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El ministro democristiano está convencido de que España estará en la Alianza Atlántica antes de que llegue el año 1983

Las declaraciones del ministro Marcelino Oreja sobre la OTAN a EL PAÍS, desatan la furia del presidente Suárez

HECHOS

El 15.06.1980 el diario EL PAÍS publicaba unas declaraciones del ministro de Asuntos Exteriores, D. Marcelino Oreja (recogidas por el periodista D. Pablo Sebastián) en las que aseguraba que España estaría dentro de la OTAN ‘antes de 1983’.

sebastian_oreja La portada de EL PAÍS recogiendo la entrevista al ministro de Asuntos Exteriores, D. Marcelino Oreja, y el periodista que se la realizó D. Pablo Sebastián

 

La entrada o no de España en la Alianza Atlántica que pilotaban los Estados Unidos de América frente a la alianza comunista, el Pacto de Varsovia, que encabezaba la Unión Soviética, fue otro quebradero de cabeza más para el gobierno de UCD. La primera sacudida se había producido ya durante el mandato del duque de Suárez. El detonante de todo fue la entrevista que el entonces ministro de Exteriores, don Marcelino Oreja Aguirre concedió al periodista de EL PAÍS, don Pablo Sebastián, en la que se posicionó a favor de la OTAN.

Ese mismo día el editorial de EL PAÍS expresaba su oposición total al ingreso en la OTAN asegurando que favorecería una atmósfera de guerra. Tras aquello el diario EL PAÍS publicó varios artículos contra la entrada de España en la OTAN, entre ellos el del empresario D. Juan Garrigues Walker, que lideraba un lobby para la amistad hispano-soviética y defendía los negocios con la URSS.

Aquellas declaraciones molestaron mucho al presidente del Gobierno, duque de Suárez, que no tenía demasiado interés en sacar ese tema. “Marcelino Oreja hizo esas declaraciones sin que las conociera Adolfo Suárez, con lo cual Suárez lo cesó” – explicó el Sr. Sebastián, preguntado por La Hemeroteca del Buitre – “Él me explicó luego que había enviado la entrevista antes de que se publicara a Suárez para que la viera y Suárez no las vio. Suárez se agarró un mosqueó con él tremendo y dos meses después se lo cargó.”

El PSOE de don Felipe González era radicalmente contrario a la OTAN. Entre los periodistas, uno de los más firmes defensores del ingreso de España en la OTAN era el Sr. Fernández Armes, alias “Augusto Assía”, que defendía que la entrada de España en la Alianza Atlántica servía para defender la democracia frente al comunismo. De responderle se encargó don Emilio Romero en lo que parecía un comentado alineamiento del veterano periodista con el PSOE.

15 Junio 1980

Marcelino Oreja: "Podemos adherirnos a la OTAN en corto plazo"

Entrevista de Pablo Sebastián

Pregunta. Francia ha impuesto un retraso importante al proceso de integración de España en la CEE, lo que era uno de los primeros objetivos de nuestra política exterior. ¿No es ello, en, buena parte, consecuencia de la manera precipitada en que se presentó esta candidatura en 1977 y de la confusión que aparenta incluir una política exterior española pendulante hasta ahora entre el atlantismo y la no alineación?Respuesta. Los objetivos de nuestra política exterior se basan en la búsqueda de la seguridad y el bienestar de los españoles, y tienden a fortalecer la paz en el mundo. Desde 1977. hasta ahora hemos recorrido un largo camino de normalización diplomática, y ahora estamos en un período de profundización y desarrollo de nuestras actitudes exteriores y de nuestras posiciones ante los más importantes problemas internacionales. Tenemos una política exterior definida, coherente y coordinada. Una política exterior europea, democrática y occidental.

Tras las elecciones de 1977 nos preocupaba, igual que nos preocupa ahora, la clarificación de la posición de España en el mundo, que tiene una meta esencial: la ubicación de España en todas las dimensiones de una Europa occidental que tiene que ser solidaria. En esta dirección se inscribió la candidatura hispana a la CEE en 1977 que, en mi opinión, no fue precipitada, porque antes de presentarla yo ya lo había hablado con los ministros de Asuntos Exteriores de los nueve. Además, aquí hay que añadir que, en esos momentos, se sumaron otras motivaciones de calendario al estar ya en marcha una segunda ampliación comunitaria con las candidaturas de Grecia y Portugal. Incluso un ministro de Exteriores de un país de la CEE nos. insistió en que no perdiéramos esta oportunidad porque, ya entonces, empezaban a emerger dificultades internas de la propia Comunidad y corríamos el riesgo de quedar descolgados. Empezaban a surgir con fuerza, en aquel momento, los problemas agrícolas suscitados por Francia, e incluso se hablaba de una Europa dividida en grupos, a dos velocidades.

Esta decidida actitud hacia Europa sale al paso de las acusaciones que han surgido en torno a nuestra acción exterior, calificada, en ocasiones, de ambigua y vacilante. La CEE era el único proyecto político que existía en Europa y, a pesar de las dificultades que entrañaba el proceso, la voluntad del Gobierno fue la de estar inequívocamente en él.

P. Se caminaba, al parecer, un poco porque sí, hacia Europa sin haber evaluado política y económicamente lo que ello significaba para España ni para la propia Comunidad. ¿En qué Europa se quiere participar?, y ¿cuándo, ahora que los calendarios pedidos por España parecen naufragar?

R. El Gobierno ha marcado siempre, con toda claridad, las características, las ventajas y las dificultades de nuestra marcha para la definitiva integración en Europa. Sin titubeos ni vacilaciones, el presidente Suárez dijo a Callaghan en Londres, en septiembre de 1977, que España deseaba incorporarse a una Europa política, y no a una zona de libre cambio, que era el modelo defendido por el premier británico. En esta gira europea del presidente del Gobierno surgió el tema del calendario, la meta de 1983, porque dada la lentitud de la maquinaria comunitaria y la complejidad de los problemas, se hacía urgente imponer un ritmo de trabajo. Nosotros insistimos en la necesidad de que se mantengan unas fechas que, aunque no sean exactas a las nuestras, sí deben ser aproximadas.

P. ¿Y cuál es ahora la actitud del Gobierno ante el parón impuesto por Francia?

R. Creo que se ha producido en Venecia un «parón» al «parón». De todas formas, la tentación de algún país europeo de suspender este. proceso pudiera llevarnos a situaciones graves, con el riesgo de alterar la posición de España en el mundo. A la vez, provocaría un enorme desencanto en muchos españoles, que en el pasado vieron el ingreso de España en la CEE como el mejor estímulo al proceso democrático. Yo no creo que se produzca, definitivamente, este retraso, ya que ello implicaría que los políticos comunitarios ejercen una política irresponsable. Puede que algún país lo intente, pero los demás deben salir a su encuentro para impedirlo. Creo que este es un buen momento para que los españoles sepamos claramente quiénes son de verdad nuestros amigos. Además, como se ha visto el viernes en Venecia, el tema de España no se ha tratado por el Consejo Europeo, y, por tanto, el calendario de adhesión se mantiene.

