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El periódico de Prensa Española considera que el objetivo de la revista SP es 'llamar la atención'

Rodrigo Royo Masía (Revista SP) propone que a Franco le suceda una República falangista desatando la ira de ABC

HECHOS

El director de la revista SP, D. Rodrigo Royo, en el número 294 de su publicación (mayo 1966) defendió que a la muerte del general Franco, prefería la implantación de una República que el restablecimiento de la Monarquía.

La revista SP que dirige D. Rodrigo Royo Masía realiza un alegato contra la Monarquía como sistema de Gobierno, lo que llevará a polemizar con el ABC de D. Torcuato Luca de Tena Brunet que acusa a SP de querer ‘llamar la atención’.

El periodista D. Rodrigo Royo, tras su salida de la dirección de ARRIBA, había potenciado su revista, SP, fundada en 1957 (‘SP’  eran las siglas de ‘Su Periódico’, demostrando el interés del periodista en tener su propia publicación diaria) desde un posicionamiento muy distanciado a la prudencia mediática que deseaba la dictadura el general Franco, fue el primer periodista que quiso poner de relieve que había que hablar de la sucesión al dictador que, evidentemente, no iba a vivir para siempre.

El Sr. Royo, que se reconocía fascista, a pesar de su admiración al general Franco,  nunca había ocultado su animadversión a la Monarquía y, temiendo que su admirado dictador planeara la restauración borbónica, quiso adelantarse y manifestar públicamente por qué consideraba que eso era un error.

D. Luis Ángel de la Viuda (redactor jefe de la revista SP) habla a J. F. Lamata sobre aquella publicación:

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01 Mayo 1966

EL FUTURO POLÍTICO

Rodrigo Royo

"EN LA ALTERNATIVA ENTRE MONARQUÍA Y REPÚBLICA, DESEO ANTICIPAR QUE ME ENCANTARÁ DECIR QUE PREFIERO LA REPÚBLICA"

Querido lector:

Por mandato de la ley refrendada por la voluntad nacional mediante el Referéndum de 1947, España es actualmente un Reino, bajo la magistratura vitalicia de Franco, al cual le sucederá un Rey o Regente, que el Consejo de Regencia habrá de proponer por una mayoría de dos tercios y que tendrá que ser aceptado por las Cortes, también por una mayoría de dos tercios.

El Referéndum va a cumplir en 1967 veinte años de edad. Las transformaciones de todo tipo experimentadas por el cuerpo social de España en esos últimos veinte años, a incorporación a la vida activa del país de un censo juvenil y mayoritario que no participó en aquella decisión, y el clima general reflejado en la prensa recién liberalizada, unido todo ello al anuncio del Caudillo de que se están elaborando nuevas leyes fundamentales, para completar el andamiaje constitucional de la nación, han colocado al país ante un auténtico periodo constituyente, en el que tendrá que configurarse para bien o para mal, el futuro político de España. Esperemos que para bien.

Para contribuir al esclarecimiento de esta atmósfera constituyente, SP ha elaborado tres artículos sobre las tres formas clásicas de gobierno que existen en el mundo y en la historia: la Monarquía, la República y la Regencia. Creemos que sería prudente y aconsejable que mientras se elaboran leyes de tanta trascendencia, se recurriese de nuevo al insobornable expediente del referéndum, para consultarle al país sobre sus preferencias en esta materia, con objeto de que los legisladores arrancasen de una base firme a la hora de dar los últimos retoques a tan importante tarea. Orientado por esa consulta, no cabe duda que el poder legislativo daría de lleno en la diana de interpretar con toda exactitud la voluntad nacional. Las leyes así elaboradas volverían a ser ratificadas por el pueblo, adquiriendo entonces una solidez que garantizaría el futuro político de la nación durante muchísimo tiempo.

