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Pifia del diario español EL INDEPENDIENTE, que publicó el triunfo Daniel Ortega en su edición del lunes

Elecciones Nicaragua 1990 – Los sandinistas de Daniel Ortega pierden las elecciones ante Violeta Chamorro

HECHOS

El 25 de febrero de 1990 se celebraron elecciones presidenciales en Nicaragua que dieron el triunfo al a candidatura de Violeta Chamorro, sobre el candidato del Frente Sandinista de Liberación Nacional, Daniel Ortega.

ortega_vencedor El diario EL INDEPENDIENTE dirigido por D. Pablo Sebastián publico en portada que D. Daniel Ortega era ‘el vencedor’ de las elecciones en Nicaragua. Y, por si fuera poco, publicó un editorial también en portada ‘La garantía del garrote en Managua’ en el que defendía la victoria de los sandinistas como gobierno que había resistido a los ataques norteamericanos.

«Los Estados Unidos enviaron a estas playas varias veces infantes de Marina, sus agentes asesinaron a Augusto César Sandino, impusieron la dictadura sangriente de Somoza, que duró decenas de años, alentaron, pagaron y dirigieron después a los mercenarios de la ‘contra’ desde el Pentágono, acosaron la revolución sandinista con bloqueos económicos y sabotajes terroristas.

26 Febrero 1990

La garantía del garrote en Managua

EL INDEPENDIENTE (Director: Pablo Sebastián)

Ayer votó Nicaragua bajo la mirada atenta de George Bush, de Carter, del cardenal Obando y de miles de observadores extranjeros de la ONU y de otras organizaciones internacionales. Sin embargo, no pudieron votar los miles de nicaragüenses que han muerto entre el Caribe y el Pacífico a consecuencia de una guerra subversiva no declarada. Los Estados Unidos enviaron a estas playas varias veces infantes de Marina, sus agentes asesinaron a Augusto César Sandino, impusieron la dictadura sangrienta de Somoza que duró decenas de años, alentaron, pagaron y dirigieron después a los mercenarios de la ‘contra’ desde el Pentágono, acosaron la revolución sandinista con bloqueos económicos y sabotajes terroristas.

Un proceso revolucionario que se había iniciado con habeas corpus, separación de poderes, libertad de prensa y de partidos se fue endureciendo por la intervención extranjera y el sabotaje económico hasta empobrecerse y degenerarse. Ahora se han celebrado elecciones libres en un país que debe 7.000 millones de dólares, que se gasta casi todo en armas. Y los Estados Unidos, que tanto hicieron por el hundimiento de la revolución, en un alarde de cinismo y de fariseísmo típico de la policía del garrote, se convierten en paladines y garantes de la limpieza electoral.

Sin embargo, estas elecciones pueden tranquilizar el área y quitarle la coartada al intervencionismo. Con la legitimidad de unos comicios libres puede llegar el adiós a las armas y la recuperación de la agonizante economía. No es de esperar que los sandinistas den argumentos a los que buscan cualquier irregularidad para acusarles de fraude. Podríamos estar, además, en un ensayo general de lo que en Cuba puede ocurrir algún día.

27 Febrero 1990

Las urnas vencen al sandinismo

DIARIO16 (Director: Enrique Badía Liberal)

Han sido las primeras elecciones realmente democráticas en la turbulenta historia de Nicaragua. Y, contra la mayoría de los pronósticos, el candidato sandinista ha sido severamente derrotado por Violeta Chamorro, la abanderada de la Unión Nacional Opositora (UNO), una heterogénea alianza de trece partidos, desde la derecha hasta los comunistas unidos por su oposición al régimen instaurado en Managua en 1979. Como ha comentado en sus primeras declaraciones Violeta Chamorro, ‘las elecciones han mostrado que los nicaragüenses desean vivir en democracia, en paz y, sobre todo, en libertad”.

Ciertamente, tras la larga década sandinista, los nicaragüenses andaban menguados de democracia de paz y de libertad. En julio de 1979 la lamentable dictadura hereditaria de los Somoza era derrocada por un conglomerado de fuerzas políticas. El segmento marxista de aquel frente secuestró el espíritu y la bandera de Sandino y pronto convirtió el país en una dictadura con indudable paralelismo con la Cuba de Castro. Han sido diez años de enfrentamiento civil, con más de treinta mil muertos, con un Gobierno cada vez más totalitario y con una ‘contra’ en la que se daban la mano auténticos demócratas y nostálgicos del somocismo, con la oscura financiación de los Estados Unidos. Reagan, en sus ocho años en la Casa Blanca, se encargaría de sacar adelante una política de sanciones económicas contra Managua y unas importantes ayudas a la ‘Contra’ con el resultado de que la economía nicaragüense quedó estrangulada. Era demasiado el esfuerzo bélico, el boicot norteamericano y a la absoluta incompetencia de los gobernantes sandinistas. El resultado ha sido la depauperización absoluta del país.