Asimismo, vale la pena recordar aquí la tentación tercermundista y centralista de muchos españoles, que podría renacer como reflejo a un rechazo de la CEE. En varios momentos decisivos de su historia, España ha optado por ser plenamente europea. Y uno de esos momentos es ahora. Otros países del viejo continente no tienen más remedio que serio. Nosotros, en cambio, queremos serio consciente y responsablemente. Se corre, pues, el peligro de que los jóvenes y muchos españoles decidan, en estas circunstancias, dar nuevamente la espalda al proyecto europeo, si Europa quiere darnos la espalda a nosotros. Estamos seguros que esto no se va a producir, y España quedará definitivamente inserta en las instituciones europeas.

P. ¿Son los motivos de Francia el modelo europeo, los problemas económicos y las elecciones presidenciales?

R. Creo que sí. Europa atraviesa un momento eje de su historia en el que tiene que elegir entre la gran unidad política europea y la «Europa de las patrias» de De Gaulle. Creo que Francia prefiere, todavía, esto último. Asimismo, Francia parece preocupada por los problemas agrícolas y presupuestarios de la CEE, así como de las incidencias del ingreso de España. Pero este planteamiento es falso. Lo que urge es establecer la lista de problemas y negociarla, teniendo en cuenta los períodos transitorios que están previstos como amortiguadores. Luego está el tema de las elecciones presidenciales, cuya incidencia en el proceso parece legítima, siempre y cuando ello no tenga un alcance grave, como podría serio el alejamiento de España de la CEE y del propio proceso integrador europeo occidental.

P. ¿Por qué esa insolidar idad de Francia ante nuestra joven e independiente democracia? ¿Hay celos? ¿Por qué sigue el tema ETA?

R. España y Francia, a pesar de ciertos problemas vecinales, como podrían ser los pesqueros, deberían cooperar y concertarse más ante ciertos temas de interés común, como lo son muchas situaciones del Mediterráneo y de Oriente Próximo. Pues, bien, esa coordinación es insuficiente, tal vez por la interpretación que Francia da a su independencia, que respetamos y compartimos, como nosotros practicamos la nuestra, pero que exige en la hora actual un grado mayor de cooperación, porque, al final, nuestros proyectos son bastante coincidentes.

El tema del terrorismo vasco es una de las cuestiones que muy a menudo he tenido que tratar con las autoridades francesas. Y resulta inadmisible que los franceses no adopten posiciones de máxima energía en este problema que reclama soluciones internacionales para luchar contra los crímenes de la organización terrorista ETA. Es impensable que pueda haber una vacilación en la clarificación de quienes son delincuentes comunes y no políticos. Delincuentes comunes en la ejecución y preparación de muchos de estos asesinatos terroristas. Es evidente que su preparación, la planificación de estos crímenes, se produce en Francia. También se consuman en territorio francés determinados delitos, como el pago del impuesto revolucionarlo, como lo ha demostrado la expresiva carta de Juan Alcorta.

Francia es consciente de esta situación y siempre nos ha prometido colaboración. Y es cierto que existe una cooperación policial y que se suprimieron los permisos de refugiados políticos a terroristas, pero queda mucho por hacer y hay que activar esta cooperación, porque este es un tema crucial.

P. Otra dimensión de la política exterior española está en el proyecto del Gobierno de UCD de ingresar en la Alianza Atlántica. ¿Se mantiene esta actitud incluso si se suspende o retrasa el proceso de integración de España a la CEE?

R. Estos son, en principio, dos temas distintos. De todas maneras considero que la solidaridad occidental está en la base de toda participación de España en su sistema defensivo. Por consiguiente, una actitud europea insolidaria hacia España no permitiría la presencia de nuestro país en la organización defensiva occidental. ¿Cómo podría hablarse de una concertación defensiva si no la hay en todo lo demás? Sería absurdo pensar que España puede incorporarse a la defensa organizada con una Europa que no le es solidaria en temas que le son vitales.

De todas maneras, y hecha esta puntualización, yo quiero dejar bien clara la posición del Gobierno ante la opción atlántica. El Gobierno es totalmente favorable a la pronta incorporación de España a la Alianza Atlántica. Para ello debemos tener dos garantías y un trámite: la garantía de que proseguirá el proceso de integración de España a la CEE y que esté en marcha la negociación hispano-británica y en vías de solución el traspaso de la soberanía de Gibraltar a España. El trámite, aparte de la natural invitación de adhesión que debe venir de la Alianza, consiste en el análisis y negociación que debe realizar España con la organización aliada para seleccionar las áreas de responsabilidad militar en las que España desearía participar. Este es un aspecto sobre el que tiene que decidir aún el Gobierno. Tenemos que ver cuál es el modelo y el grado de integración militar que le conviene a España dentro de la Alianza, donde existen varios modelos de participación Está por debatir, por ejemplo, si España está decidida a participar o no en los trabajos del Comité de Planes de Defensa de la OTAN.

P. Pero ¿cuándo y cómo piensa el Gobierno poner en marcha esta iniciativa? ¿Antes de las próximas elecciones generales, el año próximo, coincidiendo con las negociaciones de los acuerdos con Estados Unidos? ¿Con qué apoyo popular?

R. Creo que esta iniciativa no se culminó antes porque España estaba sumida en un complejo y difícil proceso de democratización interna, al que no era conveniente añadirle este problema importante de la política exterior. Ahora nos encontramos en una situación distinta. La Constitución ya ha sido aprobada y estamos concluyendo su desarrollo; por ello pienso que podemos adherirnos a la Alianza Atlántica en un plazo corto. Desde luego antes de las elecciones de 1983. Creo que 1981 podría ser una buena fecha para plantear el tema, porque en este año han de concluirse las negociaciones hispano-norteamericanas sobre el tratado bilateral y, muy especialmente, sobre sus apartados defensivos. Ambos temas, OTAN y tratado, deben complementarse y no superponerse. Por ello, pienso que los acuerdos con Estados Unidos pueden tener unas páginas móviles sustituibles por el nivel de responsabilidades atlánticas que España decida asumir. Nuestros expertos y el Gobierno estudiarán cuidadosamente ambos temas, cuya negociación puede iniciarse de una manera paralela. Concretamente, la negociación con Estados Unidos comenzará el próximo otoño y será dirigida por nuestro embajador en Washington, a quien asistirá todo un equipo de expertos en la materia.

En relación con el apoyo popular, yo quiero decir que es posible que exista una cierta incomprensión en la opinión pública y que buena parte de la culpa de que esto sea así la tenemos nosotros. Esto ha dado pie a los resultados, no siempre positivos, de ciertas encuestas y a opiniones que no considero acertadas, como las que abundan en la idea de que la entrada en la Alianza será muy cara para España o que con ello se rompe el equilibrio de los bloques, que, por otra parte, existen desde antes de 1955. En mi opinión, estas dos premisas son falsas. Lo caro es una defensa nacional aislada, que además sería incompleta.

En cuanto a las mayorías exigibles para dar este paso, el Gobierno considera que no es necesario un referéndum. La Constitución lo permite, pero no lo exige. Bastará la mayoría del Parlamento.

