15 octubre 2015

Llegó al PP de la mano de Ángel Acebes y siempre fue considerada una ficha de Pedro J. Ramírez y Federico Jiménez Losantos, importantes figuras mediáticas de 2008, pero que en 2015 habían perdido gran parte de su influencia

La diputada del PP, Cayetana Álvarez de Toledo, anuncia su abandono del partido por su decepción con Mariano Rajoy

Hechos

El 14.10.2015 Dña. Cayetana Álvarez de Toledo anunció en un artículo del diario EL MUNDO su deseo de no ir en las listas del Partido Popular a las elecciones generales de 2015.

29 Mayo 2015

Contigo y sin él

Cayetana Álvarez de Toledo

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El Partido Popular no empezará a recuperarse hasta que su dirección no reconozca de forma explícita la verdad. El domingo pasado sufrimos una derrota devastadora. Porque ha supuesto una pérdida de poder sin precedentes a lo largo y ancho de España. Y porque ha afectado a dirigentes políticos de todas las generaciones y de todos los perfiles: vieja guardia y recién llegados, duros y blandos, los del rap desideologizado y los abanderados de las convicciones de siempre. El paisaje popular es hoy un campo arrasado en el que no quedan referentes activos a los que dirigirse en busca de consuelo o esperanza. Con los pies en la tierra baldía y una firme voluntad de reconstrucción, creo que debemos hacernos dos preguntas: ¿qué ha pasado? y ¿qué podemos hacer?

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Qué ha pasado. En mi opinión, la escalada de dimisiones de dirigentes autonómicos del PP está enturbiando el análisis. La responsabilidad principal de la debacle no es de los distintos candidatos. La responsabilidad capital está en la dirección del partido y del Gobierno de la nación. Su política o, mejor dicho, su autismo político ha desembocado en una profunda desconexión no ya de la base tradicional del partido, que se ha sentido abandonada y empujada hacia otras fuerzas políticas, sino del conjunto de la sociedad española, y especialmente de las clases medias urbanas y los jóvenes. El PP ha evitado el rescate de España. Pero ha despreciado la política.

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Hacer política es amparar a los millones de españoles golpeados por la crisis, y no solo difundir una avalancha de porcentajes macro mezclada con una lágrima socialdemócrata. Hacer política es combatir implacablemente la corrupción evitando la demagogia y la amenaza indiscriminada a los ciudadanos. Hacer política es atreverse a abrir complejos debates éticos sin cerrarlos luego por cálculos electoralistas. Hacer política es defender con energía la legalidad constitucional y democrática, y no favorecer el humillante repliegue del Estado. Hacer política es no confundirla con la tecnocracia. Hacer política es diseñar una comunicación eficaz y desafiar el populismo mediático y la «sharecracia», y no tratar de aprovechar la crisis atroz de los medios para convertirlos en órganos de propaganda.
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Qué podemos hacer. Desde luego, no lo que estamos haciendo. Porque aún peor que la derrota ha sido la reacción ante ella. Probando que la ausencia de política ha sido la cruz de este gobierno, hemos asistido a un lánguido e irreal análisis del presidente Rajoy, que a las pocas horas de hacerlo ha tenido que desmentirse a sí mismo sobre la necesidad de no hacer cambios. Algunos dirigentes regionales han trazado la posibilidad de alianzas sorprendentes, poniendo en evidencia la falta de una instrucción política meditada y global para un escenario previsto desde hace meses. Y hasta ha habido el que ha utilizado los malos resultados globales del partido para cobrar cuentas atrasadas a un ministro. El PP no sólo ha perdido comunidades importantes y el gobierno de grandes ciudades, sino que ha empezado a preparar inmediatamente la derrota aún más terrible de las generales.

