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Elecciones México 2000 – Vicente Fox (PAN) acaba con el régimen del PRI tras más de 70 años en el Gobierno

HECHOS

Las elecciones presidenciales de México celebradas el 2.07.2000 dieron el triunfo al candidato del Partido Acción Nacional, Vicente Fox.

RESULTADOS:

vicente_fox Vicente Fox – Alianza por el Cambio  (PAN + PVEM) – 13.153.069 votos.

labastida Francisco Labastida – PRI – 12.317.210 votos

CuauhtemocCardenas Cuauhtémoc Cárdenas – ALianza por México (PRD + PT + SN + AS) – 5.650.750 votos

04 Julio 2000

Ganamos todos

Carlos Fuentes

La victoria tiene mil padres. La derrota es huérfana.Victoria de Ernesto Zedillo. El presidente mexicano aseguró que el voto fuese limpio y los resultados, aun en caso de derrota para su propio partido, respetados. Zedillo pasará a la historia como el presidente que confirmó la era de la democracia en México y consolidó la transición que la hizo posible. Los ciudadanos debemos agradecerle a Zedillo su conducta y protegerlo de los cuchillos largos de un Partido Revolucionario Institucional (PRI) amargado y vengativo.

Victoria de José Woldenberg y el Instituto Federal Electoral. Con puntualidad y rigor, respetaron e hicieron respetar las leyes de la elección. Gracias a Woldenberg y el Instituto Federal Electoral (IFE), se evitó la violencia en la contienda y se aseguró -hasta ahora- una transición pacífica.

Victoria de Cuauhtémoc Cárdenas por no haberse rendido a la seducción del triunfo, manteniendo, en cambio, un espacio propio para la izquierda, sin la cual, en circunstancias siempre cambiantes, la derecha puede creer que ha obtenido patente de corso. Cárdenas sostuvo una identidad y, en consecuencia, un territorio para la izquierda renovada que México requiere. La victoria de Andrés Manuel López Obrador en el Distrito Federal le da a la izquierda una oportunidad inmediata de medirse tanto contra el PRI en derrota como contra el Partido de Acción Nacional (PAN) triunfante.

Victoria de Vicente Fox y de su tozudo empeño frente a desafíos que en su día parecieron insuperables. Victoria de Fox sobre las sombras y sospechas que le acompañaron y que el presidente electo trató de disipar en el discurso de su noche triunfal. Creo que todos los mexicanos aceptamos su mensaje de conciliación y apertura. Creo, también, que debemos mantenernos alerta para que las viejas tendencias clericalistas, homofóbicas, moralistas y misóginas del PAN no resurjan, sintiéndose autorizadas por la victoria.

Victoria de la democracia en la medida en que el voto se ha manifestado libre y abundante. Cabe, ahora, completar el cuadro del triunfo de la oposición en la carrera a la presidencia con el de las nuevas oposiciones -PRI y Partido de la Revolución Democrática (PRD)- en las legislaturas. Fox necesita Cámaras pluralistas y combativas para que la transición no se pierda, revirtiendo al modelo histórico -casi la ley de la gravedad- del autoritarismo mexicano. El llamado de Fox a la tolerancia y el diálogo no excluye, sino que reclama, lo mismo que al priísmo le tomó tanto tiempo aceptar: crítica, adversidad, libertad y pluralidad de opinión.

Victoria de todos. Por primera vez desde 1911, la oposición gana las elecciones en comicios libres y creíbles. El hecho es histórico. Confirmarlo exige de la ciudadanía más vigilancia que nunca para que las prácticas políticas correspondan a la voluntad democrática.

Victoria de Francisco Labastida en la paradójica medida en que su derrota obliga al PRI a pasar a la oposición y examinarse como formación política viable en un entorno democrático. Si un PRI resentido y vengativo recurre a su innegable presencia nacional para frustrar el ejercicio normal de la presidencia foxista, habrá cavado su tumba definitiva. En cambio, si los elementos democráticos y renovadores del PRI aprovechan la derrota para despedir a los dinosaurios,redescubrirán el capital y las dinámicas -políticas, sociales, defensa de la nación, impulso a la cultura- que le dieron legitimidad hasta 1960.