Anticipando una opinión sobre mis preferencias en esta materia, el primer puesto de mi predilección lo ocupa la Regencia, si se me dan seguridades de que el Regente se llama don Francisco Franco. Lo que ocurre es que, después del Franco que tenemos hoy, es muy difícil que nadie sea capaz de calzarse sus botas. Contra la dura y tenaz propaganda realizada a lo largo de treinta años por los enemigos de España – de dentro y de fuera – hay que reafirmar el principio verdadero de que el Régimen de Franco no es, en modo alguno, una dictadura. Es un Estado de derecho, con sus leyes, sus garantías y su constitución, abierta a todos los perfeccionamientos. Y Franco no es – ni creo que, de hecho, lo haya sido nunca – un dictador. Franco es un Regente, el regidor del Reino, perfectamente legitimado por la voluntad democrática de la nación y por las leyes que dan forma a esa voluntad.. Pero más aún que eso, Franco ha sido durante ya casi un tercio de siglo, un intérprete genial del espíritu nacional de España. El éxito de franco, su permanencia en el poder, obedece a que ha sabido intuir, interpretar y ejecutar, en cada instante, la voluntad genérica, mayoritaria y democrática del pueblo español.

En mi opinión, puede estar seguro el Generalísimo de que si le consulta al pueblo en 1966, el pueblo votará por él, como lo hizo en 1947, pero con una confianza, si base, todavía mayor. Pero como no se trata de esto, sino de consultar qué quiere España para después de Franco, la fórmula de la Regencia, creo que no va a tener muchos partidarios, al no poder llenarse para siempre con la persona de Franco.

En consecuencia no queda más alternativa que la de Monarquía o República. Desgraciadamente, la Monarquía, como sistema de Gobierno, está muy desacreditada. La gente ya no cree en la Monarquía. O, más bien, la gente no siente la Monarquía. Se ha perdido el carisma de la realeza. Con todo respeto hacia los actuales representantes de las dinastías, entre los que tengo algunos amigos personales, a quienes estimo muy de veras, debo decir que el ciudadano medios español no encuentra que hay una diferencia sustantiva entre llamarse Borbón, por ejemplo, o llamarse López, a pesar de que los antepasados de los actuales Borbones dejaron a España en camiseta. La Monarquía, para hacerse en nuevo realidad, tendría que recuperar su carácter carismático, pero la gente de hoy ya no cree en más aristocracia que la aristocracia del talento. Hay que darle toda la beligerancia posible a la ley de igualdad de oportunidades.

La República, como la otra alternativa, tiene de entrada el inconveniente de que su antecedente histórico es casi tan nefasto como la Monarquía de los Borbones. Pero hay que decir en su favor que la República, como sistema de gobierno para gente seria y civilizada, no ha sido todavía experimentada en España. La República de 1873 fue una peripecia dinástica y una república sin republicanos; la República de 1931 fue un desastre del que tuvieron la culpa las derechas. La derecha española completamente sorda ante el clamor popular, no quiso ser republicana, se negó en redondo a ser republicana y se cargó a la II República, no en 1936, cuando Franco vino al rescate de España, que se estaba perdiendo por los cuatro costados, sino en el mismo mes de abril 1931.

Si hay que descartar la fórmula de la Regencia como sucesión al puesto de Franco, porque no tenemos otro Franco de reserva, y si hay que descartar la Dictadura, porque es un régimen de emergencia al que sólo se debe y se tiene que recurrir cuando las cosas van muy mal, en la alternativa que queda entre Monarquía y República, deseo anticipar que a mí, si me preguntan, me encantará decir que prefiero la República.

Reciba un saludo muy afectuoso de su amigo,

Rodrigo Royo

05 Mayo 1966

EQUILIBRISMOS PARA LLAMAR LA ATENCIÓN

Bernardo de Salazar

Director: Torcuato Luca de Tena y Brunet

"TANTO LA PRIMERA COMO LA SEGUNDA REPÚBLICA DEJARON A NUESTRA PATRIA, NO YA SIN CAMISETA, SINO DESPELLEJADA"

En su número correspondiente al 1 de mayo – fecha simbólica – una revista madrileña, muy conocida por sus aficiones sensacionalistas – indicio de un decidido propósito de llamar la atención, ha dedicado tres artículos muy desiguales en calidad, a analizar el contenido político que esa revista atribuye a las tres fórmulas institucionales que – dice – son hoy posibles en España: Monarquía, República, Regencia. Como complemento, el director de tal publicación redacta una sus habituales ‘Cartas del Director’, en la cual – no sin un cierto énfasis – se declarar personalmente republicano.

