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La candidatura del veterano se impuso frente a la de los aspirantes más jóvenes: Javier Valenzuela y Hermann Tertsch

Jesús Polanco Gutiérrez (PRISA) designa a Jesús Ceberio Galardi nuevo director de EL PAÍS reemplazando a Joaquín Estefanía Moreira

HECHOS

EL 18.11.1993 D. Jesús Ceberio fue desinado nuevo Director del diario EL PAÍS por el Consejo de Administración del Diario EL PAÍS presidido por el presidente del Grupo PRISA, D. Jesús Polanco. D.

El 18 de noviembre de 1993 el diario El País notificó del cambo en la dirección del periódico tras la dimisión de D. Joaquín Estefanía Moreira. Tras sondear los máximos ejecutivos del grupo, D. Jesús Polanco Gutiérrez y D. Juan Luis Cebrián Echarri los nombres de D. Jesús Ceberio Galardi, D. Hermann Tertsch del Valle-Lersundi y D. Javier Valenzuela Gimeno, finalmente el escogido por Polanco Gutiérrez será Ceberio Galardi.

LOS OTROS CANDIDATOS PARA DIRIGIR ‘EL PAÍS’

valenzuela El izquierdista D. Javier Valenzuela Gimeno era el candidato del Consejero Delegado del Grupo PRISA  D. Juan Luis Cebrián para dirigir el diario. Tras la designación del Sr. Ceberio, él fue elegido Director Adjunto.

Tertsch_joven D. Hermann Tertsch de Valle fue igualmente propuesto por el Sr. Polanco en la ‘terna’ para la dirección de EL PAÍS junto a los Sres. Valenzuela y Ceberio, según el Sr. Tertsch fue sólo como artimaña del Sr. Polanco para ‘bloquear’ el nombramiento del Sr. Cebrián. Tras el nombramiento del Sr. Ceberio fue nombrado Subdirector de EL PAÍS y jefe de Opinión.

En el caso de los Sres. Ceberio y Valenzuela, el intento de hacer ‘tandem’ entre ambos no funcionó y se rompería en apenas dos años con la salida del segundo.

OTROS NOMBRAMIENTOS

Felix_Monteira D. Félix Monteira

Los periodistas D. Félix Monteira y D. Alberto Anaut también asumieron los cargos de subdirección del periódico, que compartieron con el Sr. Tertsch.

¿CEBERIO, UN DIRECTOR DE TRANSICIÓN?

Personas de la redacción de EL PAÍS de entonces confirmaron a La Hemeroteca del Buitre que el Sr. Ceberio fue presentado como un director ‘de transición por un periodo corto de tiempo y acabó siendo por 13 años, cuando fue reemplazado por D. Javier Moreno. Uno de los mandatos más largos en la dirección de un periódico, aunque sus competidores le consideraran un mero subalterno de los Sres. Polanco y Cebrián.

 

