8 junio 1983

La Agencia EFE de Utrilla censura una fotografía tomada por sus informadores gráficos con el tropiezo de Carmen Romero, esposa de Felipe González

Hechos

Fue noticia el 8 de junio de 1983.

Lecturas

El director de EL PAÍS colocó la foto en su portada.

08 Junio 1983

Los nuevos cortesanos

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera)

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LA DECISIÓN de la agencia Efe de bloquear y manipular (pelar, en audaz eufemismo) el documento gráfico que recogía la caída de la esposa del presidente en unas escaleras constituye un nimio incidente que no merecería mayor comentario. La fotografía pertenece, en sí misma, al género anecdótico o curioso, y se necesitan raudales de imaginación o fantasía para considerarla -como hace el director de Efe- como un atentado contra el buen gusto, la simple decencia o el respeto a los demás. Las hemerotecas rebosan de documentos gráficos que han inmortalizado las pérdidas de verticalidad protagonizadas por hombres y mujeres famosos. La grotesca tesis de que la fotografía en cuestión constituía, tal y como sostiene Efe, «una agresión a la dignidad de la primera dama» hará ruborizarse a la esposa de Felipe González. Sin contar con que llamar a Carmen Romero la primera dama tropieza con las normas del protocolo, que adjudica ese título, con todo rigor, a la Reina.Sucede, sin embargo, que la anécdota ha quedado desquiciada por la naturaleza estatal de la agencia, por su monopolio de oferta del documento gráfico dentro del mercado español y por -las connotaciones de su reverencia oficiosa ante el poder. A diferencia de las empresas privadas, Efe, sufragada por los contribuyentes, no tiene dificultades financieras para pagar la exclusiva de los servicios fotográficos de agencias internacionales como UPI y AP, ostentando de hecho un monopolio. Ese acuerdo de exclusiva, que obliga a la Prensa española a pasar sin remedio por la ventanilla de Efe para reproducír fotograrias de las dos grandes agencias norteamericanas -sin compefencia en el mundo de la información gráfica-, crea las condiciones idóneas para que el monopolista se convierta en censor mediante el procedimiento de bloquear o filtrar a su conveniencia ese material gráfico. En el caso de la caída de Carmen Romero, la agencia gubernamental decidió ocultar inicialmente la fotografla a sus abonados; pero, una vez alertada de que EL PAIS obtuvo la foto en México y que pensaba publicarla, apeló a las cláusulas de su contrato con UPI para impedir que la agencia norteamericana facilitase directa o indirectamente a este periódico tan inocente documento. La técnica sobrepasa a veces la imaginación: una telefoto de un diario mexicano amigo, una línea telefónica, común y un pequeño aparato en nuestra Redacción vencieron la resistencia de Efe, empeñada en pelar la cosa. La certidumbre, de que la fotografia aparecería, de todas formas, en la edición de ayer de EL PAIS llevó entonces a los directivos de la agencia a la manipulación del documento, distribuido a sus abonados a las 10 de la noche en una variante muy poco interesante de la instantánea, chapuza censoria rebautizada como edición o pelado.

Efe ha promulgado la ley del embudo para regir sus relaciones con los vendedores y con los compradores de sus exclusivas gráficas. Sí UPI es un proveedor de la agencia estatal española, obligado a cumplir sus compromisos, Efe es un proveedor de la Prensa española, vinculado también con sus clientes mediante convenios que le exigen eficiencía y buen servicio. Efe carece, además, de títulos para definir unilateralmente, en base a caprichosos criterios de sus directivos, el buen gusto o la decencia de los documentos gráficos que puedan ser publicados por sus clientes. Ya en su día llevó a cabo una censura semejante de las fotografías del accidente del Rey en Suiza. Y con ello sólo ha conseguido perder credibilidad, mostrarse como una oficina -mala- de propaganda del poder, sin un estatuto de autonomía que garantice que sus directivos van a servir a los medíos de comunicación y a los ciudadanos españoles por encima de los intereses del Gobierno. Pues si por una caída anecdótica están dispuestos a hacer lo que han hecho, ¿qué no harán los directivos de Efe cuando de veras esté en juego no ya la dignidad o la estética, sino la ética o la supervivencia del poder mismo?

En esta penosa historia cabe vislumbrar, por último, inquietantes síntomas de que Felipe González tampoco ha conseguido librarse de la tendencia de estos nuevos cortesanos a convertir en figuras de cartón-piedra a los dirigentes políticos y a secuestrarlos mediante un cerco de incienso. Los espectadores de esas conductas sentirnos la misma vergüenza ajena que producían comportamientos parecidos en los tiempos de Suárez o del anterior régimen.

