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Pese a no estar imputado ni procesado: las 'informaciones' de que podría haber regalado 65 millones de euros de procedencia desconocida a su ex amante Corina ha terminado de destrozar la imagen pública del ex Jefe de Estado

El Rey emérito Juan Carlos I abandona España para que el deterioro de su imagen no perjudique a su hijo, el Rey Felipe VI

HECHOS

  • El 3 de agosto de 2020 la Casa del Rey notificó que el Rey Emérito Don Juan Carlos I trasladaba su residencia a fuera de España.
  • El 17 de agosto la Casa del Rey confirmó que se había trasladado a vivir a los Emiratos Árabes Unidos.

04 Agosto 2020

¡Viva el Rey!

Bieito Rubido

Después de Juan Carlos I: la Institución, ocupada en este momento por su hijo Felipe VI. Así que no lancemos las campanas fúnebres al vuelo, ya que no ha ocurrido nada que no hayamos visto en otros países. Por ejemplo, en Francia, donde Chirac y Sarkozy, ambos jefes de Estado, comparecieron ante los tribunales por irregularidades fiscales. Por no citar el caso Watergate.

En ninguno de estos acontecimientos se vieron afectadas las instituciones. Al contrario, en el caso de España se puede presumir de un control exhaustivo que desde distintos contrapesos se ejerce sobre el poder, partiendo de que a día de hoy todavía no hay nada concreto contra Don Juan Carlos. Ni siquiera es necesario aplicar la presunción de inocencia, ya que todavía no se ha sustanciado contra él ningún tipo de imputación.

Es de justicia, al menos desde mi particular punto de vista, reconocer que Juan Carlos I es uno de los grandes Reyes de la Historia de España. Será esa misma Historia la que le haga justicia, tal vez la que ahora mismo se le está negando. Él fue el artífice de tránsito de un Régimen autoritario a otro de libertades.

De pocos personajes en nuestra crónica se puede decir algo semejante. Durante su reinado nuestro país fue protagonista de una de las historias de éxito más llamativas del globo terráqueo. A ello contribuyó como pocos. Fue además un embajador de excepcionales virtudes y habilidades de las que sin duda se benefició el conjunto de España.

Cuando ahora y con el paso de los años hagamos el enjuiciamiento del desempeño de Juan Carlos I en su cargo de Jefe de Estado, no podemos hacer otra cosa que concluir que fue un excelente Monarca, distinta valoración tal vez tengan sus actuaciones personales y privadas, que no pueden alterar el juicio que sobre él tengamos, dado su papel protagónico y providencial en estos años y sin los que no podríamos entender la España actual.

La Institución, por tanto, está por encima de coyunturas y peripecias de las personas. La Corona debe seguir su camino, de la mano del actual Rey, ya que ahora mismo se ha convertido en la piedra angular de la España actual. Sin ella seríamos cualquier otra cosa, pero no seríamos la nación y el país que ahora mismo somos y disfrutamos.

Tal vez a Don Juan Carlos le faltó ejemplaridad. Algo que debe ser consustancial con la propia Institución. Sobre todo en una sociedad tan transparente y exigente como en la que ahora vivimos.

Ahora bien, que nadie dude que está siendo víctima de una conjura de necios, donde se mezcla un policía corrupto, una supuesta princesa caracterizada por su venalidad, unos medios de comunicación que caminan al suicidio y una crisis de valores, donde se ha perdido el principio del rito y de la comunidad en favor de una comunicación compulsiva y ansiosa, que derriba honores y famas, sin construir absolutamente nada.

En medio de esa crisis de referencias y paradigmas, ocurre todo esto con un Gobierno de dudoso credo democrático, cuyo sustento parlamentario son minorías empeñadas en terminar con el actual statu quo de nuestra nación.

Por eso debe ser consciente Felipe VI, que tras la generosidad de su padre, es él quien pasa a estar en primera línea a todos los efectos en la defensa de la Institución de la Corona. Todo el affaire del Rey padre ha servido de cortina de humo para tapar la calamitosa gestión de un Ejecutivo elefantiásico, en cuyo seno habitan ministros que sueñan con una república plurinacional comunista.

De ello tiene que ser consciente el actual Rey. Ellos quieren terminar con el rito democrático y constitucional que la actual Monarquía representa para todos los españoles.