P. Esta posición, ¿no contará con una dura resistencia de la oposición?

R. Los socialistas han evolucionado mucho en este tema de la defensa. De un neutralismo inicial y aun de un tercermundismo y no alineamiento pasaron a hablar de defensa europea y, a la vez, aceptaron una defensa ligada a los acuerdos cop Estados Unidos. Desde un ángulo de coherencia política, me parece más clara la postura neutralista, aunque no la comparto. Creo que la defensa europea es hoy una utopía irrealizable que ya fracasó en 1954. Por otra parte, resulta incomprensible que se opongan a la OTAN y digan sí a unos acuerdos con Estados Unidos que responden, aislados y tal y como están, al pasado.

P. ¿No podría afectar esta posición a la Conferencia de Seguridad de Madrid, ya amenazada en sus fechas por la tensión Este-Oeste, y a las relaciones con Estados Unidos y la URSS, éstas, al parecer, congeladas últimamente?

R. Bueno, es posible que algunos países pensaran influir en temas propios de España con motivo de la convocatoria de la Conferencia de Seguridad y Cooperación en Madrid. Ello no es aceptable. No creo que esta convocatoria se vea afectada ni por este tema ni por la crisis internacional. Más bien al contrario, pienso que es bueno que se mantengan las fechas previstás inicialmente, que se aprobaron por consenso de todos, que sólo se pueden modificar por el mismo sistema y que constituyen una ocasión quizá única para facilitar la distensión.

Nosotros esperamos que la Unión Soviética acuda a esta cita después de haber hecho un esfuerzo en favor de la solución de la crisis de Afganistán. Esta crisis está en la base de un cierto enfriamiento de las relaciones Madrid-Moscú, que han tenido un amplio desarrollo en los últimos meses anteriores al tema Afganistán, con intercambio de visitas importantes que, en las circunstancias actuales, no creo posible que se repitan a otros niveles.

El acercamiento a la Alianza no provocará ningún problema con Estados Unidos. Completará una relación ya existente. Este tema y la renovación de los acuerdos serán tratados, entre otros asuntos importantes, con motivo de la visita del presidente Carter a Madrid,

Marcelino Oreja: «Podemos adherirnos a la OTAN en corto plazo»

que se inscribe en las consultas normales que animan nuestras relaciones. Respecto a los acuerdos hay que señalar que esta vez tendrán la perspectiva atlántica y la novedad de que, en lugar de los grants o compensaciones económicas, España solicitará, en compensación a las facilidades que ofrece a Estados Unidos, una concreta cooperación tecnológica y económica.También en esta visita se abordarán temas de la actualidad internacional, como las crisis d de Irán y Oriente Próximo, que interesan a España.P. Oriente Próximo e Irán son dos temas de actualidad máxima, ¿Cuál es la posición de España en ambos?

R. En la cuestión iraní, España mantiene una actitud clara y firme. Hemos pedido la liberación de lo rehenes americanos y nos sumamos, en Lisboa, a las gestiones políticas que en este sentido realizaron los países de la CEE. El tema quedó ahí porque la actitud británica impidió a los nueve la adopción solidaria de medida económicas. También surgió entonces la acción militar americana. Nosotros estamos a favor de la inmediata liberación de los rehenes y en contra de cualquier solución militar a esta crisis, que creemos que debe resolverse por medios pacíficos, a pesar de las dificultades que ello conlleva.

En el tema de Oriente Próximo, España ha tomado iniciativas en favor de la OLP y de la reforma de la resolución 242 de la ONU. Esta última iniciativa, que tiende a que la OLP sea reconocida como única representante del pueblo palestino y a que se incluya en aquélla el derecho a la autodeterminación de este pueblo en su territorio, ha sido acogida con interés en muchos países. Y es la posición que prácticamente han recogido en Venecia los países de la Comunidad. Nosotros creemos que es esencial completar la resolución 242 para conseguir una solución global al problema de Oriente Próximo, que permanece bloqueado, muy a pesar de los acuerdos de Camp David, que han demostrado, en el tiempo, sus pocas posibilidades de éxito.

De todas maneras, considero que, tanto en el tema de Irán como en el de Oriente Próximo, España, que tiene la obligación de tener posición ante estas cuestiones internacionales, no ha intentado nunca asumir un protagonismo especial ni el papel de mediador. En Irán hicimos gestiones muy activa mientras nuestro embajador era el decano del cuerpo diplomático. En la crisis árabe-israelí no nos hemos limitado a exponer a nuestros amigos y aliados nuestro punto de vista. Ante Estados Unidos dijimos, claramente, que discrepábamos de su política en el área, que era equívoca y vacilante. Hemos insistido además en las líneas maestras de una solución global, en cuya conclusiones deben estar presentes, desde luego, Estados Unidos y la Unión Soviética.

P. ¿Podría España reconocer a Israel si se reforma en el sentido apuntado la resolución 242 de la ONU?

R. Ciertamente, porque ello supondría un principio de solución global al conflicto aceptado por e propio Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que es quien tendría que sancionar el tema sin el veto de rusos o americanos. Mientras tanto, hay que recordar que España no se opone a la existencia de Israel ni a su derecho de contar con fronteras seguras. Además, como es sabido, UCD así lo ha declarado en su compromiso electoral de 1979.

P. Ministro, hablando de rusos y americanos , ¿no le parece extraño que sólo se capturen en España agentes del KGB y no de la CIA? ¿Cómo se interpreta el silencio oficial ante la información publicada de que las calumnias lanzadas contra el director de EL PAIS procedían de la CIA?

R. Bueno, este caso que menciona me parece absolutamente inadmisible. El Gobierno no tiene ninguna prueba de que haya ocurrido así, porque, de lo contrario, habría actuado enérgicamente ante la confirmación de una injerencia en un asunto interno español. En cuanto a los temas del KGB que ha habido, puedo decir que han sido casos suficientemente probados.

P. Una de las condiciones para el ingreso en la OTAN es, según ha dicho, la puesta en marcha de la negociación sobre Gibraltar. Desde la declaración de Lisboa ¿no parece congelado o atrasado este proceso?

R. El tema de Gibraltar es el que más pasiones levanta en la opinión pública española cuando se habla de política exterior, y ha sido, siempre, el único escollo en las buenas relaciones históricas de España y Gran Bretaña. Yo quiero que esta cuestión se desdramatice y que no surjan prisas, después de 270 años de espera.

En Lisboa, gracias al pragmatismo de lord Carrington, demostrado ya en Rhodesia, se consiguió desbloquear la cuestión mediante una declaración en la que Gran Bretaña se comprometía, por primera vez, a negociar todos los aspectos del tema gibraltareño, sin excluir ninguno, y España a suspender la aplicación del artículo 10 del Tratado de Utrecht, es decir, las medidas sobre comunicaciones aplicadas al Peñón. También el Reino Unido aceptaba retirar sus restricciones. Se acordó ultimar los preparativos antes del 1de junio, y ello no ha podido ser, hasta el momento, porque España quiere una simultaneidad en la aplicación de estos compromisos. Hasta ahora, lo que hemos hecho es celebrar conversaciones técnicas sobre la modalidad de apertura de las comunicaciones, instalación de aduanas, eliminación física de la verja inglesa, etcétera. Debatimos unos temas que no por ser menores excluyen dificultades técnicas, políticas y jurídicas. El proceso está en marcha y sigue adelante.

Nosotros esperamos pronto la apertura de las comunicaciones y de la negociación, en la que entrará el tema de la soberanía, de la autonomía gibraltareña en el marco de la Constitución, y el desarrollo económico y cultural de la zona -donde podría crearse una universidad bilingüe-, y de la base militar, que encontrará su acomodo bilateral en el marco de la OTAN. Está previsto que lord Carrington y yo volvamos a reunirnos en las próximas semanas.

