10 mayo 1978

Moro era un firme partidario del acercamiento entre los democristianos y los comunistas

Los terroristas de ‘las Brigadas Rojas’ (comunistas) asesinan al líder de la Democracia Cristiana en Italia, Aldo Moro

Hechos

El 16.03.1978 D. Aldo Moro fue secuestrado y sus escoltas asesinados en una operación reivindicada por ‘Las Brigadas Rojas’. Su cadáver apareció en el maletero de un coche en la Via Caetani el 9 de mayo.

Lecturas

En enero de 1978 se produjo una crisis de Gobierno en Italia. 

reppublica_moro_muerto  En su edición del 21 de abril, el diario La Reppública ya se daba por hecho que el Sr. Moro tenía las horas contadas.

EL PAPA PABLO VI ESCRIBIÓ UNA CARTA ABIERTA A LAS ‘BRIGADAS ROJAS’ IMPLORANDO POR LA VIDA DE MORO

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«Os escribo a vosotros hombres de las Brigadas Rojas: Restituid a la libertad. a su familia a la vida civil, al honorable Aldo Moro. Yo no os conozco, ni tengo posibilidad alguna de ponerme en contacto con vosotros. Por eso os escribo públicamente, aprovechando el margen de tiempo que queda al plazo de la amenaza de muerte que vosotros habéis anunciado contra él, hombre bueno y honesto, que nadie puede acusar de escaso sentido social o de falta de servicio a la justicia Y a la pacífica convivencia civil.Yo no tengo ningún mandato en relación con él, ni estoy unido a él con algún interés privado. Pero lo amo como miembro de la gran familia humana, como amigo de estudio y a título completamente particular, como hermano de fe y como hijo de la Iglesia de Cristo. Yo me dirijo a vosotros en el nombre supremo de Cristo que ciertamente no ignoráis. Me dirijo a vosotros desconocidos e implacables adversarios de este hombre digno e inocente. v os pido de rodillas, liberad al honorable Aldo Moro, sencillamente, sin condiciones, no tanto por mi humilde y afectuosa intercesión, sino en virtud de su dignidad de común hermano en humanidad, y también a causa del algo que yo espero tenga una fuerza en vuestra conciencia: un verdadero progreso social, que no debe ser manchado de sangre inocente ni atormentado con superfluo dolor.

Ya debemos llorar y lamentar demasiadas víctimas por la muerte de personas empeñadas en el cumplimiento de su propio deber. Todos nosotros debemos temer el odio que degenera en venganza o que se inclina a sentimientos de desalentada desesperación.

Y todos debemos temer a Dios vengador de los muertos sin causa y sin culpa.

Hombres de las Brigadas Rojas dejadme a mí, intérprete de tantos conciudadanos vuestros la esperanza de que anide aún en vuestra alma un victorioso sentimiento de humanidad. Rezando y no obstante todo armándoos, espero la prueba».

Paulus PP. VI. Vaticano. 21 abril. 1978.

En junio de 1978 dimitirá el Jefe de Estado de Italia, Giovanni Leone. 

17 Marzo 1978

Una amenaza para Europa

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián Echarri)

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EL SECUESTRO de Aldo Moro, que ha costado la vida a cinco servidores del orden público, escoltas del presidente del Partido Democristiano y ex presidente del Gobierno italiano durante la experiencia del centro-izquierda, se inscribe en la estrategia global de las maniobras desestabilizadoras en el sur de Europa.La extrema izquierda y la extrema derecha, unidas entre sí por la búsqueda del mismo objetivo y organizadas en tramas rojas o tramas negras de ámbito internacional, utilizan desde hace años la violencia y el crimen como sustitutivo de su impotencia para conseguir la adhesión electoral de esos conciudadanos a los que pretenden salvar de la opresión capitalista o de la amenaza comunista. Pero, sin duda, también la perspectiva de una Europa unida, soberana,. próspera y democrática es una posibilidad histórica, cargada de promesas para un planeta amenazado por el hambre y cautivo de cruentas dictaduras, que las agencias secretas y los servicios paralelos de las grandes potencias desean destruir.

En España hemos sido testigos y víctimas de esas tristes hazañas, perpetradas por los parientes políticos de las Brigadas Rojas italianas que han reivindicado el secuestro. En el oscuro túnel de los grupos conspirativos y de las organizaciones de gángsters que se autodenominan políticas, todos los gatos son pardos; en el doble sentido de que resulta imposible verificar el pelaje ideológico de unos criminales cuyos objetivos son congruentes con los delirios, tanto de la extrema derecha como de la extrema izquierda, y de que la destrucción de las instituciones democráticas en Europa sólo podría dejar, hoy, el campo libre para dictaduras fascistas émulas de las que asolaron el continente hace cuatro décadas.

Mientras las posibilidades de instauración de la dictadura del proletariado en Italia, Francia o España mediante la lucha terrorista de organizaciones ácratas, maoístas o nacionalistas son iguales a cero, la desestabilización de los sistemas pluralistas y parlamentarios tienen una alternativa autocrática improbable, pero no imposible, para el mantenimiento del modo de producción occidental con procedimientos que se ensayaron en Alemania bajo Hitler.

Por otra parte, si los secuestros y los asesinatos de funcionarios del orden público perpetrados por los GRAPO y por ETA tienen como objetivo primordial impedir la consolidación de las instituciones democráticas en España o la pacífica negociación de la autonomía para el País Vasco, la emboscada tendida al señor Moro parece destinada a tener repercusiones continentales. No es casualidad que se haya producido en la misma semana que el señor Andreotti presentaba ante la Cámara su programa de gobierno, por vez primera respaldado parlamentariamente por los votos comunistas, y que los electores franceses tienen que decidir la composición de la Asamblea y poder ejecutivo, tras una primera vuelta en que la izquierda ha salido -aunque mínimamente- ganadora.

En el nivel ideológico, este crimen puede ser atribuido, sin necesidad de otras hipótesis, a grupúsculos de extrema izquierda. Pero en el terreno propiamente político, la naturaleza de las cosas y la dirección de los acontecimientos hacen difícilmente concebible que esta sangrienta operación no cuente con las bendiciones y los apoyos de quienes desean impedir que los socialistas afronten sus responsabilidades de gobierno en Francia y que los comunistas italianos y galos pongan a prueba su credibilidad democrática.

La democracia europea, todos los partidos que la animan y la encarnan, se enfrenta desde hace años con la difícil tarea de defender el sistema de libertades y de gobierno representativo frente a sus enemigos mediante procedimientos que, a la vez, resulten eficaces y sean congruentes con el espíritu de las instituciones a las que se trata de salvaguardar. Es una tarea difícil. La impunidad de los criminales que, desde la extrema izquierda o la extrema derecha, de forma independiente o en connivencia con los servicios secretos de las grandes potencias, asesinan y destruyen para sembrar el odio y provocar la discordia, pondría en serio peligro la estabilidad del sistema democrático y el necesario apoyo que éstas precisan de instituciones, estamentos y grupos ideológicos y de intereses. Por el contrario, si las necesarias medidas para la defensa de la democracia tomaran prestados de sus enemigos los procedimientos y los métodos, podríamos asistir al progresivo deterioro de las libertades y del gobierno representativo; y, a través de esa insensible contrarrevolución pasiva, los secuestradores del señor Moro y los asesinos de los funcionarios del orden público en toda Europa terminarían por lograr lo que con sus crímenes no alcanzaron.