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Lo más fácil es responderse que a pocos meses de las elecciones solo queda apretar los dientes. Pero el tiempo es el principal aliado de la ruina. Y el tiempo no debe ser un obstáculo cuando se actúa con determinación y claridad de ideas. La renovación del PP es una obligación política y debe centrarse en la renovación del proyecto. Porque el problema del PP no es la comunicación sino la ausencia de proyecto. España necesita con urgencia un PP fuerte y unido en torno a un proyecto político moderno, abierto, compasivo y valiente. Un proyecto que trate a los ciudadanos como adultos y les diga la verdad. Que les ampare, implique y aliente. Que actualice lo mejor del legado del PP y que haga frente con coraje y eficacia a los grandes desafíos de España: la erosión de las clases medias, la degeneración que traen los populismos y el desgaste de las instituciones. Ocho comunidades autónomas en manos de una izquierda radicalizada es un riesgo financiero y económico para todos los españoles. Tres comunidades gobernadas por partidos que promueven la ruptura de la soberanía común es un peligro para la democracia y la libertad. Si al nuevo mapa electoral se añade un Congreso fragmentado con un PP incapaz de sumar una mayoría sólida, habrá que darle la razón a los arbitristas de la resignación. Yo, de momento, me resisto: España no es diferente ni está condenada a repetir sus errores históricos. Pero para eso el PP tiene que renovar su proyecto político y debe hacerlo ya.
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La imprescindible renovación del PP plantea, inevitablemente, dos preguntas difíciles sobre el presidente Rajoy. ¿Es creíble que pueda liderar la renovación? ¿Debe ser el candidato a las elecciones generales? Creo que todos los miembros del PP tenemos también la obligación de manifestar de forma abierta, leal y constructiva nuestra opinión. Desde el respeto y el aprecio personal. Desde una admiración sincera por su trayectoria en el partido y por sus determinación a la hora de impedir el rescate de España. Desde la seguridad de que el PP no está condenado a la fragmentación ni a la irrelevancia, porque tiene una impresionante estructura territorial y un inmenso potencial de consenso. Y desde la responsabilidad que todos los cargos públicos debemos asumir ante los ciudadanos, yo creo que un nuevo PP necesita un nuevo liderazgo. Porque el futuro de una España potente y moderna no es posible ni con este PP ni sin el PP.

14 Octubre 2015

Anoche escribí al presidente

Cayetana Álvarez de Toledo

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Como es natural, no sé cuáles son los planes del presidente del Gobierno ni de todos aquéllos que pueden decidir sobre las listas electorales del PP. Pero, dado que durante los últimos siete años he sido diputada en sus filas, anoche comuniqué al presidente Rajoy mi deseo de no volver a formar parte de su candidatura.

No podría ir en las listas porque no encuentro argumentos suficientes para defender la gestión del Gobierno ni para pensar que el presidente Rajoy actuaría de forma distinta a como lo ha hecho hasta ahora. No podría porque creo en la responsabilidad del liderazgo y en la política como una suma de convicciones, coraje y capacidad de desafío. Ni la hipótesis de una renovación profunda de las candidaturas del PP ni la incertidumbre que provoca el resto de opciones políticas pueden compensar lo que me parece un hecho incontestable: en estos cuatro años de mayoría absoluta, la democracia ni se ha regenerado ni se ha defendido.

Es verdad que el presidente Rajoy evitó el rescate y que la economía se recupera. Pero el Gobierno ha despreciado la política y ha desoído todas las alarmas. Ni las advertencias internas y externas, ni la grave pérdida de poder autonómico y municipal, ni la irrupción de un poderoso adversario en el espacio electoral del PP le han movido a la rectificación. Desde mayo hemos asistido a una renovación cosmética, a una convención sin propuestas y a una campaña catalana errática. La confianza es un bien delicado y escurridizo. Para mí, la actitud del presidente Rajoy ante el reto separatista catalán ha sido determinante.

Éste es, a mi juicio, el itinerario del fracaso:

1. El 9-N, el Gobierno abdica de su responsabilidad constitucional de hacer cumplir la ley en Cataluña. Su inhibición genera una profunda sensación de desamparo. Diluvia sobre mojado: sobre las sentencias lingüísticas incumplidas, sobre las esteladas impunemente desplegadas en los mástiles institucionales y sobre el empeño con que el Gobierno minimizó como «pantomima» la consulta secesionista. El Gobierno traslada la responsabilidad al Tribunal Constitucional y al fiscal general del Estado. Pero es inútil. El fiscal replica con una dimisión irrevocable en defensa de su dignidad. A la erosión del PP se suma la erosión de las instituciones.