10 Junio 1983

El Tropezón

Jaime Campmany

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Por lo que se ve, aquí nos podemos carcajear del meiba de don Leopoldo Calvo-Sotelo, de los tirantes y del paraguas de Fraga o de los arrobos de doña Juanita en el palco del Parlamento cuando pronuncia un discurso su marido. La prensa libre lleva a sus páginas en el Occidente de la libertad de prensa las imágenes que captan los teleobjetivos, y sacamos los cuerpos desnudos de Hacquelin, de Carolina o de Cristina Marsillach. Y ¡ay del que se queje! Pero los españoles de la democracia no tenemos derecho a saber de qué manera se ha caído doña Carmen Romero por las escaleras.

Lo que les pasa a algunos de estos chicos es que no están demasiado provistos de talento. A este muchacho, Ricardo Utrilla, lo pasaron desde el Grupo16 a la Agencia EFE, o sea, desde la empresa privada a la pública, desde el periodismo de la independencia al periodismo oficial. CAMBIO16 aprovecha cualquier circunstancia para llevar el ascua a su sardina. Se había marcado una orientación ideológica, y todo era bueno para favorecerla, predicarla e imponerla. Es una historia que esta en las hemerotecas y allí se demuestra que los responsables de CAMBIO16 no mantenían demasiados escrúpulos a la hora de dejar en ridículo a lo que se oponía a su orientación.

Ah, pero a don Ricardo Utrilla le hicieron presidente de la Agencia EFE, y allí hay que hacer todo lo contrario: adular a los que mandan. O sea, aceptar fervientemente el ejemplo de don José María Calviño. Hay que manipular la noticia, hay que lograr que los españolitos miren todos los sucesos que se producen en el mundo a través del cristal que le conviene al Gobierno, y hay que ponerle florecitas en la solapa al que manda. Total, que hay que hacer de un instrumento del Estado una herramienta del partido y un resorte de adulación personal.

La fotografía de la caída de doña Carmen Romero merece dar la vuelta al mundo como ejemplo de estúpida adulación al presidente del Gobierno de un país democrático, como si estuviésemos en una dictadura. No sé si en una dictadura, el profesional responsable de la  información oficial se hubiese atrevido a tanto. Lo más divertido de toda esta historia de la manipulación de esa fotografía es que el primero que se habrá puesto colorado de vergüenza es el propio don Felipe González. Lo que podía haber quedado en una anécdota o en un percance casi simpático, se ha convertido en una adulación ridícula. Los socialistas no sólo han puesto al frente de los medios oficiales de comunicación a incapaces. Han llevado a esa responsabilidad a una recua de cursis.

Contemplar a doña Carmen Romero recostada en las escaleras en aquel palacio de México no ha motivado ningún comentario de mal gusto, incluso doña Carmen se cae por las escaleras con mucha dignidad. Se queda recostada en los escalones, a lo Madame Recamier en el canapé célebre, o como una sirena varada en la dura playa de los escalones. Pero nada más. Ni descompone la figura, ni toma aspecto de pelele descoyuntado, ni, como dice el pueblo, echa las patas por alto. Se cae igual que nos hemos caído todos alguna vez. Un tropezón cualquiera da en la vida. Lo que sucede es que aquí estamos en un país donde todos somos más papistas que el Papa. Para don Ricardo Utrilla, que debe su cargo a la Administración socialista, doña Carmen tiene la verticalidad asegurada. Mientras yo sea presidente de la Agencia EFE, podría haber dicho el Sr. Utrilla, la esposa del presidente no se cae.

Toda esta historia no resultaría tan regocijante si no fuesen sus protagonistas las mismas gentes que han intentado desmitificar en nuestro país todos los mitos de galantería, el respeto a los convencionalismos sociales e incluso las costumbres, atuendos y posturas de nuestro comportamiento en público. Por lo que se ve, aquí nos podemos carcajear del meiba de don Leopoldo Calvo-Sotelo, de los tirantes y del paraguas de Fraga o de los arrobos de doña Juanita en el palco del Parlamento cuando pronuncia un discurso su marido. La prensa libre lleva a sus páginas en el Occidente de la libertad de prensa las imágenes que captan los teleobjetivos, y sacamos los cuerpos desnudos de Hacquelin, de Carolina o de Cristina Marsillach. Y ¡ay del que se queje! Pero los españoles de la democracia no tenemos derecho a saber de qué manera se ha caído doña Carmen Romero por las escaleras. En este límite hay que aplicar la censura. A los escritores de la herencia se les habría caído de vergüenza la cara al suelo al pedir a un profesional del periodismo que retocase una fotografía semejante.

Lo más gracioso de esta peripecia no es el tropezón de doña Carmen Romero, lo más gracioso es el tropezón de don Ricardo Utrilla. Llevo riéndome dos días.

Jaime Campmany