Tengo entendido que el escritor en cuestión dice ser falangista, no sé si de los viejos o de los nuevos. En cualquier caso, no comprendo cómo puede compaginar ese republicanismo con los principios fundamentales del Movimiento, al cual pertenece, y que en su punto VII dicen que el Estado nacional es la Monarquía tradicional, católica, social y representativa.

Como es natural, tan incongruencia notoria a mí no me atañe. Autoridades tiene el Estado a las cuales compete vigilar las actividades contrarias al espíritu y a los principios del Movimiento Nacional y decirnos con hechos si la recién estrenada libertad de Prensa es una justa y cristiana libertad para opinar sobre lo opinable o por el contrario va a ser una oportunidad para el libertinaje, y para poner en la picota los fundamentos institucionales mismos del Estado vigente, y de la pacífica convivencia nacional futura.

Por el momento quiero limitarme a losar el tema ante la opinión pública, ya que no es de recibo que nadie entre a saco en lo más vivo de nuestros problemas comunes, prescindiendo para ello de todo respeto a las ideas elementales de la Historia y del Derecho.

Eso es lo que hace cuando dice que las tres formas clásicas de gobierno en la historia son la Monarquía, la República y la Regencia.

Hasta los niños del bachillerato saben que la Regencia no es más que la fórmula a que han acudido las Monarquías en la menos edad de los Reyes.

Muchas ha habido a lo largo de nuestra historia, pero merecen recordarse por ejemplares la de Doña María de Molina, en la minoría de Fernando IV de Castilla y la del Cardenal Cisneros, nombrado regente por Don Fernando el Católico en el momento de morir, para que lo fuera durante la menor edad de nuestro gran Carlos I. Otra regencia, en tiempos próximos fue la ejemplarmente desempeñada por Doña María Cristina, de Austria en la minoría de Alfonso XIII.

En general, todas las Regencias lo fueron no como una ‘forma clásica de gobierno’, sino como tutorías de un Rey menor de edad, pues no es la Regencia una forma de gobierno distinta de la Monarquía.

Segunda afirmación gratuita. Con ánimo sin duda de justificar el injustificable fracaso de la II República, dice que ‘la derecha española’ se negó en redondo a ser republicana’.

Esto es completamente falso. La verdad es precisamente lo contrario. La derecha española, aquella famosa CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas) siguiendo las directrices del hoy cardenal don Ángel Herrera, y bajo la jefatura política de don José María Gil Robles, trató ‘retorciéndose el corazón’, de colaborar lealmente con el nuevo régimen, con el resultado de todos conocido.

Después del clamoroso triunfo de la CEDA en las elecciones de noviembre de 1933 (117 diputados, que con los 35 agrarios, sumaban un total 152 escaños, no llegando los socialistas a 60 y siendo 43 los monárquicos de las dos ramas), le fue cerrado el acceso al Poder, en un régimen ¡que se llamaba parlamentario! Y cuando el presidente de la República, don Niceto Alcalá Zamora, al cabo de casi un año de forcejeos, tuvo al fin que darle a la CEDA entrada en el gobierno (con sólo tres ministerios: Justicia, Agricultura y Trabajo, para la minoría más numerosa del Parlamento), la respuesta fue la sangrienta revolución de Asturias y la rebelión separatista de Cataluña, en octubre de 1934.

No fueron, pues, las derechas las que no quisieron ser republicanas. Fue la República la que cerró sus puertas a las derechas, y así lo reconoció y lamentó tardíamente desde Méjico, Indalecio Prieto.

Hoy, serenadas las pasiones con el transcurso del tiempo, debemos reconocer que gracias a aquella actitud de un sector cuantioso de los católicos españoles, hoy no se puede afirmar sin faltar a la verdad eso de que ‘la República de 1931 fue un desastre del que tuvieron la culpa las derechas’.