Dentro de este contexto, los sandinistas se avinieron a pactar en el marco de los acuerdos de Esquipulas el final de la guerra con la contrapartida de adelantar las elecciones y, sobre todo, garantizando la presencia de observadores internacionales. Daniel Ortega creyó como hace meses el chileno Augusto Pinochet, que le fervor de las dictaduras era trasladable a las urnas. Daniel Ortega ha ofrecido un nuevo look en su campaña, anunciando que había llegado la hora de ‘guardar mi uniforme verde olivo e invitando a Bush a su toma presidencial. Pero el pueblo ha rechazado el balance general del sandinismo. Dicen las informaciones que los barrios más pobres de Managua han votado masivamente contra Daniel Ortega.

Sólo resta ya una dictadura – la de Castro – en el hemisferio suramericano. Esa derrota del régimen sandinista acontece como un capítulo más de la desaparición en cascada de regímenes totalitarios a la que gozosamente estamos asistiendo en los últimos meses en distintos meridianos y paralelos del mundo. Nicaragua empieza una nueva era, ha dicho Jimmy Carter, el ex presidente norteamericano, observador comprometido en estos comicios. La candidata ganadora ha tenido una grase feliz a la hora de su triunfo: “No habrá vencedores ni vencidos”.

La figura de la viuda de Chamorro, víctima del dictador Somoza, evoca en buena medida a la viuda de Aquino, víctima del dictador Marcos. Violeta Chamorro, a pesar de su osteoporosis, es una mujer toda fortaleza. Hace once años abandonó la Junta Nacional al no estar de acuerdo con los sandinistas, a los que tanto ella como su marido habían ayudado de manera muy activa. Ahora, sin revanchismos, pretende unir a todo el país. Entre el electorado ha calado hondo el hecho de que los hijos de doña Violeta anden divididos, unos luchando en el sandinismo y otros en la oposición, pero todos ellos con las puertas del hogar familiar abiertas.

Daniel Ortega ha salvado finalmente su balance al aceptar la derrota en las urnas (lo mismo hizo Pinochet). Pero la transición será compleja; no es un cambio de Gobierno sino de régimen. En Nicaragua todo es sandinista, desde la TV hasta el Ejército. El desafío ahora de Violeta Chamorro es superar el síndrome de Cory Aquino, la mujer magnética para ganar las elecciones y derrocar a Marcos, pero al gobernante ineficaz que no ha logrado despejar los tremendos problemas que afligen a su país.

27 Febrero 1990

Los votos deciden

EL PAÍS (Director: Joaquín Estefanía)

La diferencia de votos entre los sandinistas y la Unión Nacional Opositora (UNO) en las elecciones celebradas el domingo en Nicaragua es tal que no caben interpretaciones: estamos ante la expresión inequívoca de la voluntad de un pueblo. La victoria de Violeta Chamorro y de la UNO es de esos casos excepcionales en los que los resultados de unas elecciones marcan un viraje trascendental en la historia de un país. La limpieza ha sido ejemplar, y el despliegue de observadores extranjeros, sin precedente por su amplitud. Pero, además, Daniel Ortega -que ha desempeñado un papel esencial en el proceso que ha llevado a las elecciones ha aceptado la evidencia de su derrota y, al reconocer la victoria de Violeta Chamorro, se ha inclinado ante la ley básica de la democracia: los votos deciden.Para muchos, este resultado ha sido una sorpresa, ya que los sondeos y las concentraciones populares previas a la apertura de las urnas daban una impresión de ventaja para los sandinistas. Pero los sondeos son particularmente inciertos en un país que ha vivido 10 años de guerra civil, sin un pluralismo pleno hasta la convocatoria electoral. Por otra parte, el barómetro de las manifestaciones es doblemente inseguro cuando una parte -en este caso, los sandinistas- disponía de fuertes medios para movilizar a la población. Si se recuerda la tragedia vivida por el pueblo en los 10 últimos anos, no puede sorprender que el partido menos favorecido por los votos haya sido precisamente aquel que ostentó el poder en exclusiva durante ese período. La grave situación económica -que alcanza extremos intolerables- y la incertidumbre sobre el futuro si el sandinismo continuaba en el poder han sido los principales factores de su derrota.