10 Mayo 1978

Algo más que un asesinato

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián Echarri)

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PESE A que las amenazas de las Brigadas Rojas nunca dejaron margen para dudar de su propósito de asesinar a Aldo Moro, la noticia de que el cadáver del presidente de la Democracia Cristiana ha sido abandonado por sus verdugos en el centro de Roma suscita una sensación de sorpresa dolorosa y de indignación incontenible.Los secuestradores habían mantenido al ex presidente del Gobierno italiano en cautiverio durante casi dos meses, habían logrado sembrar elementos de desunión en las filas del arco constitucional italiano, habían creado las condiciones para que el señor Moro -un hombre clave en el diseño de la estrategia democristiana y un cauto abogado de la eventual conveniencia del «compromiso histórico» con los comunistas- hubiera quedado fuera del juego político en el caso de ser liberado. Pero el logro de esos objetivos, que ha dado a los pocos centenares de miembros de ese grupúsculo la posibilidad de modificar durante 55 días el complejo paisaje político italiano, no era suficiente para los criminales. Frente a un poder público respaldado por millones de ciudadanos que ejercen su derecho al voto en el marco de una sociedad democrática, las Brigadas Rojas manifiestan con su asesinato su propósito de constituirse en contra-Estado y de arrogarse, sin más legitimación que su propio delirio, los atributos siempre temibles del poder.

Este infame crimen persigue metas específicas dentro de Italia. El blanco inmediato es torpedear la primera fase del «compromiso histórico» entre democristianos y comunistas, limitada por ahora a la formación de una mayoría parlamentaria que apoya al Gobierno monocolor de Andreotti, e impedir su prolongación en un Gobierno de coalición. Pero todavía más allá de ese objetivo concreto, las Brigadas Rojas, cuyo lenguaje se halla mucho más cerca del lenguaje de la vieja izquierda sectaria de obediencia estaliniana que de la nueva izquierda posterior a mayo de 1968, apunta contra los mecanismos de la vida democrática y a favorecer una involución hacia fórmulas autoritarias de poder. De esta situación, sólo la extrema derecha puede beneficiarse a corto plazo y de manera tangible; pero los dogmáticos delirantes de la extrema izquierda creen que, a la larga, ellos pueden ser .los únicos y definitivos ganadores de esa guerra.

El asesinato del señor Moro no puede, sin embargo, encuadrarse sólo en el ámbito de la política italiana. Cada vez va perfilándose con mayor nitidez, a escala europea, el diseño de esa pesadilla terrorista que pretende socavar la confianza popular en la capacidad de los Estados democráticos para mantener la paz y la tranquilidad ciudadanas. Las armas son el asesinato de funcionarios del orden público, el secuestro de dirigentes políticos o de grandes industriales y la creación de un clima de inseguridad en la calle.

Dos familias ideológicas, situadas en los extremos opuestos del espectro político, sirven de cantera, al parecer inagotable, para el reclutamiento de esas bandas asesinas que, independientes entre sí y movidas en el plano doctrinal por motivaciones de signo inverso, trabajan en la misma dirección y jamás -hecho notable y que merece la mayor atención- se combaten entre sí. Los grupos de la trama negra, que operan, sobre todo, en España y en Italia, sueñan con implantar el milenio que Hitler no pudo lograr; los grupos de la trama roja luchan por ese paraíso del proletariado cuya naturaleza real se ha puesto sobradamente de manifiesto en el Gulag. Pero unos y otros tienen en común el mismo adversario las instituciones de la democracia pluralista. Poco importa que los primeros las consideren una diabólica creación de la conspiración judeo-masónica, y los segundos, el fruto de la maléfica connivencia de los políticos burgueses y de los dirigentes reformistas. Lo decisivo es que unos y otros combaten contra el mismo enemigo: contra el derecho de los ciudadanos a decidir libremente en las urnas quiénes son los partidos y los grupos que los, representen en el Parlamento y en el Gobierno.

Pero el diseño no acaba con la descripción de esos grupos. Hay que preguntarse también por aquellos centros de decisión, nacionales e internacionales, que protegen, cubren o fomentan esas acciones. En este sentido, los criminales que hacen el juego sucio quizá sólo sean peones en manos de los auténticos protagonistas de los procesos desestabilizadores. No hay razón para creer que se trate de una estrategia movida, como en una novela de James Bond, desde un solo foco. Hay intereses internacionales contrapuestos entre sí y que operan de muy distinta forma, según los países. La hipótesis de que los conflictos en el Magreb están estrechamente relacionados con las sangrientas hazañas en el territorio español no sólo del MPAIAC, sin también de los GRAPO e incluso de ETA, tiene fundamentos dignos de examen. Eljuicio bufo celebrado en Argelia el pasado domingo, en el que FRAP, el terrorismo independiente canario, la CIA y los servicios secretos argelinos se dieron una sorprendente cita en las declaraciones de acusados y testigos, basta para confirmarlo. En Italia, el secuestro y asesinato del señor Moro ha podido tener influyentes padrinos en aquella o aquellas potencias que no desean, que el proceso de aproximación de democristianos y comunistas llegue hasta sus últimas consecuencias gubernamentales.

Todo este oscuro movimiento orientado hacia la desestabilización de la democracia europea tiene como trasfondo la grave recesión económica por la que atraviesan las sociedades desarrolladas, la crisis civilizatoria que la acompaña y el callejón sin salida en que se encuentran la mayoría de las alianzas y combinaciones políticas mediante las que han sido gobernadas las naciones del Mercado Común después de la segunda guerra mundial. El crecimiento del paro, la desorientación de las nuevas generaciones, la ausencia de claras alternativas al poder público, el aferramiento a valores ya periclitados y la inmadurez de los que están destinados a sustituirlos son algunos de los elementos que ayudan a dar algún sentido al absurdo y macabro hecho de que unos jóvenes quieran cambiar el rumbo de la historia mediante el asesinato de hombres como Moro.

09 Febrero 1979

Moro: ¿del terrorismo a los crímenes de Estado?

EL PAÍS (Director: Juan Luis Cebrián Echarri)

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LAS REVELACIONES del semanario italiano L’Espresso sobre el secuestro y asesinato de Aldo Moro no suministran, probablemente, todas las claves sobre este oscuro crimen. Sin embargo, las declaraciones del juez instructor del sumario de que al menos una parte de la información corresponde a la verdad invierten dramáticamente las perspectivas desde las que hasta ahora los medios oficiales y la opinión bien pensante consideraban el caso. Aun sin coincidir con las líneas que la sensacional información de Gianluigi Melega apunta, ya Leonardo Sciascia, uno de los hombres de letras que enlaza con la mejor tradición de lucidez y pasión por la verdad de la intelectualidad europea, había señalado, casi en solitario, la necesidad de una interpretación política global para entender el abominable crimen.Y fuera de Italia, las sospechas de que el terrorismo contemporáneo es alimentado y apoyado desde inverosímiles instancias de poder político y social adquieren pleno derecho de ciudadanía. No es la imaginación calenturienta de los periodistas, ni el gusto enfermizo por inventar conjuras, ni la voluntad consciente de mentir para inculpar al adversario, ni la propensión a la paranoia lo que mueve a rechazar muchas de las versiones oficiales acerca de esa «enfermedad del siglo» que es el terrorismo. Simplemente, es que los datos no encajan en las hipótesis simplistas a que nos tienen acostumbrados nuestros tutores.

