25 febrero 1978

Ian Smith anuncia que está dispuesto a que Rhodesia (Zimbabue) inicie una transición que acabe con el ‘aparatheid’ racista en ese país contra los negros

Hechos

  • Después de que unas elecciones en las que sólo podían votar blancos dieran al partido de lan Smith el copo de los cincuenta escaños reservados a los 270.000 europeos (en un Parlamento de setenta asientos), el primer ministro anunció  un acuerdo que prevé para los casi siete millones de negros de Rodesía una representación mayoritaria en un Parlamento independiente.

25 Febrero 1978

Encrucijada rodesiana

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián Echarri)

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SEIS MESES después de que unas elecciones para blancos dieran al partido de lan Smith el copo de los cincuenta escaños reservados a los 270.000 europeos (en un Parlamento de setenta asientos), el primer ministro ha sorprendido al mundo anunciando un acuerdo que prevé para los casi siete millones de negros de Rodesía una representación mayoritaria en un Parlamento independiente. La cautela con que este compromiso entre Smith y los líderes nacionalistas moderados ha sido recibido ilustra una convicción general acerca de las grandes dificultades que se han de superar para alcanzar al final una convivencia pacífica para la antigua colonia británica. El mayor de dichos riesgos es la posibilidad de una guerra civil, provocada por el enfrentamiento de los partidos del Frente Patriótico -la organización guerrillera que permanece al margen del «arreglo interno»-, y los seguidores de los dirigentes moderados Muzorewa,, Sithole y Chiran, que han pactado con Smith.Para los participantes en las negociaciones de Salisbury, el acuerdo adoptado es satisfactorio. Cada parte cede tanto como consigue. lan Smith ha obtenido garantías suficientes para los blancos bajo un Gobierno de mayoría negra; los dirigentes nacionalistas moderados encuentran, por su parte, una vía expedita hacia el poder. Ahora bien, en la mesa de negociaciones ha estado ausente el tercer gran protagonista del drama rodesiano: las organizaciones guerrilleras del Frente Patriótico parecen dispuestas a impedir por las armas la celebración de elecciones, como lo declara en Lusaka Joshua Nkomo, su principal líder.

Siempre resulta aventurado, en situaciones tan lejanas y confusas, determinar cuáles son los factores decisivos de un cambio histórico. Por un lado, las presiones diplomáticas y económicas contra el señor Smith (la ONU, primero, Washington y Londres, después) se han dejado sentir agudamente en el último año y medio, y han acelerado los acuerdos de Salisbury. Pero también las expeditivas actuaciones del Frente Patriótico han contribuido a transformar el escenario. La guerra en sus fronteras es la causa fundamental del desplome de la economía rodesiana, que se desangra a razón de casi cien millones de pesetas diarias en necesidades bélicas. Su rica producción minera se ha estancado, las grandes industrias han dejado de ser competitivas, el desempleo ha aumentado vertiginosamente y los blancos comienzan a abandonar casi en masa el país.

El Gobierno provisional rodesiano que salga de las negociaciones deberá poner fin a las sanciones internacionales acaparadas por el régimen racista de Ian Smith, requisito indispensable para hacer posible la recuperación económica. Ahora bien, el respaldo internacional al pacto no tiene por qué ser unánime, aunque puede darse por descontado el apoyo del mundo occidental.

Para que la solución negociada prosperase, el Frente Patriótico tendría que incorporarse al control de esta etapa de transición, o, como mínimo, renunciar al uso de su fuerza contra el nuevo poder de mayoría negra que se implante en el país. Ni que decir tiene que la estrategia soviética en África será quien decida, en última instancia, la continuación de la guerra librada por el Frente Patriótico o la pacificación de este peligroso foco.

El Análisis

Rhodesia: el lento deshielo de un invierno racial

JF Lamata

Han pasado más de doce años desde que Ian Smith proclamara unilateralmente la independencia de Rhodesia en 1966, en desafío abierto al Reino Unido y bajo un régimen que reservaba el poder político a la minoría blanca, negando a la mayoría negra toda participación real. Durante este tiempo, la comunidad internacional, con Naciones Unidas a la cabeza, ha mantenido una presión constante: sanciones económicas, aislamiento diplomático y un creciente cerco político. Pero no ha sido sólo el exterior el que ha erosionado el régimen; dentro del país, la guerra de guerrillas de los movimientos nacionalistas negros —alimentada desde los países vecinos y respaldada por un clima internacional favorable a la descolonización— ha convertido a Rhodesia en un campo de batalla, donde la estabilidad de la minoría dirigente ya no podía darse por segura.

Las elecciones celebradas recientemente, en las que solo los 270.000 europeos podían votar para cubrir los 50 escaños que les están reservados en un Parlamento de 70 miembros, han mostrado el agotamiento de un sistema sin legitimidad fuera de sus fronteras. El triunfo total del partido de Smith en ese estrecho electorado no es motivo de celebración, sino la confirmación de que el país vive en una burbuja política desconectada de su realidad demográfica: siete millones de negros excluidos de la toma de decisiones. Ahora, el anuncio de un acuerdo para que estos tengan mayoría parlamentaria suena a rectificación tardía, fruto más de la necesidad que de la convicción, y como un intento desesperado de salvar una transición que evite el colapso total del orden blanco.

Sin embargo, el camino hacia una verdadera democracia multirracial está lejos de estar despejado. Los líderes nacionalistas desconfían de las promesas de Smith, temen maniobras dilatorias y exigen no sólo el voto, sino el control político efectivo. Londres observa con cautela, consciente de que el final del apartheid rodesiano podría convertirse en un modelo para la región… o en un nuevo foco de conflicto. Y en la sombra, Sudáfrica, potencia del apartheid, mira con inquietud el proceso, sabiendo que el deshielo de Salisbury puede ser la primera grieta seria en el muro racial que ha protegido a las minorías blancas del África austral. El invierno político de Rhodesia está empezando a ceder, pero nadie sabe si la primavera que viene será ordenada o explosiva.

J. F. Lamata