P. Marruecos ha pretendido muchas veces ligar el proceso de descolonización de Ceuta y M elilla al de Gibraltar. ¿Qué posibilidades hay de que esto ocurra? ¿Y Canarías, ante la OUA?

R. Nuestra posición sobre Ceuta y Melilla es muy firme. La calificación internacional de Gibraltar y de Ceuta y Melilla son bien distintas, por razones de origen, título y estatuto internacional. Gibraltar es para Inglaterra un territorio no autónomo desde 1963. Ceuta y Melilla son parte integrante de España. Por ello son situaciones muy diferentes y no comparables.

El tema de Canarias puede volver a salir en la OUA en cualquier momento, como pudo haber salido en otras ocasiones, y, de hecho, salió, porque basta que un país argumente que las islas, por estar próximas al continente africano, deben ser objeto de un proceso de descolonización para que ello permita el debate. Esto, con toda la irresponsabilidad que significa, puede suceder, y ante ello debemos estar preparados. El tema surgió en 1968 por primera vez, en Argel, y desde entonces se convirtió en una especie de serpiente de verano. Nosotros hemos reaccionado siempre ante estas iniciativas y hemos desplegado una amplia política informativa en el continente africano en relación con este tema, que, en opinión del Gobierno, no debe interferir nuestra política de amistad y cooperación con Africa. Hasta ahora, las gestiones diplomáticas han tenido éxito.

P. Las relaciones de España con el norte de Africano acaban de encontrar su punto de equilibrio. La pesca es ahora el botón de presión del Frente Polisario. ¿Podría España retirarse de las aguas de pesca saharianas y de fósfatos de Bu-Craa, haciendo buena y real la retirada hispana del Sahara, firmada en !los acuerdos de Madrid de 1975?

R. Este es un tema difícil para España, porque no tiene muchas alternativas. La mejor salida está en que las Naciones Unidas tomen responsabilidades en él. Esta hubiera sido la solución ideal durante la crisis de noviembre de 1975, pero fue rechazada entonces por España. De todas maneras, en los últimos años España ha buscado una política de neutralidad y equilibrio en la zona, aunque tampoco pensamos inhibirnos en un tema que nos afecta. Nosotros deseamos que Marruecos y Argelia se entiendan e intentamos mantener el diálogo con todas las partes afectadas, incluido el Frente Polisario. Lo que no haremos nunca es aceptar presiones como las que hemos sufrido con el apresamiento de nuestros pescadores. Ello sólo puede conducir a la ruptura de ese diálogo.

P. Cambiando de continente, tres cuestiones breves. España asistió a la cumbre de La Habana de los «no alineados». ¿Volverá a hacerlo? ¿Tenemos fecha para visita de Fidel Castro a España? ¿Asistirá Suárez a la cumbre americana de Quito?

R. España asistió a la cumbre de los no alineados por celebrarse ésta en un país latinoamericano. Tendría que haber razones muy poderosas para que se justificase la presencia española en un país de otro área. En todo caso, sería decidido en ese momento.

En cuanto a Fidel Castro, lo único que puedo decir es que no tenemos fechas para el viaje. Sí puedo anunciar, por el contrario, que el presidente Suárez viajará a Quito este verano para asistir a la cumbre del Pacto Andino.

P. Finalmente, ¿cuáles son las perspectivas de la política exterior de cara a 1983, fechas de nuevas elecciones?

R. Pensamos seguir manteniendo una política coherente, realista, dinámica e independiente. Una política europea, democrática y occidental, de defensa de los derechos humanos y en favor de la distensión y de la paz. Una política basada en el trabajo continuado de nuestros expertos diplomáticos, que garantizan la adecuación y la viabilidad técnica de las decisiones que vayamos adoptando.

Nuestros objetivos hay que plantearlos y alcanzarlos en el horizonte de 1983. No es posible revisar,juzgaro condenar una política a cuatro años todos los meses.

Tenemos que llevar a cabo aquellas acciones que nos permitan estar sin hipotecas y cerca de nuestros países amigos, con reacciones ante los temas que nos afectan directamente y ante cues tiones de índole internacional. Mantendremos nuestra dimensión europea y occidental en todos sus ámbitos, incluso en el defensivo, con nuestra adhesión a la Alianza Atlántica, as! como nuestro proceso de integración en la CEE.

También esperamos desarrollar las dimensiones americana y árabe de nuestra presencia en el mundo, colaborando en lit búsqueda de soluciones a los conflictos planteados. Por último, pensamos llevar con asiduidad esta política de Estado al Parlamento, y esperamos para ello que la Comisión de Exteriores del Congreso mejore sensiblemente su funcionamiento, que hoy aparece como insuficiente.

15 Junio 1980

España, la OTAN y la política exterior

Editorial (Editorialista: Javier Pradera)

Las declaraciones de nuestro ministro del Exterior transilucen el continuado giro derechista del nuevo Gobierno de UCD, la política de bloques contribuye a aumentar o no las posibilidades de guerra.

Las declaraciones del ministro de Asuntos Exteriores que hoy publica EL PAIS suponen una notable clarificación de la posición española en la política internacional, independientemente de los calificativos que dicha clarificación merezca. La anunciada decisión del Gobierno de entrar en la OTAN en el próximo año resulta un anuncio de excepcional importancia cara a la visita del presidente Carter a Madrid, y de inusitada gravedad si se tiene en cuenta que nuestro país ha de ser en el próximo otoño el anfitrión de la Conferencia de Seguridad Europea.En efecto, la decisión unilateral del partido del Gobierno de ingresar en la Alianza Atlántica, sin una amplia mayoría parlamentaria que apoye dicha decisión, y el hecho de hacerlo público meses antes de la tercera fase de la conferencia que comenzó en Helsinki ha de contribuir a enrarecer el ambiente de hostilidad internacional y presagia mayores dificultades que las ya existentes para la celebración de la propia conferencia. Paradójicamente, esta declaración se produce en momentos en que los países euroccidentales se esfuerzan en buscar vías de mediación y diálogo que aminoren la tensión y el ambiente prebélico que la crisis iraní, la invasión soviética de Afganistán y el boicoteo propuesto por Carter a los Juegos Olímpicos desencadenaron en el mundo.

Minimizar la cuestión de la OTAN en una situación como ésta, o no dar la importancia que merece a la declaración del ministro, sería suicida. En repetidas ocasiones hemos manifestado el criterio de que el ingreso o no de España en la Alianza Atlántica merece un debate nacional y hasta una consulta popular. Es indudable que España pertenece al área occidental y defiende los modelos y sistemas políticos y de sociedad en ella imperantes. En ese sentido, España se encuentra indudablemente alineada con la defensa de Occidente y contribuye y contribuirá activamente a ella en caso de conflagración. Pero el reconocimiento de este hecho no obvia otras consideraciones.