Me imagino que para Felipe VI no ha debido ser fácil animar a su padre a tomar una decisión semejante. Hay una parte emocional en todo este proceso que entraña un sufrimiento muy humano que seguro es desgarrador entre un padre y un hijo

Parece como si el destino guardase siempre un hecho similar a cada generación de esta Familia Real. Inevitablemente, nos viene a todos el recuerdo de la durísima decisión de Don Juan Carlos frente a la legítima ambición de su padre Don Juan de ser Rey de España. Ojalá no se haya equivocado en esta ocasión Felipe VI.

Siendo triste la noticia de esta marcha de Don Juan Carlos, no se la debe considerar mala. Felipe VI ha recibido de nuevo el apoyo generoso de su padre, que una vez más, como en tantas otras ocasiones de su vida, se sacrifica por la Corona y por España.

Nuestro país funciona, aunque como toda obra de hombre es susceptible de ser perfeccionado.

Lo verdaderamente relevante en este momento es que la comunidad que representa la suma de 47 millones de españoles, en un día como hoy, sabiendo superar la barbarie de la anomia, deberá buscar el lado positivo y al grito de ¡ Viva el Rey !, nos estamos poniendo del lado del Estado de Derecho, de la Corona, de la democracia y de España, una nación con más de quinientos años de vida.

Bieito Rubido

04 Agosto 2020

El último servicio de un gran Rey

Francisco Marhuenda

Don Juan Carlos ha sido una de las grandes figuras de la Historia. Con gran visión llevó a término el tránsito de la dictadura a la democracia. Felipe González señaló, acertadamente, que fue constitucionalista antes de que se aprobara la Constitución. Es difícil encontrar una definición más precisa y justa para quien fue un extraordinario jefe del Estado. Desde que asumió la Corona, con los enormes poderes que le otorgaban las leyes franquistas y a los que voluntariamente renunció, hasta su abdicación estuvo movido por el servicio a su patria. No es perfecto, ningún humano lo es, pero en lo que respecta al ejercicio de su alta magistratura fue, simplemente, ejemplar. No es ocioso el respeto que le profesaron los exiliados, los que participaron en la Transición y la inmensa mayoría de políticos, la admiración internacional y el cariño que recibió siempre del pueblo español. Ha sido, sin lugar a dudas, el mejor embajador de nuestro país y su papel en la Historia es incuestionable. Con respecto a los ataques de los comunistas que no hicieron la Transición y que son antifranquistas de salón es mejor ignorarlos. Lo mismo sucede con los independentistas y los antisistema que quieren destruir España. El tiempo sitúa a todos en su lugar.

El rey Juan Carlos no se ha exiliado, sino que se traslada fuera de España. Esto significa que regresará cuando lo considere conveniente y se aleja de la injusta e injustificable cacería que se ha desatado. Ha tomado una decisión acertada y conociéndole es fruto de una profunda reflexión sin ningún tipo de interferencia buscando «lo mejor para España y la Corona». Esto facilita la tranquilidad y sosiego que necesita Felipe VI para seguir con su excelente labor como jefe del Estado. La repercusión pública de «ciertos acontecimientos de mi vida privada» había alcanzado un nivel insoportable y, al menos, no tendrá que leer rumores convertidos en noticias, las filtraciones interesadas y sufrir la estrategia de defensa de unos investigados. Es una decisión buena, efectivamente, para España y la Corona. Es no conocerle pensar que no antepondría esto a sus intereses personales. El profundo amor y admiración que siente por su hijo, que ha mostrado y dicho en numerosas ocasiones, se concreta en una decisión personalmente difícil pero muy acertada. Don Felipe VI es el rey que necesita la compleja España de nuestro tiempo. Ha actuado siempre con eficacia, responsabilidad y transparencia.

04 Agosto 2020

Penúltimo servicio a España

Luis María Anson

Por España se enfrentó con su padre y por España se aparta ahora de su hijo, tras un reinado admirable

HACE ya un mes que el entorno del Rey padre conocía la decisión de Don Juan Carlos de instalarse durante algún tiempo fuera de España, con el fin de que Felipe VI pueda mantener la estabilidad institucional sin los acosos de escándalos familiares. En Moncloa sabían también la posición de Don Juan Carlos y tal vez demostraron escasa prudencia al filtrarla a medios afines.

