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Consecuencia de las elecciones a diputados en los que los políticos conservadores más vinculados al maurismo sufrieron una derrota considerable

El Rey Alfonso XIII nombra Presidente a Raimundo Fernández Villaverde, consumando la derrota política de Maura y Silvela

HECHOS

El 20.07.1903 se formó un nuevo Consejo de Ministros presidido por D. Raimundo Fernández Villaverde.

NUEVO GOBIERNO

FernandezVillaverde D. Raimundo Fernández Villaverde – Presidente del Consejo de Ministros

CondeSanBernardoSr. Conde de San Bernardo – Ministro de Estado

FranciscoSantosGuzman D. Antonio García Alix – Ministro de Gobernación

RafaelGasset D. Rafael Gasset – Ministro de Agricultura y Obras Públicas

EduardoCobian D. Eduardo Cobián – Ministro de Marina

GeneralMartitegui General D. Vicente Martitegui – Ministro de la Guerra

augustogonzalezbesada2 D. Augusto González Besada – Ministro de Hacienda

AugustoGonzalezBesada D. Gabino Bugallal, ministro de Instrucción Pública.

FUERA DEL GOBIERNO

AntonioMaura001 Francisco_silvela Ni D. Antonio Maura, ni D. Francisco Silvela, considerados los principales líderes del Partido Conservador figurarán en el Gobierno de su, teórico ‘compañero’ de formación.

 Silvela a Maura: «¡Vencidos! ¡Y para este resultad hemos cometido tantos atropellos!·

La solución

EL IMPARCIAL (Director: José Ortega Munilla)

20-07-1903

Hoy por la mañana jurarán ante el rey los nuevos ministros, quedando constituido el gobierno bajo la presidencia del Sr. Fernández Villaverde. Tienen representación en el gabinete todos los elementos de la conjunción conservadora. Representan a los amigos del Sr. Maura los señores Cobián y conde de San Bernardo; a los tetuanistas, que desde la muerte del Sr. Cánovas no se habían incorporado a la obra gubernamental, el Sr. Santos Guzmán; los demás ministros corresponden a la mayoría.

Da singular relieve a la situación la persona del Sr. Villaverde, su historia, en que hay tantas páginas de patriótica energía, el recuerdo imborrable de su campaña restauradora del crédito español, la ley económica que nos viene rigiendo y que nos ha permitido salir de las desgracias de la guerra con la gloria que corresponde a un pueblo solvente y respetuoso para sus compromisos. El pensamiento feliz con que el Sr. Villaverde vio el modo y halló el camino de pasar de un déficit tremendo a un superávit creciente; la incansable resistencia con que después de un periodo de muchos meses de debate logró llevar a término sus proyectos, son homenaje debido al presidente del nuevo gabinete: nadie se lo ha negado ni aun en los días de mayor lucha y de más apasionada controversia. El Sr. Salmerón en su último discurso, unía su elogio al que ya habían tributado el Sr. Villaverde liberales y republicanos, todos los partidos y todos los grupos del Parlamento. Así reconoce anoche el DIARIO UNIVERSAL en excelente artículo, que el Sr. Villaverde y con él la mayor parte de los elementos acarreados por el Sr. Silvela en su disidencia y de los conservadores fieles al espíritu de Cánovas representbaan un espíritu realista, atento a los intereses materiales del país, a su mantenimiento y a su desarrollo”. Y añade el estimado colega: “¿Desmentirá las esperanzas que pone el país en su gestión? El alza con que la Bolsa ha acogido las probabilidades de su nombramiento, evidencia a las claras que es mucho lo que se espera del Sr. Villaverde… Cuando era ministro de Hacienda, la más de las comisiones que subían a su despacho salían malhumoradas de su recibimiento porque el Sr. Villaverde discutía con ellas, y cuando estimaba sus demandas incompatibles con los intereses públicos, las negaba en redondo, sin acudir a ese sistema de prometer y no cumplir que practica con tanta insistencia la mayoría de nuestros hombres públicos. Gracias a la dureza de su carácter pudo imponerse a los tenedores de la deuda ese impuesto del 20 por 100 que ha ahorrado al país más de 20 millones de pesetas anuales, sin que se depreciaran los valores; logró normalizarse la Hacienda, frente a las protestas de las clases neutras, que hoy, desengañadas del error, se muestran partidarias de su política económica y acogen su nombramiento con alzas en la Bolsa y la normalización de la Hacienda salvó a España de una intervención extranjera, que muchos pesimistas juzgaban inevitable en aquellos momentos. Estos antecedentes – concluye el DIARIO UNIVERSAL – son los que hacen esperar que el paso por el poder del Sr. Villaverde sea fecundo en bienes. El que va a ser presidente del Consejo ha prometido hacer el presupuesto de la regeneración después de haber realizado los de nivelación y liquidación”.