La primera pregunta a hacerse es si la política de bloques contribuye a aumentar o no las posibilidades de guerra. Si contribuye, y nosotros creemos que lo hace, independientemente de constatar que al fin y al cabo esta política de bloques es una realidad con la que es preciso contar, habrá que asumir la evidencia de que todo lo que sea reforzar los bloques será también distanciar las soluciones de diálogo y de convivencia o coexistencia pacífica. En estos momentos, la anunciada decisión española resulta tanto más significativa cuando Yugoslavia se debate en una comprometida situación política después de la muerte de Tito y son muchas las fuerzas que presionan desde Moscú y su área por la inclusión del postitismo en el Pacto de Varsovia. El ingreso de nuestro país en la Alianza daría desgraciadamente argumentos, o al menos pretextos de peso, a los soviéticos a la hora de incrementar esas presiones.

La segunda consideración que debe hacerse es el hecho de que España no ha participado en ninguna de las dos guerras mundiales, y grandes zonas de nuestra población son muy sensibles a un espíritu de cierta neutralidad que acompañó la política exterior española, tanto durante la monarquía alfonsina como durante la república o la dictadura franquista. Desconocer este ambiente que se extiende a la derecha y a la izquierda del espectro político y que afecta a zonas de las propias Fuerzas Armadas y otros sectores de influencia social, constituiría un grave error político.

Un tercer punto es la propia contemplación de nuestros problemas de seguridad.

Las fronteras peninsulares de España han sido inamovibles desde hace varios siglos y no se ven amenazadas directamente por el expansionismo que venga del Este. Nuestros problemas de seguridad se concentran, en cambio, en el Mediterráneo y, en particular, en el norte de Africa. El descarado apoyo estadounidense al reino de Marruecos en el contencioso saharaui, mientras España ha pretendido llevar una política de equilibrio entre Rabat y Argel, las reclamaciones sobre las plazas de Ceuta y Melilla, la propia presión internacional sobre las Canarias, son cuestiones que permiten hacer dudar de la oportunidad indudable de integrarse en la Alianza.

La argumentación de que la integración en organismos supranacionales de este género consolidaría las libertades democráticas en nuestro país, es altamente engañosa. El Portugal de Salazar fue miembro de la OTAN, y los coroneles griegos dieron su golpe de Estado precisamente utilizando uno de los planes de alerta y defensa establecidos por la Alianza. Por último, la suposición de que ingresando en ésta marchará mejor la negociación con la CEE resulta infundada, si se contempla el propio caso de Portugal. La exigencia única de que Gran Bretaña devuelva a nuestro país la soberanía sobre Gibraltar a cambio del ingreso en la Alianza equivale, nos tememos, a pagar un precio demasiado alto, y hasta quién sabe si innecesario, a cambio del reconocimiento de un déreclio que la comunidad internacional nos debe brindar al margen de cualquier chantaje o cambalache.

Todo ello no quiere decir necesariamente que España no deba ingresar en la OTAN, sino que se trata de exponer que existen verdaderos problemas -y no sólo ni primordialmente ideológicos o económicos- a la hora de hacerlo. Y este resulta el peor momento para decidirse a ello. El ingreso en la Alianza, si se produce, debe venir precedido de un amplio apoyo político en el Parlamento y en la calle. Hacerlo de otra manera sería una ofensa a los sentimientos pacifistas de millones de españoles.

Por lo demás, hay cosas positivas en las declaraciones del ministro Oreja. La aparente promesa del reconocimiento de Israel desbloquea un tema ya irritante en un país que predica la universalidad de las relaciones internacionales. Y por vez primera vemos a un miembro del Gobierno español hablar con energía y claridad de la tolerancia francesa respecto al terrorismo vasco español.

Además, estas extensas declaraciones del señor Oreja tienen el valor añadido de que vienen a sacar ante la opinión pública los problemas de nuestra diplomacia, hasta ahora celosamente guardados del Parlamento y los ciudadanos.

No obstante, y en el tema de la «pausa» establecida por Francia a nuestro proceso de adhesión al Mercado Común, tanto el señor Oreja, en sus declaraciones de hoy, como el señor Calvo Sotelo, hace 48 horas, pecan como mínimo de irrealistas; no cabe decirle a los españoles que hemos parado el golpe francés o que en la cumbre de Venecia se ha «parado el parón». La «pausa» francesa indica que va a ejercer el veto que le otorga el Tratado de Roma. Arropar la decisión francesa en los matices del presidente «consultivo» de la Comisión Europea, Roy Jenkins, o en la ausencia del tema en los comunicados oficiales es confundir los deseos con la realidad. La única declaración pública del ejecutivo comunitario y la única operante es la de Giscard; no conocemos otra de alguno de los nueve que la rectifique o contradiga. Por otra parte, lo que está en cuestión no es sólo el ingreso español en la CEE, sino el mismo diseño de las Comunidades, que podría sufrir una seria descomposición de no reajustarse política y económicamente. Así las cosas, las perspectivas de nuestro ingreso en la CEE empiezan a escaparse de todo calendario pactado. Más vale hacernos a la idea que autoengañarnos.

Finalmente -e insistimos sobre el anuncio de nuestro ingreso en la Alianza Atlántica a golpe de mayoría simple parlamentaria-, las declaraciones de nuestro ministro del Exterior transilucen el continuado giro derechista del nuevo Gobierno de UCD, que busca irremisiblemente alivio a su soledad política en los arropamientos interiores e internacionales más conservadores.

13 Julio 1980

Sobre la OTAN, los esquimales y la hospitalidad española

Juan Garrigues Walker

Ante el asombro de todos los extraños, y muchos de los propios, nuestro ministro de Asuntos Exteriores, tan admirable en otros aspectos, ha decidido ofrendar a Jimmy Carter, con ocasión de su visita a España y como regalo electoral, la adhesión de nuestro país a la Organización del Tratado del Atlántico Norte, conocida como OTAN o NATO. Esta ofrenda a Jimmy Carter es todo un gesto de hospitalidad. Recuerda en algunos aspectos la antigua costumbre esquimal de entregar al huésped la mujer propia para su calma y contento. Sin embargo, los esquimales justificaban esta costumbre a los misioneros europeos diciendo que preferían prestar su mujer en lugar de, verbi gracia, el trineo, porque la mujer se la devolvían siempre más o menos contenta, mientras que el trineo, invariablemente, se lo devolvían roto.

Yo entiendo que en la hospitalidad ofrecida a Carter corremos el riesgo de estar entregando la mujer y el trineo; con el grave peligro de que la mujer no vuelva contenta y el trineo quede roto. Y esto, señor ministro, es pasarse.

También fue pasarse, en esta historia de la OTAN, la respuesta que UCD dio a la oposición española. La acusó del grave pecado de oponerse y de que su exigencia de someter el tema OTAN a referéndum popular respondía a intereses turbios y ajenos a los intereses nacionales.

Según esta posición, los partidarios de que la entrada de España en la OTAN se someta a referéndum no son patriotas leales, sino vendidos a intereses extranjeros. Por el contrario, los. partidarios de que España entre en, la OTAN por la estrecha, insegura e inestable puerta de la mayoría simple parlamentaria son honorables patriotas que actúan con independencia y rectitud.

Hay que reconocer que el argumento, dentro de su descaro, es original. Tanto que no es fácil encontrarle parangón ni siquiera entre los esquimales.

Lo grave de este tema, no obstante, es que la adhesión de España a la OTAN es un tema grave.

