31 marzo 2008

El diario EL MUNDO y el programa 'La Mañana' de la COPE, pierden a su principal interlocutor en la cúpula pepera

Mariano Rajoy aparta a Eduardo Zaplana como portavoz del PP y lo reemplaza por Soraya Sáenz de Santamaría

Hechos

El 31.03.2008 el presidente del PP, D. Mariano Rajoy anunció que los portavoces parlamentarios del PP serían Dña. Soraya Sáenz de Santamaría (Congreso) y D. Pío García Escudero (Senado).

Lecturas

El 31 de marzo de 2008 el presidente del Partido Popular D. Mariano Rajoy Brey anuncia los portavoces de los grupos parlamentarios del PP en Congreso y Senado en esta legislatura. Mientras que en el senado se mantendrá D. Pío García Escudero, en el Congreso el Sr. Rajoy Brey decide sustituir a D. Eduardo Zaplana Hernández-Soro y reemplazarlo por una de sus colaboradoras más cercanas Dña. Soraya Sáenz de Santamaría Antón.

A pesar de que tras conocer su degradación el Sr. Zaplana Hernández-Soro asegura que ser diputado raso le parece ‘dignísimo’, el 29 de abril de 2008 el Sr. Zaplana anuncia la renuncia a su acta de diputado y su retirada política.

El Sr. Rajoy Brey busca mantenerse en el liderazgo del PP a pesar de haber perdido dos elecciones y para hacerlo piensa modificar su equipo.

EL FIN DE ZAPLANA, EL INTERLOCUTOR POLÍTICO DE EL MUNDO Y LA COPE EN EL PP

Eduardo_Zaplana_2007  La salida de D. Eduardo Zaplana suponía un duro golpe para el director del diario EL MUNDO, D. Pedro J. Ramírez y el director del programa ‘La Mañana’ de la Cadena COPE, D. Federico Jiménez Losantos, porque el portavoz parlamentario del PP era su principal ‘ficha’ dentro del Partido Popular.

BRONCA EN CUATRO A CUENTA DE SAÉNZ DE SANTAMARÍA Y LA RAZÓN

soraya_tertulianos_cuatro  La elección de Dña. Soraya Sáenz de Santamaría como nueva portavoz del PP en el Congreso desató una fuerte discusión en el programa ‘Las Mañanas de CUATRO’ (Plural) del canal CUATRO, que presentaba Dña. Concha García Campoy, cuando el tertuliano D. Arturo González desacreditó a Dña. Soraya Sáenz de Santamaría por haber dicho que ‘escuchaba la COPE y leía el EL MUNDO y LA RAZÓN’, la tertuliana Dña. Ángela Vallvey (columnista de LA RAZÓN) protestó por la referencia a LA RAZÓN y Dña. María Antonia Iglesias consideró que LA RAZÓN era un periódico ‘ultra’, los tres acabaron a gritos hasta el punto que la presentadora Sra. Campoy les exigió: «¡Que os calléis u os hecho!».

‘NOTICIAS CUATRO’ HABLA DE ‘2 PERIODISTAS ENFERMOS DE SOBERBIA’ QUE FORMAN PARTE DE LOS PROBLEMAS DEL PP

D. Iñaki Gabilondo en los informativos del canal del Grupo PRISA denunció que en la crisis del PP interferían dos periodistas ‘enfermos de soberbia’ cuyos nombres no citó, pero que presumiblemente eran D. Pedro J. Ramírez (director del diario EL MUNDO) y D. Federico Jiménez Losantos (director del programa ‘La Mañana’ de la COPE), considerados ambos amigos personales de D. Eduardo Zaplana de quien habían sido apoyos fundamentales.

01 Abril 2008

Su segunda decisión

EL PAÍS (Director: Javier Moreno)

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Rajoy lanza un cauto mensaje de renovación cambiando de portavoz parlamentario

Mariano Rajoy, tan dado a aplazar decisiones incómodas, ha tomado dos de calado tras las elecciones. La primera fue seguir al frente del PP, en contra de lo que auguraban muchos y le recomendaban sectores que se estaban repartiendo su túnica con el apoyo de personajes mediáticos muy influyentes en su partido; la segunda ha sido elegir a Soraya Sáenz de Santamaría como portavoz parlamentaria en sustitución de Zaplana. Lo comunicó ayer a la Junta Directiva Nacional, en la que también se aprobó que el congreso del partido se celebre en junio, en Valencia y con varios dirigentes emergentes procedentes de las organizaciones regionales del PP como principales ponentes.

