15 enero 1919

El Gobierno socialdemócrata de Friedrich Ebert aplasta al movimiento 'espartaquista'

Fracasa una insurrección comunista en Alemania: sus cabecillas Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht son asesinados

Hechos

El 15.01.1919 Karl Liebkencht y Rosa Luxemburgo murieron asesinados durante el traslado por la policía a la prisión tras ser detenidos

Lecturas

LOS SOCIALDEMÓCRATAS APLASTAN A LOS ESPARATAQUISTAS

Alemania vive un periodo de cambio desde la abdicación y fuga del último Kaiser. El 19 de enero de 1919 debían celebrarse las primeras elecciones constituyentes de la nueva República de Alemania,  pero lo que pretendía ser comicios pacíficos quedó empeñado por el levantamiento revolucionario que intentó el Partido Comunista Alemán (La Liga Espartaquista) para tomar el poder siguiendo el modelo de Lenin en Rusia.

En un congreso celebrado entre el 30 de diciembre de 1918 y el 1 de enero de 1919 dirigentes de la Liga Espartaquita, el ala izquierda del partido socialista alemán, la USPD, desgajado de este fundaron el Partido Comunista de Alemania (KPD) cuyo objetivo era instaurar una dictadura comunista bajo un sistema de gobierno de consejos bajo el modelo de la Unión Soviética.

El intgento de golpe de Estado comunista se produjo mediante una insurrección en enero de 1919 con la ocupación de sedes periódicos y editoriales, así como imprentas. El KD quería derrocar al gobierno socialdemócrata.

Para sofocar la rebelión espartaquista el gobierno socialdemócrata buscó el apoyo del ejército y los cuerpos francos de voluntarios de orientación derechista. El 12 de enero estos sofocaron la rebelión que se había extendido a numerosas ciudades del antiguo imperio Alemán. El 15 de enero los principales dirigentes comunistas alemanes, Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, tras ser apresados e interrogados fueron asesinados.

El líder socialdemócrata alemán, Friedrich Ebert logró así aumentar su prestigio entre la burguesía liberal de Alemania, aunque ahondó también la ruptura con los comunistas. El 11 de febrero Ebert sería elegido primer presidente de la República de Weimar.

 

El Gobierno provisional socialdemócrata de Ebert, con ayuda del Ejército y voluntarios ha logrado aplastar la insurrección.

UN SUSTO AÚN PEOR

Después de la revuelta espartaquista, otro episodio va a debilitar aún más a la República de Weimar: el Tratado de Versalles. 

En agosto de 1919 entra en vigor formalmente la Constitución de la República de Weimar. 

El Análisis

El fracaso espartaquista y la frágil esperanza de Weimar

JF Lamata

El intento de revolución comunista en Alemania, protagonizado por Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo en enero de 1919, fue algo más que una réplica del modelo bolchevique ruso: fue una encrucijada. El alzamiento espartaquista no solo buscaba derrocar al recién nacido régimen republicano de Weimar, sino instalar una dictadura del proletariado al estilo de Lenin. En una Alemania humillada por la derrota en la Gran Guerra, sumida en el hambre, la desmovilización y el resentimiento, el caldo de cultivo era propicio para que la violencia volviera a marcar la política. Pero aquella insurrección terminó en derrota. Y con ella, en la muerte brutal de sus líderes, que fueron ejecutados sin juicio. Rosa Luxemburgo, especialmente, pasaría a la historia no solo por sus ideas, sino por su trágico final, que la elevó al rango de mito.

El fracaso del levantamiento tuvo un efecto inmediato: permitió al gobierno del Partido Socialdemócrata, encabezado por Friedrich Ebert, consolidar —aunque de forma precaria— una República parlamentaria. Fue una victoria táctica para la democracia, aunque alcanzada con métodos que escandalizaron incluso a parte de la izquierda: el uso de los Freikorps, grupos paramilitares ultranacionalistas, para aplastar a los revolucionarios. La paradoja era evidente: los socialdemócratas, defensores de la legalidad constitucional, apelaban a la violencia de la reacción para frenar la revolución comunista. El coste político y moral fue alto, pero, en el corto plazo, Alemania evitó caer en el comunismo.

El levantamiento espartaquista demostró que la Alemania de posguerra era un país dividido y en conflicto consigo mismo. Al quedar derrotada esta insurrección, el comunismo quedó confinado en Rusia, aislado del corazón de Europa. Pero también quedó sembrada una semilla amarga: los extremos ideológicos, la violencia política y la desconfianza en las instituciones seguirían presentes. Ni Rosa Luxemburgo ni Karl Liebknecht podían imaginar que su fallido intento revolucionario no sería el final de los sobresaltos para Alemania, sino apenas un preludio. La República de Weimar, nacida entre cenizas, tenía una oportunidad. Pero la historia demostraría que no todas las oportunidades maduran a tiempo.

J. F. Lamata