UCD defiende su extemporánea decisión de adherir España a la OTAN, afirmando que figuraba en su programa electoral. Y esto es cierto. Pero es más cierto que UCD prometió, incluso televisivamente, que la adhesión a la OTAN no era una cuestión urgente, y que, en todo caso, se sometería a amplio debate y consulta popular, y estas promesas están en directa contradicción con el anuncio del Gobierno. El Gobierno de UCD parece querer ahora disminuir la importancia de nuestra entrada en la OTAN, situándola al nivel jurídico formal que, por ejemplo, tendría la adhesión de nuestro país a un convenio postal internacional. Y esto no es serio.

No es serio que un tema de tan grave importancia, un tema que cuenta con la expresa oposición de la oposición parlamentaria, e incluso, con oposición amplia y extensa dentro de UCD; un tema que encuentra la oposición de los sindicatos españoles; un tema, en fin, que afecta necesariamente nues tras relaciones, no sólo con los países socialistas, sino con los países no alíneados, se presenta ahora con urgencia, con prioridad, con alevosía y sin meditación. Nuestro tiempo está cargado de problemas de terrorismo, de conformación de las autonomías, de recesión, de gigantesco paro obrero y de conflicto permanente con nuestros vecínos Francia y Marruecos. Y parece que la atención del Gobierno debería transcurrir por otras áreas más positivas, más solidarias, menos divisorias, en fin, de una opinión pública ya bastante maltrecha.

Otros han contestado con amplitud a otras falacias argumentativas que intentaban implicar nuestra relación con la OTAN, con nuestra entrada en el Mercado Común, con la recuperación de Gibraltar, con nuestra estabilidad democrática e incluso con nuestra obligación moral.

Ya se ha dicho que Francia, que es el corazón del Mercado Común, se reliró de su posición activa en la OTAN.; que Portugal, que sufre la misma oposición que España a su entrada en el Mercado Común, es miembro -¡pobre miembro!- de la OTAN; que Grecia ha, estado dentro y fuera de la OTAN, pero fuera siempre del Mercado Común; que muchos países europeos occidentales no pertenecen a la OTAN, sin que su posición europea y occidental se demerite ni su moral disminuya.

Puede ser necesario, sin embargo, contestar con amplitud un argumento -aparentemente más sólido- que el Gobierno utiliza cuando acusa a la oposición de incoherencia por aceptar la existencia del tratado de defensa mutua hispanoamericano y oponerse a la entrada en la OTAN.

El Gobierno parece implicar, con este razonamiento, que las situaciones son equivalentes. Si efectivamente fueran equivalentes, ¿qué necesidad hay de cambiar la situación?

Es cierto que tanto la renovación de los pactos como la entrada en la OTAN significan para España mantener en su suelo bases nucleares, y esta situación para muchos es lamentable, porque entienden que las bases no favorecen, sino que perjudican, nuestra seguridad.

Pero aquí acaba la similitud, las diferencias entre el pacto de defensa mutua y la OTAN son grandes y consisten en lo siguiente:

1. Los pactos de defensa hispanoamericanos representan una situación heredada y vieja, indeseable quizá, pero sometida a plazo, por lo que técnicamente son subsanables y revisables con relativa facilidad. La incorporación de España a la OTAN representa un pacto mucho más profundo y su futura ex corporación resultaría mucho más difícil.

2. En los pactos hispanoamericanos de defensa se regula que la decisión y utilización de las bases sea conjunta; esto es, en teoría al menos, el acuerdo español es necesario para que las bases sean utilizadas. En la OTAN, el órgano decisorio es colectivo y las decisiones se toman por mayoría. El cuartel general de la OTAN no estaría en Madrid, sino en Bruselas.

3. En los pactos de defensa hispano-americanos, España mantiene, teóricamente, la soberanía sobre las bases; la entrada en la OTAN implicaría la cesión efectiva de una parcela clave de la soberanía nacional.

4. Los acuerdos hispano-americanos de defensa tienen un carácter concreto y específico. Las obligaciones están enumeradas. La OTAN es un tratado defensivo-ofensivo de carácter general. Las obligaciones que de él se derivan tienen también este carácter y amplitud; entre ellas figuran la existencia de homogeneización del armamento e incluso de las estructuras de las fuerzas armadas nacionales.

5. Los acuerdos hispano-americanos tienen un plazo fijo y no se renuevan sino por acuerdo expreso de las partes. Esto es: el Gobierno español queda en libertad cada quinquenio, para continuarlos o no. En la OTAN, el plazo es indefinido y el entramado de intereses que se genera es complejo. Por esta razón, aunque los estados individuales mantienen una libertad teórica de salirse del tratado, el ejercicio efectivo de esta libertad resulta problemático. Francia lo consiguió a medias, pero necesitó nada menos que a un De Gaulle. Grecia es cierto que se salió de la OTAN, pero la causa tuvo que llegar a ser que otro Estado miembro atacara su territorio nacional.

6. En resumen, las diferencias analógico-jurídicas entre ambas situaciones son las mismas que existen entre un contrato de prestación de servicios a plazo y un contrato de sociedad.

Estas son, en síntesis, las diferencias entre pactos USA-España y OTAN; diferencias importantes que parecen desconocer alguno de nuestros ministros.

Pero sobre la adhesión de España a la OTAN hay que considerar temas mucho más importantes que la pobreza argumental exhibida por el Gobierno.

La adhesión, incluso el solo anuncio de adhesión de España a la OTAN, tiene graves consecuencias en el orden político internacional que el Gobierno no puede ignorar. Estas son:

1. Hoy, la OTAN y el Pacto de Varsovia tienen un número cerrado de miembros. La decisión española rompe el estado actual, y pone en marcha un proceso de expansión ¡limitada de ambos bloques, con evidente peligro para la paz mundial.

2. La ampliación de los bloques militares es incongruente y contradice los esfuerzos de ambas partes, en los que ha participado España, para llegar a acuerdos progresivos de limitación de armas estratégicas.

3. La adhesión española tendría grave incidencia en la geopolítica del continente africano. Canarias, que es provincia española, geográficamente esta sita en Africa. Y su posible utilización como base estratégica tendría necesarias repercusiones en este continente.

4. Muchos de los países europeos, a pesar de pertenecer a la OTAN, mantienen simultánea y paralelamente un alto grado de relación política y económica con los países socialistas. Pero este no es el caso de España, y su tardía incorporación a la OTAN puede producir la práctica congelación de estas incipientes y necesarias relaciones. Sin estas relaciones perderíamos el escaso pero imprescindible margen de maniobra que requiere la conducción de nuestra política exterior.

5. Los países socialistas, se esté o no de acuerdo con su sistema social, representan un inmenso poder, y el mejor interés de nuestro país exige mantener un mínimo de equilibrio en nuestras relaciones. Equilibrio que se perdería con la decisión de entrar en la OTAN.

En este sentido parece que en algunos sectores de nuestro Gobierno y nuestra Administración existe un especial interés por impedir y dificultar no sólo con los actos, sino incluso con la forma en que se realizan tales actos, cualquier mínimo desarrollo de una política de aproximación, o al menos entendimiento, con los países socialistas. Y esto, señores lectores, o es falta de profesionalidad, o es obcecación ideológica, o es, simple y gravemente, un intento consciente y premeditado de dificultar al máximo la efectiva independencia de España.

