26 septiembre 1984
El torero Francisco Rivera ‘Paquirri’ muere durante una corrida de toros, ante las cámaras de televisión
Hechos
El 26.09.1984 murió D. Francisco Rivera ‘Paquirri’, tras una cogida en una corrida de toro.
Lecturas
La embestida de un toro que le seccionó los vasos sanguíneos a la altura del muslo, sumada a los deficientes servicios de sanidad existentes en la plaza de la población cordobesa de Pozo Blanco ha segado la vida a los 37 años del diestro D. Francisco Rivera ‘Paquirri’.
Después de haber sido cogido por el toro ‘Paquirri’ tuvo que ser trasladado en ambulancia, por pésimos caminos hasta un dispensario más adecuado a la gravedad de la cornada, que había sufrido.
Cuando llegó, sin embargo, ya era tarde.
Paquirri había muerto durante el trayecto. El torero deja viuda a la famosa cantante folclórica Dña. Isabel Pantoja, madre de un niño de corta edad.
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LAS CÁMARAS DE TVE TENÍAN LAS IMÁGENES DE LA SECUENCIA DE LA COJIDA
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SU VIUDA, ISABEL PANTOJA, CONVERTIDA EN ‘LA VIUDA DE ESPAÑA’
Dña. Isabel Pantoja, última esposa de D. Francisco Rivera y madre de su último hijo, D. Francisco Rivera Pantoja ‘Kiko Rivera’.
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CARMINA ORDOÑEZ EN LECTURAS: «MI PAPEL NO ES DE VIUDA, SINO DE MADRE»:
Su primera esposa, Dña. Carmen Ordoñez, es la madre de los otros dos hijos del torero: ‘Fran Rivera’ [D. Francisco Rivera Ordoñez] y D. Cayetano Rivera Ordoñez.
El Análisis
La muerte de Francisco Rivera Pérez, el 26 de septiembre de 1984, en la plaza de toros de Pozoblanco, constituye uno de los episodios más impactantes de la historia reciente de la tauromaquia española. La cornada que le propinó el toro Avispado le alcanzó gravemente en el muslo derecho, seccionándole importantes vasos sanguíneos. Las deficiencias sanitarias de la enfermería de la plaza y las dificultades para trasladarlo a un hospital adecuadamente equipado agravaron una situación ya dramática. La muerte del torero, pocas horas después, conmocionó a un país entero. No desaparecía únicamente una figura popular: desaparecía uno de los nombres fundamentales de la tauromaquia de las décadas de 1970 y 1980. Paquirri había logrado unir prestigio profesional, valor reconocido por sus compañeros y una enorme proyección pública, convirtiéndose en uno de los pocos toreros cuya fama trascendía ampliamente el ámbito taurino.
Sin embargo, la historia de Paquirri no terminó con su muerte. De hecho, podría decirse que comenzó una segunda vida pública. Las imágenes de la cogida, grabadas por televisión, se difundieron por toda España y dieron lugar a debates jurídicos y económicos sobre los derechos de explotación de aquel material. El interés del público fue enorme y la tragedia se convirtió en un fenómeno mediático sin precedentes. A ello se sumó la cuestión de la herencia, las disputas familiares y la extraordinaria atención que despertaba cualquier noticia relacionada con el torero. Su viuda, Isabel Pantoja, ya era una figura de enorme popularidad; su exesposa, Carmina Ordóñez, pertenecía a una de las grandes sagas taurinas del país. Ambas conservaron una presencia constante en la prensa, contribuyendo involuntariamente a que la figura de Paquirri siguiera ocupando titulares mucho después de su fallecimiento.
Con el paso de los años, el apellido Rivera acabaría convirtiéndose casi en una industria mediática propia. Los hijos de ambos matrimonios crecieron bajo la atención permanente de la prensa del corazón. La coincidencia de que tanto Carmina Ordóñez como Isabel Pantoja llamaran Francisco a sus respectivos primogénitos dio pie incluso a curiosas soluciones periodísticas: uno acabaría siendo conocido popularmente como Fran Rivera y el otro como Kiko Rivera o «Paquirrín». Las disputas familiares, las exclusivas, las entrevistas y las controversias sobre la herencia mantuvieron viva durante décadas una historia que comenzó en una plaza de toros cordobesa. Resulta paradójico que quien alcanzó la fama por enfrentarse a la muerte en los ruedos terminara generando, después de muerto, una de las narrativas más rentables de la prensa del corazón española. Su legado taurino permanece indiscutible; su legado mediático, quizá inesperado para él mismo, ha resultado igualmente duradero.
J. F.