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Tanto el primer ministro Zhao Ziyang, como el Secretario General del Partido, Hu Yaobang, aparecen como hombres de confianza de Deng y seguidores de sus indicaciones políticas

El XII Congreso del Partido Comunista Chino consolida el poder de Deng Xiaoping y abre paso a reformas económicas

HECHOS

En 01.09.1982 se celebró el XII Congreso del Partido Comunista de China. En él Deng Xiaoping fue elegido presidente del Comité Consultivo.

LA FUERZA DEL ‘CONSULTADO’

Lo más sorprendente de Deng Xiaoping, es que gobierna con poder absoluto la República Popular China sin ocupar ningún cargo que justifique tamaño poder. De acuerdo con el XII Congreso, su único papel es el de presidente de una Comisión Central de Consejeros, es decir, una especie de Comité Consultivo, aunque tanto el primer ministro como el secretario general deban consultarle todas sus decisiones. En el fondo, ocupe el cargo que ocupe nadie niega que Deng Xiaoping es el dictador absoluto de la nueva China comunista post-Mao.

04 Septiembre 1982

La China de la 'revolución pendiente'

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera)

LA CHINA de hace unos años, que vivía la revolución cultural, es hoy más bien la de la revolución pendiente, que trata, con la celebración del XII congreso del Partido Comunista, de dar una nueva carta constitucional a los esfuerzos del país por abandonar el comunismo de guerra de la pasada generación y meter a China en la carrera industrializadora de fines del siglo XX.Son varias las revoluciones rezagadas con las que trata de reconciliarse el gigante chino después de la fronda ideológica qué supusieron los años sesenta y comienzos de los setenta, en los que el famoso paso atrás para dar dos adelante de Mao se convirtió en varios pasos de lado y ninguno en dirección conocida. La primera de esas revoluciones es la del rejuvenecimiento de los cuadros, labor que, para mayor ironía, dirige desde una pasable penumbra el casi octogenario superviviente de todas las convulsiones anteriores, el insumergible Deng Xiaoping; para seguir con el inequívoco sometimiento del Ejército no ya a la línea del partido, puesto que la confusión entre las dos jerarquías venía siendo extrema, sino al poder del Estado; y finalmente, pero no por ello menos importante, la de una afirmación de la autonomía de las decisiones estatales con respecto a la fabricación teórica del partido.

El Partido Comunista Chino, que ha monopolizado el poder -y seguirá haciéndolo en el futuro, sólo que con una mayor distancia de las decisiones cotidianas del Estado- desde la victoria en la guerra civil de 1949, era la expresión de una mística revolucionaria que había derrotado uno a uno a sus adversarios en un escenario de guerras civiles, no sólo contra Jiang Jieshi (Chiang Kaichek), sino también contra los señores de la guerra y el telón de fondo de la conflagración mundial y la lucha de liberación. contra los japoneses. Ese partido había sufrido la inevitable fijación de los vencedores en el poder y la cúpula de la dirección se había convertido, sobre todo en los últimos años de Mao Zedong, en un Consejo de Ancianos. Esos ancianos, por contra, habrán de transformarse, bajo la batuta de Deng, en un reducido politburó en la penumbra que supervise el período inevitable de transición para el rejuvenecimiento.

Al mismo tieempo el Ejército que había estado admirablemnente equipado para la guerra indigente de la guerrilla tení quizá aún un sentido en los años de la guerra de Corea, y en la razzia de 1959 contra el deficiente Ejército de la Unión India, pero posiblemente hizo muy bien en abstenerse de intervenir en los setenta en la gran batalla de Vietnam, donde sus divisiones hubieran sido un tiro al blanco para la potencia de fuego, increíblemente renovada en apenas quince años, de los soldados norte americanos. Ese mismo Ejército no sería tampoco capaz de obtener una victoria significativa contra las divisiones de reserva vietnamitas en la guerra de enero de 1979, y ahí hay que trazar el comienzo de su pérdida de peso político, hábilmente utilizada por los hombres de Deng para poner al Ejército en su sitio. La milicia popular china es hoy, en los días de la guerra tecnológica, una máquina pesada, herrumbrosa e inadecuada para ejercer el papel hegemónico en el Asia al sur de la Gran Muralla; no digamos ya al norte, contra las fuerzas siberianas de Moscú. Ese Ejército, íntimamente ligado al partido por el que nació, no podía resistir la prueba de la modernización del poder sin antes acometer su modernización particular, que se supone le entretendrá unos cuantos años. Finalmente, la tercera revolución por realizar es la de la separación quirúrgica del partido ideológico y el partido estatal. No se trata tanto de dirimir una supremacía, ni mucho menos de retirar al partido de la dirección del Estado, sino de evitar la confusión entre uno y otro; de hacer que el partido comunista esté en el Estado, pero que no sea el Estado.

China quiere ser, cuanto antes mejor, un Estado como los demás, en vez de la conciencia revolucionaria del mundo; un Estado que aprenda que para tener una esfera natural de influencia ha de competir con las mismas armas que Occidente, lo que no significa que sus objetivos a medio y largo plazo tengan que ser los mismos que los de sus competidores; y, sobre todo, un Estado que ponga al país en condiciones de hacer frente en el campo del desarrollo, y por tanto, de la influencia política mundial, a la Unión Soviética, el gran enemigo histórico de Pekín. Los nuevos dirigentes saben que su capacidad para aferrarse a su pedazo de pastel en el reparto de la influencia política mundial será el mejor argumento para sostener un diálogo fructífero con Estados Unidos y negociar en su día con éxito la cicatrización de la herida de Taiwan.

