ciudadanos con Podemos (y viceversa) para una investidura a tres como la que propone ese manifiesto que tanto ha circulado estos días. El segundo, el veto que mantiene el PSOE con los independentistas (y viceversa) con la cuestión del referéndum catalán, y que impide ese gobierno de izquierdas que plantea Unidos Podemos.
¿Puede cambiar alguno de estos dos vetos cruzados y que haya un pacto de investidura sin el PP? Hoy parece imposible pero a medida que pasen las semanas los vetos pueden saltar. Dependerá de cuánto miedo tenga cada uno de los partidos a otra repetición electoral.
4 Un Gobierno del PP sin Rajoy
Ana Pastor logró la investidura como presidenta del Congreso con el actual reparto de escaños. Es algo que no habrían conseguido otros nombres que salieron en la negociación, como el ministro Jorge Fernández o María Dolores de Cospedal. Sin duda, otro candidato menos intragable en el PP permitiría al PSOE o a la mayoría conservadora que ya existe en el Parlamento justificar una abstención. Pero es prácticamente imposible que tal cosa ocurra por dos motivos: porque Mariano Rajoy en ningún caso se va a rendir y porque no hay nadie que le pueda echar en su partido. En el PP no hay cómo dar golpes internos: los estatutos que diseñaron Aznar y Fraga blindan el poder presidencial.
Lo que sí es probable que ocurra es que el PSOE cambie de estrategia y ofrezca el siguiente pacto envenenado al PP: abstenerse a cambio de una serie de concesiones y que la primera de todas ellas sea que no siga Mariano Rajoy.
Por supuesto, el PP no aceptará esta codición porque en el PP todas las decisiones las toma el propio Rajoy. Pero si el presidente en funciones antepone su supervivencia política al interés de su partido y de su país, ese que “tan urgentemente” necesita un Gobierno, ¿cómo justificar después que la culpa de la repetición electoral es «de los demás, que son los malos» y no le quieren votar?
31 Agosto 2016
Sánchez desafía a Rajoy... y al PSOE
No estaba claro si Pedro Sánchez desafiaba a Rajoy o desafiaba al PSOE en su discurso de despecho. El dogmatismo del «no» malogra cualquier expectativa de investidura, pero también exige una lealtad davidiana a los socialistas. Sacrificarse con su jefe. Encerrarse con él a semejanza del rancho de Waco.
Y pretendía sujetarlos Sánchez, constreñirlos a mantener una posición negativa no solo el viernes, sino también en la eventualidad de una nueva intentona en octubre. Es una manera de sobrentender la hipótesis unas terceras elecciones, hasta el extremo de que la única manera de evitarlas exige una suerte de magnicidio político: o se marcha Rajoy para facilitar la abstención o se marcha Pedro Sánchez con idéntico propósito.
La primera hipótesis parece remota. La segunda dependerá de la habilidad con que Sánchez custodie su doctrina refractaria en un calendario adverso, tanto por el presumible retroceso de los socialistas en los comicios de Galicia y en Euskadi como por las disensiones que puedan fracturar la precaria lealtad al líder del PSOE.
De ahí la importancia que revestían los clamores de los diputados. Puestos en pie, jaleaban el discurso enérgico de Sánchez, pero también se obligaban a la disciplina de la negación. Pedro Sánchez quiere acabar con Rajoy y le invitó a suicidarse —»vote contra su propia candidatura», llegó a decirle—, consciente al mismo tiempo de que el desenlace de un duelo extremo puede desposeerle del liderazgo del Partido Socialista.
Es el contexto en el que se atuvo a una intervención contundente, pero también sobreactuada. Especialmente cuando «erdoganizó» o «putinizó» al presidente del Gobierno, acusándolo de amputar las libertades, de amoldar las leyes a sus intereses, de ejercer el absolutismo y de pervertir arbitrariamente las instituciones.
Habría, pues, Rajoy demolido la democracia como si fuera Maduro. Un argumento suficiente, incontrovertible, para rechazar su candidatura, pero construido con oportunismo y frivolidad excesivos. Incluso ajeno al veredicto de las urnas. Sánchez se resiste a aceptarlo. Reniega de que el PP le aventaje en 52 diputados. Y niega la corpulencia del acuerdo con Ciudadanos, no cediendo si quiera al cataplasma de una abstención crítica.
Era previsible que Mariano Rajoy reaccionara a su propio letargo, que recurriera a sus facultades de monologuista socarrón, que afinara sus habilidades dialécticas en la humillación y la ridiculización. Y era más previsible todavía que Pablo Iglesias, megáfono al hombro, acelerado como un rapero, ingenioso como un buen tuitero, propusiera un Gobierno alternativo, «desinteresado», sabiendo de antemano su inviabilidad y el monstruo de Frankenstein resultante.
Es la dialéctica perversa del líder de Podemos. Se acerca cuando está lejos y se aleja cuando está cerca. Pudo hacer presidente a Pedro Sánchez cuando los números alcanzaban. Y ahora que los números no alcanzan aparece con la pócima del milagro.