23 marzo 2014

Su partido, la Unión de Centro Democrático, se desmoronó una vez aprobada la Constitución

Muere Adolfo Suárez González, el presidente del Gobierno que pilotó la Transición y tuvo que dimitir forzado por las divisiones internas

Hechos

El 23 de marzo de 2014 la prensa informó del fallecimiento D. Adolfo Suárez González.

Lecturas

 D. Antonio García Ferreras: “Hoy Suárez estaría feliz de ver como esta España a la que prometió tanto le agradece haber hecho posible lo imposible: desmontar una dictadura de 40 años y montar una democracia que nos ha permitido vivir los años más estables” (25-03-2014, Atresmedia).

 Dña. Nativel Preciado: “El cardenal Rouco va a dar la homilía esta tarde en el funeral al presidente Suárez, cosa que da un poco de pena” (31-03-2014, Atresmedia).

23 Marzo 2014

Un hombre de Estado frente a las bayonetas

Juan Luis Cebrián

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La contribución de Suárez a la instauración de la democracia fue monumental

La decisión del Rey, a principios de julio de 1976, de encomendarle a Adolfo Suárez la Jefatura del Gobierno causó una sorpresa mayúscula dentro y fuera de España. Nadie esperaba que el elegido para la tarea de construir la democracia fuera un falangista relacionado con el Opus Dei y antiguo favorito del almirante Carrero Blanco, el delfín de Franco asesinado por ETA. Su designación irritó a la derecha española: franquistas tradicionales, monárquicos de toda la vida, democristianos y liberales hicieron cuanto pudieron para propiciar su fracaso desde el primer momento. Solo los afectos al Movimiento, herederos del antiguo partido fascista español, parecían mínimamente confortados. La oposición de izquierdas, por su parte, recibió con amarga decepción el nombramiento. Era impensable que una figura como aquella pudiera encabezar la transformación democrática del país.

En ese ambiente, las dificultades para Suárez comenzaron de inmediato, cuando se percató de los serios problemas que tenía para formar Gobierno. Durante 48 horas parecía aquella una misión imposible y probablemente lo hubiera sido si los democristianos, con Marcelino Oreja, Alfonso Osorio y Landelino Lavilla a la cabeza, no hubieran cedido finalmente a las presiones y demandas del propio Rey para incorporarse al gabinete. La aprobación semanas más tarde de una amnistía limitada, pero que puso en la calle a varios cientos de presos políticos, fue el primer signo de que las cosas podían estar empezando a cambiar en nuestro país. Hasta el punto de que Santiago Carrillo, secretario general del Partido Comunista y exiliado en París, declaró que constituía “…un paso hacia la reconciliación de todos los españoles”.

Esa era en realidad la cuestión fundamental: poner fin a la Guerra Civil que había desangrado a España 40 años atrás y cuya memoria el dictador se había encargado de mantener viva y actuante. Durante casi dos siglos los españoles habían soportado la existencia de un país partido en dos, dividido hasta la exasperación entre buenos y malos, gobernado por el odio, sometido al integrismo religioso y bajo el ojo vigilante de la milicia. Comenzando por el Rey, quienes habían de liderar la Transición política española, de la dictadura a la democracia, tenían por delante una tarea ardua y nada sencilla. La elección de Suárez para encabezar el proceso dejó por lo mismo perpleja a mucha gente. Su pragmatismo, su lealtad a quien le nombró, su fe de converso a la democracia y su innegable dedicación a la tarea por encima de cualquier otra consideración, lograron vencer todas esas suspicacias e inaugurar un periodo brillante y prometedor en la historia de nuestro país.

Durante su etapa como presidente traté con frecuencia, al igual que tantos otros periodistas, a Adolfo Suárez. Mantuve con él una relación personalmente cordial, aunque no tanto como para que se decidiera a parar la actividad frecuente del fiscal general del Estado contra mi persona y contra EL PAÍS. Fruto de la misma fui procesado cinco veces y condenado a un año de cárcel por las opiniones editoriales del periódico, sin que su Gobierno se decidiera a indultarme ante la oposición notoria del Tribunal Supremo de la época. Pero también fui testigo privilegiado de muchas de sus dudas, de las numerosas intrigas que sus propios compañeros de partido tejieron contra él y de la batalla, nada soterrada, que libró durante años contra la presión de los militares golpistas que le acusaban de traidor y acabaron por provocar su dimisión. Desde la discrepancia política pudimos tejer una relación de amistad creciente y de confianza mutua. Fue fructífera para ambos y, como es lógico, se hizo más estrecha y distendida una vez que le descabalgaron del poder.