2. El PP designa su candidato a la Generalidad apenas dos meses antes de las elecciones, cuando las encuestas anticipan una catástrofe que sólo puede imputarse parcialmente a la gestión de la crisis económica. En los malos augurios influyen el deterioro de la imagen de Alicia Sánchez-Camacho y su estéril apoyo parlamentario al desleal Artur Mas. Pero, sobre todo, influye la incapacidad del Gobierno para erigirse en principal garante de la libertad, la igualdad y la ley.

3. En pleno verano el presidente Rajoy abre la puerta a una reforma constitucional. El anuncio revoluciona la precampaña catalana. Para mal. No sirve a su propósito de desactivar la acusación de inmovilismo y legitima a los que dan la Constitución por amortizada. Se deja de hablar de la agresión del nacionalismo a los principios constitucionales para hablar de los cambios constitucionales necesarios para encajar al nacionalismo. Los portavoces del PP se ven obligados a hacer malabarismos dialécticos para concretar aspectos de una reforma que es puro humo electoralista. Tres semanas más tarde, el PP da marcha atrás. En el aire queda la sospecha de que el PSOE ya no es el único partido que no sabe qué hacer con España.

4. La decisión de reformar el Tribunal Constitucional, anunciada en vísperas de la campaña, es bien vista por muchos catalanes hartos de vivir a la intemperie del derecho. Pero el PP no la rentabiliza, y no precisamente por un exceso de pudor institucional. El oportunismo delata la oportunidad perdida. Si la reforma era imprescindible, ¿por qué no se abordó antes del 9N? Si el reto es tan serio, ¿por qué lo llamaron «pantomima»? El desafiante «se acabó la broma» se disuelve en un desolado «el Estado lleva tres años de broma».

5. El ministro de Exteriores irrumpe en la campaña como insólito protagonista de un debate con el líder de Esquerra Republicana, Oriol Junqueras. La mera celebración del debate consagra una falsa bilateralidad entre Cataluña y España y supone una claudicación de la política y de la razón. El ministro remata su intervención con una apelación simétrica a la responsabilidad: «Oriol, se os quiere, no rompamos». Ni las declaraciones de Obama, Cameron, Merkel y Sarkozy son capaces de disipar la desconfianza hacia un Gobierno cabizbajo.

6. A pocos días de las elecciones, el periodista Carlos Alsina le pregunta al presidente del Gobierno por qué los catalanes habrían de perder la nacionalidad española una vez independizados. Mariano Rajoy -que teóricamente lleva tres años madurando la respuesta del Estado al separatismo- vacila, duda, no responde. No le dice que lo que plantea es política y jurídicamente absurdo. No le contesta que es grotesco querer ser ilegalmente independientes y constitucionalmente españoles a la vez. Se pierde. Y con él pierde el PP.

Hasta aquí el itinerario.

Hace unos días, el diario ‘La Vanguardia’ anunciaba en su portada: «Rajoy dejará fuera de su campaña el debate catalán». No sé si será cierto, pero se trataría del reconocimiento definitivo de un fracaso que es el resultado inevitable de haber asumido tres viejas falacias políticas.

La primera es la de creer que el centro se define, no en función de criterios económicos o morales -más o menos intervención del Estado; mayores o menores reservas en asuntos como el aborto-, sino de la cercanía con el nacionalismo. En otras grandes democracias del mundo, el nacionalismo es despreciado por xenófobo, liberticida y radical. En España, a los que lo combatimos nos llaman extremistas. El presidente Rajoy tenía la oportunidad y la obligación de desafiar este paradigma, herencia lamentable del franquismo. Tendría que haber insistido en que la democracia española no tiene una deuda con el nacionalismo, sino queel nacionalismo tiene una deuda con la democracia, a la que ha tratado con deslealtad. Y tendría que haber reagrupado a todos los ciudadanos que compartimos un suelo transversal de valores democráticos comunes para forjar una centralidad española basada en la razón y la verdad. Y no lo hizo.