En fin, las consideraciones expuestas creo que son válidas. La entrada en la OTAN no es beneficiosa para nuestro país. Si resultara ser un mal inevitable. debe decirse así, sin alegría alguna.

El discurso del Rey a Carter fue una espléndida pieza de oratoria, y por su contenido, por su equilibrio, queremos guardar la esperanza de que las declaraciones natoístas no sean más que un globo sonda. Una desagradable «serpiente de verano», propia de la estación.

Juan Garrigues Walker

19 Junio 1980

España y el sueño de la unidad europea

Juan Luis Cebrián

Las recientes declaraciones del ministro Oreja a este periódico, la próxima visita del presidente Carter a Madrid, en una gira que comienza hoy en Roma, las actitudes francesas respecto a la negociación española con la CEE y los problemas y contenciosos que con países vecinos mantiene nuestro Gobierno, han puesto súbitamente de actualidad el debate sobre la política exterior española. Este resulta más interesante cuanto que de manera incomprensible estuvo ausente en las recientes y maratonianas discusiones de las Cortes sobre la política general del Gobierno. Los españoles deben saber, sin embargo, que en un alto porcentaje, su nivel de vida individual, el disfrute de las libertades y la definición final del modelo de convivencia que impere entre nosotros depende de la manera como se resuelva la actual crisis de las relaciones internacionales. Para el viajero que viene de Estados Unidos o de Europa occidental resulta por eso asombroso la poca sensibilidad que el ciudadano español muestra respecto a estas cuestiones y contrasta la polémica interna de nuestra política -en alguna medida teñida de un lamentable y paleto provincianismo con el ambiente prebélico que empieza a enseñorearse de algunas de las capitales occidentales. La situación de España en Europa adquiere matices especiales toda vez que no es miembro de la Comunidad Económica Europea ni tampoco de la OTAN. El hecho de haber estado aislada durante largo tiempo del resto del continente y de haber mantenido, por su parte, lazos específicos con Estados Unidos, demanda por eso una meditación específica sobre el caso español.

España no ha participado en ninguna de las dos guerras mundiales, se encuentra en una situación estratégica de extraordinaria importancia en el Mediterráneo, y tiene lazos históricos y políticos de signo particular con los Estados árabes. Es además el único país del área occidental europea que no mantiene relaciones con Israel, mientras se haya envuelto en los contenciosos entre Marruecos y Argelia respecto al antiguo Sahara español, y a la par mantiene dos provincias -las islas Canarias- en territorio africano y está presente en el norte del Magreb con dos plazas de soberanía (Ceuta y Melilla). Desde principios de los años cincuenta España se encuentra vinculada a la defensa del mundo occidental por un acuerdo bilateral con Estados Unidos de Norteamérica y ocasionalmente el Ejército español realiza maniobras conjuntas terrestres o navales con fuerzas de la OTAN.

España se siente, además, unida sentimental, lingüística, histórica y económicamente al continente suramericano. Esta unión no es sólo un símbolo, ni fruto de una actitud superficial. El reciente encuentro de los cancilleres del Pacto Andino, en Madrid, ha puesto de relieve las estrechas conexiones de todo tipo que existen entre los países que forman dicho acuerdo y la nación española, y es demanda de muchos Gobiernos latinoamericanos que España sirva en algún modo de puente entre aquellas naciones y el continente europeo. Cualquier análisis que se haga de la posición española en el concierto internacional tiene que partir de los hechos anteriormente expresados y del factor añadido de la situación interna de nuestro país, inmerso aún en un curioso período de transición. de la dictadura a la democracia, sin que medie un proceso revolucionario y dirigido en gran parte por personas que en su día detentaron responsabilidades de Gobierno durante el franquismo.

La llamada de Carter

Las actitudes recientes del presidente Carter en los conflictos internacionales de Irán y Afganistán, su solicitud de boicoteo a los Juegos Olímpicos de Moscú, y de apoyo en las sanciones económicas y de cualquier otro tipo contra el régimen del ayatollah Jomeini, han situado a sus aliados europeos en una posición extraordinariamente difícil, y la propia España no se hurta a esas dificultades.

En lo que respecta a la sugerencia de no ir a la Olimpiada, la actitud americana, contestada por los muchos comités Olímpicos europeos, y seguida sólo a medias por los Gobiernos occidentales, más parece tratarse de una maniobra propagandística electoral que de otra cosa. Sin necesidad de justificar lo injustificable -la invasión soviética de Afganistán-, resulta una evidencia que el boicoteo de los Juegos, además de ser inútil respecto a sus pretendidos objetivos -nadie podría pensar que los rusos se retirarían-, puede significar un grave aumento de la tensión internacional y un deterioro difícil de reparar en las relaciones de Occidente con la Unión Soviética. Víctima primera y principal de ese deterioro será, probablemente, la propia Europa, lanzada a la aventura del boicoteo por la decisión unilateral y apresurada del presidente americano.

La solicitud de sanciones contra Irán, que sólo en cierta medida está siendo apoyada por los Gobiernos de los nueve, aporta otras interrogantes al papel que la Comunidad Europea y las naciones del viejo continente pueden jugar en los conflictos internacionales. El alto grado de dependencia que algunos de los aliados norteamericanos mantienen respecto al petróleo iraní no puede ser paliado solamente con promesas, como las hechas por Carter a los japoneses. El deterioro creciente de las economías europeas occidentales puede verse irremisiblemente empeorado si un nuevo aumento de los crudos o una mayor restricción en el consumo se produce como consecuencia de las sanciones contra el ayatollah. Y, lo que es peor, cualquier posibilidad de mediación europea entre éste y el Gobierno americano amenaza con desaparecer.

Ambas cuestiones, la invasión de Afganistán y el mantenimiento de los rehenes norteamericanos en Persia, ponen de manifiesto la escasa capacidad política del presidente Carter para hacer frente a provocaciones de este género, sin duda, entre otras cosas, porque el protagonismo internacional de la Europa del Oeste ha desaparecido o mermado considerablemente desde que Kissinger ocupara la secretaría de Estado. Una Europa alineada menos incondicionalmente con los intereses americanos, más capacitada para la reflexión ‘ moral y para la ideación política que lo que es ahora, más unida en sus decisiones y más decidida en ellas, podría, quizá, en un futuro próximo, servir de algo si las tensiones se agudizan entre los dos grandes y sobre todo, podría evitar ser la primera víctima inevitable de la confrontación. Paradójicamente, una Europa menos americanizada le serviría más a América.

Estados Unidos, desde la época de Nixon a esta parte, no aparecen tanto envueltos en la defensa de un modelo de sociedad como en el combate a ultranza del expansionismo soviético. Y si éste, efectivamente, debe ser parado y desarticulado en lo posible, la vieja Europa no puede perder de vista su antiguo papel iluminador del pensamiento y la acción en los grandes momentos del mundo.