En el debate televisivo del pasado lunes, los cuatro protagonistas del espacio coincidieron en dar por buena una notable tautología: los crímenes terroristas se explican porque los terroristas son unos criminales. Ese necio retroceso hacia la antropología del mal evita, naturalmente, cualquier planteamiento acerca de los efectos patógenos de la pobreza y de la miseria, de la ausencia o mediocridad de la enseñanza, de la socialización de los estereotipos autoritarios a través de la estructura familiar y productiva, del desempleo generalizado, etcétera.

La tendencia a explicar el crimen por la naturaleza demoníaca de su autor evita analizar las causas históricas y sociales que explican, aunque no justifiquen, dicho crimen. El derecho a la vida es el primero y básico de cualquier declaración de derechos del hombre. Pero impedir los asesinatos exige no sólo desarmar y detener a los que los realizan, sino erradicar también las causas de fondo que hacen posible las levas de homicidas. De otro lado, y esta es la enseñanza que se desprende directamente de la información de L’Espresso, la teoría del criminal, animalizado como perro o como hiena, es una tupida y maloliente cortina de humo detrás de la que pueden operar, con la mayor impunidad, los estrategas de los crímenes de Estado.

Algunos políticos se jactan de que España figura, hoy día, a la cabeza de los sistemas democráticos. Esa arrogante presunción puede ser rebajada en algunos grados, precisamente comparando la reacción del Estado y de la judicatura italianos en el «caso Moro» con la sorda pared edificada por el ministro español del Interior, que hizo pública la otra noche en Televisión sus bodas con el comisario Conesa hasta que su cese en la cartera los separe, ese mismo comisario tan eficaz, a quien, según informaciones publicadas y no desmentidas, el magistrado Cruz Cuenca telefoneó dos días antes de su muerte para comunicarle la hora en que acudiría a su despacho el día que lo asesinaron y solicitarle protección.

09 Enero 2023

El secuestro y asesinato de Aldo Moro, visto por uno de sus autores [Mario Moretti]

Sergio Zavoli

www.elsaltodiario.com

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Entrevista inédita en español a Mario Moretti, dirigente de las Brigadas Rojas, sobre el secuestro y asesinato de Aldo Moro. Moretti está en libertad desde mediados de los años 90.

A caballo entre finales de 1989 y principios de 1990, la televisión pública italiana emitía La notte della Repubblica [La noche de la República], un programa televisivo que, a lo largo de 18 capítulos, intentaba explicar y analizar la historia de los últimos veinte años en el país transalpino. Un periodo que abarca los famosos “años de plomo”, las tramas de la operación Gladio, la estrategia de la tensión y la expansión de la logia masónica P2. Todas ellas reacciones, quizás en parte, a los que fueron también los años de la gran ola revolucionaria y creativa, política y existencialque sacudió Italia y otros lugares, y del posterior “reflujo” contrarrevolucionario de los años 80.

Como sería de esperar, el punto de vista de la RAI, televisión estatal italiana, no abarcó toda aquella complejidad, quedándose en el “relato sobre la prueba más dramática que la sociedad civil y las instituciones italianas hayan enfrentado en la época republicana”, tal y como presentaba el documental el periodista Sergio Zavoli en el primer episodio. A pesar de esto, el programa tuvo el valor objetivo de incluir, sin filtros, voces externas al relato institucional, como la de Mario Moretti, dirigente de las Brigadas Rojas desde 1971 hasta su arresto por la policía italiana en 1981. Otros destacados personajes entrevistados a lo largo de las casi 45 horas de duración del documental fueron Pietro Valpreda (militante anarquista), Stefano delle Chiaie (fundador de Vanguardia Nacional), Mario Capanna (dirigente del movimiento del 68 y del partido Democracia Proletaria), distintos miembros de las Brigadas Rojas, varios agentes de los servicios secretos italianos, Toni Negri (militante y teórico de la autonomía obrera), Valerio Fioravanti y Francesca Mambro (militantes neofascistas) y Giulio Andreotti (seis veces ministro y tres veces presidente del gobierno por la Democracia Cristiana).

En estos días en que, a colación de la miniserie italiana Exterior Noche (Marco Bellocchio, 2022), se vuelve a debatir sobre la historia del secuestro y asesinato de Aldo Moro, ocurrido entre marzo y mayo de 1978, nos parece interesante aportar voces que expliquen mejor el contexto y la interpretación de aquella historia. Por eso hemos transcrito y traducido integralmente la entrevista que Sergio Zavoli realizó a Mario Moretti, uno de los “carceleros” de Moro, incluida en el duodécimo episodio de La notte della Repubblica, que fue retransmitido el 28 de febrero de 1990.

Usted interrogaba y otra persona, Moro, respondía. ¿Es más fácil hacer preguntas o dar respuestas?
Es más fácil conversar.

Moretti, usted está en prisión desde hace nueve años y ha sido condenado a seis cadenas perpetuas. Si no estuviese en prisión, ¿se dispondría a responder de forma distinta a las preguntas que estoy a punto de hacerle? Y, en caso afirmativo, ¿por qué?
Absolutamente no. Lo que le diré será exactamente lo que pienso.

Si tuviese enfrente a Eleonora Moro [esposa de Aldo Moro, N. del T.], ¿qué le diría?
La escucharía. Creo que tiene derecho a decir todo lo que quiera, pero creo también que Eleonora Moro habrá encontrado la explicación a todo lo sucedido en el hecho de que su marido era el presidente de la Democracia Cristiana. De otro modo no sería capaz de explicarse lo que ocurrió.

Pero en un país democrático, en un Estado de Derecho, ser presidente de la Democracia Cristiana no implica fatalmente el destino de ser asesinado.
No, claro, pero las razones por las cuales aquello ocurrió se encuentran, de alguna forma, en el papel que cada uno de nosotros asumió. Quiero decir que, si se acepta y se consigue entender que en Italia estaba teniendo lugar un enfrentamiento social… Desde ese punto de vista es posible encontrar las distintas claves de la historia…

[Interrumpiéndolo] Discúlpeme: eso han de aceptarlo los demás, pero usted, ¿qué estaría dispuesto a aceptar que le dijera Eleonora Moro en ese hipotético encuentro?
Todo, todo lo que tuviera que decirme. Para mí podría ser incluso importante, me parecería bien que se matara al personaje Moretti, es un personaje creado por los medios que para mí no tiene la más mínima importancia, porque Moretti, la persona, quien me conoce sabe que es distinta. Puesto que no tengo intenciones personalistas o políticas, por ahora, creo que me encuentro, como muchos otros compañeros, en una posición de reflexión, de escucha y de observación atenta de la realidad, más que en la posición de alguien que tiene algo que decir sobre cómo va el mundo. Así que, con ánimo totalmente sereno, estaría dispuesto a hablar con cualquiera que haya sufrido un dolor tan profundo como la pérdida de una persona con la que se ha vivido durante muchos años compartiendo emociones intensas.