La acción del Gobierno también se ha visto lastrada, literalmente, por el mito de que el inmovilismo propio garantiza la desmovilización ajena. Esto es falso siempre y sobre todo ante el primer problema político español. El separatismo no es un movimiento reactivo sino una reacción en movimiento. Se alimenta de mitos prefabricados y odios preconcebidos. Y un Estado democrático debe hacerle frente en defensa del pluralismo y la convivencia. Los resultados de una Cataluña partida dramáticamente en dos mitades obliga a preguntarse: ¿Qué habría sucedido electoralmente si el constitucionalismo hubiera contado desde hace tres años (¡y desde hace 30!) con el apoyo y la movilización del Estado?

Por último, tampoco la letanía gubernamental acerca de «los problemas reales de la gente» tiene fundamento. Durante cuatro años, los españoles han reclamado una mayor sensibilidad hacia las personas golpeadas por la crisis, menos vacilaciones contra la corrupción, la despolitización urgente de la justicia, más democracia interna en los partidos, una rotunda deslegitimación histórica y política de la violencia etarra, un amparo inequívoco a las víctimas del terrorismo y, por supuesto, una defensa nítida y emocionante de lo que nos hace ciudadanos y une como españoles. La respuesta del Gobierno ha sido tecnocracia y plasma. El Gobierno ha actuado como si los ciudadanos tuvieran una cartera donde habitan el corazón y la cabeza, y como si los votantes del PP fueran votantes cautivos. No lo son. No lo somos.

Hace nueve años dejé este periódico para incorporarme al Partido Popular. Estaba convencida de que era el mejor instrumento para defender mi idea de España. Un país reconciliado consigo mismo y con su pasado, alejado de la vieja retórica del fracaso y del adanismo pueril. Una nación plenamente europea en su oposición al nacionalismo identitario. Una democracia dispuesta a defenderse y sin miedo a renovarse. Una España de ciudadanos juntos y distintos, libres e iguales.

Creo que el Partido Popular puede seguir siendo ese partido. Pero no con este presidente y no sin un nuevo proyecto. No estaré en las listas del PP, pero seguiré trabajando para que España tenga el partido moderno, valiente, adulto y central que merece y necesita.

15 Octubre 2015

Misil Errado

Luis Ventoso

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Cayetana Álvarez de Toledo, de 40 años, se formó como historiadora en Oxford, donde también completó su tesis. De su capacidad de estudio y competencia en su materia no cabe duda (he escuchado elogiarla hasta a un erudito del calibre de sir John Elliott). Desciende de una muy linajuda familia, es marquesa y ha tenido la fortuna de poder llevar una vida cosmopolita y acomodada, diferente a la del común de los españoles: infancia en Londres y paso luego por Argentina, siempre en colegios de élite, estancias en el piso paterno en París, caballos, navegación mediterránea… En 2006 se incorporó al PP, donde siempre ha mantenido unas legítimas posiciones muy críticas con Rajoy, y llevaba siete años como diputada.
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Tras las elecciones de mayo, que ganó el PP, pero con una acusada pérdida de poder por el pacto de Sánchez con Podemos, Cayetana escribió un relevante artículo en ABC exigiendo un nuevo liderazgo en su partido. Ahora ha publicado otro en «El Mundo», donde trabajó hasta su paso a la política, en el que anuncia que no se presentará en unas listas encabezadas por el actual presidente (faltaría saber también si el PP la querría, pues tanto derecho tiene ella a la crítica como su partido a considerarla desleal en una situación muy difícil y no contar con ella).
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Cayetana, que despacha la recuperación económica y que se haya evitado el rescate como si fuesen anécdotas a pie de página, tiene razón cuando sostiene que Rajoy no ha aprovechado su mayoría absoluta para una regeneración de calado y también cuando señala «vacilaciones contra la corrupción». Pero el grueso de su crítica se fundamenta en cómo ha llevado el desafío catalán, y ahí creo que se columpia. El Mariano pachorras que tanto la enerva es curiosamente el único presidente de nuestra democracia que no ha pasado por la taquilla del nacionalismo (Aznar incluido). Es también el que se ha negado a reformar la Constitución al son del apremio sedicioso, desoyendo los cantos entreguistas de nuestra inteligencia más granada. Es quien apoyó que Mas fuese denunciado por haber vulnerado la ley siendo el máximo representante del Estado en Cataluña (denuncia que al periódico prosocialista de Madrid le parece «un error mayúsculo y un abuso político», porque al parecer si se trata de Mas la justicia debe quedar en suspenso). Y como no podía ser de otra manera, el fatídico Mariano ha remachado siempre que mientras él sea presidente jamás permitirá que se rompa la igualdad entre los españoles (una obviedad, pero Sánchez no lo haría).
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Concuerdo en que el PP se está quedando antiguo, que necesita democracia interna a raudales y que sus episodios de corrupción (más aznaristas que rajoyistas, por cierto) son bochornosos. Pero justo en el tema catalán, Mariano el del «plasma» –otro topicazo, pues comparece más que Zapatero– ha estado en su sitio. Porque el problema está en otro lugar, Cayetana: en un PSOE que palanganea con la unidad de España, en una intelectualidad progresista avergonzada de su país y que con una inmensa empanada confunde patriotismo con franquismo y en la cesión en su día de las competencias en educación a las comunidades. Misil errado. En el conflicto catalán has disparado al pianista.