Victoria de dos tendencias opuestas y ahora convergentes de la historia de México: la tradición del cambio y la tradición conservadora. Ganó la elección la mayoría de votantes que estaba harta de los setenta y un años del PRI. Pero la ganó con las banderas de la tradición conservadora. ¿Cuánto durará el matrimonio? Hace casi veinte años predije -más bien, imaginé- a un presidente del PAN en mi novelaCristóbal Nonato. En ella, el presidente panista tenía que gobernar con la burocracia priísta. Tenía que soportar, además, la cargada de búfalos priístas cuya lealtad, instintiva y considerada, es siempre para el presidente en turno. Y tenía, por último, que darle la cara a los problemas duros y constantes de México: pobreza, población, salud, techo, educación, derechos humanos, ecología, corrupción, minorías…

Victoria de México si la nueva Administración, a partir del l de diciembre, da muestras claras de que quiere, sabe y puede resolver de manera novedosa y firme estos problemas. Lo hizo Roosevelt con el Nuevo Trato Norteamericano en los cien días de su primera inauguración. Lo hizo Lázaro Cárdenas entre 1936 y 1940. Ojalá lo haga Vicente Fox, a quien le van mis buenos deseos de éxito y felicitaciones por su indiscutible triunfo.

04 Julio 2000

Fin de época.

Héctor Aguilar Camín

El triunfo de Vicente Fox culmina una época del cambio político de México. La culmina y la cierra. Es el fin de una larga serie de reformas electorales y salda una de las dos grandes asignaturas de la instauración democrática: la transmisión del poder mediante elecciones libres y transparentes. Queda pendiente la otra asignatura fundamental: el pacto colectivo de respeto a la ley, la vigencia del Estado de derecho.El triunfo de Fox validó de una vez por todas, contra sus propios pronósticos de posible fraude, la calidad de las instituciones electorales construidas por los partidos y el Gobierno en la última década. Validó, en particular, la calidad de la última reforma, emprendida por el Gobierno de Zedillo y el PRI para autonomizar al IFE, definir el financiamiento público de los partidos y garantizar condiciones de equidad en los medios de información.

Luego de Vicente Fox, el gran triunfador de las elecciones del 2 de julio, fue la institucionalidad electoral de México, paraguas de protección de la voluntad de los votantes. Se acabaron los fantasmas del fraude, la casa quedó exorcizada para siempre. Como si las hubiera practicado toda su vida, en la jornada del 2 de julio, el régimen democrático mexicano ofició todas las escenas fundadoras de su nueva época.

Fue una contienda incierta con reglas claras. Hubo alternancia en el poder. El triunfador fue reconocido por sus adversarios. Al pleito siguió la naturalidad cívica, la normalidad de la vida después de la batalla en que se definió al nuevo Gobierno.

En la contienda no hubo ahorro de ideas ni de diatribas. Abundaron propuestas generosas y pequeñeces de baja ley. Fue una competencia sin cuartel, en todos los órdenes. Los candidatos ganaron y perdieron en condiciones de equidad, pagando por sus errores y cosechando por sus aciertos. Por primera vez en la historia electoral contemporánea de México, esos candidatos estuvieron sometidos al escrutinio implacable de los medios y los ciudadanos. Por primera vez fueron políticos de carne y hueso, encarnaciones de su propia humanidad.

Los votantes dirimieron la contienda soberanamente, escondiendo hasta el final las proporciones exactas de su voluntad. El resultado fue contundente, sin ser abrumador. Los perdedores reconocieron públicamente su derrota, empezando por el presidente de la República, que asumió la pérdida del candidato de su partido y ofreció su inmediata colaboración al ganador. La gente se fue a dormir tranquila; los ganadores, jubilosos; los perdedores, tristes, aceptando su derrota en buena lid.

