1 junio 1958
El militar inicia un cambio constitucional en el que se espera que acaba ocupando todos los poderes, incluyendo el de Jefe de Estado
Francia: la IV República se rinde ante la presión del Ejército y entrega el poder al General Charles de Gaulle, nombrado primer ministro
Hechos
El 1.06.1958 Charles de Gaulle fue nombrado primer ministro de Francia por la Asamblea Nacional por 329 votos a favor y 224 en contra.
Lecturas
Es la resolución de la crisis de Francia del año 1958.
El presidente francés, René Coty, confirió este 29 de mayo de 1958 al general Charles De Gaulle la misión de formar un nuevo Gobierno, para poner fin al callejón sin salida en que se encontraba la república. De este modo, y tras su voluntario retiro de largos años en Colombey-les-Deux-Eglises, el general De Gaulle vuelve al primer plano de la vida francesa.
En sus primeras declaraciones tras el llamamiento presidencial. De Gaulle anunció su propósito de elaborar una nueva constitución, que deberá ser refrendada. La llegada de De Gaulle al poder viene a poner punto final a una crisis política que se ha arrastrado durante meses. En la Asamblea Nacional, la negativa de los partidos de centro a formar una coalición habían creado unas complejas alianzas que imposibilitaban la instauración de un gobierno estable.
El 13 de mayo de 1958 el gobierno presidido por Pierre Pflimlim, que contaba con el apoyo del Partido Comunista, anunció que concedería elecciones libres en Argelia, causando un alzamiento militar de los militares instalados en Argelia encabezados por Raoul Salan, declarándose en rebeldía con el Gobierno en París.
Los militares golpistas hicieron un llamamiento al general De Gaulle pidiéndole que salvara a Francia y a Argelia del abandono de los políticos.
Ante la imposibilidad de reprimir a los militares golpistas, Pflimlin renunciaba; en París, la Asamblea Nacional parecía haberse convertido en una ópera bufa: mientras los comunistas gritaban: «¡el fascismo no pasará», los diputados de derecha defendían una «Argelia francesa». La crispación evidenciaba que el régimen parlamentario de la IV República se había agotado.
Las tropas militares rodearon la Asamblea Nacional. El golpe era un hecho y la única forma de evitar los disparos era nombrar al General De Gaulle nuevo primer ministro.
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EL APOYO DEL GENERAL SALAN A DE GAULLE
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EL SOCIALISTA MITTERRAND DENUNCIA ‘EL GOLPE’ DE DE GAULLE
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28 Mayo 1958
Agonía de la IV República
Cuatro fuerzas están jugando en la crisis de Francia desde el histórico 13 de mayo: el Gobierno, la Asamblea Nacional, el presidente de la República, etc, es decir la legalidad institucional; Argel, con su Comité de Salvación Pública, los generales, etc.; el general De Gaulle; y los comunistas.
En este momento, pues, la situación puede resumirse así: la legalidad institucional y el general De Gaulle han entrado en contacto mediante las entrevistas misteriosas celebradas en la noche del 26 al 27. Fruto de estos contactos es la nueva declaración del general, tercera desde el comienzo de la crisis, dada a la publicidad ayer: en ella, se da cuenta de estos contactos que tienen por objeto constituir un gobierno republicano. En la declaración, además, se dirige un llamamiento a los militares de Argelia pidiéndoles permanezcan disciplinadamente bajo las órdenes de su jefe el general Salan y, a la Marina, bajo las del almirante Auboynean (por cierto, éste fue colaborador de De Gaulle, en la Marina, durante la lucha contra el Tercer Reich). Después de esta declaración, el Gobierno Pflimlin ha dado bastante la impresión de tratar solamente de salvar la faz antes de ceder el paso al general. Ayer, la reunión de la Asamblea Nacional tuvo por objeto votar la reforma constitucional que fue aprobada por 408 votos (incluidos los comunistas) contra 164. Con ello, se alcanza el quórum legal para reformar la Constitución. Así, se puede dar el caso de que el general De Gaulle disponga, ya antes de poder pensar en modificar las instituciones, de mayores poderes de los que nunca tuvo ningún Gobierno de la IV República. Y ello, gracias a los votos comunistas…
Otra de las cuatro fuerzas en presencia es el Comité de Argel. Ayer se reunió para estudiar el mensaje de De Gaulle. Y acordó proclamar su entusiasmo y ponerse a disposición del general. Ello, posiblemente significa en el pensamiento de De Gaulle, tanto como en el Gobierno, que le habrá pedido haga esta declaración, que no habrá intentos de nueva extensión del movimiento a la metrópoli: se ha hablado de propósitos de los paracaidistas y, tal vez, de la Marina, en este sentido. Sí, pues, Argel se somete a la autoridad de De Gaulle , ya desde ahora, el general se encontrará en el punto absolutamente decisivo para resolver la crisis. El hecho de que los ministros independientes del Gobierno dimitieran ayer demuestra, por otra parte, lo que ya se estaba dibujando desde hace días: es decir, que Pinay se propone flanquear políticamente al general De Gaulle, al que considera como único remedio posible para cortar la gravísima situación creada por los rebeldes de Argelia.
Queda el cuarto factor: los comunistas. El fracaso de su intento de huelga general para ayer parece confirmar lo que ya se suponía: que el PC no tiene suficiente autoridad sobre las masas obreras para llevar a estas a una lucha a fondo contra un posible Gobierno De Gaulle. Sobre todo si éste, como parecer ser el caso accediera al poder respetando la legalidad republicana. Este factor de la debilidad comunista sería importante para llevar al general de la Resistencia al poder de nuevo.
¿Para qué? Eso ya lo veríamos. De Gaulle se ha convertido en un mito del que todos esperan grandes cosas, a veces contradictorias. Pero, en política, ser un mito es mucho: en pro y en contra.
El Análisis
La Asamblea Nacional ha investido como primer ministro de Francia a Charles de Gaulle. Pero que no se engañe nadie: no ha sido la fuerza de los votos ni la confianza del pueblo lo que ha llevado al general de nuevo al poder, sino el rugido sordo de los blindados rodeando París y el eco amenazante de las proclamas militares desde Argel: “De Gaulle o el golpe”. Una democracia que se entrega a un líder bajo coacción, por más heroico que este haya sido en el pasado, ha renunciado ya a una parte esencial de su legitimidad.
De Gaulle regresa sin partido, sin programa parlamentario y sin respaldo popular directo. Su única fuerza real ha sido la presión ejercida desde los cuarteles y los gritos de auxilio de los diputados, atrapados entre el miedo al caos y la certidumbre de una insurrección. La operación “Resurrección”, diseñada por generales nacionalistas como Raoul Salan, no llegó a activarse, pero su simple existencia convirtió la sesión parlamentaria en un acto de rendición más que de investidura. De Gaulle no ha dado un golpe de Estado, pero sí lo ha recogido.
Lo ha dicho ya sin rodeos: redactará una nueva constitución. Una República más presidencialista, más fuerte, más estable… y, quizás, menos parlamentaria. Su ascenso, aún legal, es fruto de un chantaje militar que él no parece haber querido frenar. La IV República, aunque formalmente viva, ha quedado desahuciada por su incapacidad de sostenerse frente a las armas. El general De Gaulle ha sido llamado como salvador, sí, pero su salvación se parece mucho a una imposición. Francia, más que elegirlo, se ha rendido a él.
J. F. Lamata