Por venir de donde vienen, por proceder de un periódico independiente, ganoso de conservar y acrecentar la autoridad que desde el principio lograra, estos juicios tienen importancia grandísima.

Responden ellos al mismo sentimiento que nos inspira a nosotros en la ocasión presente. El Sr. Villaverde significa hoy una esperanza para la regeneración del país, para la restauración de sus fuerzas productoras, para la consolidación de su crédito. Significa, además, la ejecución de un programa sobre un punto esencial de la política española. Cuando en marzo de 1901 S. M. la reina regente, ante la grave crisis política, pidió su consejo a los más ilustres prohombres de los distintos partidos, el Sr. Villaverde entregó a la Corona un mensaje escrito que, con la venia real, fue publicado y en el que, después de consignarse afirmaciones relativas a la obra económica niveladora de los presupuestos se establecían dos principios esenciales a la vida nacional.

“Otra misión de interés muy grande – decía el actual presidente del Consejo de Ministros – acaso igual en el orden político al del anterior en el orden económico, incumbe, señora, en mi sentir a estas últimas Cortes de Regencia. Aludo a una reforma severa de la ley electoral que prive a autoridades y Ayuntamientos de toda intervención en el censo, en las votaciones, en los escrutinios, en las actas, y que evite y corrija los abusos y las coacciones particulares, un esfuerzo denodado, en suma, para lograr la aplicación libre, espontánea y sincera del principio electivo”.

El mensaje del Sr. Villaverde terminaba con otra afirmación que tiene en los días actuales tanta importancia como en los que fue escrita.

“Pienso, señora – decía el Sr. Villaverde – que no ha de ser difícil al gobierno así constituido restablecer en breve la paz en los espíritus y la normalidad en las leyes y aun dar solución al delicado problema del desarrollo excesivo de las órdenes religiosas, que preocupa a los hombres públicos y ha inquietado a algunas poblaciones”.

Esta promesa solemne adquiere valor incalculable. Después de los últimos actos del gobierno que acaba de resignar sus poderes, después de las discusiones parlamentarias a que ha asistido el país con atención evidentísima, ante la actitud de liberales y republicanos; después de discursos como los de los Sres. Moret, Salmerón y Álvarez, esas palabras del mensaje de Villaverde a la corona se destacan y vibran obligando al nuevo gobierno a determinaciones rápidas y categóricas que vigoricen la confianza que la opinión tiene, ciertamente, en la seriedad del jefe de gabinete.

Sobre otro extremo esencialísimo, sobre otro punto de indudable alcance, ha hecho el Sr. Villaverde concretas manifestaciones. Fue en un momento muy interesante de la política: el 18 de Junio último, el Sr. Villaverde tomaba posesión de la presidencia del congreso y pronunciaba aquel discurso origen y causa del a crisis que acaba de solucionarse. Allí reconocía la necesidad y aun el apremio de procurar sin demora el desarrollo de la enseñanza y el desenvolvimiento de la riqueza por medio de obras públicas bien estudiadas, respondiendo con ello al anhelo del país, que cada día exige con mayor imperio que se le saque del estado de postración en que se encuentra.

Conceptos son todos ellos de eficacia indudable para que España no sea más un pueblo sin horizontes en el que domine a todos el escepticismo y la esperanza.

Una dificultad grave se ofrece desde luego al Sr. Villaverde y a sus colaboradores. El país está cansado de esperar. El país está cansado de promesas. Y aun otorgando al Sr. Villaverde toda la confianza a que, sin duda, tiene derecho quien hizo lo que hizo, no será muy largo en los plazos ni habrá de resignarse mucho tiempo a la expectación

Si el Sr. Villaverde y sus ministros procediesen de otro modo, el fracaso será inevitable y nosotros no habremos de ser los últimos en la advertencia ni en la censura. Grato nos es – sería indigno de nuestra honrada franqueza el ocultarlo – ver entre los miembros del Gabinete a aquel queridísimo amigo nuestro que, en campañas simpáticas a la opinión pública y útiles al país como periodista, como diputado y como ministro, probó su entendimiento y su voluntad en palabras y en hechos que le han valido popularidad incuestionable y autoridad indiscutible. Pero, aun con eso, si la flaqueza sobrevive en la obra del gobierno, si las esperanzas del país se frustran, si las efímeras combinaciones de la política sustituyen a los alardes de energía y a los empeños vigorosos por el bien nacional, no habrá necesidad de que nadie nos recuerde nuestros grandes deberes con el país, que son en esta casa superiores de todo interés. Vanguardia de la opinión, servidores de la conciencia patria, haremos lo que hemos hecho en todos y en cada uno de nuestros días de existencia de periodistas, prefiriendo que se nos tilde de impacientes a que se nos acuso de sufridos: y aunque como patriotas preferimos los beneficios de una buena administración a los fáciles triunfos de una crítica vehemente, tampco nos resignaremos a dejar de ser lo que siempre fuimos. El tiempo ha de decirlo

Entre tinieblas

EL LIBERAL (Director: Miguel Moya Ojanguren)

20-07-1903

El régimen que aquí impera no es un régimen constitucional.