Relataré tres anécdotas que reservaba para mis memorias, pero que la ocasión merece sean puestas ahora de relieve. La primera se refiere a la primera entrevista que le hice siendo ya presidente. De acuerdo con el libro de estilo y las normas internas del periódico le entregué sus declaraciones para que las corrigiera en caso de que yo hubiera tergiversado o recogido sin rigor sus palabras. La norma, todavía imperante, establecía que las preguntas eran nuestras y las respuestas del interpelado. Me invitó a comer en La Moncloa a fin de dar el visto bueno al reportaje y, ya a los postres, me hizo con toda prudencia un ruego: que eliminara mi última pregunta sobre si estaba dispuesto o no a elaborar y aprobar una ley de divorcio. Había respondido de una manera anodina, ininteresante, sin aclarar nada. “Sí voy a hacer la ley», me dijo, «pero no lo puedo anunciar en público porque los del Opus están todo el día sobre mí. Si respondo afirmativamente será casi imposible que haya divorcio en España en el corto plazo. Y desde luego no quiero decir que no lo habrá, o sea, que te ruego elimines la pregunta”. Después de muchas dudas y de consultarlo con mis colaboradores, accedí al ruego. La ley del Divorcio se aprobó años más tarde, todavía con Suárez en el poder.

Pero no solo el Opus le preocupaba. Desde que legalizara el Partido Comunista, condición indispensable para celebrar las elecciones democráticas de 1977, la cúpula militar no cesó de acusarle de mentiroso y traidor y de conspirar contra él. En la madrugada del sábado 17 de noviembre de 1978 me encontraba yo leyendo y oyendo música en mi domicilio, después de haber cerrado la edición de EL PAÍS, cuando sonó el teléfono. Me llamaba el presidente en persona, sin mediación de secretarias o gabinete alguno. Eran las dos de la mañana y le pregunté cómo estaba despierto a esas horas. “¿Cómo estás despierto tu?», contrapreguntó. “Acabo de venir del periódico, es mi jornada habitual”, respondí. “Pues yo ando como tu: trabajando”. A continuación, y sin solución de continuidad comenzó a explicarme que habían descubierto una conspiración militar encabezada por un jefe del Ejército, el comandante Ricardo Sáenz de Ynestrillas. Preparaban un golpe de Estado para ese mismo fin de semana. Fue prolijo en detalles y nombres y tomé los apuntes que pude. “Te digo todo esto para que veas cómo está la situación y cuán preocupado me encuentro”, señaló. “Bueno, ahora ya lo sabes», terminó por decir, «buenas noches”. Y colgó.

A la mañana siguiente reuní a mi equipo y les conté lo sucedido. Hicimos cuantas comprobaciones resultaron posibles de los datos que teníamos, y, en cualquier caso, decidimos fiarnos de una fuente tan privilegiada como aquella. El domingo 18 publicamos en exclusiva y en primera página las noticias sobre la Operación Galaxia, el intento golpista que fue la antesala del 23-F.

Un año después de aquello, con ocasión del secuestro por ETA de Javier Rupérez, recibí a través de nuestro corresponsal en Bilbao, Javier Angulo, la oferta de los terroristas vascos de hacer una entrevista epistolar a Javier durante su secuestro, a cambio de entregarles tres millones de pesetas. Era aquel uno de los primeros contactos que se tenía con los plagiarios, y pensé que aceptar su sugerencia sería ante todo una buena manera de comprobar que Javier seguía vivo. Consulté mi decisión, como siempre hacía en las ocasiones importantes, con mi consejero delegado, Jesús Polanco, entre otras cosas porque él tenía que facilitarme el dinero que solicitaban. Ante la preocupación de que fuera utilizado para comprar armas y sostener a la banda, decidimos seguir adelante con el proyecto pero informando del mismo al presidente. Llamé a Suárez pasadas las diez de la noche para decirle en breves palabras de qué se trataba y nos recibió de inmediato a Jesús y a mí en su despacho. Nos hizo entrar por la puerta trasera de La Moncloa y aseguró que no quedaría registro de la visita. Dedicamos un tiempo a analizar la cuestión de la entrevista y las pruebas que debíamos exigir sobre el hecho de que Javier seguía con vida. Resuelto el plan de actuación, pasamos a otros temas hasta que al hilo de una discusión que emprendimos sobre la política exterior española me dijo abiertamente que la gente desconfiaba de mí. “¿Qué gente?” Le pregunté. “El Gobierno», me contestó enseguida, «la policía, los militares…”. “¿Y a qué se debe?”. Medio balbuciente confesó: “Dicen que eres agente de la KGB”.

