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Tras especularse con una negociación e incluso la entrada de Oviedo en el Gobierno Wasmosy, el militar - considerado amigo de Pinochet - ha sido encarcelado

Fracasa un intento de Golpe de Estado en Paraguay del General Lino Oviedo contra el Gobierno de Juan Carlos Wasmosy

HECHOS

El 22 de abril de 1996 el general Lino César Oviedo se declaró en rebeldía frente al Gobierno de D. Juan Carlos Wasmosy tras dictaminar este su pase a la reserva.

ARGAÑA, EL OTRO FRENTE PARA WASMOSY EN EL PARTIDO COLORADO

argana_corte_suprema Lino Oviedo no es la única persona que aspira a hacerse con el control del Partido Colorado y, por tanto, con la candidatura oficialista a la presidencia del país. El ex canciller Luis María Argaña, lidera una facción importante donde se han concentrado todos los partidarios del ex dictador exiliado Stroessner. A pesar de Argaña apoyó el golpe de Estado de 1989 contra Stroessner, desde su ruptura con Wasmosy se ha convertido en el principal interlocutor del sotressnismo’, reivindicando su aciertos de Gobierno y reclamando que se le permita volver a Paraguay.

24 Abril 1996

Asonada paraguaya

Editorial (Director: Jesús Ceberio)

LA REBELIÓN en Paraguay del general Lino César Oviedo ha retrotraído a la memoria de todos el fantasma del golpismo militar en Latinoamérica. El solo intento de servirse de las armas -o la amenaza que implica su mando sobre ellas- para acabar con una de las más recientes y doloridas democracias de América Latina ha merecido la condena de toda la comunidad internacional, desde Washington a Madrid. El Gobierno de Juan Carlos Wasmosy sabía desde ayer, cuando menos, que contaba con el apoyo de todos los demócratas. Tras un largo día de noticias contradictorias, el conflicto con el general entró en una inesperada y sorprendente solución: la designación del general rebelde como ministro de Defensa. El presidente Wasmosy, para acabar con el conflicto, optó por una fórmula que quizá le exija pactos más humillantes en el futuro. Esperemos que Paraguay pueda disfrutar por muchos años de la libertad que tan recientemente ha recuperado.Tras más de medio siglo de dictaduras militares, la más larga la del general Alfredo Stroessner (1954-1989), hoy exiliado en Brasil, las elecciones paraguayas de mayo de 1993 dieron la victoria a un civil, el actual presidente Wasmosy. No se trata aquí de juzgar la gestión del nuevo presidente. Pero menos aún era esto competencia de un militar al servicio de sus compatriotas. Las relaciones entre Wasmosy y el general Oviedo han sido más o menos tormentosas, y la tensión estalló el lunes cuando Wasmosy, en el ejercicio legítimo de sus funciones, destituyó al general y le envió al retiro. La reacción de Oviedo fue acuartelarse con sus tropas en las afueras de Asunción. Todo ya sabido en la mecánica de los militares caudillos. La tentativa de Oviedo sorprende tras años en los que los golpes militares parecían ya historia al sur de México. Pero debe reflexionarse si no es excesivo el optimismo que cree que América Latina está definitivamente inmunizada contra el golpismo. Ese peligro, al igual que el del populismo, la guerrilla, el terrorismo y el narcotráfico, sigue amenazando a unas democracias jóvenes, casi todas enfrentadas a durísimas realidades socíales y económicas.

Que el general Oviedo se hubiera sometido al poder civil era, la mejor fórmula para que tanto en los uniformados paraguayos como en los de otras repúblicas suramericanas arraigue la convicción de que la era de las sangrientas aventuras golpistas pertenece a un pasado del que nadie, y ellos menos que nadie, debe sentirse orgulloso.

El propio presidente Wasmosy tendría que haber tenido más cuidado con la fórmula transaccional para acabarcon el intento de insurrección. Debe saber el presidente que el ejemplo de su decisión puede ser definitivo para enfrentar los próximos movimientos militares. Y debería haber tenido en cuenta,. también, que los paraguayos le eligieron para caminar por la vía de la normalidad, democrática, sin los periódicos sobresaltos que sin duda le causará esta herida mal cerrada.

28 Abril 1996

Golpe a Golpe

Xavier Batalla

El general Lino César Oviedo, jefe de Ejército paraguayo que esta semana se declaró en rebeldía para evitar su pase a retiro, no entrará por la puerta grande en la historia latinoamericana, que a menudo se ha hecho golpe a golpe. Y tampoco puede decirse que haya realizado una interesante aportación a la lucha contra el desempleo. Pero el general que ahora pretende ser un candidato a la presidencia de armas tomar, ha tenido el detalle de demostrar lo difusa que es la frontera entre un régimen constitucional y la democracia vigilada.

El golpe de Estado ha sido una práctica muy latinoamericana, pero no exclusivamente latinoamericana. Fue corriente en el siglo XIX y en la primera mitad del siglo XX en lo que ahora es el núcleo duro de Europa. En la periferia europea se tardó bastante más en abandonar la práctica, que fue mucha. Y si repasamos la historia nos encontraremos que, en el mundo moderno, el golpe de Estado ha sido un modo de cambiar gobiernos tan común como las elecciones y mucho más corriente que un levantamiento revolucionario.

Pero el caso latinoamericano es, por estos pagos, mucho más atractivo, entre otras cosas porque nos recuerda nuestra historia. El escenario más reciente resulta familiar: Chile ha vivido bajo la bota militar de 1973 a 1989, como mínimo; Paraguay, de 1954 a 1989; Argentina, de 1976 a 1983; Uruguay de 1973 a 1984; Brasil de 1964 a 1985 y Perú, de 1968 a 1980. ¿Dónde está el paréntesis en la historia, ahora o antes? Bolivia padeció 189 pronunciamientos en sus primeros 168 años de independencia. Y algunos miembros de la nueva generación de presidentes civiles, como es el peruano Alberto Fujimori, han resuelto el dilema histórico entre régimen constitucional y dictadura militar de forma aparentemente salomónica: los militares son accionistas del milagro política.

Las razones por las que Latinoamérica es una sociedad tan distinta en América son muy diversas. Francis Fukuyama, en su famoso libro “El fin de la historia y el último hombre”, se queda con una explicación política: “Fue práctica común en América Latina emplear el poder del Estado para favorecer los intereses económicos de las clases altas, que en esto imitaban a las ociosas y terratenientes clases altas europeas, más que a las emprendedoras clases medias que habían aparecido en Inglaterra y Francia después de la conquista española de América”. Pero Fukuyima considera en su alegato que el liberalismo que ahora recorre América Latina está barriendo de una vez por todas las instituciones feudales heredadas de España y Portugal.

Pero ¿qué hay que hacer para que no cunda el ejemplo del general Oviedo en las frágiles democracias latinoamericanas? Tal vez habría que inventarse una OTAN regional para que los militares viajen más y amplíen su círculo de amistades.

Xavier Batalla

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