16 junio 1980

Relevo en la Dirección de LE MONDE: Claude Julien, redactor jefe del suplemento «diplomático» del diario, sucede a Jacques Fauvet

Relevo en la Dirección de LE MONDE: Claude Julien, redactor jefe del suplemento «diplomático» del diario, sucede a Jacques Fauvet

Hechos

En junio de 1980 se produjo un relevo en la dirección del periódico LE MONDE.

Lecturas

Fauvet es director desde 1969.

Jacques Fauvet todavía tiene dos años y medio por delante como director de Le Monde, pero desde el 1 de junio de 1980 ya sabemos quién debería sucederlo: Claude Julien. La extraña situación no procede de una enfermedad, una dimisión ni una lucha de accionistas, sino precisamente del deseo de evitar todo eso. Fauvet, que había sucedido en 1969 al fundador Hubert Beuve-Méry, había sido reelegido en sus funciones por los socios de la empresa editora el 31 de mayo de 1979, pero su mandato debía concluir el 31 de diciembre de 1982. La casa quiso preparar con extraordinaria anticipación la tercera sucesión de su historia. Y esta vez no habría un fundador que señalase con el dedo al elegido: Beuve-Méry había preparado personalmente a Fauvet; ahora debía funcionar el complejo sistema de democracia interna que el propio Le Monde había construido.

La pieza fundamental era la Société des rédacteurs du Monde, propietaria del 40 % del capital de la empresa y, por tanto, poseedora de una minoría capaz de bloquear las grandes decisiones societarias. Por primera vez se decidió que fueran los periodistas quienes designasen mediante sufragio a su candidato a director. El procedimiento empezó realmente en octubre de 1978, cuando se debatió la prolongación del mandato de Fauvet, y desembocó en una campaña interna de varios meses durante la primavera de 1980. No faltaron candidatos ni tendencias: entre los aspirantes figuraron André Fontaine, entonces una de las grandes figuras intelectuales del diario; Jacques Amalric, Jacques Decornoy y, finalmente, Alain Jacob, corresponsal en Pekín. El candidato debía alcanzar un exigente 60 % de apoyo entre los redactores.

El vencedor fue Claude Julien, periodista de 55 años con una trayectoria muy distinta a la de Fauvet. Había entrado en Le Monde en 1951, trabajado durante años en información internacional y llegado a dirigir el servicio extranjero en 1969. Después de un conflicto interno se apartó temporalmente del diario y desde 1973 dirigía Le Monde diplomatique, publicación que había transformado desde un mensual especializado en relaciones internacionales en una revista mucho más combativa, interesada en el Tercer Mundo, las desigualdades económicas y la crítica de las grandes potencias, especialmente de Estados Unidos. Bajo su dirección, además, su difusión estaba creciendo considerablemente.

La elección resultó disputada. En la votación definitiva del 1 de junio de 1980, Julien obtuvo aproximadamente el 62,8 %, superando el mínimo del 60 %, frente al 34 % de Alain Jacob. La decisión fue posteriormente respaldada por las otras sociedades del personal: el 83 % de los cuadros y el 96 % de los empleados aprobaron su candidatura. Era un experimento prácticamente sin precedentes en la gran prensa occidental: los periodistas de uno de los diarios más influyentes de Europa acababan de elegir al hombre que debía dirigirlos… pero dentro de dos años y medio.

Aquella espera pretendía convertirse en una transición. Fauvet continuaría como director y responsable último de Le Monde, mientras Julien iría incorporándose progresivamente a la gestión y preparando el periódico que recibiría en 1983. El siguiente paso se produjo el 7 de abril de 1981, cuando la asamblea de la SARL Le Monde eligió a Julien gerente, con el respaldo de socios que representaban el 84 % del capital. Votaron a favor, entre otros, Hubert Beuve-Méry, las tres sociedades del personal y los propios Jacques Fauvet y Jacques Sauvageot. Se configuraba así una especie de cohabitación institucional: Fauvet seguía siendo director; Julien era el sucesor designado y ya participaba formalmente en la gerencia de la empresa.

