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De la Rosa y Mario Conde anuncian demandas contra los dos periodistas

Javier de la Rosa intentó chantajear al Rey recordando sus ‘préstamos’ a Manuel de Prado, según Díaz Herrera e Isabel Durán

HECHOS

En noviembre de 1995 los periodistas D. José Díaz Herrera y Dña. Isabel Durán, hicieron públicas sus investigaciones sobre supuestos chantajes de D. Javier de la Rosa a la Casa Real.

MARIO CONDE Y JAVIER DE LA ROSA ACUSADOS DE CHANTAJISTAS

Dossiers_DelaRosa_Conde_1995 El ex banquero D. Mario Conde y el financiero D. Javier de la Rosa abordaban juicios por irregularidades en sus respectivas gestiones. Según los periodistas D. José Díaz Herrera y Dña. Isabel Durán (DIARIO16), ambos estaban amenazando al Gobierno y a la Jefatura del Estado amenazando con hacer públicas determinadas informaciones que perjudicarían su imagen.

Manuel_de_Prado En el caso concreto de D. Javier de la Rosa habría amenazado directamente a la Casa Real con hacer público todo el dinero que le había prestado a D. Manuel de Prado y Colón de Carvajal, amigo personal del Rey Juan Carlos y antiguo administrador de la Casa del Rey.

12 Noviembre 1995

Carta abierta a Javier de la Rosa

Pedro J. Ramírez

MUY señor mío: Es usted uno de los hombres más insensatos que he conocido en veinticinco años de periodismo. No lo tome como insulto, sino como definición. La noche del 24 de mayo pasado no pude conciliar el sueño, abrumado por las terribles «revelaciones» que usted me había hecho en el reservado de un conocido restaurante. Me prometió que durante la «semana siguiente» me enseñaría las pruebas de sus gravísimas imputaciones. Hasta hoy. Para mi tranquilidad y alivio hace tiempo que le di por embustero y amorticé a beneficio de inventario la mayor parte de aquel catálogo de atrocidades. De hecho usted mismo a la hora de hablar ante los tribunales británicos sólo mantiene dos de las acusaciones que formaban tan larga retahíla: los pagos a Manuel Prado (100 millones de dólares) y la transferencia a Sarasola (27).

En lugar de cumplir sus compromisos en orden a la verificación de sus palabras, usted se ha dedicado a dar tres cuartos al pregonero, repitiendo sus enrevesadas películas, diseminando sus insidias de oído en oído con la maldad de Yago y la frivolidad de Falstaff. Me alegro de que al final se haya encontrado usted con alguien dispuesto a medirle con su misma vara y se haya visto en el devastador trance de escuchar de su propia voz lo que tan vehementemente negaba poco antes. Cuando le oí decir en la radio que nunca había implicado a la Corona, di un bote de indignación. Si hubiera sido necesario yo mismo habría salido en auxilio de los colegas, ratificando que su relato coincide en lo sustancial con lo que me contó a mi aquella noche.

Usted me describió con todo lujo de detalles la supuesta cena del Hotel Claridge, prometiendo aportar la grabación magnetofónica de la conversación -al parecer luego se ha convertido en un vídeo, pero nadie lo ha visto u oído- Usted me pormenorizó los supuestos pagos a Convergència, deslindando las cantidades que iban a parar al partido de las destinadas personalmente a sus dirigentes, y me aseguró que revelaría durante la campaña de las municipales la supuesta cuenta de uno de ellos en Suiza bajo el nombre clave de «Espina». Usted me dijo que en breve mostraría unas instantáneas -tomadas con una cámara especial que registra sobreimpresos el día y la hora de los hechos- en las que aparecen dos altos dirigentes del PP retirando maletas de dinero entregadas supuestamente por usted en una entidad bancaria. Usted me explicó cómo 14 de los 27 millones de dólares transferidos a la sociedad de Sarasola habían ido en realidad a parar a una subcuenta supuestamente controlada por un muy alto cargo público, cuyas iniciales constaban en la relación de pagos que había hecho llegar, vía fax desde la cárcel, al biministro Belloch. E interrumpo la relación para no entrar en el apartado de las grandes personalidades extranjeras.

