16 marzo 1990

La dictadura de Irak de Sadam Hussein asesina al periodista Farzad Bazoft, corresponsal de THE OBSERVER

Hechos

Fue noticia el 16 de marzo de 1990.

16 Marzo 1990

Un asesinato

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

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SADAM HUSEIN, el megalómano padre de la patria que preside Irak desde hace más de una década, ha hecho oídos sordos a las peticiones de clemencia emanadas de casi todos los países civilizados del mundo y ordenó ejecutar la pena de muerte que sus tribunales dictaron contra el periodista británico de origen iram, corresponsal de The Observer, Farzad Bazoft. Su delito: tratar de investigar la explosión en una instalación militar en la que habrían perdido la vida, según fuentes británicas, cerca de un millar de personas. Las autoridades iraquíes negaron el hecho y acusaron a Bazoft de espionaje por cuenta de Israel. Dos meses después de su detención, el propio periodista apareció en la televisión oficial autoinculpándose, gesto que no mereció credibilidad alguna a quienes conocen los métodos empleados por el régimen de Husein contra sus enemigos, reales o supuestos.Un régimen que ha hecho del secreto regla de oro de su comportamiento, y que es liderado por un militar sanguinario que desencadenó una guerra al precici de la vida de 300.000 de sus compatriotas, carece de: autoridad moral para impartir lecciones como la pretendida en la despreciable nota remitida ayer por su Embajada en Madrid. En esa nota se recuerda el asesinato de nuestro compañero Juantxu Rodríguez en Panamá para contraponer aquel crimen, «a sangre fría contra un inocente periodista», a la ejecución tras juicio, «con todas las garantías», de un «espía sionista»`. Para los caudillos como Sadam Husein la distinción entre información y espionaje es tan simple como ésta: es espionaje toda información que desvela aquello que el jefe querría mantener oculto. De ahí que los dictadores tengan tanto aprecio por el secreto come, odio a los periodistas.

El Análisis

Farzad Bazoft, la verdad que Saddam no soportó

JF Lamata

La ejecución en 1990 del periodista británico-iraní Farzad Bazoft, acusado por el régimen iraquí de espionaje, es otro capítulo atroz en la larga lista de crímenes de Saddam Hussein. Bazoft, reportero del Observer, había viajado a Irak para investigar una misteriosa explosión en una planta militar cerca de Bagdad, sospechada de estar relacionada con el programa armamentístico iraquí. Su trabajo era incómodo: revelar al mundo lo que el dictador pretendía ocultar, el arsenal y las ambiciones bélicas que Saddam incubaba tras la guerra con Irán. Fue detenido, torturado, sometido a un juicio farsa y finalmente ejecutado. Su “delito” no fue espiar, sino preguntar demasiado en un país donde la curiosidad equivalía a una condena a muerte.

El asesinato de Bazoft no sólo refleja la brutalidad de un régimen que reprime con saña a sus opositores internos, sino también la temeridad con la que desafía a la comunidad internacional. Londres pidió clemencia, organizaciones humanitarias protestaron, pero Saddam convirtió el caso en una demostración de fuerza: nadie, ni siquiera un periodista extranjero protegido por la atención mediática mundial, podía poner en duda la autoridad absoluta del dictador.

La tragedia de Bazoft es la de tantos otros: su nombre se suma a una lista de intelectuales, disidentes, kurdos, chiíes y opositores que han caído bajo el terror baazista. La diferencia es que su muerte, pública y sin disimulo, mostró al mundo la verdadera cara del régimen iraquí en vísperas de una década que lo enfrentaría con Occidente de manera abierta. Saddam Hussein quiso matar un testigo. Lo que consiguió fue dejar al descubierto, ante millones, la naturaleza criminal de su régimen.

JF Lamata