25 noviembre 1975

Réplicas al artículo 'El hombre de la Cruzada'

Laureano López Rodó publica una tribuna de protesta contra LE MONDE y Andre Fontaine por sus críticas a Francisco Franco

Hechos

El 25 de noviembre de 1975 D. Laureano López Rodó publicó un artículo de réplica contra la necrología que el periódico LE MONDE publicó sobre Francisco Franco Bahamonde.

Lecturas

Laureano López Rodó sería uno de los fundadores de Alianza Popular en octubre de 1976, aliándose con su antiguo enemigo D. Manuel Fraga.

25 Noviembre 1975

Carta abierta a Andre Fontaine

Laureano López Rodó

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La estima que le profeso por la calidad de su pluma, ejemplo de ponderación en tantas ocasiones, y la cordialidad de nuestro trato en diversas reuniones internacionales de Europa y de América en las que hemos coincidido, me llevan a escribirle esta carta en la que quiero con toda nobleza manifestarle mi profunda decepción por el artículo que bajo el título ‘El hombre de la Cruzada’ acaba de publicar LE MONDE con motivo de la muerte del General Franco.

La imagen que allí se presenta de la ilustre personalidad del Jefe del Estado desaparecido, queda notoriamente deformada por unos juicios rotundos y apasionados que sorprenden en una persona de su capacidad intelectual, y sobre todo por una serie de inexactitudes que no acierto en modo alguno a comprender.

Se presenta al General Franco como partícipe de un complot contra la República española que dio lugar a una guerra en la que fueron vencidos quienes ‘sólo empuñaron las armas para defender a un Gobierno legítimo que les había movilizado de la forma más legítima del mundo’.

Podría acudir a testimonios mucho más entrañables. Prefiero aducir el del propio presidente de aquella República, Manuel Azaña, emitido en 1937 durante el ejercicio de su cargo: «Ahí no queda nada: Gobierno, partidos, autoridades, servicios públicos, fuerza armada; nada existe… Histeria revolucionaria, que pasa de las palabras a los hechos para asesinar y robar; ineptitud de los gobernantes, inmoralidad, cobardía, ladridos y pistoletazos de una sindical contra otra, engreimiento de advenedizos, insolencia de separatistas, deslealtad, disimulo, palabrería de fracasados… Debajo de todo eso, la gente común, el vecindario pacífico, suspirando por una general que mande y se lleve la autonomía, el orden público, la FAI, en el mismo escobazo.  (Obras Completas, Vol. IV, ‘Memorias políticas y de guerra’. Méjico, 1968, pág. 575).

Se afirma también en su artículo que la actitud de Franco durante la II Guerra Mundial estuvo determinada por la sencilla razón de que «los vientos soplaban en otra dirección». No acierto a comprender cómo se puede silenciar un hecho de tanta trascendencia para el curso de esa Guerra, como fue la entrevista de Hendaya del 23 de octubre de 1940, en pleno apogeo de Hitler.

Desde la invasión de Polonia en septiembre de 1939 y la firma de un tratado de amistad con Rusia, por el que Molotov y Ribbentrop se repartieron Polonia, se había sucedido en 1940 una serie de espectaculares victorias nazis. En abril, las tropas alemanas ocuparon Copenhague y Oslo; en mayo, La Haya, Bruselas y Luxemburgo; en junio, Paris y, en octubre, entraron en Rumanía. El 27 de septiembre se firmó el Pacto Tripartido entre Alemania, Italia y Japón, al que se adhirió luego Hungría.

En aquella histórica fecha de la entrevista de Hendaya no había cambiado la dirección de los vientos: todavía meses más tarde las tropas de Hitler seguían avanzando por otros países de Europa; en marzo entraron en Bulgaria y en abril conquistaron Belgrado y Atenas. Y hubo de pasar más de un año antes de la entrada de los Estados Unidos en la guerra.

La neutralidad española, decretada por Franco el 4 de septiembre de 1939, fue mantenida contra viento y marea. El General Franco, pese a que el Ejército español estaba desangrado por tres años de guerra, el país en ruinas y el pueblo depauperado por el hambre y las privaciones, consiguió lo que no consiguieron los pueblos más ricos de Europa, con sus poderosos ejércitos: detener a Hitler en la frontera sin consentir que pisara ni una pulgada de tierra española. No se doblegó ante su exigencias ni antes sus amenazas. Esto son los hechos. Lo demás es vana palabrería. Sin el temple, el patriotismo y la hábil diplomacia de Franco frente a la prepotencia hitleriana, quizá hubiera sido muy otra la suerte de Europa.

En la apreciación de la verdad histórica, Churchill – uno de los principales protagonistas de aquella hora del mundo – ha ido más justo. El estadista británico declaró públicamente en la Cámara de los Comunes el 24 de mayo de 1944: «Debo decir que yo considero que España rindió entonces un servicio no sólo al Reino Unido, al Imperio Británico y a la Commonwealth, sino a la causa de las Naciones Unidas. Por ello, no simpatizo con quienes creen inteligente, incluso gracioso, insultar y ofender al Gobierno de España en cualquier ocasión».