La operación tenía también un significado editorial. Le Monde llegaba a 1980 convertido en una institución francesa, con una influencia política muy superior a la que sugería simplemente su difusión. Fauvet había abierto el austero periódico de Beuve-Méry a los grandes debates de la sociedad francesa y había dirigido el diario durante los años de Pompidou y Giscard. Julien representaba una sensibilidad algo diferente: católico de izquierda, muy interesado por el Tercer Mundo, crítico con el poder estadounidense y partidario de prestar mayor atención a las desigualdades internacionales. Su elección provocó incluso inquietud entre quienes temían que Le Monde desplazara su tradicional independencia hacia posiciones más militantes. La prensa estadounidense llegó a preguntarse si el periódico iba a acentuar considerablemente su tercermundismo.

Pero la larga transición que debía impedir una crisis terminó creándola. El problema era casi estructural: Julien poseía legitimidad suficiente para preparar el futuro pero Fauvet conservaba la autoridad del presente. Además, el sucesor quiso intervenir activamente en la reorganización de la empresa y defendió una mayor disciplina económica y redaccional. Surgieron enfrentamientos con sectores de la plantilla, especialmente a raíz de la acusación de Julien contra un periodista al que responsabilizaba de haber transmitido al exterior informaciones tendenciosas sobre las divisiones internas.

El conflicto llegó a tal punto que en enero de 1982 la misma redacción que había elegido a Julien volvió a votar sobre él. Necesitaba conservar un apoyo mínimo del 60 %. Obtuvo únicamente alrededor del 40 %. El sucesor quedó políticamente desautorizado antes de haber sucedido a nadie. Julien renunció posteriormente a la gerencia y regresó plenamente a Le Monde diplomatique. Hubo que buscar un nuevo candidato y finalmente apareció un nombre que ni siquiera había participado en la elección original: André Laurens, jefe adjunto del servicio político. Los socios ratificaron su nombramiento en mayo de 1982 y Laurens sustituyó a Fauvet el 1 de julio de 1982, cuando éste decidió adelantar seis meses su retirada.

El experimento de 1980 había terminado exactamente al revés de lo previsto. Le Monde había querido demostrar que una institución periodística podía organizar democráticamente su sucesión con la misma previsión que un Estado organiza la transmisión del poder. Y demostró algo diferente: elegir democráticamente a un director es posible; mucho más difícil es elegirlo dos años y medio antes y pedirle que durante todo ese tiempo se comporte como si todavía no lo fuera.

La etapa de LE MONDE con Fontaine empezará en 1985

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera Cortázar)

05 Junio 1980

La leccion de "Le Monde"

EL PAÍS (Editorialista: Javier Pradera Cortázar)

Leer

EL VESPERTINO francés Le Monde es una noble institución del periodismo de este siglo; lo es pese a los «mondianos» incapaces de ver algunas obsolescencias en su diseño informativo o los ronroneos de su economía desde 1977, y pese a los iconoclastas, o simplemente los envidiosos, incapaces de reconocer todo lo que Le Monde tuvo y tiene de revolucionario y ejemplar en la concepción de la prensa escrita, su honestidad intelectual, su generosidad con las opiniones ajenas al ideario del periódico, la estructura de su propiedad (única en el mundo de la información), la independencia de su redacción y hasta la elegancia de sus escritos.El pasado domingo este sesudo periódico, aún joven en edad, pero que merecería con mayor propiedad el apodo dado al New York Times de «vieja dama gris», ha dado una nueva prueba de lozanía y atrevimiento eligiendo a su futuro director por sufragio universal de la redacción. Claude Julien, redactor jefe del suplemento «diplomático» del diario, sucederá así a Jacques Fauvet, actual director, el 1 de enero de 1983. Trabajará junto a él hasta esa fecha como director adjunto y dedicará su noviciado de más de dos años a sintetizar el principio de autoridad que necesita un diario que debe ofrecer todos los días un producto acabado a hora fija y bien definido ideológicamente con la pluralidad de opiniones de una redacción y el deseo de colegiar el mayor número de decisiones posibles. Un proceso notablemente sugerente, iniciado en 1978, cuando Fauvert puso a votación entre sus redactores la prórroga de su jubilación, y sólo posible por la mayoría en el accionariado de las sociedades de redactores, de técnicos y de empleados y, dentro de este paquete, de la primera sobre las otras dos. Otro factor coadyuda a este proceso histórico e insólito: Hubert Beuve-Méry, fundador del diario, el hombre que resolvió la crisis ideológica de 1951 en el seno de la sociedad huyendo hacia adelante y propiciando el acceso a la propiedad de quienes hacían física e intelectualmente el periódico y que aún mantiene su despacho en la calle de los Italianos.