¿Es eso lo que le diría a Eleonora Moro?
Si creyese que tiene que completar… Si ella sintiese la necesidad de evaluar como una experiencia personal lo que ha sido una historia que claramente nos ha implicado a todos…

Traducción inédita de Pedro Castrillo
9 ene 2023 05:31
Contra el silencio y el genocidio
Hasta el 31 de octubre, hazte socio/a con el 50% de descuento y dona a la agencia de refugiados palestinos de la ONU para salvar vidas en Gaza.
¡Hazte socia, actúa, dona!

A caballo entre finales de 1989 y principios de 1990, la televisión pública italiana emitía La notte della Repubblica [La noche de la República], un programa televisivo que, a lo largo de 18 capítulos, intentaba explicar y analizar la historia de los últimos veinte años en el país transalpino. Un periodo que abarca los famosos “años de plomo”, las tramas de la operación Gladio, la estrategia de la tensión y la expansión de la logia masónica P2. Todas ellas reacciones, quizás en parte, a los que fueron también los años de la gran ola revolucionaria y creativa, política y existencialque sacudió Italia y otros lugares, y del posterior “reflujo” contrarrevolucionario de los años 80.

Como sería de esperar, el punto de vista de la RAI, televisión estatal italiana, no abarcó toda aquella complejidad, quedándose en el “relato sobre la prueba más dramática que la sociedad civil y las instituciones italianas hayan enfrentado en la época republicana”, tal y como presentaba el documental el periodista Sergio Zavoli en el primer episodio. A pesar de esto, el programa tuvo el valor objetivo de incluir, sin filtros, voces externas al relato institucional, como la de Mario Moretti, dirigente de las Brigadas Rojas desde 1971 hasta su arresto por la policía italiana en 1981. Otros destacados personajes entrevistados a lo largo de las casi 45 horas de duración del documental fueron Pietro Valpreda (militante anarquista), Stefano delle Chiaie (fundador de Vanguardia Nacional), Mario Capanna (dirigente del movimiento del 68 y del partido Democracia Proletaria), distintos miembros de las Brigadas Rojas, varios agentes de los servicios secretos italianos, Toni Negri (militante y teórico de la autonomía obrera), Valerio Fioravanti y Francesca Mambro (militantes neofascistas) y Giulio Andreotti (seis veces ministro y tres veces presidente del gobierno por la Democracia Cristiana).

En estos días en que, a colación de la miniserie italiana Exterior Noche (Marco Bellocchio, 2022), se vuelve a debatir sobre la historia del secuestro y asesinato de Aldo Moro, ocurrido entre marzo y mayo de 1978, nos parece interesante aportar voces que expliquen mejor el contexto y la interpretación de aquella historia. Por eso hemos transcrito y traducido integralmente la entrevista que Sergio Zavoli realizó a Mario Moretti, uno de los “carceleros” de Moro, incluida en el duodécimo episodio de La notte della Repubblica, que fue retransmitido el 28 de febrero de 1990.

Usted interrogaba y otra persona, Moro, respondía. ¿Es más fácil hacer preguntas o dar respuestas?
Es más fácil conversar.

Moretti, usted está en prisión desde hace nueve años y ha sido condenado a seis cadenas perpetuas. Si no estuviese en prisión, ¿se dispondría a responder de forma distinta a las preguntas que estoy a punto de hacerle? Y, en caso afirmativo, ¿por qué?
Absolutamente no. Lo que le diré será exactamente lo que pienso.

Si tuviese enfrente a Eleonora Moro [esposa de Aldo Moro, N. del T.], ¿qué le diría?
La escucharía. Creo que tiene derecho a decir todo lo que quiera, pero creo también que Eleonora Moro habrá encontrado la explicación a todo lo sucedido en el hecho de que su marido era el presidente de la Democracia Cristiana. De otro modo no sería capaz de explicarse lo que ocurrió.

Pero en un país democrático, en un Estado de Derecho, ser presidente de la Democracia Cristiana no implica fatalmente el destino de ser asesinado.
No, claro, pero las razones por las cuales aquello ocurrió se encuentran, de alguna forma, en el papel que cada uno de nosotros asumió. Quiero decir que, si se acepta y se consigue entender que en Italia estaba teniendo lugar un enfrentamiento social… Desde ese punto de vista es posible encontrar las distintas claves de la historia…

[Interrumpiéndolo] Discúlpeme: eso han de aceptarlo los demás, pero usted, ¿qué estaría dispuesto a aceptar que le dijera Eleonora Moro en ese hipotético encuentro?
Todo, todo lo que tuviera que decirme. Para mí podría ser incluso importante, me parecería bien que se matara al personaje Moretti, es un personaje creado por los medios que para mí no tiene la más mínima importancia, porque Moretti, la persona, quien me conoce sabe que es distinta. Puesto que no tengo intenciones personalistas o políticas, por ahora, creo que me encuentro, como muchos otros compañeros, en una posición de reflexión, de escucha y de observación atenta de la realidad, más que en la posición de alguien que tiene algo que decir sobre cómo va el mundo. Así que, con ánimo totalmente sereno, estaría dispuesto a hablar con cualquiera que haya sufrido un dolor tan profundo como la pérdida de una persona con la que se ha vivido durante muchos años compartiendo emociones intensas.

¿Es eso lo que le diría a Eleonora Moro?
Si creyese que tiene que completar… Si ella sintiese la necesidad de evaluar como una experiencia personal lo que ha sido una historia que claramente nos ha implicado a todos…

El problema político estaba siendo completamente ignorado. Se trataba de una decisión política táctica que, por así decirlo, Moro entendió enseguida. Entonces se sintió perdido, porque lo entendió todo

¿Y del hombre Moro, de su marido, le hablaría?
Resulta siempre muy difícil separar la historia política de la historia personal. Además, yo creo que el hombre Moro no era, al fin y al cabo, muy distinto del político Moro. No se le hace honor cuando se separan totalmente esas dos dimensiones. Moro vivió siempre siguiendo sus principios, creo. Vivió, se comportó… Fue nuestro adversario, tuvo un papel importante en el enfrentamiento, ese fue el contexto en el que nos relacionamos…

[Interrumpiéndolo] Cuando estaba en vuestras manos, no era un adversario, sino un prisionero.
Sí, claro, pero su papel fue siempre dominante.