03 Diciembre 1993

Compás de espera en EL PAÍS

Víctor de la Serna Arenillas

Juan Luis Cebrián «perdió la primera batalla, pero ha ganado las demás», según un veterano redactor de El País, que comentaba los cambios en el alto mando del periódico de mayor difusión de España. Pero esas victorias no se han logrado a bajo precio. Los candidatos de Cebrián a altos cargos en la Redacción han recibido un apoyo mitigado en la votación de los periodistas. El resultado de esos cambios, que empezaron por el del director, es «una inestabilidad controlada» o una «etapa transitoria que no debería prolongarse demasiado», en opinión de varios cualificados «prisólogos» -estudiosos del grupo Prisa de Jesús de Polanco- dentro y fuera del periódico. La batalla perdida por Cebrián, consejero delegado de Prisa y ex director de El País, fue la del nuevo director y sucesor de Joaquín Estefanía: según distintas fuentes, Cebrián prefería al joven Javier Valenzuela, corresponsal en París, para acelerar el cambio y la puesta al día que desea en el diario. Pero una «revuelta de los coroneles», encabezada por el propio Estefanía y varios veteranos de la casa, logró evitar que toda una generación de responsables «históricos» quedase arrinconada. Consiguieron que Polanco nombrase a uno de ellos, Jesús Ceberio, como tercer director del periódico en sus diecisiete años. Ese revés ha sido enjugado por Cebrián merced a un sensible éxito en los nombramientos de director adjunto y subdirectores que acompañarán a Ceberio. Valenzuela es el director adjunto y los subdirectores (en la redacción central de Madrid) serán Félix Monteara, Alberto Anaut y, en Opinión, Hermann Tertsch. El veterano Monteira era respaldado por «los coroneles», pero los otros tres son considerados «de Cebrián. En las votaciones previstas en el Estatuto de la Redacción (consultivas, que no vinculantes, por lo que nada cambiarán), los cuatro candidatos obtuvieron el martes resultados muy distintos. Ninguno de los tres hombres de Cebrián sobrepasó la mitad de los votos posibles, es decir, 117 sobre una plantilla de 234 redactores. Votó el 89% del censo y, sobre los votos expresados, cada candidato logró los siguientes: Valenzuela: sí, 55%; no, 23%; blancos o nulos, 22%. Anaut: sí, 32%; no, 51%; b/n, 17%. Tertsch: sí, 40%; no, 39%; b/n, 21%. Monteira:.sí, 86%; no, 6%; b/n, 8%. Los jóvenes Valenzuela -que realizó una activa «campaña electoral» en los últimos días- y Tertsch, en el extranjero durante la mayor parte de sus carreras en el diario, sufrían de su relativo anonimato. Anaut ha sido siempre muy discutido, personal y profesionalmente, en el periódico. Monteira, duro y callado trabajador, apreciado por sus compañeros, es el claro vencedor de este concurso de popularidad. Si se confirma la rumoreada recuperación de mando por parte de Cebrián como virtual editor del diario («con Estefanía diluyeron el papel de la dirección, y quienes mandaban de verdad se ahorraban siempre los reproches por lo que iba mal», afirma un avezado redactor de la casa), se avizora un puente directo entre él y Valenzuela, responsable de la marcha del «día a día». De ello se deduciría, según las mismas fuentes, un papel más marginal aún para Ceberio que para Estefanía; de ahí la impresión de «interinidad». Cebrián quiere dar nuevo vigor a un periódico que, según el mismo redactor, «lleva más de un decenio dormido». Es evidente su apuesta por los jóvenes y poco expertos responsables que ha impuesto. Falta aún el definitivo relevo generacional.

Libelo contra la secta

Hermann Tertsch

Ceberio había sido director desde 1993, cuando junto a él fuimos nombrados subdirectores de Información y Opinión Félix Monteira – que acabaría de secretario de Estado de la Comunicación de Zapatero – y yo respectivamente. Ceberio había sido nombrado director en contra de la preferencia de Cebrián, que era Javier Valenzuela. Hoy resulta muy gracioso recordar que en su momento se dijo que Jesús Ceberio sería un director de transición. Más de trece años estuvo en el cargo este gran profesional, vasco malencarado y rudo, pero con más periodismo y sentido común en la cabeza que todos los jovencitos funcionarios del izquierdismo que intentaron cubrir su hueco.

Mantuve conversaciones intensas con Polanco cuando tuvo que sustituir a Joaquín Estefanía como director del periódico y Juan Luis Cebrián les presentó tres candidatos que éramos Jesús Ceberio, Javier Valenzuela y, supuestamente, yo. Aunque yo era un falso candidato presentado por Polanco para lograr convencerle de que el relevo generacional – corría el año 1993 – debía encabezarlo Javier Valenzuela. Gracias a Dios – con mi modesta aportación – Polanco se decidió por el único que razonablemente podía dirigir el diario en aquel momento, que era Ceberio. Cualquier otra decisión, sobre todo el nombramiento de Javier Valenzuela, habría sido una catástrofe. Es un gran periodista de calle y un buen corresponsal, pero toda sensatez y profundidad le son ajenas, y es casi tan obsequioso con el poder como otras trovadores de empresa. No es extraño que el presidente Zapatero se lo pidiera al periódico como director general para Relaciones Internacionales en la Secretaría General de Comunicación de su gobierno.

