24 abril 1996
Tras especularse con una negociación e incluso la entrada de Oviedo en el Gobierno Wasmosy, el militar - considerado amigo de Pinochet - ha sido encarcelado
Fracasa un intento de Golpe de Estado en Paraguay del General Lino Oviedo contra el Gobierno de Juan Carlos Wasmosy

Hechos
El 22 de abril de 1996 el general Lino César Oviedo se declaró en rebeldía frente al Gobierno de D. Juan Carlos Wasmosy tras dictaminar este su pase a la reserva.
Lecturas
El 22 de abril de 1996, Paraguay vivió su crisis institucional más grave desde el derrocamiento de Alfredo Stroessner en febrero de 1989. El presidente Juan Carlos Wasmosy, primer civil elegido para ocupar la jefatura del Estado tras la dictadura, ordenó el relevo y pase a retiro del comandante del Ejército, general Lino César Oviedo, uno de los militares más poderosos del país y protagonista del levantamiento que había derrocado a Stroessner. Oviedo, que había contribuido decisivamente a la llegada de Wasmosy al poder en 1993, se negó a obedecer, se atrincheró con oficiales y unidades leales en instalaciones militares de Asunción y exigió la dimisión del presidente. Circularon rumores sobre un posible ataque contra el Palacio de Gobierno, mientras el jefe del Estado buscaba refugio durante unas horas en la Embajada de Estados Unidos. La Marina, la Aviación, la Policía y otros mandos militares se mantuvieron leales al Gobierno, al tiempo que el Congreso, los partidos de oposición y numerosos ciudadanos rechazaron la rebelión. La Organización de Estados Americanos, Estados Unidos y los países vecinos expresaron su apoyo al orden constitucional.
La sublevación era el desenlace de una rivalidad que se había gestado durante los primeros años de la presidencia de Wasmosy. El general Oviedo había utilizado su influencia sobre el Ejército para intervenir en la política paraguaya y había respaldado al presidente frente a su adversario interno Luis María Argaña Ferraro, antiguo ministro de Relaciones Exteriores y dirigente del Movimiento de Reconciliación Colorada, una corriente del gobernante Partido Colorado. Argaña había denunciado que la candidatura de Wasmosy para las elecciones de 1993 se había impuesto mediante irregularidades en las primarias coloradas de diciembre de 1992, con intervención favorable de sectores militares próximos a Oviedo. La relación entre el presidente y el general fue deteriorándose a medida que este último consolidaba su poder sobre los mandos castrenses y dejaba entrever sus propias aspiraciones presidenciales para 1998. Ante la negativa de Oviedo a abandonar su puesto, Wasmosy optó inicialmente por una solución negociada: ofrecerle el Ministerio de Defensa a cambio de que renunciara al mando del Ejército. El acuerdo, anunciado el 23 de abril, fue interpretado por buena parte de la opinión pública como una concesión al militar sublevado. Miles de manifestantes salieron a las calles de Asunción para rechazar que un general que había desobedecido al presidente fuese recompensado con un cargo ministerial. Argaña, adversario de Wasmosy dentro del propio coloradismo, denunció la humillación internacional que suponía el pacto.
El 24 de abril, Oviedo aceptó abandonar la jefatura del Ejército, que pasó al general Óscar Díaz Delmás, y llegó a escenificar el final de la crisis mediante un abrazo con Wasmosy. Sin embargo, la anunciada incorporación del militar rebelde al Gobierno provocó nuevas protestas, el rechazo del Congreso y amenazas de dimisión de varios ministros. El secretario general de la OEA, César Gaviria, y representantes diplomáticos extranjeros intervinieron para evitar una ruptura institucional. Finalmente, el 25 de abril, Wasmosy anunció que no nombraría ministro de Defensa a Oviedo, quien quedó apartado del mando militar y pasó a retiro. El general negó haberse sublevado y sostuvo que su actuación había sido malinterpretada, pero la crisis concluyó sin su acceso al Gobierno ni la caída del presidente. El desenlace permitió a Wasmosy conservar la Presidencia, aunque dejó al descubierto la fragilidad de la autoridad civil sobre unas Fuerzas Armadas acostumbradas a intervenir en la política. Además, la pugna dentro del Partido Colorado continuó: apenas cuatro días después, el 29 de abril, Argaña consiguió la presidencia del partido, reforzando la posición de un adversario interno al que Wasmosy tampoco había logrado neutralizar.