Así lo sospechaba de bastante tiempo acá la opinión contra cuyos fundadísimos recelos protestaban escandalizados los conservadores y los fusionistas. Hoy, las protestas han bajado de tono. Y con motivo de la crisis todavía pendiente de solución, principian a confesar la realidad del supuesto hasta aquellos que durante largos años pusieron mayor empeño en desmentirlo.

Vea el lector lo que de esa crisis dicen los periódicos monárquicos; fíjese en los sangrientos calificativos que le ponen; observe la heterogeneidad de los factores que ha pretendido reunir la persona encargada por el monaros de formar ministerio y comprenderá que en todo lo que pasa es una fuerza extraña a la ley fundamental la que actúa.

A la luz del día preceden, del aire exterior se nutren, y con arreglo a normas preestablecidas funcionan los gobiernos constitucionales.

En España, no. Como si maquinistas o taumaturgos exentos de responsabilidad manejasen los hilos, el proceso de composición y descomposición de desarrolla entre tinieblas. Dijérase que además de los poderes del Estado hay otros que tienen facultades superiores, aunque vegetan relegados en inferiores categorías. Para encontrar algo semejante necesitarse volver los ojos a la época en que Narváez era echado o vuelto a llamar según el humor de que se resentían las azafatas o los confesores de Isabel II.

Claro está que en la actualidad ni confesores ni azafatas existen. Pero, ¿quién será capaz, cuando faltan explicaciones lógicas, de impedir que la fantasía del vulgo levante el vuelo?

¿Quién podrá evitar que por asociación de ideas recuerde la gente lo que sucedió hace dos años en el viaje por la costa de Galicia y lo que sucedió el año pasado en las fábricas de Asturias y el fuerte de San Cristobal?

Tal es y tan sospechosa la obscuridad que, después de envolver toda nuestra vida interir, se alarga y se propaga al extranjero.

A la vista tenemos, comunicada por telégrafo, una queja de Le Temps, tan bochornosos como significativa.

Refiriéndose a la crisis española escribe el gran diario parisino:

“Durante el día de ayer han sido privados de circulación todos los despachos que daban cuenta de la crisis. No nos explicamos por qué el Gobierno de España ha creído necesario apelar a ese recurso. Queremos suponer que lo haya hecho para prevenir oscilaciones bursátiles: pero ni aun así parece digna tal medida del Gobierno de una nación seria. La crisis era parlamentaria, estaba sobradamente prevista y no ofrecía riesgo de peligrosas complicaciones. ¿A qué pues, ocultárnosla?

A la hora presente, ya se habrá desengañado Le Temps de que no tuvo ni tiene nada de parlamentaria la crisis. En cambio, no logrará enterarse tan pronto de sus verdaderas causas ni de su recóndito desenvolvimiento.

¿Por qué se ha interrumpido la comunicación telegráfica? No seguramente por lo de las alteraciones bursátiles dado que en ese particular sabíamos todos como se cotizaría fuera de España la subida de Villaverde.

¿Habría sido para que no se enterasen nuestros vecinos sin recibir antes las aclaraciones oportunas, de lo dicho por Silvela de una ilusoriae inadmisible aliana? ¿Habrá sido para atajar los primeros comentarios de los corresponsales franceses, sobre los vehementes ataques, discursos y exclamaciones que pusieron término a la discusión del Mensaje?

Algo puede haber de lo uno y de lo otro; pero la ocultación obedece, sin duda, a razones menos objetivas. Aquí se ha perdido el respeto y el temor a los de casa, y tan sólo preocupa lo que respecto de ciertas prácticas y manipulaciones hayan de pensar y decir lo de afuera.

Cuidado inútil y rubor excusado.

De lo que es y del fin a que marcha el régimen anticonstitucional en que vivimos, bállanse ya los extraños igualmente enterados que los propios.

De la crisis que en 1884 dio en tierra con la izquierda democrática, dijo el gran Castelar que era ‘un relámpago iluminando un abismo’.

Tal sucede con la de ahora, en cuya solución momentánea y personal ningún patriota se interesa.