Eduardo Haro Tecglen entró reptando en mi despacho nada más ser nombrado yo subdirector y jefe de opinión. Lívido me preguntó por su futuro y su columna ‘Visto y Oído’ que publicaba diariamente en las páginas de Televisión. Apenas hablaba de televisión y radio. Era más bien una atalaya para el izquierdismo bolchevique en el que Haro había encontrado su nicho de mercado y se había instalado con éxito entre los lectores en general, pero con auténtica devoción de sus seguidores, que no eran pocos. Haro me pidió que sopesara las consecuencias que tendría para sus ingresos. Y que pensara en los muchos gastos familiares que tenía. Se le veía convencido de que entre mis primeras decisiones estaba expulsarle de su columna, que yo por supuesto consideraba tóxica por sus niveles insalubres de sectarismo, odio, resentimiento y bolchevismo impostado. En realidad Haro era tan comunista en sus últimos años como fascista cuando escribía panegíricos sobre Franco. Es decir, nada. Pero si era buen artesano con la palabra, era mucho mejor manipulador. Tenía unos lectores muy fieles y por lo demás todos sabían a lo que iban cuando lo leían en aquella estrecha columna junto a las programaciones en la última página impar. Su columna no habría tenido jamás sitio en un periódico liberal o socialdemócrata en el resto de Europa por razones obvias. Su tufo estalinista y su falta de piedad hacia las víctimas que no consideraba de su bando – y eran por ello enemigos – son absolutamente indefendibles en una publicación demócrata en el resto de Europa. Igual que un periódico que se precie no se puede permitir tener un colaborador regular que se precie de sus simpatías nazis, no es imaginable que conceda un espacio público a un apologista de otras tiranías. Supondría un desprestigio irreversible para aquella publicación. En España, en este sentido, también somos una excepción. O si se quiere decir de otra forma, una anomalía.

Sigamos con Haro. Lo cierto es que am í no se me había pasado por la cabeza quitarle la columna a Eduardo. Le dije que por supuesto bajo mi subdirección seguiría escribiéndola en las mismas condiciones que hasta la fecha. Se sorprendió mucho. Recuerdo aún hoy bien su gesto. Cambió por completo cuando le comuniqué que estaba a salvo. Me lo agradeció mucho y me ofreció toda la cooperación que necesitara en el nuevo cargo. Pero al despedirse y salir del despacho ya tenía otra vez su cara de siempre. Se iba del despacho seguro de que yo no iba a actuar como él lo habría hecho y que podría seguir llamándome ‘cachorro filonazi’ a mis espaldas. Aunque me llegaran por diversos cauces las maldades que profería sobre mí, su columna nunca estuvo en cuestión salvo en su mente calenturienta. Le conté la escena a Javier Pradera – hoy ya también un mero empleado aparcado en la tercera planta y resignado a su triste papel de agitador antiaznarista, tan sectario como previsible – y me confirmó mi impresión: “Haro estaba convencido de que lo echabas. No concibe que no hagas con él lo que él habría hecho contigo”.

Haro, no era sino un Emilio Romero de izquierdas. Probablemente la mayoría de lectores no se acuerden de aquel buen periodista y malísima persona. Romero siempre fue célebre por su falta de medida en los elogios a todo aquel que asumía un poder que pudiera serle útil. Y por su total falta de pudor a la hora de olvidar aquellos elogios y denigrar al ensalzado, así como su falta total de pudor una vez desposeído este de su poder y caído en desgracia. De gentes así ésta llena mi profesión, pero supongo que también otras. Quizás en el caso de los periodistas sea más notorio y escandaloso este comportamiento indigno.

HARO TECGLEN PIDIÓ AL SR. TERTSCH QUE NO LE ECHARA:

HaroTecglen D. Eduardo Haro Tecglen

Al conocer el nombramiento de D. Hermann Tertsch como Subdirector y responsable de Opinión, el columnista diario de EL PAÍS, D. Eduardo Haro Tecglen se reunió con él para pedirle por favor que no le despidiera como columnista (por las discrepancias ideológicas entre ambos).

D. Hermann Tertsch habla con J. F. Lamata sobre su relación con el columnista D. Eduardo Haro Tecglen:

Tertsch_Haro_mp3

El Análisis

VERDULEANDO

JF Lamata

¿Por qué si D. Juan Luis Cebrián permaneció más de una década al frente del diario EL PAÍS, D. Joaquín Estefanía sólo aguantó cuatro años? (su nombramiento se inició en 1988) Un mandato corto da pie a especulaciones. La más difundida sería que D. Joaquín Estefanía se habría hartado de recibir indicaciones de D. Juan Luis Cebrián que, como Consejero Delegado, pretendía seguir siendo quién guiara el barco. Pero, en todo caso, no dejaba de ser una verduleria.

J. F. Lamata

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