17 Octubre 2015

Cayetana&Irene, amigas, las masas os saludan

Graciano Palomo

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He visto muchos ejercicios de gran obscenidad en la vida política española a lo largo de mi ya dilatada carrera como periodista y observador de la realidad nacional. Pero no me acostumbro a ello.

Cayetana Álvarez de Toledo tiene todo el derecho del mundo a opinar o escribir lo que le venga en gana, incluso invocando su amistad con la holandesa Reina Zorreguieta o su entrada en los enmoquetados y tuertos salones de la pijería europea. Pero a lo que no tiene ningún derecho, máxime cuando lleva muchos años abrevando del pesebre público, es a intentar engañar al respetable.

¡He visto a las masas preocupadas y temblando ante su alegato antiRajoy! ¡No se habla de otra cosa en las mercerías (que tanto le preocupan), en las fábricas de Martorell, en los surcos de la Ribera del Duero, en los despachos de los grandes ‘brokers’ financieros! ¡Cayetana dixit! Se abren los infiernos.

Es un hecho cierto que el jefe de filas del Partido Popular, Mariano Rajoy, está muy desgastado y que se presenta a las elecciones no en las mejores condiciones y se podría discutir si el gallego es la mejor opción para concurrir a las elecciones del 20-D por y en representación del centro derecha. ¡Claro que se puede hablar y discutir sobre ello! Pero no intentar dar gato por liebre en el debate ni mezclar intereses personales en un asunto de la máxima importancia para el pueblo llano y su futuro, que tanto preocupa a la “liberal” Álvarez de Toledo. Porque podría recordar aquí por qué llegó a la planta noble de Génova 13 como jefa de Gabinete del secretario general Acebes y por mediación de quiénes… cuando Rajoy ya era el jefe de la cosa. ¿Hablamos de ello? O también, si lo prefiere, de las mamandurrias familiares en la Comunidad de Madrid. Lo que la rubicunda y atrevida Cayetana quiere es que vuelva José María Aznar -por algo la acogió en FAES, fundación que pertenece al PP, por cierto- y de paso asegurarse su poltrona, algo que sabe iba a desaparecer en breve si continúa el tándem Rajoy/Cospedal.

¡Las conspiraciones de salón nunca tuvieron éxito en España! Máxime, si el plumero es tan evidente. Seguramente, el PP perderá las elecciones legislativas porque millones de votos se irán a otras opciones o se quedarán en su casa tras leer el alegato cayetanesco…

¡Hace falta tener rostro!

Irene Lozano, tras sus muchas declaraciones de amor a UPyD y durante años personalmente a Rosa Díez, se ha ido al PSOE en busca de condumio calentito y seguro.

Son dos mujeres relativamente jóvenes. Las que venían a enseñarnos que el milagro de la Transición tuvo muchos fallos, entre ellos, la credibilidad personal de sus dirigentes.

¡Manda güevos!