Los resultados del 9-M (aumento de 400.000 votos y reducción de la distancia con el PSOE, pero nueva derrota) podían servir de pretexto para una política continuista, pero también de argumento para la renovación. Por lo que parece, Rajoy ha optado por intentar un prudente aggiornamento. Generacional de momento, y ya se verá si también de estrategia. Es significativo que al anunciar su intención de seguir al frente del partido pusiera énfasis en la idea de que se presentaría «con su propio equipo», dando a entender que no lo era plenamente el que le acompañó desde 2004.

Pudo ser una excusa por su falta de decisión para prescindir de dirigentes con fuerte marca aznarista; pero ese continuismo era también seguramente un reflejo defensivo a la vista de las condiciones en que se produjo su derrota de 2004. Esas circunstancias (del 11-M al 14-M) provocaron un cierre de filas que hizo imposible un debate sobre las causas políticas del derrumbe desde la mayoría absoluta hasta la oposición.

Para hacer ese debate era condición una cierta renovación del personal; todo cambio de signo del Gobierno, en 1982, 1996, 2004, ha sido también generacional. Soraya Sáenz de Santamaría, de 36 años, experta en temas autonómicos, no sólo pertenece a una nueva generación política, sino que cuenta con el aval de su buen conocimiento de los temas y la actitud dialogante que le reconocen quienes negociaron con ella las reformas de los Estatutos de Autonomía aprobadas durante la legislatura.

La elección es significativa por esa especialización de la nueva portavoz: un problema urgente del PP es hilar un discurso que le permita reanudar los lazos que tuvo con CiU e incluso el PNV, para no seguir fiándolo todo a la única baza de la mayoría absoluta. Pero también para restablecer el consenso con los socialistas en una serie de asuntos de Estado, como ahora parece desear una amplia mayoría de la población, cansada de tanta bronca. La responsabilidad de que ocurra así depende de decisiones que debe tomar Rajoy en las próximas semanas, pero también de la actitud de los socialistas: de que no se limiten a emplazar al otro partido a hacer algo improbable para denunciar luego su negativa a hacerlo.

03 Abril 2008

SORAYA SE PROPONE REVOLUCIONAR EL PP, MAL QUE LE PESE A JIMÉNEZ LOSANTOS

Federico Quevedo

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Desde que el lunes por la mañana Mariano Rajoy comunicara a la Junta Directiva Nacional de su partido su decisión de nombrar a Soraya Sáenz de Santamaría como nueva portavoz del Grupo Parlamentario Popular en el Congreso, a esta mujer que ha crecido políticamente a la vera del gallego le deben estar pitando insoportablemente los oidos. Tengo que decirles a ustedes que, desde ese día, asisto estupefacto a unos de los más injustos e indecentes ejercicios de cinismo, hipocresía y machismo político-mediático que hayan podido contemplar estos ojos y escuchar estos oidos en los ya muchos años que llevo dedicado al periodismo. Desde ese lunes por la mañana se han sucedido las críticas a la persona de Sáenz de Santamaría. Mujer, joven y brillante. Era lógico que despertara el instinto cuaternario de una serie de machos ibéricos, eslabones perdidos del australopitecus, que sólo ven en ella eso que con tanta brillantez intelectual exponía sin tapujos el gran orador de las mañanas de la COPE el miércoles en una entrevista que ella nunca debió haber concedido: hembra en edad de procrear. Ya saben, para algunos a eso se resume el papel de la mujer, a la que sólo permiten que brille mientras su luz no tape la de las estrellas masculinas del firmamento político-mediático.

