25 abril 2002

Ricardo Martínez continuará haciendo la tira en EL MUNDO, pero en solitario

Fin de ‘Ricardo y Nacho’ en EL MUNDO: Nacho Moreno abandona el periódico asegurando estar «harto de la política»

Hechos

El 25 de abril de 2002 D. Gabriel Albiac publica un artículo en EL MUNDO sobre la ruptura de Ricardo Martínez  y Nacho Moreno, viñetistas de ese diario.

Lecturas

«Nacho terminó detestando la política y la rutina diaria de las puñeteras opiniones gráficas. Así que lo dejó en 2002. Yo pensé en abandonarlo porque también aborrecía la política, pero un amigo dibujante estadounidense, Don Wright, me recomendó que, precisamente por eso, debería seguir haciendo las viñetas. Continué y siempre me ayudó pensar cómo hubiera resuelto Nacho cada tema. Han pasado casi 20 años desde que hago los dibujos solo, pero Nacho sigue en esas imágenes de la página 2 de EL MUNDO» (Ricardo Martínez).

25 Abril 2002

Ricardo y Nacho

Gabriel Albiac

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En la viñeta hay un hombre, espalda pegada a la pared sobre la estrecha cornisa, y es de noche. Sin afeitar, descalzo, pijama a rayas, camiseta, cuatro pelos de punta. La boca desencajadamente abierta en un abismal alarido: «¡No puedo más!». Y enumera: matanzas, corrupción, pederastias, fascismos, giles… La insufrible condición de cada día. Nada que cambie esencialmente de lo que Baudelaire describe, hace ya un siglo y pico: «Todo periódico, desde su primera línea hasta la última, no es más que un tejido de horrores.Guerras, crímenes, robos, impudicias, torturas, crímenes de los príncipes, crímenes de las naciones, crímenes de los particulares, una borrachera de atrocidad universal. Y es ese el asqueroso aperitivo con el cual el hombre civilizado acompaña su desayuno cada mañana. Todo, en este mundo, transpira crimen: el periódico, la muralla y el rostro del hombre».

A la derecha de la viñeta hay una mujer. De aspecto bastante más convencional que el del tipo de la cornisa. Y una niñita que mira con aire estupefacto. La mujer tiende los brazos (en el izquierdo lleva un par de pulseras y está aceptablemente bien peinada). Grita, sin embargo, los ojos fijos en el hombre de mirada perdida: «¡Tranquilo, cariño! ¡Ya verás cómo la semana que viene le damos vuelta a la eliminatoria!».

Y toda la esencial tragedia en que vivimos, en que vive clausurada la sociedad moderna, emerge. Sin el roce siquiera de una mota de anecdotismo. Y la tragedia se resuelve en carcajada. Fútbol.

Sonrío para mí. Me digo: «Ricardo y Nacho. Como siempre. La perfección».Perfección conceptual, digo. La formal, la precisión del trazo de Ricardo, se da por supuesta. La conceptual, ésa que hace de un dibujo el verdadero editorial de un periódico, es sólo privilegio de poquísimos.

«Ricardo y Nacho»… Luego, percibo que me equivoco. Que, aunque éste de ayer es un Ricardoynacho de la mejor hornada, Nacho ya no firma. Se hartó de esa angustia diaria de la redacción, que Baudelaire sabía insoportable. Y yo sigo sintiéndolo presente.En los días en que el colega Ricardo hace sonar ese rincón perdido de nuestro inconsciente (del mío, al menos) que muy pocos alcanzan.El punto en el cual hiere una verdad cuya necesaria sonrisa es síntoma de hasta qué extremo nos resulta insoportable.

El mundo es esta infame broma. De horrores que, en el fondo, exhibimos para que no nos hieran. Y de juegos triviales (Barça Madrid o lo que sea) que trastruecan de arriba abajo nuestras emociones.Yo entiendo que Nacho se haya hartado de jugar el juego. Y se haya encerrado sólo con su Goomer en un mundo infinitamente ajeno al de todos los días. Lo entiendo y lo envidio. Y lo añoramos. Ricardo como yo.