Un papel que le disteis vosotros.
Estamos hablando de un hombre que está en un grave problema, en un lío enorme, es decir, político. Sabe que se encuentra dentro de un conflicto enorme y él tenía una forma de resolver ese conflicto. Existe un modo humanitario de afrontar este tipo de problemas que no pone en cuestión la integridad del Estado, y que no hace que el Estado claudique, y que tampoco implica negociación alguna. Es siempre difícil, cierto, pero hay que buscar, encontrar ese modo de resolución. Nosotros proponíamos un enfrentamiento con el Estado, una alternativa global a la Democracia Cristiana, al sistema, imagínese si íbamos a ceder en esas cosas. La negociación sobre ese plano, sobre el plano general, político e ideológico, era totalmente impensable. Sobre el hecho específico, en cambio… La captura, el secuestro del presidente de la Democracia Cristiana y que, por otro lado, en las cárceles italianas había presos políticos… Les dijimos: “Señores, encuentren ustedes un camino, reconozcan este hecho, encontremos una forma…”. Y entonces ocurre que Moro les propone a los suyos esa línea política, que tiene referentes históricos, en el pasado reciente, incluso de la Democracia Cristiana y del gobierno. Y Moro sostuvo con gran dignidad y fuerza esa posición suya. Pero sus posiciones, no digo que no fueran recibidas positivamente: es que no fueron ni siquiera tomadas en consideración, según lo que decían los periódicos. Llegó a escribirle una carta al Papa en la que hacía alusión a una relación personal, a un proyecto común durante los años de juventud, a la militancia en la FUCI [Federación Universitaria Católica Italiana], a la visita privada que realizó con sus familiares al pontífice, pidiéndole prácticamente… Cómo decirlo: una intervención equilibradora dentro de un gran conflicto y un gran enfrentamiento, una intervención mediadora entre fuerzas institucionales no precisamente homogéneas, y en cualquier caso bloqueadas. Y tras haber pedido eso ve que le contestan: “Hombres de las Brigadas Rojas, liberadlo”, así, sin ninguna condición. El problema político estaba siendo completamente ignorado. Se trataba de una decisión política táctica que, por así decirlo, Moro entendió enseguida. Entonces se sintió perdido, porque lo entendió todo. Yo, en cambio, no tengo ni idea de lo que ocurre en Palacio. Ha sido una de nuestras peores lagunas en todos estos años. Nuestra ignorancia sobre Palacio nos llevó a interpretaciones exclusivamente ideológicas de ciertos mecanismos. Nosotros, decía, no sabíamos nada, pero Moro sí. Moro sabía todo de Palacio, y así era capaz de interpretar el significado auténtico de la carta del papa: se había tomado una decisión, una decisión sellada, sin posibilidades de modificación. En ese sentido, en aquel momento, lo reconozco, simpaticé muchísimo con aquel hombre.

Volvamos a la señora Moro y a ese hipotético encuentro.
Claramente intentaría evitar discursos políticos… Porque cada cual tiene su forma de ver desde el punto político esta historia.

Esta tragedia.
Sí, claro, una tragedia en la que todos estuvimos implicados. Yo reconozco que se trata de una tragedia real, auténtica, de este país, estoy de acuerdo. Pero creo que… El hecho de que Moro nos pidiera una Biblia. Era un auténtico creyente. Entonces no le dimos ningún significado, pero probablemente Eleonora Moro sí sabe darle un significado, porque su marido se lo daba.

¿Usted permitió que le compraran la Biblia?
Sí. Le dimos todo lo que pidió. Lo decidí yo, obviamente junto con los demás. Cualquier cosa que pidiera, la Biblia incluida. Al fin y al cabo, tenía que ver con su fe religiosa. Tengo un respeto total por esas cosas.

¿Y fue usted quien se la entregó?
No se lo puedo decir porque no me acuerdo. Pero también porque el papel de cada uno de nosotros, en esta historia, aún hoy corre el riesgo de ser interpretado como virtudes y culpas, como responsabilidades jurídicas, como responsabilidades penales. Lo único que puedo admitir respecto a todas las actuaciones de las Brigadas Rojas, incluido el caso Moro, es que participé en ellas de forma absoluta.

¿Qué más pidió Moro?
Mucho papel para escribir. Escribió mucho, y fue poco escuchado.

Se ha hablado mucho del 16 de marzo de 1978, una fecha que coincidía con la proclamación del gobierno de solidaridad nacional presidido por Giulio Andreotti [formado únicamente por ministros de la Democracia Cristiana, pero aprobado gracias a la “no oposición” del Partido Comunista Italiano, por entonces segundo partido a muy poca distancia de la Democracia Cristiana, N. del T.]. La pregunta es: ¿La operación de Via Fani tuvo lugar aquel día, entre otras cosas, para influir sobre el voto en el parlamento o no?
No, la coincidencia con la proclamación del gobierno fue totalmente fortuita. No lo fue el hecho de que aquella operación se encontrase dentro de una propuesta totalmente alternativa a todos aquellos que creían que el progreso en Italia estaba ligado a un cambio político conocido como “solidaridad nacional”. Eso no, eso no fue fortuito, porque el proyecto cristalizó en aquellas semanas, en aquellos meses. Un proyecto que habría derivado en graves problemas para nuestro país.

¿Moro fue elegido como objetivo porque otros representantes democristianos os parecían más protegidos o hubo otros motivos?
El motivo fue la figura emblemática de Aldo Moro. No creo que la historia política de este país admita cualquier otra explicación.

No obstante, se sabe que las Brigadas Rojas estudiaron la posibilidad de secuestrar a Andreotti, y también al senador Fanfani. Franceschini [dirigente y cofundador de las Brigadas Rojas, N. del T.], por ejemplo, nos ha contado que estuvo siguiendo a Andreotti, que vino a Roma precisamente para conocer sus hábitos.
Que yo sepa, mucho antes del 78 se realizó alguna que otra investigación sobre Andreotti, investigaciones de tipo técnico-militar. Más o menos todos saben dónde vive Andreotti. Pero al final la cosa no fue a más.

¿Y en cuanto tiempo pusisteis a punto el proyecto?
Muchos meses. Muchos meses… Era una operación extremadamente compleja, necesitaba de distintas fases.

Así que usted era el jefe de las BR…
No, era uno de los dirigentes. No existe el jefe de las Brigadas Rojas, nunca ha existido, no soy yo. No existe un jefe de las Brigadas Rojas. Yo era uno de los dirigentes de una estructura que sí, estaba centralizada, pero que no tenía relaciones jerárquicas.

No obstante, en la historia del secuestro, cautiverio y asesinato de Aldo Moro, usted tuvo un papel protagonista. ¿Se reconoce en todo o solo en parte de lo que ocurrió?
¿En el papel de protagonista? Bueno, aquella operación la gestionó directamente el comité ejecutivo, es decir, la estructura más alta de la organización, de la que formaban parte compañeros perfectamente identificables. Todas las decisiones se tomaron en el comité ejecutivo y aquellas de carácter más general, que implicaban elecciones importantes, en la dirección estratégica, esto es, en un comité más amplio. La decisión de poner fin a la operación y la forma en la que se hizo fue tomada por toda la organización, hubo una consulta general. Bueno, nadie levantó la mano, porque esas modalidades no son adecuadas para una organización clandestina, donde se escuchan todas las opiniones.

En un cierto momento, durante el cautiverio de Moro, con el horizonte de una negociación y, por tanto, de un intercambio, salió el nombre del miembro de los NAP [Núcleos Armados Proletarios] Alberto Buonconto. Teóricamente debía representar la famosa “medida por medida” indicada por Moro, esto es, el intercambio de uno por uno. El cerebro electrónico del Ministerio del Interior, por su parte, había seleccionado además el nombre de Paola Besuschio [brigadista en prisión desde 1975, N. del T.]. ¿Cómo fue posible que dejarais pasar ambas oportunidades?
En realidad se dijeron muchas cosas, ese fue el auténtico problema, que el sistema político reaccionó bloqueándose. Todos daban su opinión. Algunos propusieron que se declarara el Estado de guerra, otros que se instaurara la pena de muerte, alguno señaló a Cáritas como interlocutor de no se sabe bien qué. Todos excluían todo y todos decían de todo. Yo estoy de acuerdo en que, tras una decisión lúcida desde un punto de vista general, lo que más tarde se llamaría “la decisión de la firmeza”, hubo también una gran confusión por parte de quienes tenían que tomar decisiones. Nuestra demanda era que, sobre la cuestión de los presos políticos, alguien diese, cómo decirlo, una respuesta de carácter político. Nos paramos a escuchar lo que se decía y solo oímos una gran confusión. Mi convicción personal es que hasta el último momento, si hubiese intervenido una voz autorizada con la intención de buscar una solución distinta, se habría desbloqueado todo, inmediatamente. Si hubiesen existido responsables políticos que hubiesen identificado soluciones distintas —de esto estoy completamente seguro—, una iniciativa en esa dirección desde el otro lado habría producido como poco un “todos quietos”.