Conozco a Soraya Sáenz de Santamaría casi desde el primer día en el que tomó posesión de su acta de diputada de la pasada legislatura, tres meses después que el resto de sus compañeros, aunque ella ya había dado muestras de su buen hacer cuando José María Aznar dejó en manos de Mariano Rajoy aquel espinoso asunto del Prestige. Ella y Paco Villar se pusieron al frente de la manifestación y le dieron la vuelta a un tema que se había puesto muy, pero que muy negro –del color de chapapote- para el PP. Desde entonces Mariano Rajoy confía en ella a ciegas, y era perfectamente lógico que en esta nueva etapa en la que el líder del PP ha comprendido que el partido necesita una renovación de ideas, mensajes y personas para afrontar el reto de los próximos cuatro años, acudiera a ella para ponerla al frente de otro de los desafíos más difíciles de este tiempo: la reorganización del Grupo Parlamentario para convertirlo en el referente político del PP en esta legislatura. Una reorganización muy necesaria, puesto que el Grupo acumulaba unas enormes carencias fruto, primero, de los años de Gobierno y, después, de una trágica derrota que obligó al PP a adaptarse a lo inesperado.

Sin querer desmerecer a nadie –a Zaplana hay que reconocerle que en la pasada legislatura ha dado la cara muchas veces y se la han partido otras tantas-, lo cierto es que el Grupo no ha funcionado nada bien en lo que a coordinación con el partido se refiere, y tampoco en cuanto a su papel de cercanía con una sociedad que necesita referentes. En la pasada legislatura se aplicó en exceso el fulanismo y muy poco la igualdad de oportunidades entre los diputados. Mucho bombo para los Martínez Pujalte y Fernández Díaz de turno, pero nada para otros diputados jóvenes que buscaban su oportunidad. No es de extrañar que los Martínez Pujalte, los Cortés, los Fernández Díaz y otros cuantos que ahora ven peligrar su machito, sean los primeros en largar lo que no está en los escritos sobre la nueva portavoz, a la que miran por encima del hombro y a sus espaldas ponen a caer de un burro. En la política hay mucho cobarde que por delante pone cara de no haber roto un plato, y por detrás asesta puñaladas de las que hacen correr la sangre a borbotones.

La revolución que quiere hacer Soraya tiene mucho sentido. El Parlamento español es un refugio de viejas glorias y nuevas promesas predestinadas a convertirse en viejas glorias que poco o nada tienen que ver con lo que hay en la calle. Aquello que dijo una vez Adolfo Suárez de hacer normal en la política lo que en la calle es normal, pasó a mejor vida en cuanto los diputados convirtieron su sillón en un cómodo corralito de tráfico de intereses y prebendas varias in secula seculorum. En su cabeza, Soraya tiene otra visión de la política, la visión de quien cree que un diputado está para servir a quienes le han votado, y que por lo tanto su papel es el de acercarse a la calle e interesarse por los problemas de los ciudadanos. A partir de ahora, si le dejan hacerlo, los diputados del PP van a visitar tantos geriátricos como despachos de poderosos, tantas escuelas como sucursales bancarias, tantos hospicios como concesionarios de Mercedes o BMW. Quiero decir que van a ir a buscar en la calle lo que ya es imposible encontrar en el Parlamento: visión. Eso es liberalismo democrático, eso es hacer una democracia de personas y no de reductos partidarios. Mal que les pese a muchos.

Entre otros a quienes desde las ondas se han dedicado durante toda la pasada legislatura a engañar a sus oyentes, primero, con una falsa versión de lo que ocurrió el 11-M y, después, pretendiendo influir desde la tribuna del micrófono en los destinos de un partido político. El daño que eso le ha hecho al Partido Popular no se si ya es irreparable, pero desde luego es lo suficientemente grave como para, sin lugar a dudas, poder afirmar que quienes han llevado a cabo esa estrategia son en buena parte culpables del resultado electoral del 9 de marzo. Esos que se llaman liberales son los que defienden la intromisión en la vida interna del PP con el afán de quitar y poner los líderes a su antojo, pero hurtando a los ciudadanos el derecho a poder decidir si quieren o no que sean ellos los que manden en la derecha democrática española. ¡Muy liberal, sí, y muy democrático! Y un talante de narices. Y una tolerancia que da gusto. Una cosa es ser crítico, que está en la naturaleza del periodista, y otra bien distinta querer regir los destinos de un partido. Eso, que se lo he echado en cara siempre a la izquierda sectaria y totalitaria, no puedo por menos que hacerlo también con quienes utilizan las mismas armas heredadas de un pasado bolchevique con la derecha liberal y reformista.