09 Septiembre 1982

La 'vía china'

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera)

LOS RESULTADOS del XII Congreso del Partido Comunista de China están, más o menos, dentro de las previsiones que había anunciado y regulado Deng Xiaoping, cuya peculiar manera de desvanecerse dejándolo todo en sus mismas manos, o en las de sus próximos, pertenece más a lo que se entiende generalmente por finura, diplomacia y civilización de la vieja China que a las peculiariades de los regímenes comunistas. Es cierto que en los últimos años la plasticidad de la ideología comunista, sobre todo en los países donde esta ideología forma parte de la oposición, es tan dúctil y maleable que cada vez resulta más dificil de encerrarla en una sola definición. Tampoco se sabe ya hasta qué punto el comportamiento de los sistemas comunistas sufre considerables modificaciones no sólo por la geopolítica de las grandes potencias sino también por el peso de los intereses nacionales. Quizá el eslavismo que pueda atribuirse a un determinado comportamiento del comunismo en la URSS, compuesta de tantas nacionalidades, razas y lenguas, proceda de la unificación centralista del zarismo ruso, eslavo, que en lugar de desvanecerse en el comunismo se ha afincado; y quizá la forma comunista que ha tenido China hasta ahora haya conseguido un carácter nacionalista que su fragmentación histórica nunca tuvo.Puede que la primera gran ruptura del comunismo teórico al comunismo práctico fuese la sorpresa de que la revolución no triunfara en países altamente industrializados -como Alemania, para donde estaba pensado- sino que venciese primero en el gran barrizal nevado del imperio ruso, donde la corrupción de la corte era la cara de la moneda y la cruz eran las almas muertas, y después a una China devastada por el colonialismo, la rapiña de las grandes compañías, la de los señores de la guerra y la gran tragedia del hambre, la droga y las epidemias. A partir de esa ruptura, las circunstancias nacionales e internacionales han sido tan fuertes, y las presiones de toda clase sobre los países comunistas tan poderosas, que los comunismos instalados han tenido que responder con una especie de duplicidad enormemente equívoca: el mantenimiento de una estructura, una nomenclatura, unos organigramas y una burocracia que mantenían el gran armazón comunista y, al mismo tiempo, los cambios de fondo necesarios para subsistir en una gran sociedad mundial cada vez más intercomunicada e incluso influida por los contrarios.

Para muchos comunistas europeos, este doble ejercicio de la URSS para responder como ha podido al peso de la historia y a la presión del interior, por una parte, y del exterior, por otra, ha sido suficiente para descalificarla. Es interesante ver cómo algunos de ellos tratan de buscar ahora el polo carismático del que parecen necesitados en China y encuentran una apertura de vía en este mismo XII Congreso, en el que otros creen ver una ya rápida fuga de los centros clásicos del comunismo, e incluso una fuga directa del comunismo en sí.

De lo que sucede en China, y de lo sucedido en los últimos años, puede deducirse una dinámica histórica en varios puntos. Uno de ellos es la elevación, por medio del comunismo clásico, de un país donde la cuidada y delicada civilización era un privilegio de algunos, pero donde la miseria reinaba sobre enormes masas; otro, posterior, es la elaboración de un nacionalismo que, después de afirmarse sobre sus antiguos colonizadores y predadores, y de querer dirigir a los pueblos del Tercer Mundo por esa misma vía de liberación, se enfrentó con el nacionalismo ruso de la URSS y su ambición de gran potencia, disputándole fronteras con la cobertura de diferencias ideológicas. Para movilizar a un país de ideología internacionalista contra otro hizo falta un enorme esfuerzo, en el que iban comprendidos fenómenos tan extraños como la revolución cultural, nunca suficientemente explicados. Ese esfuerzo, y un claro chinismo de fondo -el que aprovecha a su manera las relaciones de fuerza de sus adversarios- llevó a China a posiciones internacionales muy distintas con respecto al Tercer Mundo, desde la de apoyar fuerzas contrarrevolucionarias para evitar que las revolucionarias supusieran un triunfo soviético hasta la de soslayar su antigua reivindicación sobre Taiwan (aun después de los desplantes de Reagan en ese tema).

La nueva fase es el abandono de las más clásicas premisas del comunismo, pero sin dejar de utilizarlo en cuanto se refiere a forzar la mano de obra barata y dar a las grandes empresas multinacionales la seguridad de que sus inversiones no se van a ver alteradas por huelgas o por elevaciones de salarios: solamente en una cierta mejora del consumidor necesaria para abrir un mercado interno a los productos y unos ciertos estímulos para aumentar la capacidad de trabajo. Puede que estos pasos sean necesarios y convenientes para un desarrollo de la nación china; puede que sus dirigentes, mas allá de la truculencia de las luchas internas por el poder y de las absurdas denuncias de los que caen en desgracia, hayan comprendido que la etapa comunista se había agotado y que las soluciones de otros tiempos ya no tienen vigencia. Lo que no tiene sentido es que las sociedades occidentales podamos seguir creyendo que el régimen chino es un régimen comunista y que las vías chinas son admirables y utilizables. Los pensadores occidentales del comunismo saben ya que el sistema soviético ha dejado de servir; les convendría meditar acerca de si el fenómeno de la evolución china no es más que la corroboración de que, simplemente, el modelo comunista ha dejado de servir enteramente.

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