De las inexactitudes gruesas se pasa a los chistes de grano gordo. Así el señor director de la publicación aludida decide orientar a sus lectores diciéndoles que ‘los antepasados de los actuales Borbones dejaron a España en camiseta’. Aparte del mal gusto que representa recurrir al lenguaje desgarrado cuando está fuera de lugar, si hubiera que aplicárselo a las experiencias republicanas en España – caso en que el desgarro resultaría adecuado – lo que sí podría en verdad decirse en que tanto la primera como la segunda República dejaron a nuestra patria no ya sin camiseta, sino incluso despellejada, tan molida a golpes y descoyuntada, tan desangrada y tumefacta, que para salvar la propia unidad y vida del país fue necesario en ambos casos recurrir a soluciones que no deben repetirse. Para acabar con el caos político y el cantonalismo de la República primera tuvo que recurrir al sable del general Pavía (noche del 3 de enero de 1874). Contra la segunda República tuvo que alzarse en armas el Ejército y la España Nacional el 18 de julio de 1936 y bajo aquellas banderas se agruparon todos los españoles para quienes la Religión, el honor y la Patria no eran palabras sin sentido, propicias al chiste.

Unas palabras ahora sobre la dinastía de los Borbones. A su historia está íntimamente unida la historia de España, durante dos siglos y medio, con sus glorias y sus desgracias. Ni las unas ni las otras fueron obra exclusiva del Monarca reinante en cada coyuntura. El problema de la decadencia española es demasiado complejo para poder despacharlo de un plumazo por mucho desparpajo que se tenga al manejar la pluma.

Borbón fue Felipe V, el reorganizador del Estado. Y Fernando VI, que proporcionó al país decenios de paz y de despegue en la reconquista de un orden económico e internacional satisfactorio. Lo será luego Alfonso XIII, cuya igura – mucho más próxima a nuestra sensibilidad – está por encima de chistes de mal gusto. No se trata ahora de escribir una frase de encomio a todas las figuras de nuestro pasado. Juzgarlas es empresa más ardua que un artículo con despachaderas.

Borbón fue Fernando VI, de quien el más grande de nuestros historiadores – y por cierto, no muy simpatizante suyo – el gran Menéndez Pelayo, hubo de escribir ‘Todavía está por hacer el cuadro de aquel periodo… pero mientras la honradez, la justicia, la cordura y el buen seso, el amor a la paz, el respeto a la tradición, el desinterés político y la prudencia en las reformas sean prendas dignas de loor en hombres de gobierno, vivirá honrada y querida la memoria de aquel buen Rey’.

Y de Carlos III ha escrito recientemente (1965) el profesor Vicente Rodríguez Casado: ‘Cuando muere Carlos III, España quedo muy transformada. Su apoyo consciente a la burquesía reformista ha producido un nivel de vida medio superior al de mediodía de Francia. ‘los franceses del mediodía cruzaban la frontera para dedicarse a los trabajos humildes: buhoneros, limpiabotas, etc. Y volver al poco tiempo con ahorros a la nación vecina.

‘…Más de doscientos barcos de buen porte para cruzar el Atlántico, tripulados por unos seis mil marineros, constituyen el mejor índice dde éxito de una política mercantil’. ‘Carlos III logró que nuestra marina de Guerra fuera, con la inglesa, la más importante del mundo, y nuestro Ejército, después del francés y el prusiano, el mejor armado. De este modo consigue, entre 1777 y 1783 – Paz de Versalles que pone fin a la guerra de Independencia norteamericana – recuperar Menorca en Europa: las dos Floridas, todo el valle de Mississppi y del Ohio y gran parte del actual Paraguay, en América; y en África, Fernando Poo, Ifni, Sahara y Guinea’.

‘España fue – termina afirmando Rodríguez Casado – una de las primeras potencias mundiales y Carlos III árbitro decisivo de las cuestiones europeas durante los últimos cinco años de su reinado’.

Con la misma rotundidad – pero con más razón y justicia – que la carta ne cuestión termina diciendo ‘que en la alternativa que queda entre Monarquía y República desea anticipar que le encantaría decir que prefiere la República’ a la misma hipotética pregunta yo respondería exactamente lo contrario, ratificando mi leal y patriótica adhesión al Augusto Señor Don Juan de Borbón y Battenberg. Heredero de todos los Reyes que, unos con próspera, otros con adversa fortuna, han guiado a nuestra Patria a lo largo de los siglos, y han escrito ayudador por nuestros mayores, la Historia de España.

