25 julio 1945
El papel de líder durante la Segunda Guerra Mundial no ha impedido que los electores hayan optado por el cambio ahora que la contienda está a punto de concluir
Elecciones Reino Unido 1945 – El laborista Clement Attlee vence con una sorprendente mayoría a Winston Churchill
Hechos
El 25.07.1945 se celebraron elecciones legislativas en el Reino Unido que dieron la victoria al Partido Laborista.
Lecturas
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El Partido Laborista ha obtenido 393 diputados en la Cámara de los Comunes en las elecciones celebradas entre el 5 y el 12 de julio de 1945.
El Partido Conservador ha perdido más de 1.800.000 votos, por lo que se queda en 189 diputados.
Apenas conocidos los resultados electorales, el primer ministro Winston Churchill, presentó su renuncia; el nuevo gobierno estará presidido por el líder del Partido Laborista, Clement Attlee.
Por amplia mayoría los ingleses han decidido que Churchill – que condujo con mano firme la nación durante el terrible periodo de la guerra – quien dirija la reconstrucción de Reino Unido y una política política social que comience por las viviendas.
28 Julio 1945
Los laboristas en el Poder
Todavía no se ha hecho público el Ministerio que, según se dice, tiene ya formado el nuevo ‘premier’ británico. Se habla mucho de Bevin como secretario de Estado para Asuntos Exteriores. Otros rumores aseguran que será Dalton, y todavía otros que Crippa. En definitiva, la difícil labor de acoplar carteras y personas parece ser una demostración más de que los laboristas mismos no esperaban un triunfo tan absoluto como el que han obtenido y que, por lo tanto, no creían tener que formar un Ministerio completo. Por lo demás, hay que reconocer que no les sobran personalidades de talla para ocupar los puestos ministeriales.
En cuanto a la presencia del laborismo en el Poder, en la forma amplísima que lo han alcanzado, se espera haya de producir amplias repercusiones en todo el continente europeo. Por lo pronto, la situación en Italia, Grecia y Bélgica podría verse afectada por ello y, sobre todo, el curso de la política francesa con sus elecciones de octubre inclusive. Sin embargo, el laborismo, aunque representa la forma británica del socialismo, se diferencia notablemente del socialismo continental en diversos aspectos. En primer término, su adhesión sin reservas ni segundas intenciones a la Monarquía inglesa, puesto de relieve en todos sus actos y, explícitamente, en una reciente sesión del Parlamento, en la cual, después de hacerlo, el entonces primer ministro Churchill, un representante del Partido Laborista se levantó para hacer constar la fidelidad de la organización al Rey Jorge VI. En segundo término – y el aspecto es importantísimo – el laborismo se somete totalmente al juego de la política inglesa. No sólo en la aludida cuestión de régimen, sino en el juego parlamentario y electoral. O sea, que de la misma manera que los laboristas han alcanzado el Poder por las urnas, están dispuestos a abandonarlo el día que las urnas se lo ordenen. Nada, por lo tanto, del peligro de la dictadura socialista que existe casi siempre en los restantes países, salvo, naturalmente, los del norte de Europa. Ello, además se refleja en el mantenimiento de la libertad de expresión, palabra y Prensa que constituye una de las características esenciales del modo de vivir político británico.
La Prensa inglesas se expresa, respecto a las elecciones, afirmando que se trata, en suma de una ‘revolución silenciosa’. Se trataría, en una palabra, de uno de los clásicos cambios de la política inglesa que se efectúan sin violencias y por medio de una evolución pacífica. Sin embargo, hay un punto en el cual el laborismo puede hallar el tropiezo más serio de su gestión – aparte las dificultades internas que reforman precipitadas pudieran producir – y es la política exterior en relación con la gran Potencia socialista rusa. El secreto está en saber hasta qué punto el ala extremista del partido impondrá su criterio partidista o el ala moderada hará prevalecer el criterio nacional. Señalábamos, en nuestro anterior comentario, que en ello existe un peligro de división que el partido triunfante tiene que evitar. Tanto mayor peligro cuanto que la cantidad de diputados adquirida se traducirá, seguramente, en una cierta inconexión de la cual pueden hacer mella las divisiones.
Sin embargo, hay algo por encima de todo y es lo que señala un periódico inglés. El laborismo ha llegado al Parlamento nuevo con tal cantidad de votos que se trata de una verdadera votación nacional en la cual han tomado parte muchos que, sin pertenecer política ni ideológicamente a la organización, le ha aportado su sufragio por diversos motivos. Esto les inviste de una responsabilidad a la cual un hombre tan ponderado y de sentimientos tan evidentemente nacionales como es Attlee, debe responder para hacerse digno del puesto que le ha sido otorgado.
El Análisis
Apenas dos meses después de la victoria sobre la Alemania nazi, el Reino Unido ha vivido unas elecciones generales que pasarán a la historia no por lo previsible de su celebración, sino por lo inesperado de su resultado: Winston Churchill, el hombre que lideró con temple, oratoria y determinación a Gran Bretaña durante los años más oscuros de la Segunda Guerra Mundial, ha sido derrotado en las urnas. El vencedor ha sido Clement Attlee, líder del Partido Laborista, quien ahora asume el reto de liderar la posguerra británica. Un giro político tan sorprendente como revelador.
¿Cómo entender que el arquitecto de la victoria sea apartado por los electores? La respuesta está en la diferencia entre ganar una guerra y construir la paz. Churchill fue el símbolo del coraje nacional, pero su partido, el Partido Conservador, no logró convencer al país de que también podía ser el arquitecto de una nueva sociedad. Las prioridades del electorado se habían transformado: tras años de sacrificio y racionamiento, los británicos querían un Estado más justo, con servicios públicos, pleno empleo y un sistema sanitario accesible. El programa laborista, influido por el informe Beveridge y con la promesa de un Estado del bienestar, encarnaba esa esperanza.
Las consecuencias de este giro serán profundas. El Reino Unido inicia una ambiciosa etapa de reformas sociales y económicas que marcarán su destino en la segunda mitad del siglo XX. Para Churchill, comienza un periodo en la oposición, aunque su figura histórica ya es intocable. Pero el pueblo británico ha hablado con claridad: la grandeza de un líder en tiempos de guerra no siempre garantiza su liderazgo en tiempos de paz. Ahora, el pulso del Reino Unido se orienta no hacia el campo de batalla, sino hacia la reconstrucción social.
J. F. Lamata