Estados Unidos ha jugado todas las cartas para eliminar a Daniel Ortega y a sus compañeros, desde el cerco económico hasta el hostigamiento militar de lacontra. Al final, los medios políticos menos agresivos empleados por el presidente Bush han resultado más eficaces que las conspiraciones desestabilizadoras de la etapa de Reagan. Este vuelco de la situación en Nicaragua se inscribe en un proceso de derechización de Centroamérica que, si bien con formas políticas diversas, indica una creciente recuperación de la influencia de Washington en la zona. En ese marco, el numantismo marxista-leninista de Fidel Castro resulta aún más anacrónico. Todo ello en un momento internacional en el que se hunden los regímenes comunistas de Europa. Nicaragua no era una prolongación del socialismo real, pero recibía ayudas, materiales y espirituales, de ese mundo socialista, hoy en bancarrota.

Hace poco más de 10 años, cuando derribó la dictadura de Somoza, el sandinismo encarnó unos ideales de progreso social que despertaron grandes simpatías incluso fuera de Nicaragua, sobre todo en Latinoamérica y en Europa. Pero muy pronto la dramática realidad fue borrando los entusiasmos iniciales. Si el Gobierno sandinista no era responsable del cerco que le imponía EE UU, Daniel Ortega y sus compañeros, en cambio, sí lo fueron de una política sectaria que fue alejando del poder a muchas de las fuerzas que habían luchado contra Somoza, antes incluso de que el bloqueo estadounidense (tal como había ocurrido 20 años antes en Cuba) empujase a los sandinistas a refugiarse en los registros más totalitarios de toda revolución. Es cierto que últimamente Ortega encabezó un esfuerzo de democratización sincero. Pero el desgaste sufrido era profundo.

Nicaragua entra en una etapa de transición compleja, ya que no se trata simplemente de pasar de una coalición parlamentaria a otra. El aparato estatal y las fuerzas armadas han sido creados por el sandinismo y tienen una fidelidad de partido que puede dar lugar a serios problemas. Es indispensable que el viejo poder y el nuevo surgido de las urnas colaboren para que se cumpla la voluntad popular. Violeta Chamorro y Daniel Ortega han hecho declaraciones positivas que indican un común deseo reconciliador.

Por otra parte, la actitud de Washington anunciando ayudas a Nicaragua y elogiando la conducta de respeto a la democracia de Daniel Ortega es importante. La política de reconciliación -exigida por las condiciones internas de Nicaragua- tendrá mayores posibilidades de plasmarse si tiene respaldos en Washington. En este momento delicado, si el Gobierno sandinista derrotado debe garantizar una transmisión de poderes ordenada y civil, la obligación de los que han ganado las elecciones es evitar todo espíritu de revancha y de humillación.

27 Febrero 1990

La dictadura sandinista, derrotada

ABC (Director: Luis María Anson)

Nicaragua  ha rechazado la dictadura comunista de Daniel Ortega para expresar su auténtica voluntad de condena, esta vez garantizada por la protectora red de los observadores extranjeros. Con ese gesto histórico Nicaragua ofrece en primer lugar, un admirable ejemplo de madurez política, pero además abre las puertas para devolver al martirizado istmo centroamericano la paz que por desgracia ha sido constantemente perturbada en aquella región desde que Fidel Castro se apoderó del poder en La Habana y convirtió su isla en un centro de exportación revolucionaria con armas soviética siempre disponibles. Es de esperar que la derrota de Daniel Ortega ponga punto final a los suministros que recibían desde Nicaragua los guerrilleros comunistas de El Salvador y que así, por un efecto de distensión regional, remitan los colores de aquellos pueblos. Convendría  ahora rendir homenaje a los ciudadanos de El Salvador que también supieron acudir a las urnas a pesar de la desatada violenta revolucionara contra la elección y afrontaron así, con ejemplar dignidad, el desafío de la violencia terrorista.