Pero vuestra demanda de claridad era implícita, esto es, una suerte de chantaje o, en cualquier caso, de condiciones inaceptables, porque conllevaba el reconocimiento político de las BR.
Se trata de una cuestión que, en mi opinión, quedará sin resolver eternamente… Es decir, el enfrentamiento social planteado en esos términos, probablemente no tiene solución y, de hecho, no la tuvo.

Así que la presunta falta de claridad por parte del Estado, de alguna forma, coincidía con vuestros intereses.
No, nuestro interés era desarrollar una estrategia capaz de involucrar, y por tanto de construir, lo que llamábamos un “poder proletario armado”. En esa dinámica, el enfrentamiento con el Estado era inevitable, y por eso pensábamos que la estrategia de la lucha armada era la única posible, digamos, la única capaz de dar y de mantener una perspectiva para el movimiento de aquellos años, para sus expectativas, sus esperanzas, y también, por qué no, para sus utopías.

Y a pesar de eso hubo un momento en que la solución del intercambio con el miembro de los NAP Alberto Buonoconto estuvo sobre la mesa.
Si fue así, no nos dimos cuenta. Nosotros nos encontramos ante un bloque muy rígido respecto a la posibilidad de llegar a una mediación de carácter político.

Y, no obstante, una solución de tipo humanitario, esto es, una línea de negociación, se había puesto sobre la mesa.
Es posible que ya en aquel momento hubiese alguien capaz de ver la posibilidad… De afrontar cuestiones de ese tipo con más flexibilidad, esto es, de encontrar una mediación de carácter político. Creo que posteriormente prevaleció esa línea respecto a la que, en tiempos del caso Moro, se llamaba “línea de la firmeza”. Fue la ocasión en que se cerró la cárcel especial de la Asinara, la operación D’Urso, con todo lo que aquello significó [en 1980, tras una revuelta de presos políticos y el secuestro del juez Giovanni D’Urso por parte de las Brigadas Rojas, distintos partidos, movimientos sociales e intelectuales se movilizaron a favor de una negociación, N. del T.]. En aquella ocasión, la mediación fue posible.

Fue posible también, aunque de formas menos confesables, para Cirillo.
Eso parece.

¿La conclusión prevista del secuestro de Moro era su muerte o no?
Creo que en aquellas condiciones era muy difícil tomar una decisión distinta de la que tomamos. Pero no porque hubiésemos decidido a priori concluir el secuestro de aquella manera. Las cosas se pusieron de tal forma que todos tuvimos que asumir enormes responsabilidades, algunas de carácter general, respecto al gobierno del país. Porque es allí donde se jugó todo.

¿Y por qué, si es cierto como dice usted que por parte del Estado no hubo claridad, no llegasteis a pedirla explícitamente?
Eso quizás no fue entendido correctamente: el problema que planteábamos era de reconocimiento, es decir, que existía una cuestión abierta, que había presos políticos.

Se ha hablado mucho del estado de coacción en el que Moro escribió sus cartas. ¿Fue así?
No, absolutamente no. Para nada. Existía una condición objetiva, de cautiverio, sin duda, y eso colocaba a Moro en una situación muy particular. Lo escribió más de una vez. Su pensamiento puede verse con mucha claridad. No escribió solo una frase, escribió cartas enteras, a muchos personajes distintos, y en ellas explica la modalidad política de afrontar la contradicción.

No me negará que las BR estaban interesadas en que aquellas cartas fuesen escritas y enviadas, y en que esto se realizara rápidamente.
Sí, claro. Faltaría más. Moro tenía el siguiente punto de vista sobre la cuestión… Obviamente no estaba de acuerdo con la destrucción de la Democracia Cristiana, que era lo que nosotros planteábamos como línea estratégica. En eso diferíamos. Pero sobre la cuestión de los presos, Moro planteaba un tipo de juicio, de perspectiva, que había sido ya experimentada en otros casos; el de los palestinos, por ejemplo, que incluía la posibilidad de una mediación. Moro estaba interesado tanto en la perspectiva política como en la ejecución de una solución concreta.

¿Con qué estado de ánimo escribía Moro sus cartas, según lo que usted recuerda?
Bueno, era el estado de ánimo de quien encara una cuestión delicada, de quien está preocupado por las dificultades de encontrar una solución. Pero su estado de ánimo también era de esperanza. En sus cartas lo deja ver, se lo escribe a su mujer.

¿Os enseñaba las cartas por voluntad propia o le exigíais leerlas?
Moro era una persona inteligente, sabía perfectamente que las habríamos leído. Escribió lo que quería escribir. Por nuestra parte, le hacíamos saber si considerábamos que tenía que ir en una cierta dirección. Moro creía que la cuestión de los presos políticos se podía resolver, esa era su línea fundamental. Esto es, que era posible encontrar una vía de mediación, y lo intentó de verdad.

¿Usted fue el único que lo interrogó?
Soy una de las personas que se sienten responsables de todo lo que ocurrió en aquel periodo y también de lo que le ocurrió a Moro.

Concretamente, ¿qué esperaba que dijera Moro?
No sabría decirle. En aquellos años habíamos identificado distintas tramas. Quizás nos esperábamos aclaraciones. Siéndole totalmente sincero: o no existían aclaraciones posibles o Moro se las guardó para él.

¿Lo que se conoce de aquellos interrogatorios es todo lo que os dijisteis o hay algo más, en alguna parte? Y, en caso afirmativo, ¿dónde?
Todo lo que teníamos fue publicado. Lo comunicamos todo, no hay nada que mantuviéramos en secreto. No había entonces ninguna razón para hacerlo, y tampoco la hay hoy en día.

¿Grabasteis vuestras conversaciones?
Sí, fueron grabadas y transcritas. Y luego todo aquello fue destruido.

¿Destruido dónde y por quién?
No hay duda de que fue destruido. Eso lo sé con certeza. Pero no puedo, se lo repito… Verá, por desgracia sé que me deja en mal lugar, pero esos detalles, y muchísimos otros, no tendría ningún problema en aclararlos, porque son banalidades que no alteran en nada el análisis histórico y político del episodio y de la historia de las Brigadas Rojas, no añadirían nada significativo…

¿Y entonces?
Entonces, ¿cuál es el problema? Pues que cada una de esas especificaciones, casi seguro llevaría a otras personas a la cárcel, porque esta historia ha acabado políticamente, pero no jurídicamente.