Soraya merece una oportunidad, pero por el simple hecho de ser mujer, algunos ya se la han hurtado.

Federico Quevedo

30 Abril 2008

Rajoy pierde a Zaplana

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

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La marcha de Eduardo Zaplana a la empresa privada supone una pérdida para la política española en su conjunto y muy en particular para su partido. Incluso hasta sus mayores detractores reconocen en él a un político brillante, tenaz y coherente con sus ideas. Además, su notable trayectoria y experiencia -ha sido alcalde, presidente autonómico, ministro y, la pasada legislatura, portavoz del primer partido de la oposición- le permitían tener una visión de conjunto muy necesaria en un momento en el que los partidos están perdiendo referentes.

Sus declaraciones en la despedida esconden algunas claves. En primer lugar, manifestó que ahora «se acaba una etapa», dando a entender que, a sus 52 años, no quiere cerrarse definitivamente las puertas de la actividad pública. «Creo que es lo mejor para mí y para el partido en este momento», añadió, lo que es una forma elegante de decir lo que era un secreto a voces: que Rajoy lo consideraba más un estorbo en la nueva etapa que ha querido abrir, apostando por caras nuevas, un estilo de oposición más light y por la fidelidad dócil antes que por la suma de talentos.

Es muy probable que a una persona con la vocación política de Zaplana le hubiera bastado un ofrecimiento medianamente atractivo por parte del presidente del PP para rechazar cualquier oferta del sector privado. Pero es evidente que eso no ha ocurrido. Ahora pasa a ser el delegado de Telefónica para Europa, y representará en los próximos años a la primera multinacional española ante las instituciones y los gobiernos del continente.

La realidad viene a demostrar que la renovación de los partidos, cuando no está bien gestionada, puede llegar a ser un problema. Es el caso del PP, que se ha descapitalizado en poco tiempo con bajas tan sensibles como las de Josep Piqué, Jaume Matas, Rodrigo Rato y ahora Zaplana. Además, es probable que el arrinconamiento de otras personas provoque que ese goteo continúe. La incómoda situación en la que, por ejemplo, ha quedado Manuel Pizarro -al que hace sólo tres meses se presentó como el fichaje estrella y hoy se margina como un juguete roto- parece alimentar esa posibilidad.

Es probable que Telefónica haya incorporado con Zaplana a un magnífico directivo, pero no podemos sino lamentar el empobrecimiento y la pérdida de talento que su marcha causa en la política española, en una legislatura crucial en la que van a dirimirse asuntos que requerirán de una visión de Estado de la que no anda sobrado nuestro Parlamento.

30 Abril 2008

La fuga de Zaplana

Manuel Martín Ferrand

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HACE apenas cuarenta días, incrustado como número cuatro en la lista electoral que el PP presentó en Madrid, Eduardo Zaplana solicitaba nuestro voto. Se supone que aspiraba a ser uno de nuestros representantes en el Congreso de los Diputados. Más de un millón setecientos mil vecinos de la Comunidad respaldaron con su papeleta la lista encabezada por Mariano Rajoy y se estableció así, a manera de un contrato vigente durante el tiempo de la legislatura, un vínculo tácito en el que se sustenta el principio de representatividad que, viciado en nuestro pintoresco sistema electoral, fundamenta la práctica democrática.

Poco le han durado a Zaplana su vocación y su afán representativos y ha decidido, unilateralmente, dar por zanjado el contrato. César Alierta le ha reclamado a su vera para, se supone, mejor defender los intereses de los accionistas de Telefónica y atender con mayor diligencia la demanda de sus clientes y el cartagenero, capaz de resistirse a cualquier cosa menos a una tentación, se ha dado a la fuga. El personaje, protagonista de una peculiar carrera política, deja huérfanos a unos cuantos conmilitones y desamparados a bastantes seguidores mediáticos, razón de su fuerza y escasez de su razón; pero, ¿puede un hombre renunciar a su deber? No, nunca si éste coincide con su deseo y sus intereses.

