6 abril 1932
Votantes que en la primera vuelta se decantaron por los comunistas sorprenden en la segunda votando al líder nazi
Elecciones Presidenciales Alemania 1932 – Hindemburg es reelegido Presidente derrotando al nazi Hitler y al comunista Thaelmann
Hechos
Resultados Elecciones:
- Hindemburg – 19.359.643 votos
- Hitler – 13.417.460 votos
- Thaelmann – 3.606.388 votos
Lecturas
(Las anteriores elecciones presidenciales a Jefe de Estado de Alemania habían sido en 1925)
En una Alemania con una polarización política cada vez mayor, de la que fue reflejo las últimas elecciones legislativas de septiembre de 1930 en la que los nazis sacaron 107 escaños y los comunistas 77 se celebran elecciones para la jefatura del Estado, en la que todos los partidos demócratas se unieron en apoyar la reelección del actual Jefe del Estado Hindemburg, frente al líder nazi y al líder comunista.
En la segunda vuelta de las elecciones presidenciales alemanas, el presidente Paul Hindenburg, ha obtenido una mayoría absoluta: el 53% de los votos, contra el 10,2% del comunista Ernst Thaelmann y el 36,8% de los nacionalsocialistas de Adolf Hitler. Sin embargo, la situación política parece lejos de clarificarse, porque en las elecciones regionales de Prusia, Berlín y Wurtenburg, se ha registrado un espectacular avance de los nazis, que pasan del 2,9% al 36,3% de los votos y disponen ahora de 162 diputados la parlamento regional, lo que impide la existencia de una mayoría suficiente.
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Primera vuelta de las elecciones
- Hindenburg – 49,6% (SPD, DDP, DVP, SVP y centro)
- Hitler – 30,1% (NSDAP)
- Thälman – 13,2% (Partido Comunista).
- Duesterberg – 6,8% (DNVP)
Segunda vuelta de las elecciones
- Hindenburg – 53% (SPD, DDP, DVP, SVP, DDP/DNVP, BVP y centro)
- Hitler – 36,8% (NSDAP)
- Thälman – 10,2% (Partido Comunista).
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GUIÑOS DE HITLER AL VOTO FEMENINO
«Nosotros los nazis no reconocemos los derechos de la mujer ni los hombre; sólo reconocemos un solo derecho para ambos sexos».
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Tras ser reelegido como presidente Hindemburg designa en junio a Von Papen nuevo canciller.
12 Abril 1932
En las elecciones presidenciales ha logrado un gran triunfo el mariscal Hindemburg
El mariscal Hindemburg debe su triunfo a los que hace siete años votaron contra él (y a favor del líder católico Guillermo Marx) y aparte de aquellos que lo dieron su voto. Ha llovido, pues, una especie de renversement des alliances en la política interior de Alemania. Las izquierdas, el contro y, parte de las derechas se han unido bajo la bandera del héore de Tannenberg, mientras que la mayor parte de los antiguos electores de Hindemburg han votado en contra de él y a favor de Hitler. En cuanto a los electores nuevos (demasiado jóvenes hace siete años) parece que se han adherido en masa al partido nacional-socialista y en parte también al comunista.
Los nacionalistas que siguen a Hugenberg y que en la primera votación sostuvieron la candidatura del teniente coronel Duesterberg, subejefe de los Cascos de acero, se han dividido anteayer. Un millón de ellos habrá votado a favor de Hitler, medio millón en pro de Hindemburg y un millón se habrán abstenido de votar. En cuanto a los comunistas, es probable también que centenares de miles de ellos hayan votado el domingo a Hitler con el deseo de provocar una situación catastrófica.
Mientras se mantenga el Frente de Hierro, organización democrática basada en el partido socialista y en el católico, y mientras que éste pueda contar con el apoyo de las derechas moderadas, se podrá evitar el advenimiento del partido nacional-socialista, aunque éste sea ya el partido más numeroso del Reich. Desgraciadamente, no parece probable que otro nombre que no sea el de Hindemburg consiga mantener la unión de elementos tan dispares.
El Análisis
Alemania ha votado. Y si algo queda claro tras estas elecciones presidenciales de 1932, es que la República de Weimar se tambalea sobre cimientos cada vez más carcomidos. El único nombre capaz de aglutinar un mínimo consenso nacional no ha sido el de ningún político surgido del parlamentarismo republicano, sino el de un anciano mariscal, Paul von Hindenburg, símbolo viviente del viejo imperio, antiguo servidor del Kaiser, y en muchos sentidos, un hombre ajeno al sistema que ahora se ve obligado a encabezar. Hindenburg ha vencido, sí, pero no ha conquistado. Su victoria, que se ha dado por escaso margen en la segunda vuelta, no enmascara el preocupante avance de los extremismos: el comunismo de Thälmann, a la sombra de Moscú, y, sobre todo, el nacionalismo exaltado y mesiánico de Adolf Hitler, que por primera vez ha podido concurrir como candidato tras obtener recientemente la ciudadanía alemana.
Hitler ha logrado más del 30% de los sufragios, una cifra que no se puede despachar como anecdótica ni marginal. Representa a millones de alemanes descontentos, humillados tras el Tratado de Versalles, víctimas del desempleo y de una profunda crisis social y moral. Aunque ha sido derrotado, ha salido fortalecido. Su irrupción como aspirante presidencial, con mítines de masas y propaganda perfectamente orquestada por Goebbels, ha confirmado que su Partido Nacional Socialista ya no es un fenómeno local de Baviera ni una rareza política, sino una fuerza de primer orden. En cambio, el gran perdedor ha sido el actual canciller, Heinrich Brüning, cuya política de austeridad y su incapacidad para detener la crisis económica le han restado apoyos por todos los flancos. Su caída parece inminente.
Así pues, el viejo mariscal deberá ahora tomar una decisión crítica. Su autoridad simbólica lo mantiene en la cúspide del Estado, pero el Reichstag se ha convertido en un campo de batalla donde nazis y comunistas bloquean la gobernabilidad, buscando forzar al sistema a colapsar desde dentro. En este contexto, Hindenburg no podrá gobernar solo con decretos de emergencia eternamente. Deberá nombrar un nuevo canciller capaz de sortear la parálisis parlamentaria. La sombra de Hitler es alargada, y aunque todavía muchos lo consideran inadecuado o peligroso, la fuerza electoral que ha cosechado lo coloca ya en el centro del juego político. La República de Weimar sobrevive, pero enferma, y cada día más dependiente del arbitrio de hombres del pasado para contener los fantasmas del futuro.
J. F. Lamata