El pasado 20 de noviembre, hace ya ocho meses, anticipé en este periódico lo que iba a ocurrir: «Como el Rey es el eje del sistema de la Transición, un sector de la izquierda española está almacenando datos para generar un gran escándalo económico en torno a Juan Carlos I, con el fin de fragilizar la estabilidad de Felipe VI. Nada más torpe ni más injusto. La libertad de que hoy goza España se debe sustancialmente a Don Juan Carlos y a la madurez del pueblo español». Padre e hijo se pusieron de acuerdo para establecer un cortafuegos ante el actual Rey que evitara el desgaste de la Institución monárquica y la fragilización de la Corona. Don Felipe renunció a cualquier posible herencia de su padre y le suspendió de la asignación pública que recibía. Era una medida acertada, aunque tal vez una ingenuidad creer que eso iba a paralizar a los que pugnan por destrozar el sistema.

Con el espíritu que siempre le ha caracterizado, Don Juan Carlos ha decidido hacer el gran sacrificio con su penúltimo servicio al pueblo español y a España, retirándose durante algún tiempo fuera de su patria. A nadie puede sorprenderle la decisión del Rey padre. Siendo Príncipe de Asturias, declaró: «No hay sacrificio que no esté dispuesto a hacer por España». Por España se enfrentó con su padre, al que adoraba, y por España se aparta ahora de su hijo, tras un reinado admirable que los historiadores más rigurosos han instalado entre los cuatro grandes de la Historia de España, junto a los de Carlos I, Felipe II y Carlos III.

Algunos analistas consideraron en su día que fue la ambición la que condujo a Don Juan Carlos a dar un hachazo en la Dinastía, aceptando el ofrecimiento del taimado caudillo Franco, el dictador amigo del duce Mussolini y del führer Hitler. Laureano López Rodó y Gregorio López Bravo fueron los que convencieron al entonces Príncipe de Asturias de que, si no aceptaba la propuesta de Franco, el sucesor sería Alfonso de Borbón Dampierre, lo que significaba la liquidación de la Monarquía histórica. A Don Juan le costó considerable esfuerzo digerir la decisión de su hijo, pero finalmente entendió el alcance de la situación y durante seis años se ocupó, a través de entrevistas personales, de encauzar a la oposición democrática en favor de su hijo, con la sola condición de que convocaría elecciones libres. Ni Don Juan, su padre, ni Doña María, su madre, ni sus hermanas Doña Pilar y Doña Margarita, asistieron a la proclamación de Don Juan Carlos como Rey de España. Cuando convocó elecciones libres para el 15 de junio de 1977, Don Juan, un mes antes, abdicó sus derechos en su hijo, trasvasándole la legitimidad dinástica en un emocionante acto en el Palacio de la Zarzuela que nunca olvidaré. Año y medio después, Don Juan Carlos se robusteció con la legitimidad popular, tras la aprobación de la Constitución votada por la voluntad general del pueblo español libremente expresada. Poco después, decidió que su padre fuera enterrado en el Panteón de Reyes del Monasterio de El Escorial, bajo este lema en su sarcófago: «Ioannes III, comes Barcinonae».

En su discurso de abdicación, Don Juan recordó a su primogénito cómo su padre el Rey Alfonso XIII decidió retirarse de España para impedir que los españoles se enzarzaran en una guerra fratricida, cosa que la II República no supo evitar. Tomó Alfonso XIII el camino del exilio, conservando unos derechos que no consideraba suyos sino «un depósito acumulado por la Historia», de cuya custodia debería rendir cuenta algún día. Y en el lecho de muerte, Alfonso XIII le dijo a su hijo Don Juan la frase que presidió toda su vida: «Majestad, sobre todo España».

En su discurso de abdicación, Don Juan expuso ante su hijo el Rey que, como Monarca, debía «ejercer un poder arbitral por encima de los partidos políticos y clases sociales sin distinciones», que la Monarquía tenía que ser un Estado de derecho en el que gobernantes y gobernados han de estar sometidos a las leyes dictadas por los organismos legislativos constituidos por una auténtica representación popular; que aun siendo la Religión Católica la profesada por la mayoría del pueblo español, había que respetar el ejercicio y la práctica de las otras religiones, dentro de un régimen de libertad de cultos como estableció el Concilio Vaticano II; y, finalmente, que España por su Historia y por su presente tiene derecho a participar destacadamente en el concierto de las naciones del mundo civilizado.