Por eso aquel material fue destruido por las BR.
Sí, sí, lo destruyeron las BR, las cintas grabadas sin duda las destruyeron las BR. Pero luego, si alguien, no las Brigadas Rojas, hizo desaparecer algo más, no me lo pregunte a mí, yo no lo sé. Porque eso está ocurriendo: se nos pide a mí y a las Brigadas Rojas explicaciones sobre desapariciones, ocultaciones y…

[Interrumpiéndolo] Pero si ese material estaba custodiado por las Brigadas Rojas y fueron las Brigadas Rojas las que lo destruyeron, y ahora usted dice que si quedó algo, alguien debe saber algo, alguien que no es de las Brigadas Rojas, ¿quién es ese alguien?
Esa es una buena pregunta. Por desgracia, he de ser brutalmente sincero. En un cierto momento, cae la base de las Brigadas Rojas de Via Monte Nevoso, en Milán. Allí teníamos material, custodiado pésimamente si tenía que ser algo secreto: la copia escrita a mano de todo lo que Moro había escrito, que había que preparar para su publicación, para su impresión. Así que era de todo menos secreto. Eso es lo que se hacía en aquella base. Alguien dice que se hizo desaparecer parte de aquel material, ¿pero qué puedo saber yo? Pregúnteselo a quienes confiscaron aquel material.

El 18 de abril un presunto comunicado brigadista anunciaba la muerte “por suicidio” de Aldo Moro y difundía la noticia de que su cuerpo había sido lanzado al Lago de la Duquesa, que en aquellos días estaba completamente cubierto de hielo, como también usted recordará. Se ha hipotetizado, desde diferentes lugares, creo que en parte con fundamento, que aquel documento, claramente falso, había sido escrito por hombres de los servicios secretos y miembros de la P2 con el objetivo de simular la muerte de Aldo Moro y verificar así el impacto del anuncio en la opinión pública. Una suerte, en pocas palabras, de macabro ensayo general. ¿Cómo comentasteis aquel hecho?
Exactamente como ha dicho usted: que era un ensayo general ejecutado por alguien que quería forzar las cosas. Porque con el anuncio de la muerte se movilizaba a la opinión pública, creando un clima del cual era muy difícil salir. Se utilizó como provocación, me parece bastante evidente. Las Brigadas Rojas publicaron enseguida una foto que demostraba exactamente lo contrario, y eso puede ser una prueba de nuestra voluntad de buscar soluciones y no de acelerar conclusiones.

Hace poco, cuando le he preguntado si Moro escribía sus cartas bajo coacción, usted lo ha negado decididamente. No obstante, Moro escribió: “Me encuentro bajo un dominio total e incontrolado, sometido a un juicio popular que puede ser oportunamente controlado.”
Con esas palabras, Moro estaba diciendo, simplemente: “Detrás de las Brigadas Rojas no hay nadie. Es inútil que vayáis a buscar nada por detrás”. Esto porque imaginaba, conociendo bien el Palacio, que en aquellos momentos se estarían moviendo los servicios secretos, que estos habrían barajado todas las tramas posibles e imaginables, incluidas aquellas en las que la solución había que buscarla con quienes estaba por detrás. Cuando Moro decía “me encuentro bajo un dominio total e incontrolado”, quería decir: “Podéis estar seguros de que a las Brigadas Rojas no las controla nadie”. Esto se lo digo sin ninguna duda, tuve la posibilidad de aclararlo directamente con Moro.

Antes de la entrevista, usted me ha dicho que ha sido, por así decirlo, perseguido por una insoportable sospecha. Una sospecha que nunca ha sido formulada explícitamente, y que está más o menos cargada de malicia, de prejuicios, de malevolencia. Se trata de la sospecha de que usted haya cumplido, dentro de las BR, un papel ambiguo, un papel que un conspiracionista más o menos sugestionable podría definir como “transversal”. Aquí usted tiene la oportunidad y el espacio para aclararlo: ¿Cómo reacciona ante esa sospecha de ambigüedad, de “transversalidad”?
Con mucha serenidad y mucha tranquilidad. Me doy cuenta de que, a través de esa acusación, se pretende atacar la idea de autenticidad de las Brigadas Rojas. La tesis según la cual las Brigadas Rojas fueron maniobradas desde fuera es una tesis que les gusta a quienes no soportan la idea de que en este país hayan ocurrido ciertos hechos, de que se hayan tomado ciertas iniciativas, de que se hayan preparado ciertos proyectos políticos externos a los juegos de Palacio. El Palacio ha tenido sus tramas ocultas y transversales. La historia de la P2 nos ha enseñado muchas cosas. La P2 ha actuado transversalmente a todas las instituciones del Estado. Es un hecho, no lo digo yo, y no estoy acusando a nadie en concreto porque no tengo los medios para hacerlo. Pero la presunta transversalidad de mi acción dentro de las Brigadas Rojas es un ataque que no me afecta lo más mínimo. Los compañeros me conocen, son 15 años de militancia en las Brigadas Rojas, así que esas acusaciones no me merecen la más mínima atención.

¿Por qué es precisamente usted el objeto de esa sospecha, sino directamente de esa acusación?
Porque he sido dirigente de las Brigadas Rojas durante muchísimos años, prácticamente desde su nacimiento, desde principios de los años 70 hasta mi arresto en el 81. Por eso, si hay que elegir un personaje a demonizar, tiene sentido, soy un personaje que ha pasado muchos años dentro de la organización.

Y si decimos que esa sospecha proviene también desde dentro de las BR, ¿cambia su reacción?
Absolutamente no, porque tengo muchos compañeros en las Brigadas Rojas, gente con la que he compartido la vida durante muchos años. Es un problema que para mí no existe. Existe como problema político, eso sí, como problema de interpretación de un fenómeno. Lo del personaje Moretti transversal, maniobrado, que maniobra a su vez a todos los demás, es una invención estructural para cuestionar la autenticidad de un fenómeno, del hecho que las BR han sido una experiencia compleja, producto de un movimiento real.

¿Es posible que esa acusación, o esa manipulación, tenga como punto de referencia las divergencias, las fricciones, entre usted y algunos de sus compañeros sobre la interpretación de algunas cuestiones relativas a las operaciones de las BR?
Mire, la diversidad de ideas, de puntos de vista, en las Brigadas Rojas, ha sido desde siempre muy legítima y también muy amplia. Todas las decisiones se debatían muchísimo, hubo siempre un debate político largo y profundo cuando había que tomar cualquier decisión, desde la más operativa a la más estratégica, pasando por todas aquellas de carácter táctico. En realidad, sobre ese plano, todos estaban al corriente de todo, y no solo eso, además todos estaban involucrados en la producción de ideas y sugerencias, y en la organización de lo que más tarde se convertiría en la práctica política de las Brigadas Rojas. No había forma de que todo aquello pudiese ser maniobrado desde fuera. La diversidad y el debate formaban parte del proceso de determinación de la voluntad y de las elecciones tomadas y ejecutadas por las Brigadas Rojas. Dicho esto, no sé a qué se refiere usted cuando habla de fricciones.

Por ejemplo, sobre la posibilidad de matar o no a Aldo Moro.
Aquella fue una decisión política extremadamente importante. Creo que nunca hubo una decisión más dura que aquella, en las Brigadas Rojas, pero tampoco hubo ninguna otra, creo, tan prácticamente unánime.