A la luz de este relámpago acaba de ver España que el abismo se ha hecho todavía más profundo, y de comprender que solamente le queda una disyuntiva:

O caer o saltarlo.

El nuevo Gobierno

LA ÉPOCA (Director: Alfredo Escobar, marqués de Valdeiglesias)

20-07-1903

Son consecuentes los republicanos con el enfático discurso del Sr. Salmerón al hablar de misterios y de influencias ocultas en la crisis. Pero no son los que, haciendo profesión de monárquicos, sirven de coro a aquellos o les acompañan en su risible cantate, dejando traslucir que se les va el alma tras sus viejos amores republicanos. A las aprensiones de unos y otros contestará el país con una carcajada, pues no es posible, por mucho que se esfuerce su habilidad o la malicia, presentar como producto de una intriga palaciega un Ministerio que, bueno o malo, tiene una significación hondamente popular, la más popular en España.

Puede pensarse, y piensan sin duda personas de autoridad, que la opinión exagera en su aversión a los gastos, en su retraimiento de toda empresa que no contenga en los límites de la reconstrucción interior de la Nación; pero lo que no puede negarse es que esto es lo que por el momento tiene más sufragios en España.

Hablar de crisis palaciega, de crisis oriental, de misterios y de sombras, en tales circunstancias, es volver la espalda a la realidad. A ello contesta la Bolsa con un entero de alga, a ello contesta la Bolsa con un entero de alga, a ello contesta de antemano la Prensa independiente dando al nuevo Gabinete, como lo hacen EL IMPARCIAL y el DIARIO UNIVERSAL la significación que verdaderamente tiene.

Pero, además, la crisis actual puede decirse que se ha tramitado públicamente. Todos sus antecedentes son conocidos: las discrepancias respecto a la oportunidad de ciertos gastos que motivó la salida del Sr. Villaverde; la declaración de este respecto a la impaciencia de gastos de la Marina; la división que en el ministerio anterior existía respecto a la presentación del proyecto de escuadra. Nosotros lamentamos hoy, como lamentábamos ayer, que no se haya podido llegar a una solución de concordia; pero desde el momento en que esto no ha sido posible, desde el momento en que el Sr. Silvela consideró que debía retirarse con el Sr. Maura, y que, por tanto, no podía formar nuevo Gabinete. La solución estaba indicada. Podrá juzgársela como se quiera, pero lo que no puede hacerse, sin cerrar los ojos a la verdad, es considerarla como un suceso obscuro o enigmático. El nombre del Sr. Villaverde es un programa, que podrá realizarse como nosotros deseamos y desea la mayor parte del país; que podrá fracasar, si las circunstancias le fueran adversas o no hubiera en el jefe del nuevo Gobierno resolución para cumplirlo; pero que no necesita ciertamente claves ni admite interpretaciones misteriosas.

La composición del nuevo Gobierno indica que el Sr. Villaverde persevera en la dirección seguida por el Sr. SIlvela de buscar o admitir el concurso de elementos afines. Vemos representado con gusto en el nuevo Gabinete al grupo de genuino abolengo conservador que dirigió el Sr. duque de Tetuán y le vemos representado por persona de tantos merecimientos como el Sr. Santos Guzmán. El nuevo ministro de la Gobernación, Sr. García Atix, hizo brillante campaña en el ministerio de Instrucción pública y cuenta con grandes simpatías en el Partido Conservador. El Sr. Cobián y el Sr. Conde de San Bernardo, procedentes ambos del grupo del Sr. Maura tienen buena historia parlamentaria. EL Sr González Besada, subsecretario de Hacienda que fue con el Sr. Villaverde, está identificado con éste en las cuestiones financieras, en las cuales es grande su competencia. EL Sr. Bugallal, que desempeñaba la fiscalía del Tribunal Supremo, tiene acreditada en el Parlamento y en los altos puestos de la Administración su capacidad. El general Martitegui, aunque no significado en política, es un militar de brillante historia. Y en cuanto al Sr. Gasset, hasta los mismos que lamentan que su actitud fuera poco benévola para con el anterior Ministerio, reconocen que representa una aspiración simpática al país y que, en su paso anterior por el ministerio de Obras públicas, trazó con acierto las primeras líneas de la política hidráulica.

No hemos de adelantarles nosotros a los actos del nuevo Ministerio con profecías de ninguna clase. Como antes decimos, el nombre del Sr. Villaverde es un programa. Si se cumple, la nueva situación será, por la lógica de las cosas, fuerte y duradera; si no se cumple, será un ministerio de verano. No se nos dirá que hablamos sin franqueza, ni que la pasión política nos hace olvidar las circunstancias del momento presente. Pero esperamos que el Sr. Villaverde estará a la altura de la misión que asume.

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