1 diciembre 1966

Quedan destituidos Liu Shaoqi, Chou Enlai, Chu Teh y Chen Yun como los otros Vicepresidentes del partido

Mao Zedong designa a Lin Piao [Lin Biao], su ‘brazo ejecutor’ en al Revolución Cultural, como su sucesor como dictador absoluto de la República Popular China

Hechos

El 1 de diciembre de 1966 se hizo público que Lin Piao se convertía en el Vicepresidente del Partido Comunista de China.

Lecturas

En agosto de 1966 comenzó la Revolución Cultural. 

El IX Congreso del Partido Comunista de China celebrado el 1 de abril de 1969 confirmó el nombramiento de Lin Piao, líder de la revolución Cultural y ministro de Defensa como vicepresidente del Partido Comunista de China para suceder a Mao Zedong (Mao Tse-tung), presidente del Partido Comunista de China cuando este se retire.

Los 1.512 delegados, representantes de las unidades de producción, de las organizaciones y de los guardias rojos, han aclamado de pie ‘la gloriosa revolución cultural proletaria en curso.

El congreso, que se autodefine como el de la juventud la unidad y la victoria, acordó también que las obras teóricas de Mao Zedong se conviertan en el eje ideológico de la actividad partidaria.

El acuerdo designa a Mao como ‘el Gran Timonel’ y acepta sus directrices como una verdad universal, surgida del pensamiento marxista-leninista.

Todo parece indicar que el retiro de Mao es inminente y que Lin Piao y los guardias rojos heredarán el inmenso poder acumulado de las manos del presidente.

En 1967 será eliminado el presidente de China, Liu Shaoki. 

Lin Piao morirá en 1971. 

El Análisis

Mao elige heredero: el culto ya tiene su profeta

JF Lamata

Mao Zedong, el Gran Timonel, ha hablado. Y cuando Mao habla, el partido obedece (o al menos hace como que obedece). En pleno apogeo de esa delirante tormenta llamada “Revolución Cultural”, el líder ha anunciado que su sucesor no será el presidente del Estado Liu Shaoqi, ni el secretario Deng Xiaoping, ni ningún otro gris burócrata con tendencias reformistas. No, el elegido es el camarada Lin Piao, ministro de Defensa, fiel escudero del Libro Rojo y paladín del maoísmo más místico. Que tiemble Confucio.

La decisión no sorprende a nadie y, sin embargo, deja al mundo con la ceja arqueada. Lin ha sido el arquitecto del culto a Mao, el redactor del evangelio rojo, y el estratega que ha puesto al Ejército Popular a desfilar al ritmo de las citas del líder. Que Mao lo designe su sucesor no es tanto una elección política como un nombramiento eclesiástico: Mao ya no gobierna un partido, sino una iglesia, y Lin será su nuevo profeta. ¿El Politburó? Un coro de feligreses. ¿El pueblo? Peregrinos obligados. ¿La disidencia? Pecado capital.

Mientras tanto, Liu y Deng observan el espectáculo desde las sombras, cada vez más desplazados por una revolución que prometía barrer el pasado pero parece empeñada en barrer también la razón. La China de Mao ya no distingue entre política y liturgia, y con Lin como heredero, la secta tiene asegurada su continuidad. Solo queda preguntarse: ¿mandará también desde el más allá el Gran Timonel? Porque esto, más que una sucesión política, se parece cada vez más a una canonización.

J. F. Lamata