No faltan agoreros que tienen el pasado 1 de junio como el principio del decurso de Le Monde por la pendiente del asamblearismo salvaje o el secuestro ideológico de la figura del responsable del periódico. Por el contrario, Jacques Fauvet comentó la elección de su sucesor. « Es hoy cuando todo ha comenzado», y François Simon, presidente de la sociedad de redactores, escribía, a cuenta de la elección, que no se trataba de la victoria de un candidato sobre otro, sino de la victoria de la redacción sobre ella misma por la voluntad demostrada de superar sus inevitables divergencias. Conscientes de los riesgos que asumen, los hombres y mujeres que hacen Le Monde buscan esa «comunidad de trabajo» definida por Beuve-Méry sobre las bases de que el diario se debe a la veracidad, que la información es administrada por los periodistas y que la independencia del periódico debe ser protegida de los ataques que pueda recibir desde fuera y desde dentro.

Sea cual fuere el destino de este gran periódico, y asumiendo los riesgos que implica un sistema como el emprendido, Le Monde acaba de dar otra lección de coherencia y credibilidad que dignifica a esta profesión y viene a recordar a los escépticos que muchos de los periódicos llamados independientes lo son o lo pretenden ser de verdad y no sólo en el enunciado. Para España, el proceso de «dirección más corresponsabilidad» iniciado en Le Monde es, ¿quién lo duda?, una buena guía para navegar.

El Análisis

Un heredero esperando en el despacho de al lado

JF Lamata

La situación de Le Monde en 1980 explica por qué puede permitirse un experimento que en cualquier otro periódico parecería extravagante. Francia está terminando el septenio de Valéry Giscard d’Estaing, François Mitterrand prepara un nuevo asalto a la Presidencia y el Partido Comunista continúa siendo una fuerza considerable; Le Monde, mientras tanto, ya no es simplemente un diario, sino una de las instituciones que explican Francia a sus propias élites. Su independencia económica y la participación de los periodistas en el capital permiten ahora una experiencia extraordinaria: que la redacción elija democráticamente al próximo director mientras el actual todavía dispone de dos años y medio de mandato. Sobre el papel tiene virtudes evidentes: Fauvet puede transmitir experiencia, Julien puede conocer la administración antes de asumirla y el periódico evita el vacío que suele producir la retirada de una personalidad dominante. Pero también contiene una contradicción elemental. Una empresa necesita saber quién manda hoy, y resulta difícil mantener durante treinta meses a un director con toda la responsabilidad y, sentado a pocos despachos de distancia, a otro hombre que posee ya la legitimidad de ser el director de mañana. Si coinciden, la duplicidad sobra; si discrepan, inevitablemente aparecerán dos centros de autoridad.

Y eso es exactamente lo que terminó ocurriendo. La peculiar democracia interna de Le Monde funcionó primero admirablemente: Julien fue elegido por los periodistas, ratificado por cuadros y empleados y aprobado después por una abrumadora mayoría de los socios. Pero la democracia tiene una característica incómoda: quien concede legitimidad también puede retirarla. Cuando Julien comenzó a ejercer influencia real como cogerente, aparecieron divisiones sobre su autoridad, su estilo y la organización futura de la redacción; en enero de 1982, sus propios electores le negaron el respaldo necesario y el sucesor dejó de ser sucesor. La experiencia no demuestra que fuera un error permitir a los periodistas participar en la elección del director —al contrario, confirma hasta qué punto Le Monde había construido una independencia difícilmente imaginable en un periódico dominado por un propietario—, pero sí que una sucesión excesivamente larga puede convertir al heredero en rival aunque ninguno de los dos quiera serlo. Le Monde quiso disponer de dos años para acostumbrarse a Claude Julien y acabó descubriendo, precisamente durante esos dos años, que no quería que Claude Julien lo dirigiese.

J. F.