Bernardo de Salazar

15 Mayo 1966

LA MONARQUÍA DEL ABC

Rodrigo Royo

"EL PEOR SERVICIO QUE SE LES HA PODIDO HACER A LOS DESCENDIENTES DE ALFONSO XIII HA SIDO LA CAMPAÑA DISPARATADA, SECTARIA Y PARTIDISTA QUE VIENE DESARROLLANDO ABC"

Querido lector:

Refiriéndose a mi editorial del 1 de mayo, el ABC decía en su edición del día 5, que mi declaración de republicanismo es anticonstitucional y sugería que las autoridades me hagan sentir el peso de la ley, como procede con cualquier delincuente.

Como respuesta a las pretensiones políticas del ABC se publica en este número una carta de don José María Domingo – Arnaú y Rovira, a quien no tengo el gusto de conocer personalmente y cuya colaboración no ha sido solicitada. Y como respuesta a las particulares pretensiones del ABC por lo que se refiere a mi persona, le ofrezco los siguientes argumentos:

1. No soy yo el que infringe las normas constitucionales de la nación, al decir que en la alternativa monarquía-república votaría por la república, sino el ABC, al sostener una y otra vez, tercamente, sectariamente, que la incorporación de España en Reino, como afirma la Ley de Sucesión de 1947, y la definición de ese Reino como una ‘monarquía tradicional, católica, social y representativa’ según la Ley de Principios Fundamentales de 1958, equivalen legal y políticamente a la entronización de la monarquía dinástica, liberal y parlamentaria en la persona de don Juan de Borbón, es decir, a la proclamación de la monarquía del ABC.

Los lectores de SP saben que yo no escribo para tontos y han podido entender – porque está tan claro como la luz del día, en el contexto de mi editorial del 1 de mayo – que al plantear la alternativa monarquía-república, no me refería a la monarquía tradicional, católica, social y representativa, que se define en la Ley de Principios Fundamentales, sino a la cachupinada cortesana, sectaria y decimonónica que nos quiere endilgar el ABC. A la monarquía institucional auténtica, a la del 18 de julio, a la de la Ley de Sucesión de 1947, yo ya la voté y no tengo la más remota intención de desdecirme. En el editorial de SP, atacado con tan mal estilo por ABC – porque la revista SP tiene un nombre y apellidos legítimos – se decía textualmente que ‘anticipando una opinión sobre mis preferencias en esta materia, el primer puesto de mi predilección lo ocupa la Regencia’.

No, yo no me voy a dejar embaucar, ni liar, por ningún ABC, ni por ningún don Bernardo de Salazar, convertido en editorialista de ocasión, con argumentos que no se tienen en pie. Yo soy falangista, efectivamente, desde mi mas tierna infancia. Y soy un franquista químicamente puro. Y voto por la monarquía de don Francisco Franco, que es la instauración de la Monarquía del 18 de julio, y no voto por la monarquía del ABC, que es la restauración de una institución gloriosamente fenecida. Por eso tuve que decir que si se me presentaba la alternativa entre la monarquía del ABC y la república, votaría por la república bien entendida – y eso, en realidad, no haría falta decirlo – que en ningún momento me refería a la república de 1931, a la que tengo por bien muerta. No nos andemos con zarandas, ni con subterfugios, ni con acusaciones estúpidas, traídas por los pelos. En este país, afortunadamente, todos sabemos quién es quién y de que pie cojea cada cual.

2. El ABC ha cometido la equivocación de hacer de la Monarquía un partido político. El peor servicio que se les ha podido rendir a los descendientes de don Alfonso XIII ha sido la campaña de propaganda, tan disparatada como tenaz, que desde veinte años viene desarrollando el ABC; para convencer a todos los españoles de que la monarquía dinástica de los Borbones es una monarquía sectaria, partidista, clásica, de peluca y rigodón y al a que sólo tienen acceso los condes y marqueses, en la que no caben ni tienen nada que hacer los que no pertenecen al partido monárquico, una monarquía de unos pocos para imponerse sobre unos muchos, una monarquía de señoritos y no una monarquía del pueblo entero y soberano. El diario ABC le ha hecho a la familia Borbón un desaguisado tan grande como grande ha sido el servicio indirecto que le ha prestado a España, al mostrarle con toda claridad, que no es por ahí el camino.