La enunciación de la política de Carter como el resultado de la defensa de los derechos humanos no sirve por sí sola cuando se hace un balance de su ejecución. Los americanos han fracasado en sus proyectos de establecimiento de democracias de nuevo cuño por toda la faz de la Tierra. Llegaron tarde a Irán, llegaron tarde a Nicaragua y han llegado tarde a El Salvador. Prácticamente sólo España y Portugal son las excepciones de entre aquellos países que, sometidos hasta fecha reciente a férreas dictaduras que contaban con el apoyo yanqui, han podido evitar el movimiento de péndulo que les llevara a un nuevo sometimiento a dictaduras de otro signo con el apoyo soviético. Por lo demás, la sospecha de que no todo en las actitudes de la URSS se debe a un feroz deseo de expansionismo y de que existen razones que en modo alguno justifican, pero que, en cierta medida, explican desde el punto de vista político o estratégico dichas actitudes, debe ser más analizada. Según este otro prisma, la invasión de Afganistán habría sido una respuesta a la decisión de instalar los misiles Pershing en Europa Central, y no el inicio de la búsqueda del Indico por el Ejército rojo. La eventual inclinación del régimen jomeinista hacia las autoridades de Moscú se debería igualmente a razonamientos de pura táctica y un hecho de que la «revolución o al islámica» no resulte también un peligro serio para los soviéticos. El deseo excesivo de simplificación de que hace gala numerosas veces el Pentágono no debe Impregnar a la opinión pública europea y ésta debe ser consciente de que el maniqueísmo expresado por el ex presidente Nixon en su último y reciente libro no conduce a nada provechoso. Europa no puede emprender una acción creativa en la política partiendo de la absurda tesis de que todo lo que pasa es que en el mundo de hoy existe un malo -la URSS-, y un bueno -EE UU- En todo caso, los europeos podemos y debemos todavía aspirar a ser algo por nosotros mismos y a no dejamos identificar exclusivamente por nuestras amistades.

¿Una unión de mercaderes?

La creación de esta nueva Europa, capaz de no ser subsidiaria en todo y para todo de los grandes dictados de Washington, exige, sin embargo, algunas capacidades que los actuales líderes políticos del continente no exhiben. Los padres de la idea de la Europa unida no pensaron sólo ni primordialmente en un acuerdo económico que la sostuviera, y la reducción del proyecto a lo que la propia izquierda de muchos países occidentales llama «la Europa de los mercaderes» es hartamente dañina para la concreción de esa idea global de Europa que un día fuera soñada. La constatación de las numerosas dificultades que existen a la hora de configurar semejante planteamiento no debe hacer perder de vista, siquiera como sueño, el ideal propuesto. Sin embargo, la insolidaridad de los integrantes de la Comunidad hace temer definitivamente incluso por la formulación teórica de ese ideal.

Volviendo al caso de España, éste resulta del todo ilustrativo. En los dos frentes citados anteriormente -CEE y OTAN- encuentra resistencias e incomprensiones que a nadie benefician. En lo que se refiere a las negociaciones con la Comunidad Económica, las dificultades presentadas, principalmente por Francia, a la integración de España en’6ase a la discusión sobre la política de precios agrícolas y las exigencias inmediatas de la Comunidad respecto al degarme arancelario español en productos industriales hace temer ahora seriamente por el futuro de las negociaciones.

En nuestro país, todos los partidos políticos con representación parlamentaria, el comunista incluido, apoyan de forma decidida la integración en la CEE; pero ésta no ha de producirse a cualquier precio. Y, tras la reciente actitud francesa, hay que preguntarse si terminara o no por producirse algún día. El papel cooperador que España puede representar respecto a América Latina y sus especiales relaciones con los países árabes están siendo minusvalorados por los representantes de los nueve, mientras que el propio Gobierno de Madrid mantiene una incomprensible y censurable actitud de no reconocimiento del Estado de Israel. Sea como sea, las expectativas de una pronta integración de España en la CEE se desvanecen cada día más, y los españoles, que se sentían discriminados por motivos políticos durante el franquismo, se sienten ahora discriminados por motivos económicos y electorales, en un momento en que la democracia española afronta serios problemas de supervivencia.

Pero mientras desciende el interés europeo por la integración española en la CEE, aumenta la evidente presión de los Gobiernos del área y de Estados Unidos para su entrada en la OTAN. Estas presiones -a las que responden, sin duda, las declaraciones del ministro Oreja- desconocen del todo el carácter neutralista de gran parte de nuestros conciudadanos, que no guardan la experiencia de haber intervenido en las guerras mundiales y que se sienten bien en la actual situación. Desconocen también el hecho de que España será anfitrión, este año, de la tercera sesión de la Conferencia Europea de Seguridad, si finalmente se lleva a cabo, y desconocen que el Gobierno de Madrid ha pretendido mantener, hasta fecha bien reciente, buenas relaciones con el Movimiento de los No Alineados. Por último, desprecian la evidencia de que un súbito reforzamiento de los países de la Alianza con la inclusión de España daría imperdonablemente buenos pretextos a la Unión Soviética para intervenir de una forma u otra en Yugoslavia.

El carácter occidental y de aliado de Estados Unidos no va a’ cambiar en España por su decisión de entrar o no en la OTAN, y el compromiso activo en la defensa de una Europa de la que se siente parte ha de seguir vigente en cualquier caso. Lo que los españoles demandamos es un poco más de respeto a nuestras posiciones y algún margen de actuación en la definición de nuestro destino. Exactamente le, que debería demandar ahora toda la Europa occidental. La sensación de subsidiariedad absoluta. respecto al coloso yanqui que los dirigentes europeos muestran -con la excepción de Giscard- es más que preocupante, y la meditación sobre los aspectos aquí señalados no debe resultar inútil. Abandonando la polémica sobre la existencia o no de una «tercera vía», Europa debe reencontrar el camino de su autonomía dentro de los conciertos de alianza y amistad con Estados Unidos. A veces, decir que no al presidente Carter no significa necesariamente decir que sí a los dirigentes del Kremlin ni negar la mano ni la ayuda a la nación americana. Significa quizá tratar de poner un poco de racionalidad y alguna ética en un proceso peligrosamente marcado por las irritaciones y los nerviosismos de la campaña electoral en Estados Unidos.

Juan Luis Cebrián

El Análisis

LOS COMPLEJOS Y LA CADENA DE MANDO

JF Lamata

Era evidente que el Gobierno de la UCD quería entrar en la OTAN como paso a integrarse en el mundo occidental estrechando lazos con EEUU, Gran Bretaña, la Alemania occidental, etc. Pero no era menos cierto que Suárez era también víctima de un complejo por el cuál quería a todo trapo llevarse bien con la izquierda, lo que se llamaba como ‘un complejo’. No era el caso de su ministro D. Marcelino Oreja, democristiano y defensor a ultranza de la entrada en la OTAN.

Sin embargo sus declaraciones a D. Pablo Sebastián (EL PAÍS) las hizo el Sr. Oreja sin consultar con su jefe, el presidente Suárez. (Según declaró el Sr. Sebastián a La Hemeroteca del Buitre, tras aquella entrevisa el Sr. Oreja mandó sus declaraciones al Sr. Suárez, pero este no las vio hasta que ya habían salido publicadas. ¿El reusltado? En el siguiente cambio de Gobierno el Sr. Suárez destituyó al Sr. Oreja. Era el resultado de no haber respetado ‘la cadena de mando’.

Tema a parte merece el editorial de D. Javier Pradera sobre la OTAN, tanto su posición como la de su grupo político afín, el PSOE, pasará de negro a blanco en tan sólo cutro años.

J. F. Lamata

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