Todas esas cuestiones rutinarias de la normalidad democrática sucedieron en México por primera vez. Fue una jornada de fundación y también de clausura de un mundo de sospechas y trampas. Un fin de época incruento y tranquilo: cívico, civilizado y civilizador.

Han muerto por última vez varios cadáveres ilustres: el dinosaurio ubicuo y la dictadura perfecta, la oposición buena y el Gobierno malo, el soviético partido de Estado y la imbatible mancuerna PRI-Gobierno. En un sentido estricto, ha muerto el PRI como quería T. S. Eliot, no con una explosión, sino con un gemido: luego de que el candidato Francisco Labastida reconoció sin tapujos su derrota, los priístas cantaron el himno nacional, solemnes y doloridos, como parados en la proa delTitanic.

Todos los problemas de la nueva época quedan adelante. Erguidas y a punto de los primeros desencantos flotan sobre el triunfo de Vicente Fox las mullidas esperanzas del cambio.

Vendrán después, mañana mismo, la política y la realidad. Mientras tanto, al final de la noche de la elección, en la madrugada inaugural de México, era posible escuchar a unos cuantos triunfadores desvelados que hacían sonar el claxon de sus carros sobre una polis silente. Por primera vez en 70 años, los ciudadanos de esa polis habían cambiado de partido en el Gobierno. Habían matado al PRI, y se dormían tranquilos, como bebés que apenas ayer hubieran venido al mundo.

04 Julio 2000

Hora Cumplida

Luis María Anson

Estaba el PRI todavía en su apogeo – ganaría dos elecciones más – cuando un día, en su casa de México, me dijo Octavio Paz:

“La fórmula está agotada. México necesita la alternancia, aunque sea por la izquierda. El PRI deja un balance altamente positivo. Pero hay que cambiar porque el tejido de intereses creados nos va a asfixiar. Es necesario evolucionar hacia la democracia plena si no queremos que un día cercano estadle la revolución y la anarquía”.

Y me leyó el breve ensayo que estaba terminado: ‘Hora cumplida’. Lo conseguí para ABC y se publicó en España a la vez que en México. Tuvo un eco penetrante en medios políticos e intelectuales. El diario ‘Reforma’ y su director, mi querido amigo Junco, se convirtieron en la punta de lanza del cambio. Tuvo, además, el ensayo de Paz un lector que con el tiempo sería un personaje de excepción: Ernesto Zedillo. El asesinato de Colosio y el salto del ‘tapado’ situó a aquel hombre joven en la Presidencia de la República, convencido de la tesis de Paz: era necesario, era imprescindible democratizar a fondo la vida mexicana. A punto de terminar su sexenio, Zedillo pasará a la Historia, al margen de aciertos y errores, como el presidente que hizo posible la alternativa e instaló a México en una democracia plenamente pluralista. Desde la presidencia de Televisa Europa he sido testigo durante dos años de la palabra inédita que iba a germinar en la jornada del pasado domingo. Ninguna sorpresa para mí. Hace tres años, en un almuerzo en Los Pinos, me dijo Zedillo con palabras talladas: “Sería grave no escuchar el clamor del pueblo mexicano por el cambio”. Sabía que el hierro estaba derrotado. Pero se ha mantenido fiel a su partido hasta el final.

Los estudiosos de la política van a asistir a una experiencia única para el análisis y la reflexión: la transición de una dictadura de partido de setenta años a un sistema democrático pleno. Hay tantos intereses y de tal calibre por medio que se producirán inevitablemente traumas y fracturas preocupantes. Pero el buen sentido del pueblo mexicano podrá con todo. Octavio Paz tenía razón: hora cumplida. Y hora nueva para la construcción de un México esperanzado en el que se reconozca todo lo positivo que el PRI ha hecho por la nación, pero con la renovación ahora de caminos de libertad para el futuro. En los muros de uno de los grandes museos mexicanos se lee una frase que podría ser hoy la consigna para la gran nación de Rulfo y Rivera: “Estos toltecas eran ciertamente sabios Solían dialogar con su propio corazón”.

Luis María Anson

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