“Aquí no hay ni vencedores ni vencidos” han sido las palabras que Violeta Chamorro ha pronunciado al conocer su triunfo en la primera elección libre de la historia nicaragüense. Pero esa mano tendida en el momento de la victoria a quienes sólo conocieron el lenguaje de la tiranía durante sus once años de poder, es una bella lección para establecer la diferencia que existe entre un demócrata y un proyecto totalitario. Ofrecer un proyecto de reconciliación abierto al porvenir era el signo de la Unión Nacional Opositora (UNO), coalición de Violeta Chamorro. Encerrar al país en la prisión donde ha vivido durante los años del sandinismo era la bandera de Ortega y de su Ejército revolucionario de 80.000 hombres armados, detalle militar que no conviene dejar en el olvido durante el transcurso de estas horas críticas. Pero el apoyo popular ha sido tan claro que el propio Daniel Ortega se ha visto en la obligación de admitir que respetará la voluntad popular, pronunciando unas nobles palabras que lo separan por fortuna de los métodos empleados en Panamá por el siniestro general Noriega cuando respondió a otra derrota electoral semejante con el envío de sus soldados a la calle para acabar a tiro limpio con la voluntad del pueblo.

En Nicaragua, las urnas han sido más fuertes que las armas. El mundo entero debe saludar la noticia con la enorme alegría que levantará siempre el triunfo de la razón y del Derecho. Pero esa buena voluntad de Ortega para aceptar el voto de un pueblo – a lo que le obliga además la presencia de los observadores extranjeros – no puede borrar los once años de despotismo con las cárceles llenas, los derechos humanos violados y el país condenado a vivir en los últimos linderos del a miseria. Es noble que un hombre reconozca la derrota, pero el pueblo nicaragüense no ha rechazado a un político sino a un dictador, al que una serie de presiones le han obligado a aceptar una consulta electoral en contra de su voluntad: Jamás un revolucionario comunista discípulo de Fidel Castro hubiera admitido el riesgo de una elección en libertad a la que se ha visto obligado por la resistencia civil y por la guerrilla de los ‘contra’ junto con el bloqueo americano. Frente al a fuerza bruta del régimen sandinista sólo era posible el uso de un cerco económico capaz de consumir las arrogancias del dictador y obligarle a convocar elecciones libres. La entera juventud de Nicaragua se negaba a continuar la guerra contra los soldados de la ‘contra’ que ha causado ya 23.000 muertos y 45.000 heridos en ocho años de combate. Violeta Chamorro era la promesa de la paz y del desarme de la ‘contra’. Daniel Ortega, la continuidad de la guerra; y los jóvenes no han querido prolongar ese estéril camino de la muerte.

Ortega carecía del más modesto título de legitimidad para ocupar el sillón que dejó vacante otro tirano por el simple hecho de haber sido capaz de derrotarle. Con el cambio de dictadores, Nicaragua continuó una vida sin libertad, ya que no existe, dentro de la zoología de los déspotas, tiranos buenos o malos, todos son igualmente condenables y sólo pueden distinguirse por sus mezquinas peripecias personales. Somoza era un bandido y Ortega ha sido un dictador y una sucursal de Fidel Castro en el continente que le suministraba el armamento soviético necesario para sostener su poder por la fuerza consecuencia directa de la guerra fría entre el Este y el Oeste, que ciertamente encontraba apoyo en la injusticia social padecida por los condenables sistemas de la propiedad agrícola centroamericana, pero que en ningún caso podía considerarse como razón exclusiva de la sublevación popular contra Somoza. Y la demostración ha sido la votación del 25 de febrero: el pueblo ha condenado la dictadura comunista, sostenida por la Unión Soviética a través del enlace de Castro, como primera condición para recuperar la libertad porque sólo cuando tenga democracia estará en condiciones de liquidar las injusticias interiores. El sandinismo, según la versión de Daniel Ortega, no era más que una base militar de la URSS en el continente americano y la garantía de oprimir los derechos del hombre sin restablecer la justicia, por la sencilla razón de que el comunismo no ha resuelto nunca ni en ninguna circunstancia las dificultades de los pueblos.

Cuando Violeta Chamorro fue designada candidata a la Presidencia escribíamos: “Si Violeta Chamorro triunfara en esas elecciones estaríamos ante una inflexión cualitativa en la situación nicaragüense (…) Violeta Chamorro puede cumplir un papel decisivo en la construcción de esa Nicaragua liberada del doble azote de la guerra y de la miseria (ABC, 5-9-89)

El General Pinochet ha aceptado el veredicto electoral para cerrar el triste ciclo de su dictadura. Los generales de Argentina y Uruguay terminaron por dejar paso a un sistema de libertades. En Europa, caen los regímenes comunistas impuestos por la fuerza después de la guerra y ahora cuando un pueblo ha podido expresarse libremente, le ha llegado el turno a Daniel Ortega. Ya sólo queda en el continente hermano, como testimonio de un tiempo pasado, un Fidel Castro que quiso hacer de Ortega su discípulo y cabeza de puente continental. Parece llegada la hora de que el mundo entero se movilice para borrar ese último vestigio de tiranía que aún ofende a la conciencia de los países libres.