Al día de la fecha, la realidad es que usted no ha sido capaz de mostrar ni la cinta del Claridge, ni el tronco de la «Espina», ni las fotos del PP, ni las claves de la subcuenta. Durante todo este tiempo no ha cesado en cambio de alimentar la espiral de la inquietud, engordando el bulo del rumor, hasta convertirlo mediante el boca a boca, en una inmensa bola de nieve rodando por la ladera. Antes de que Díaz Herrera decidiera tirar por la calle de enmedio -como por otra parte cualquiera un poco más avispado que usted hubiera esperado que hiciera-, pasaban ya de la docena las personas que para mi estupor me habían repetido en todo o en parte las tremendas «confidencias» que, atribulado, yo sólo había compartido con la almohada.

Es obvio que su propósito era crear un clima de sospecha generalizada en el que poder dirimir de forma más cómoda el único conflicto indiscutiblemente sustanciado de todo este embrollo -el único también del que se ha ocupado este periódico, para desilusión de quienes como González o su diario faldero intentan mezclarnos en su «conspiración»-: es decir el pleito privado que usted mantiene con su hasta hace cuatro días compinche, el embajador Manuel Prado y Colón de Carvajal.

En una cosa le doy la razón a su antagonista, aunque no estoy seguro de que el cuento no pudiera empezar por aplicárselo a sí mismo: los hechos demuestran que usted sólo se mueve por dinero. Eso lo tengo escrito ya hace tiempo: a diferencia de otros especímenes con los que comparte la piscina de los grandes saurios de esta era, su único delirio es monetario. Usted es como el Tio Gilito pero con una triple fila de colmillos. De ahí que con tal de recuperar o no perder los miles de millones que le tienen embargados en Londres sea usted capaz de cualquier cosa.

¿De cualquier cosa?

¿También de amenazar al Rey, a través de terceros? Si eso ha ocurrido -es de justicia precisar que al menos su «discurso» del 24 de mayo no llegó hasta ese extremo- le estará bien empleado que todo el peso del segundo párrafo del artículo 147 del Código Penal caiga sobre su cabeza. De momento ya ha causado usted un daño irreparable al conjunto de los ciudadanos que anhelan un inmediato cambio político como base para la regeneración de España, al proporcionar con tan torpes y arteros manejos la anhelada munición con que González y su tropa han podido relanzar la moribunda doctrina de la conjura contra el Estado.

No le costará demasiado trabajo entenderlo porque en definitiva el todavía presidente siente la misma ciega pasión por el poder que usted siente por la pasta. Si usted ha pretendido utilizar a la Corona como blindaje de sus desmanes económicos, él intenta ahora convertirla en coraza de sus abusos políticos, equiparando las fundadas acusaciones contra él con la ventolera insuflada por usted hacia lo más alto. De solidaridades asi, el cielo libre a nuestro Rey.

Mire usted, señor De la Rosa, no sé cuantas veces, ni con qué capacidad de drenaje ha metido la mano en la caja a lo largo de su dilatada trayectoria «pelotazale». Pero suscribo el adagio de que lo único peor que el crimen es la estupidez. Y basta repasar el delirante mitin de González de anteanoche para darse cuenta de que, encima de lo que lleva usted pillado y depredado, ahora se ha convertido en el último tonto útil -aunque lo de tonto me parece demasiado caritativo- de este gobernante sin escrúpulos. Sólo por eso ya se merece usted cadena perpetua en la cárcel del ostracismo público.

En la América conmocionada por el caso de los Papeles del Pentágono, un juez ejemplar sentenció que «la seguridad nacional no reside en las rampas de lanzamiento de cohetes nucleares sino en las instituciones libres y en valores como la libertad de Prensa». En declaraciones a la revista mensual «Futuro», obviamente realizadas antes de que estallara este escándalo, Sabino Fernández Campo da ahora certeramente en la diana cuando afirma que «en la verdad radica la estabilidad de la democracia». Estos primeros veinte años de reinado de don Juan Carlos han proporcionado a nuestro país la suficiente solidez institucional como para hacer frente a cualquier crisis originada por el comportamiento de sus hombres públicos. Aquí no hay miedos ni tabúes. Si usted tiene algo que decir, dígalo y pruébelo ahora, y si no calle para siempre. O al menos tenga la amabilidad de excluirme en lo sucesivo de su recurrente ronda de llamadas a las tertulias radiofónicas y las redacciones de los periódicos.

Atentamente.

Pedro J. Ramírez

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