El Rey, visiblemente emocionado, lo recuerdo muy bien, intercambió una mirada con Doña Sofía, y contestó a su padre: «Quiero cumplir como Rey los compromisos de este momento histórico. Quiero escuchar y comprender lo que sea mejor para España. Respetaré la voluntad popular, defendiendo los valores tradicionales y pensando sobre todo que la libertad, la justicia y el orden deben inspirar mi reinado. De esta forma la Monarquía será elemento decisivo para la estabilidad necesaria de la nación. En estos momentos de indudable trascendencia para España y para nuestra familia, y al recibir de tus manos el legado histórico que me entregas, quiero rendirte el emocionado tributo de mi cariño filial, unido al respeto profundo que siempre te he profesado, al comprender desde niño que sobre todo y por encima de todo tú no has tenido nunca otro ideal que la entrega absoluta al servicio del pueblo español».

HAN TRANSCURRIDO cuarenta años y, tras un reinado fecundo y próspero en libertad, la embestida frentepopulista en las redes sociales y en varios canales de televisión ha conseguido que Don Juan Carlos se aparte para dejar a su hijo el Rey libre de un desgaste que podía hacerse insoportable.

Nació Don Juan Carlos en el exilio. En el exilio vivió su infancia. Y, sin eufemismos ni veladuras, vuelve ahora a un exilio voluntario como penúltimo servicio, en primer lugar, al pueblo español; después, a su hijo Felipe VI y, finalmente, a la Corona. Tal vez esté haciendo Don Juan Carlos lo que debe hacer, pero a mí se me quiebran de tristeza los puntos de la pluma. Desde el pasado 20 de noviembre de 2019, en que publiqué en este periódico mi artículo Juan Carlos I en la Historia, estaba claro que iba a ocurrir lo que ha ocurrido. Y ojalá que se despejen los horizontes, emborrascados por aquellos que están dispuestos a terminar con lo que significó la Transición, con la España de la concordia y la conciliación, que superó la realidad cainita de la turbulenta Historia española en los dos últimos siglos.

Y no está de más concluir este artículo con la frase de Quevedo que tantas veces he recordado: «Que el reinar es tarea, que los cetros piden más sudor que los arados, y sudor teñido de las venas, que la corona es el peso molesto que fatiga los hombros del alma primero que las fuerzas del cuerpo; que los pala-cios para el príncipe ocioso son sepulcros de una vida muerta, y para el que atiende son patíbulos de una muerte viva, lo afirman las gloriosas memorias de aquellos esclarecidos príncipes que no mancharon sus recordaciones contando entre su edad coronada alguna hora sin trabajo».

Luis María Anson

18 Agosto 2020

El peor destino posible

Agustín Pery

De todos los lugares posibles para exiliarse, Juan Carlos I ha escogido el peor. Los republicanos acérrimos hablarán de una jaula de oro para el Borbón. Quienes somos monárquicos por formación y convicción preferimos denominarlo torre de marfil, esa que con la que una satrapía blinda la estancia del «afectado» y le protege de fotos incómodas. Sin duda recibirá allí todas las atenciones pero se arriesga a perder aquí todas las devociones.

Ocurre que uno empieza a pensar que le da igual. Hacer lo que le venga en gana es cosa de billeteras repletas pero en ningún caso de un miembro de la Familia Real, obligada por el plus de la ejemplaridad. En Abu Dabi podrá evitar una foto hamaquera, mucho más fácil de obtener si hubiera encontrado cobijo en Dominicana, pero para un Rey que está siendo mediática y socialmente juzgado por el dinero recibido y escamoteado a Hacienda desde esas latitudes es un despropósito que sea el destino escogido. Quizá es que no tenga ni siquiera intención de defenderse porque, ay, considera que no debe explicaciones por sus actos pasados, presentes y futuros.

Los tiempos judiciales dictaminarán si se equivoca pero hoy ya es una certeza que su comportamiento de estos últimos años ha tenido el peor de los colofones. Debió salir de La Zarzuela, no del país, pero una vez cometido el error, perseverar en él tiene mucho de provocación. ¿Nadie le aconseja? Peor, ¿no atiende a recomendaciones? Parece que no. Tremendo error de quien tantos y tan valiosos servicios ha rendido al país. Él es uno de los pilares básicos de nuestra democracia. Cabe exigirle que no sea ahora el principal aliado de quienes se empecinan en derruirla, con esta tardía comunicación real de lo que ABC desveló el pasado 7 de agosto. Don Juan Carlos con su magnífico desempeño logró que muchos republicanos se sintieran cómodos entrecomillando eso de «no soy monárquico pero sí juancarlista». Que su hijo reine en España de manera tan brillante nos da esperanza. Al menos de que podamos seguir afirmando que somos monárquicos a pesar de Don Juan Carlos.

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