3. La Monarquía, como muy bien explica el señor Domingo Arnáu en la carta que me dirige es ‘un pacto histórico entre la Nación y la Dinastía legítima’, pacto que ‘en su origen tuvo por motivo determinante el bien de la sociedad, el bien común’. La Monarquía no puede, por tanto, ser un partido político. No puede ser el monopolio de unos pocos, no puede ser un movimiento sectario, predio particular de una casta, ni exclusiva de ningún grupo.

Como el pacto histórico que se rompió el 14 de abril de 1931 – por iniciativa de una de las partes contratantes, que resolvió poner tierra por medio, mal aconsejado por su camarilla – no es posible que ahora se le encomiende el arreglo a la misma parte contratante que provocó la ruptura. La Nación – que es la otra parte contratante – no lo aceptaría. Por eso hace falta un mediador y un largo periodo de recuperación, según explica el señor Domingo Arnáu, cuya teoría me parece muy fundada.

La recomposición del pacto no puede entenderse como una ‘restauración’ dinástica, sino como una auténtica ‘instauración’, como un apcto de nueva planta, como un compromiso entre dos sujetos jurídicos – la Nación y el Soberano – que, voluntaria y libremente, pueden y quieren pactar.

3. Nosotros, en SP, no tenemos manías de ninguna clase, ni sobre las personas, ni sobre las formas de gobierno. Y tampoco tenemos pelos en la legnua ni nada que ocultar. Por eso llamamos a cada cosa por su nombre y creemos interprtear el sentir de gran parte del pueblo español al decir que estamos con Franco, y que lo que venga después de él tiene que traer el espíritu nacional, unitario y progresivo del 18 de julio, y tiene que afirmarse como punto de arranque, en el 18 de julio, para nelazarnos desde esa granítica plataforma a la conquista del futuro, sin posibilidades de escisiones o luchas fraticidas.

Por todas estas razones yo no soy partidairo de la Monarquía del ABC, ni creo que sería buena para la nación. Pero con independencia de que yo opine y advierta que la Monarquía del ABC sería una catástrofe, es muy importante insistir otra vez en que no se delinque constitucionalmente por hablar en hipótesis de la república, sino que se atacan y se pervierten mucho más las Leyes Fundamentales y el orden constitucional vigente, cuando en una interprteación tan precipitada como gratuita de esos textos, se viene a afirma que España, como Reino, equivale a la dinastía de los Borbones y que la definición del Estado español como ‘monarquía tradicional, católica, social y representativa’ significa la automática conversión del diario ABC en ‘Gaceta oficial’.

Reciba un saludo muy afectuoso de su buen amigo,

Rodrigo Royo

ANSON, EL SIGUIENTE EN MOVER FICHA:

luismariaanson Después de la provocación del Sr. Royo, la ‘familia’ de la derecha monárquica sería la siguiente en mover ficha a favor de la ‘monarquía’ encarnada en el Conde de Barcelona y el encargado de hacerlo sería D. Luis María Anson, en La Tercera de ABC, aunque fuera a costa de un ataque entre líneas al hijo de este, el príncipe Don Juan Carlos de Borbón, en el texto titulado ‘La Monarquía de Todos’. 

El Análisis

NI EL UNO, NI EL OTRO

JF Lamata

La supresión de la censura, en 1966, permitía que se abrieran polémicas interesantes, como las preferencias entre las distintas familias de la derecha española. No obstante, ninguna de las dos familias presentes en esta contienda, la nacional-sindicalista, que podría ser la del Sr. Royo o la monárquica-juanista que fuera la de D. Bernardo de Salazar o de D. Luis María Anson (encargado de dar la siguiente campanada mediática dos meses después, en julio) lograron su objetivo. Los primeros querían una República fascista, los segundos la Monarquía de D. Juan de Borbón. Pero el dictador escogió instaurar la Monarquía sí, pero no la de Don Juan, sino la de su hijo D. Juan Carlos I. Perdieron los monárquicos y los fascistas, pero ganó el pueblo español.

J. F. Lamata

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