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Acababa de reemplazar en la dirección a Andés Avelino Artís 'Sempronio'

Cambio en la dirección de TELE/EXPRES: polémica con el nuevo director, Ignacio Agustí, por criticar a clérigos antifranquistas

HECHOS

El 6 de mayo de 1966 el diario catalán TELE/EXPRES anunció el cambio en la dirección de D. Andés Avelino Artís por D. Ignacio Agustí.

El director del periódico privado Tele/eXpres, Andreu Avel·lí Artís i Tomàs ‘Sempronio’, es reemplazado por Ignacio Agustí Peypoch el 6 de mayo de 1977. Su mandato será breve y en gran medida marcado por la publicación del artículo ‘La Procesión Política’ contra los clérigos que se manifiestan contra la dictadura franquista.

13 Mayo 1966

LA PROCESIÓN POLÍTICA

Ignacio Agustí

Esos bonzos incordiantes que nos han salido son una estampa guerrillera muy antigua y conocida en España: tienen en la Vía Leytana, el paseo más cómodo que el tuvo Miguel Capdevila.

No es agradable para el viandante que sale del trabajo o que va a sus quehaceres la observación de unas carreras insólitas de ochenta clérigos por la Vía Layetana. El espectáculo era increíble, digno, en todo caso de una de las películas del neo-realismo italiano o de los filmes antiguos de René Claire. Habíamos oído decir que una de las obligaciones del clérigo es mantener la compostura porque, según creíamos cuando él pasa es como si pasará Cristo mismo. Estos embajadores o delegados de Cristo en la Tierra llevaban mal su papel, como lo llevaría cualquier embajador que saliera en calzoncillos a la calle.

La causa del insólito espectáculo era la pretensión que los clérigos tenían de entregar un papel en Jefatura Superior de Policía en el que argumentaban a favor de un estudiante de Ingeniería llamado Joaquín Boix Lluch. La pretensión nos parece legítima. Lo que resulta discutible es el procedimiento empleado para llevarla a cabo.

La Prensa de hoy relata con detalle el itinerario y el aparato que esos jóvenes clérigos dieron a la sencilla operación que se proponían. No les bastaba con la simple formulación de la protesta escrita, vino que, en puridad, lo que se proponían era la provocación del escándalo. Con el séquito deliberado o no, de unos fotógrafos alemanes, se reunieron primero en el patio del arzobispado, luego en la Plaza de la Catedral, más tarde al pie del altar, en el mismo templo, donde uno de ellos tomó la palabra y alentó a los demás a ir en comitiva desde aquel sacro lugar hasta la Jefatura de Policía. Y eso hicieron. En muy pocas ocasiones hemos visto juntos a ochenta clérigos, y nos extrañó que se reunieran para semejante tumultuosa y política función.

Lo que interesaba era pues, el escándalo. Sabido es de todos la resonancia que esta palabra tiene en los textos evangélicos. Nosotros no somos duchos en la materia, pero creemos que ese es uno de los pecados que a ellos, cuando están en el confesionario, les viene más cuesta arriba perdonar. Contra esta palabra y lo que ella significa batió la voz de Cristo sus anatemas más vivos. Los ochenta curas escandalizaron no solamente a la policía que, naturalmente, estaba al tanto en la calle, vino a todos los que en aquellos momentos presenciaron la increíble manifestación que ponía en entredicho la ejemplaridad de la sotana y todo lo que ella representa para la agente en este país.

El hecho ocurría en la Vía Layetana y en el aniversario de la fecha en que al Gobierno de la República se le escapó, por primera vez, de las manos el control de las turbas, que saquearon en igual día del año 1931 los primeros conventos y algunas iglesias de Madrid. Y ocurría en el mismo lugar ne que yo recuerdo, como si fuera hoy, que fue detenido mi amigo, el periodista Miquel Capdevila, en los primeros días de la revolución, simplemente por le hecho de que a un ciudadano le pareció que tenía cara de cura. El tener cara de cura fue a principios de la revolución motivo suficiente para que le llevaran a uno a la Jefatura Superior – en el mejor de los casos o simplemente a dar un paseo. Miquel Capdevila era un hombre bajo y ligeramente grueso, fornido, calvo y con unas guedejas laterales de pelo sobre las sienes. Sí tenía Miquel Capdevila cara de cura. Pero sólo la cara, porque por dentro era una especie de erudito de toda clave de noticias periodísticas, archivo viviente, y práctico, además, de historia contemporánea, devorador de papel impreso y muy útil en cualquier redacción, donde era capaz de servir en pocos minutos los más enrevesados antecedentes sobre cualquier cuestión de actualidad que surgiera. Pues bien: o Miquel Capdevila, por tener cara de cura, le detuvieron, le machacaron a preguntas, le llevaron a casa para comprobar si era cierto que no era sacerdote y, al fin, tras largas horas incómodas pesquisas e interrogatorios, le dejaron marchar.

Esos bonzos incordiantes que nos han salido son una estampa guerrillera muy antigua y conocida en España: tienen en la Vía Leytana, el paseo más cómodo que el tuvo Miguel Capdevila. Con los que ayer había, podrían cubrirse extensiones inmensas para la evangelización en zonas muy lejanas y esparcir una buena semilla de auténtica cristianización en parroquias  del Amazonas o en páramos de los Andes, donde es sabido que hay un déficit tremendo de jóvenes curas de almas. Ello no perjudicaría en absoluto las funciones de la socialización, de las que bien pudiéramos ocuparnos aquí nosotros, los pecadores.

Ignacio Agustí

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