En su artículo se hurga de nuevo en la herida de la guerra española de 1936. Nadie mejor que nosotros sabemos el dolor de aquel enfrentamiento entre españoles y, desde luego, no estamos dominados por la preocupación de mantener esa dialéctica de vencedores y vencidos que, desgraciadamente, algunos sectores del exterior se preocupan en alimentar. La guerra española tuvo lugar hace casi 40 años. Usted sabe muy bien que la gran mayoría de los españoles de hoy no entra en ninguna de esas dos categorías, aunque sólo sea por obvia razones de edad.

En el umbral de la muerte, cuando cualquier fingimiento no tiene cabida, poco antes de ser enterrado precisamente en el lugar donde reposan, según él mismo dispuso, los contendientes de ambos bandos de nuestra guerra, el General Franco escribió estas nobles palabras que hablan por sí mismas: «Al llegar para mí la hora de rendir la vida ante el Altísimo y comparecer ante su inapelable juicio… pido perdón a todos, como de todo corazón perdono a cuantos se declararon mis enemigos, sin que yo los tuviera por tales».

En contraste con la magnanimidad que se desprende de esta solemne declaración, duelen especialmente las frases agresivas, descarnadas, desprovistas de un elemental sentimiento de caballerosidad que se contienen en su artículo. Hasta los enemigos políticos del General Franco han sido más prudentes en el momento de su muerte. El propio presidente del Gobierno de la República en el exilio – una República que no existe desde hace cerca de cuarenta años – ha declinado en Méjico todo comentario ‘por respeto a los muertos’.

No quiero extenderme más. Espero que la ponderación resplandezca de nuevo en sus escritos y que caiga en el olvido ese – permítame calificarlo – desafortunado artículo que, paradójicamente, parece más propio del tipo humano que usted describe tratando de atribuirlo a la personalidad insigne que acaba de entrar en la Historia como verdadero ‘Grande de España».

Laureano López Rodo

El Análisis

La defensa de un legado: López Rodó contra Le Monde en el ocaso de Franco

JF Lamata
El 25 de noviembre de 1975, apenas cinco días después de la muerte de Francisco Franco, Laureano López Rodó, exministro franquista y figura clave del Opus Dei, publicó una carta abierta en La Vanguardia dirigida a André Fontaine, director de Le Monde, en respuesta al artículo necrológico “El hombre de la Cruzada.” Este texto, documentado en La Hemeroteca del Buitre, criticaba duramente la semblanza de Franco publicada por el diario francés, que lo presentaba como un conspirador contra la República y un dictador oportunista durante la Segunda Guerra Mundial. En un momento de luto generalizado entre la derecha española, especialmente la tecnocrática y opusdeísta representada por López Rodó, la carta de este no solo defendía la figura del Caudillo, sino que buscaba contrarrestar lo que consideraba una narrativa extranjera injusta, en un contexto donde la Transición española comenzaba a dibujarse bajo la incertidumbre. La réplica de López Rodó, cargada de indignación contenida, refleja el intento de la élite franquista por preservar el legado de Franco frente a las críticas internacionales, mientras España se adentraba en un futuro incierto.
En su carta, López Rodó, con su habitual tono erudito, expresó su “profunda decepción” por el artículo de Fontaine, al que acusó de deformar la imagen de Franco con “juicios rotundos y apasionados” e “inexactitudes.” Citando al expresidente republicano Manuel Azaña, quien en 1937 describió el caos de la República—“histeria revolucionaria, ineptitud de los gobernantes, insolencia de separatistas”—, López Rodó justificó la sublevación de Franco como una respuesta necesaria al desorden, negando que fuera un simple complot contra un gobierno legítimo. También defendió la neutralidad de España en la Segunda Guerra Mundial, destacando la reunión de Hendaya en 1940, donde Franco resistió las presiones de Hitler, un hecho que, según él, Le Monde ignoró al atribuir la postura de Franco a un oportunismo ante el cambio de “vientos” bélicos. López Rodó, que había sido comisario del Plan de Desarrollo (1962-1973) y ministro de Asuntos Exteriores (1973-1974), apeló a su experiencia diplomática y su relación personal con Fontaine para reclamar un retrato más “ponderado” del dictador, en línea con el duelo de una derecha que veía en Franco un símbolo de orden y estabilidad.
El artículo de Le Monde, por su parte, retrató a Franco como un militar astuto que consolidó un régimen autoritario tras una guerra fratricida, minimizando su papel estratégico en la geopolítica mundial y destacando la represión de su régimen. Esta visión chocó con la narrativa de López Rodó, cuya carta reflejaba el sentimiento de una derecha tecnocrática—representada por el Opus Dei y figuras como Luis Carrero Blanco—que, en luto por Franco, temía perder influencia en una España que miraba hacia la democracia. La réplica, publicada en La Vanguardia (tirada de 80.000 ejemplares), buscaba no solo defender a Franco, sino también legitimar a los sectores reformistas del régimen, como los que López Rodó representaría en la fundación de Acción Regional y Alianza Popular en 1976-1977. En este noviembre de 1975, la carta de López Rodó no es solo una defensa personal del Caudillo; es un intento de la derecha franquista por reivindicar su legado ante un mundo que comenzaba a juzgarlo, mientras la Transición obligaba a sus elites a redefinirse en un escenario de cambio inminente.
J. F. Lamata