La decisión que ahora toma el ex dirigente del PP hubiera tenido sentido, y hasta grandeza, hace dos o tres meses. Al concluir el compromiso representativo al que se obligó en 2004. Ahora, recién perdidas unas elecciones, en plena crisis interna de su partido, su marcha tiene mucho de deserción y bastante de gesto hostil contra quien ha sido -el sabrá por qué- su gran valedor. Es, al tiempo, sintomática de un estado de cosas que, muñidas por la supuesta astucia de Rajoy, están descomponiendo un partido que, sin ser una maravilla y mientras no engorde la UPyD de Rosa Díez, es uno de los dos que nos quedan con el nombre y la idea de España por delante.

Consta la intención de otros notables del PP a quienes Zaplana ha ganado por la mano en su previsible, pero no previsto, mutis con portazo. Son las víctimas de Rajoy. Gente notable y valiosa, con oficio y beneficio, que ha sido utilizada por el todavía presidente popular con la despreocupación con la que la gente común usamos un kleenex. Gente postergada en beneficio de protagonistas menores que, en gran confusión entre la obediencia y el talento, son considerados leales por el jibarizado y mínimo grupito que ocupa, sin mandar, los despachos principales de Génova, 13. En ese sentido, la precipitada fuga de Zaplana es un servicio a Rajoy. Ha taponado, aunque sea momentáneamente, una fuga colectiva. Puede criticárseles por no cumplir su papel de oposición; pero, a cambio, hay que agradecerles el espectáculo. Permanente y grandioso.

01 Mayo 2008

Zaplana

Federico Jiménez Losantos

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Aunque históricamente se le recuerde como el líder político que cambió el signo político de la Comunidad Valenciana, que venía votando a la izquierda desde tiempos de Blasco Ibáñez, creo que lo más importante que ha hecho Zaplana desde que a los 17 años entró en las Juventudes Liberales de UCD ha sido su tarea como portavoz parlamentario en estos últimos cuatro años. Se le valorará todavía más cuando lo podamos comparar con Soraya y demás cuadrilla, pero la perspectiva de esta primera legislatura zapaterina es diáfana, inequívoca: ha habido semanas, y meses, y años, en los que a la apisonadora antinacional, antidemocrática y antiliberal de la Banda del Tinell sólo le ha hecho frente en las Cortes Eduardo Zaplana. Y lo ha hecho todos los días, no sólo los miércoles. Y todos los días solo, frente a todos los demás partidos políticos que han convertido el Congreso en una Filesa con ínfulas de cheka o en una cheka con costumbres filesias. Nunca tantos en cuadrilla tropezaron con tan poco bulto, porque Zaplana se pone de perfil y parece Luis Cuenca cuando se vestía de flamenco filiforme en las revistas de Colsada, para que resaltase todavía más la arquitectura monumental de Tania Doris. Pero sin perder nunca los modales, Zaplana no se ha puesto de perfil ni una sola vez en estos cuatro años, mientras la Ser, la cadena suicida que tanto apoya ahora a Mariano Rajoy, y el ABC, y la prensa catalana, y la valenciana lo ponían verde todos los días, sin respetar ni a la familia, ni a la verdad, ni a la genealogía ni a la cronología. Y cuatro años así no son fáciles de soportar. Para la mayoría de los mortales, imposible.

Con ese aire de torerillo larguirucho que cultiva, Zaplana ha hecho estos cuatro años la carrera de «torero largo» que tan bien describe Andrés Amorós en su recentísima biografía de Luis Miguel Dominguín. Un torero «largo» es el que puede con todos los toros, mansos o bravos, abantos o de carril, pregonaos o con una embestida pastueña, cómoda, de amigo o de coleguita. Por supuesto, el torero no puede cambiar al toro: el manso es manso y el bravo es bravo, pero puede darle -o no- la lidia adecuada, según vaya evolucionando durante la faena. Zaplana ha toreado de largo a los miuras del 11-M y les ha tocado el pitón tras aguantarles feroces tornillazos. Ha toreado en los medios al PSOE de la negociación con ETA, ha macheteado por bajo a los marrajos del Tinell y sobre todo ha tenido que torear en corto a los jandillitas del PP, ganadería imprevisible y con tendencia a colarse buscando la femoral o la espalda si el diestro se da la vuelta. Creo que, tras los héroes vascos, una de las razones que llevaba a votar al PP era Zaplana. Y dure lo que dure Rajoy, seguramente volverá a serlo. Aún lo veremos en un par de años lidiando otra vez con Arenas. Porque los toreros largos no se retiran jamás.