27 Febrero 1990

El triunfo del voto útil

Felipe Sahagún

Los nicaragüenses han optado en las urnas, la única encuesta que de verdad vale, por la opción que, en opinión de la mayoría, les puede facilitar mejor la paz y la recuperación económica. Será una transición difícil porque la herencia es una revolución depauperada, un Ejército y una burocracia férreamente controlados por los sandinistas y odios muy profundos tras una guerra que se ha cobrado más de 50.000 muertos. El ex presidente Jimmy Carter, seguro de la victoria sandinista, ya había pedido a la Administración Bush que aceptara el triunfo de Daniel Ortega si, como esperaba, se confirmaba en las urnas. La mayor parte de los observadores internacionales daba por segura la victoria sandinista. Casi todas las encuestras de grupos imparciales confirmaban ese triunfo. ¿Por qué se equivocaron, y yo el primero, los observadores? 1. No valoramos en su verdadera dimensión, como lo han valorado los nicaragüenses a la hora de votar, el desastre económico total del país tras diez años de sandinismo. La mayoría de los votantes ha elegido a Violeta Chamorro como la mejor esperanza de sacar a Nicaragua del abismo. Esa esperanza está justificada. EEUU ya ha anunciado el levantamiento próximo del embargo impuesto en 1985 y la «contra» se ha comprometido a desmantelar sus unidades. 2. Las encuestas se equivocaron por no reflejar el factor «miedo» que ha movido a muchos de los encuestados en sus respuestas. Los que creímos seguro el triunfo sandinista no tuvimos en cuenta el elevadísimo porcentaje de «indecisos» hasta el último momento. Si en vez de fijarnos en las encuestas de las últimas semanas, hubiéramos repasado las de hace uno, dos y tres años, hubiéramos visto claramento la caída en picado de la popularidad de los sandinistas a medida que se iba deteriorando la situación económica. La Iglesia no fue neutral. Apostó claramente por la UNO recordando a los votantes ya y otra vez que «no se dejen comprar con regalos» sandinistas. De haberse presentado a candidato, seguramente el cardenal Obando y Bravo hubiera ganado a los dos contrincantes del domingo. El descalabro de los regímenes comunistas en el Este y la reducción paulatina de la ayuda soviética a Nicaragua han tenido un efecto sobre el sandinismo que no reflejaron las encuestas de opinión anteriores al domingo. En Nicaragua se ha vuelto a demostrar lo engañoso de las manifestaciones públicas como baremo para medir el apoyo a un régimen político en condiciones no democráticas. Está claro que los 60.000 nicaragüenses que acudieron el domingo 18, a la plaza central de Managua para aclamar a Chamorro eran más sinceros que los 300.000 que llenaron la misma plaza tres días más tarde para aclamar a Ortega. A pesar de los graves errores sandinistas con el campesinado en los primeros años de la revolución, la reforma agraria de 1986 parecía haber congraciado a buen número de ellos con el régimen. La amenaza de devolución de tierras por doña Violeta a sus antiguos propietarios tampoco parece haber hecho mella en inclinar masivamente ese voto hacia el sandinismo. Por último, después de haber visto en Uruguay y Chile la derrota de Gobiernos represivos en la primera oportunidad que los votantes tuvieron de acudir a las urnas en libertad, los que creímos posible en Nicaragua el «perdón» del represor como pago por la victoria revolucionaria, la victoria sobre la «contra» y la resistencia contra el imperio no valoramos bien los pesos reales de la balanza. La primera que ha reconocido el triunfo del voto útil y no una victoria política ha sido la aspirante a presidenta, Violeta Chamorro. En sus primeras declaraciones tras conocer los resultados parciales que ayer aseguraban su triunfo, Chamorro lo definía como el triunfo de los que quieren «la reconciliación para recuperar la paz y el bienestar económico». El importante voto sandinista -más del 40%-, su control sobre el aparato militar y policial, los orígenes sandinistas de los principales dirigentes de la UNO y el ejemplo dado a su pueblo y al mundo con las elecciones recién celebradas parecen conducir a un Gobierno de amplia coalición. Sus efectos no pueden dejar de afectar a la situación cubana y a las guerras civiles que siguen viviéndose en El Salvador y Guatelama. En Nicaragua empieza una nueva era.

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