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ARGAÑA, EL OTRO FRENTE PARA WASMOSY EN EL PARTIDO COLORADO

Cronología de la crisis
| Fecha | Acontecimiento |
|---|---|
| Diciembre de 1992 | Wasmosy obtiene la candidatura presidencial colorada frente a Luis María Argaña, en unas primarias cuyo resultado este denuncia como fraudulento. Oviedo respalda a Wasmosy. |
| 1993-1994 | Oviedo aumenta su influencia en las Fuerzas Armadas. Se producen relevos de oficiales y tensiones entre el presidente y el jefe del Ejército. |
| 22.04.1996 | Wasmosy ordena el pase a retiro de Oviedo. El general desobedece, se acuartela y exige la renuncia presidencial. |
| 23.04.1996 | Se negocia ofrecer a Oviedo el Ministerio de Defensa a cambio de abandonar el mando militar. Crecen las protestas. |
| 24.04.1996 | Oviedo entrega la jefatura del Ejército a Óscar Díaz Delmás. El acuerdo parece cerrar la crisis, pero provoca rechazo político y ciudadano. |
| 25.04.1996 | Wasmosy retira la oferta ministerial. Oviedo queda fuera del Ejército y del Gobierno. |
| 29.04.1996 | Luis María Argaña es elegido presidente del Partido Colorado, agravando las dificultades políticas de Wasmosy. |


24 Abril 1996
Asonada paraguaya
LA REBELIÓN en Paraguay del general Lino César Oviedo ha retrotraído a la memoria de todos el fantasma del golpismo militar en Latinoamérica. El solo intento de servirse de las armas -o la amenaza que implica su mando sobre ellas- para acabar con una de las más recientes y doloridas democracias de América Latina ha merecido la condena de toda la comunidad internacional, desde Washington a Madrid. El Gobierno de Juan Carlos Wasmosy sabía desde ayer, cuando menos, que contaba con el apoyo de todos los demócratas. Tras un largo día de noticias contradictorias, el conflicto con el general entró en una inesperada y sorprendente solución: la designación del general rebelde como ministro de Defensa. El presidente Wasmosy, para acabar con el conflicto, optó por una fórmula que quizá le exija pactos más humillantes en el futuro. Esperemos que Paraguay pueda disfrutar por muchos años de la libertad que tan recientemente ha recuperado.Tras más de medio siglo de dictaduras militares, la más larga la del general Alfredo Stroessner (1954-1989), hoy exiliado en Brasil, las elecciones paraguayas de mayo de 1993 dieron la victoria a un civil, el actual presidente Wasmosy. No se trata aquí de juzgar la gestión del nuevo presidente. Pero menos aún era esto competencia de un militar al servicio de sus compatriotas. Las relaciones entre Wasmosy y el general Oviedo han sido más o menos tormentosas, y la tensión estalló el lunes cuando Wasmosy, en el ejercicio legítimo de sus funciones, destituyó al general y le envió al retiro. La reacción de Oviedo fue acuartelarse con sus tropas en las afueras de Asunción. Todo ya sabido en la mecánica de los militares caudillos. La tentativa de Oviedo sorprende tras años en los que los golpes militares parecían ya historia al sur de México. Pero debe reflexionarse si no es excesivo el optimismo que cree que América Latina está definitivamente inmunizada contra el golpismo. Ese peligro, al igual que el del populismo, la guerrilla, el terrorismo y el narcotráfico, sigue amenazando a unas democracias jóvenes, casi todas enfrentadas a durísimas realidades socíales y económicas.
Que el general Oviedo se hubiera sometido al poder civil era, la mejor fórmula para que tanto en los uniformados paraguayos como en los de otras repúblicas suramericanas arraigue la convicción de que la era de las sangrientas aventuras golpistas pertenece a un pasado del que nadie, y ellos menos que nadie, debe sentirse orgulloso.
El propio presidente Wasmosy tendría que haber tenido más cuidado con la fórmula transaccional para acabarcon el intento de insurrección. Debe saber el presidente que el ejemplo de su decisión puede ser definitivo para enfrentar los próximos movimientos militares. Y debería haber tenido en cuenta,. también, que los paraguayos le eligieron para caminar por la vía de la normalidad, democrática, sin los periódicos sobresaltos que sin duda le causará esta herida mal cerrada.


28 Abril 1996
Golpe a Golpe
El general Lino César Oviedo, jefe de Ejército paraguayo que esta semana se declaró en rebeldía para evitar su pase a retiro, no entrará por la puerta grande en la historia latinoamericana, que a menudo se ha hecho golpe a golpe. Y tampoco puede decirse que haya realizado una interesante aportación a la lucha contra el desempleo. Pero el general que ahora pretende ser un candidato a la presidencia de armas tomar, ha tenido el detalle de demostrar lo difusa que es la frontera entre un régimen constitucional y la democracia vigilada.
El golpe de Estado ha sido una práctica muy latinoamericana, pero no exclusivamente latinoamericana. Fue corriente en el siglo XIX y en la primera mitad del siglo XX en lo que ahora es el núcleo duro de Europa. En la periferia europea se tardó bastante más en abandonar la práctica, que fue mucha. Y si repasamos la historia nos encontraremos que, en el mundo moderno, el golpe de Estado ha sido un modo de cambiar gobiernos tan común como las elecciones y mucho más corriente que un levantamiento revolucionario.