Volveremos luego sobre ese tema. Se ha dicho y escrito que la libertad de Moro habría beneficiado mucho más que su muerte a la causa de las Brigadas Rojas. Si eso es cierto, ¿por qué fue asesinado?
Lo que yo sé es que la organización, de forma prácticamente unánime, tomó esa decisión. Había compañeros que no estaban de acuerdo, pero tampoco se puede hablar de mayorías o minorías, porque prácticamente toda la organización se pronunció positivamente en aquel sentido. Políticamente, se trataba de una elección que, llegados a ese punto, era obligada. A menos que, como decía antes, una intervención in extremis no hubiese introducido una modificación de la situación, aunque hubiese sido pequeña.

En su opinión, ¿Moro llegó a creer en algún momento, con seguridad, que había salvado la vida o, por el contrario, que estaba ya condenado?
Moro sabía que se encontraba en una situación dificilísima. Por un lado, aquella situación estaba determinada por las Brigadas Rojas —había entendido la naturaleza de las Brigadas Rojas, su no maniobrabilidad— y, por otro lado, se encontraba ante un sistema político que no le daba respuestas sobre la dirección política que él planteaba. El momento en el que se sintió perdido fue cuando leyó la carta de Pablo VI. En ese momento, razonando políticamente, entendió que se había solidificado una firmeza absoluta al otro lado.

Moretti, estamos llegando al final de esta entrevista. Las consultas con sus compañeros, las órdenes, los acuerdos, los roles, y todo lo demás. Descríbame, si puede, los últimos momentos de la operación.
No puedo.

¿Moro sabía que iba a morir? Y si no se le anunció, ¿de quién o de qué dependió?
Moro siempre fue consciente de todo el desarrollo de la operación, desde el principio hasta el final. Todo lo que se hizo, que tuviese que ver directamente con él, Moro lo sabía.

¿Puede darme una respuesta más clara, más explícita? ¿Moro sabía que iba a ser asesinado o no?
Sabía que la decisión que íbamos a tomar era obligada, llegados a ese punto. Fue perfectamente consciente de esa situación.

¿Se hizo algo para que Moro creyese que habría salvado la vida?
Se lo repito, no nos ensañamos con él de ninguna forma, ni física ni psicológicamente. Por lo menos, lo repito, en lo que respecta a mis responsabilidades. No dejamos espacio a ensañamientos con el prisionero, ni siquiera de tipo psicológico.

¿Quiere contarme el momento en que usted introdujo aquella ficha en aquella cabina telefónica [para realizar la llamada en la que se daba un ultimátum para abrir una línea de negociación, N. del T.]?
Hay poco que decir. Más que aquella ficha, lo importante fue la espera durante las horas sucesivas, vamos, el tiempo que estuvimos esperando a que algo ocurriera. No ocurrió nada.

¿Es cierto que le dio una ficha a Moro? Y si es verdad, ¿por qué?
No, es falso.

Una vez ocurrida la tragedia, después de que todo pasara, ¿se ha sorprendido alguna vez pensando en qué le había quedado, humanamente, de Moro? ¿Qué le marcó de su encuentro con él?
Por muy fuerte que fuera el papel del personaje, la persona lo era mucho más, y no se la puede reducir a aquello.

Por hablar claro, ¿ha tenido alguna vez nostalgia del Moro vivo?
Una historia política no admite arrepentimientos de ese tipo, entre otras cosas porque nunca mataría a una persona, lo considero algo… Se me crea o no, no me importa, es así. No soy capaz de imaginármelo. No obstante, esta ha sido mi vida, no puedo tener otra. Y, por desgracia, tampoco soy un actor.

¿Qué balance hace de aquel periodo? ¿Puede indicar un día, una hora, una situación, un estado de ánimo, que le llevara a sentir que la batalla de las BR estaba perdida?
Yo estoy convencido de que las Brigadas Rojas, de que nuestra experiencia está agotada. No obstante, puesto que no soy capaz de razonar en términos de vencedores y vencidos, sino en términos de un enfrentamiento que ha producido ciertas transformaciones, puedo decir que muchas de nuestras iniciativas no tuvieron éxito. Pero el agotamiento del Movimiento y, junto a él, de las Brigadas Rojas, no ha ocurrido en un día, ha ocurrido a lo largo de muchos años. A finales de los años 80 ha resultado evidente que, a pesar de todos nuestros esfuerzos, nuestra actividad producía solo división, rupturas, que había dejado de producir respuestas posibles, practicables, a nivel de movimiento, a nivel de una sociedad que se había transformado. Así, la experiencia se agotó. Yo no me di cuenta en un momento preciso, pero sí es cierto en un momento dado, junto con otros compañeros, asumimos esa realidad y, con responsabilidad, les dijimos a todos: “Queridos compañeros, por lo que respecta a nuestra capacidad de evaluación, esta experiencia está agotada y es irrepetible”. Se lo comunicamos a los compañeros, y también a todos los demás.

El Análisis

El trágico fin para el hombre del consenso italiano

JF Lamata

Italia ha quedado marcada para siempre por los 55 días que transcurrieron entre el 16 de marzo y el 9 de mayo de 1978. Aquel día, en una emboscada en pleno centro de Roma, un comando de las Brigadas Rojas dirigido por Mario Moretti asesinó a los cinco escoltas que protegían a Aldo Moro y se llevó secuestrado al presidente de la Democracia Cristiana. Cincuenta y cinco días después, el cadáver del estadista apareció en el maletero de un coche en la Via Caetani, a escasos metros de las sedes del PCI y de la DC, como una macabra metáfora del proyecto político que Moro había encarnado: el entendimiento entre democristianos y comunistas en lo que se conocía como el “compromiso histórico”.

Moro había sido el arquitecto de esa estrategia de apertura que buscaba estabilizar a Italia mediante un pacto con Enrico Berlinguer y el Partido Comunista Italiano, que en los años setenta se distanció de Moscú y abrazó el “eurocomunismo”. Esa audacia política le convirtió en un blanco perfecto de las Brigadas Rojas, organización terrorista que pretendía derrocar al Estado por medio de la violencia revolucionaria, al estilo de otras experiencias europeas como la RAF alemana o los GRAPO españoles. El asesinato de Moro fue su acción más letal y simbólica, pero también el inicio de su decadencia: pretendían abrir una “guerra civil de baja intensidad”, pero solo lograron el rechazo social y el aislamiento, incluso entre la izquierda.

Desde entonces, el crimen ha alimentado teorías de la conspiración: desde quienes señalan la coincidencia del secuestro con el voto de confianza al nuevo gobierno de Giulio Andreotti el 16 de marzo de 1978, hasta quienes sospechan que sectores de los servicios secretos o incluso aliados internacionales prefirieron la eliminación de Moro antes que aceptar la entrada de los comunistas en el poder. Lo cierto es que el asesinato selló el fracaso del “compromiso histórico” y dejó en Italia la amarga sensación de haber perdido a un hombre de diálogo en beneficio del fanatismo armado y de los equilibrios implacables de la Guerra Fría. Las Brigadas Rojas, tras el golpe mediático de aquel crimen, iniciaron un rápido declive, perseguidas por el Estado y abandonadas por la sociedad que decían defender. Pero el vacío que dejaron aquellos disparos de marzo de 1978 aún pesa sobre la historia de la República Italiana.

J. F. Lamata