Pero el caso latinoamericano es, por estos pagos, mucho más atractivo, entre otras cosas porque nos recuerda nuestra historia. El escenario más reciente resulta familiar: Chile ha vivido bajo la bota militar de 1973 a 1989, como mínimo; Paraguay, de 1954 a 1989; Argentina, de 1976 a 1983; Uruguay de 1973 a 1984; Brasil de 1964 a 1985 y Perú, de 1968 a 1980. ¿Dónde está el paréntesis en la historia, ahora o antes? Bolivia padeció 189 pronunciamientos en sus primeros 168 años de independencia. Y algunos miembros de la nueva generación de presidentes civiles, como es el peruano Alberto Fujimori, han resuelto el dilema histórico entre régimen constitucional y dictadura militar de forma aparentemente salomónica: los militares son accionistas del milagro política.
Las razones por las que Latinoamérica es una sociedad tan distinta en América son muy diversas. Francis Fukuyama, en su famoso libro “El fin de la historia y el último hombre”, se queda con una explicación política: “Fue práctica común en América Latina emplear el poder del Estado para favorecer los intereses económicos de las clases altas, que en esto imitaban a las ociosas y terratenientes clases altas europeas, más que a las emprendedoras clases medias que habían aparecido en Inglaterra y Francia después de la conquista española de América”. Pero Fukuyima considera en su alegato que el liberalismo que ahora recorre América Latina está barriendo de una vez por todas las instituciones feudales heredadas de España y Portugal.
Pero ¿qué hay que hacer para que no cunda el ejemplo del general Oviedo en las frágiles democracias latinoamericanas? Tal vez habría que inventarse una OTAN regional para que los militares viajen más y amplíen su círculo de amistades.
Xavier Batalla
El Análisis
La crisis provocada por el general Lino Oviedo plantea una cuestión decisiva para la transición paraguaya: ¿quién manda realmente en un país que ha elegido a un presidente civil, pero cuyos generales continúan comportándose como árbitros de la vida política? El desafío de Oviedo no ha conseguido derribar a Juan Carlos Wasmosy ni imponer un nuevo Gobierno militar. El general ha perdido el mando del Ejército y, finalmente, tampoco ha obtenido el Ministerio de Defensa que el presidente llegó a ofrecerle. Desde ese punto de vista, los objetivos inmediatos de la rebelión han quedado frustrados. Sin embargo, el comportamiento de Wasmosy durante las jornadas de tensión ha mostrado hasta qué punto la autoridad presidencial seguía condicionada por el poder castrense. La decisión inicial de ofrecer una cartera ministerial al mismo militar que se había negado a obedecer sus órdenes suponía aceptar una negociación bajo presión, con el riesgo de establecer un precedente peligroso: que un jefe militar pudiera obtener recompensas políticas mediante la amenaza de una sublevación. El hecho de que Wasmosy terminara retirando esa oferta no borra la gravedad de haberla formulado. La salida de la crisis fue posible gracias a una combinación de resistencia ciudadana, rechazo parlamentario, lealtad de otros mandos militares y presión diplomática internacional. La defensa del orden constitucional no dependió, por tanto, exclusivamente de la fortaleza del presidente, sino de la actuación conjunta de instituciones y sectores sociales que se negaron a aceptar el chantaje de las armas.
El enfrentamiento revela también las contradicciones internas del Partido Colorado, que continúa gobernando Paraguay siete años después de la caída de Stroessner. Wasmosy debe afrontar simultáneamente la amenaza del general Oviedo, antiguo aliado que contribuyó a su ascenso, y la oposición de Luis María Argaña, rival de las primarias de 1992 y dirigente de una poderosa corriente colorada. Los tres proceden, de una u otra manera, de las estructuras políticas surgidas durante la etapa anterior, aunque sus intereses y sus proyectos de poder sean diferentes. Oviedo representa la persistencia de la intervención militar en la política; Argaña, la disputa por el control del aparato partidista; y Wasmosy, la difícil tarea de afirmar una autoridad civil que todavía no se ha emancipado completamente de sus antiguos protectores. La rebelión ha terminado sin que el general consiga imponer su voluntad, pero el presidente tampoco sale de ella sin desgaste. Haber necesitado el respaldo de manifestantes, parlamentarios y gobiernos extranjeros para hacer efectiva una orden legítima demuestra la fragilidad del proceso de democratización. La prueba fundamental llegará cuando las Fuerzas Armadas acepten que sus comandantes pueden ser relevados sin negociar compensaciones y cuando el Partido Colorado resuelva sus disputas por procedimientos políticos, no mediante la influencia de los cuarteles. La crisis de abril no ha destruido el orden constitucional paraguayo, pero ha demostrado que su consolidación continúa siendo una tarea pendiente.
JF