Ante mi sorpresa, no demasiado grande pues ya antes, también durante su Gobierno, se me aplicó la ley antiterrorista bajo sospecha de estar en connivencia con los secuestradores de Antonio María de Oriol, Adolfo Suárez abrió el cajón de su mesa y sacó una carpeta llena de documentos. Había dentro millonarios cheques de Aeroflot, la compañía aérea soviética, a mi nombre; cartas con mi firma falsificada en donde se daban diversas órdenes a bancos en el extranjero (la banca Leumi de Tel Aviv y la de la Unión de Trabajadores en Luxemburgo) en los que se suponía que tenía cuentas donde la inteligencia moscovita me abonaba los servicios prestados; fotos, informes sobre mi vida privada y amorosa, que demostrarían mis relaciones con el espionaje soviético, y cosas así. Ante semejante patraña solo se me ocurrió preguntarle si él la creía. “Yo no», contestó categórico, «estoy seguro de que es un montaje”. “¿Y quién lo ha hecho?”, le pregunté. “Los militares”, contestó sin pestañear. No me dejó copia de ninguno de aquellos papeles y tardé meses, casi un año, en demostrar mi inocencia y la falsedad de aquellas pruebas que nunca se me entregaron. No me extrañaría que cualquier día uno de esos calumniadores profesionales que circulan por la red las exhiba de nuevo contra mí.

Anécdotas como esta ponen de relieve algunas de las dificultades mayores que hubimos de encarar durante la Transición y hasta qué punto periodistas y políticos trabajamos muchas veces de común acuerdo, desde sensibilidades y obligaciones diferentes, en la construcción de una democracia amenazada entonces, sobre todo, por el intervencionismo militar. Los exégetas y comentaristas de las generaciones que no vivieron aquello tienden a olvidar con demasiada facilidad el poder casi omnímodo que el Ejército tenía sobre la vida española y la profundidad y peso de las fuerzas reaccionarias alimentadas por organizaciones religiosas e integristas de todo género. Pese a que le hubiera gustado hacerlo, Suárez no fue capaz de desmontar el imperio de las bayonetas, que se manifestó en toda su audacia la noche del 23-F de 1981, y por lo mismo fue víctima de ellas.

La Transición, por lo demás, no tuvo nunca hoja de ruta ni un programa definido. Todo el mundo sabía el punto de partida y cuál debía ser la meta, pero los caminos para llegar a ella estaban plagados de amenazas. Pudo hacerse gracias a la determinación del Rey, el pragmatismo de Adolfo Suárez, y el liderazgo de los dos máximos representantes de los partidos de izquierda: Felipe González, que encarnaba la esperanza de las nuevas generaciones, la modernidad del cambio y el apoyo de la socialdemocracia internacional, y Santiago Carrillo, protagonista del espíritu de reconciliación, quebrado más tarde por la irrupción virulenta de José María Aznar en la política española.

La contribución de Suárez a la instauración de la democracia fue monumental, y tuvo su colofón épico cuando permaneció impasible ante los rifles de los golpistas que le apuntaban en la sede del Parlamento el día que en principio debía de ser el último de su mandato presidencial. Llevó a cabo, con instinto y audacia considerables, la política de lo posible, a base de avances y renuncias intermitentes. La división cainita de su partido, que le sacrificó en el altar de las ambiciones de poder de unos cuantos, amenazó con sepultar su gestión en el olvido. Muchos de los que hoy le lloran contribuyeron a su inmerecida y brutal defenestración. En la hora de la despedida, cuando tantos le rinden ahora el homenaje que le negaron en vida, a mí me place recordar su imagen un poco chuleta y desenfadada, la de un español medio siempre soñando con la revolución pendiente, que acabó convirtiéndose en un estadista de fuste y en una figura irrepetible de nuestra democracia.

24 Marzo 2014

Suárez o lo nuevo entre lo viejo y lo viejo

Pedro J. Ramírez

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Después de una vida de tragedia griega, el hombre que se parecía a Orestes, el Ulises que nos condujo a la Ítaca democrática ha sido llamado por los dioses precisamente el 23 de marzo de 2014. O sea el mismo día del centenario del mítico acto del Teatro de la Comedia en el que Ortega peroró sobre Vieja y nueva política. Concretando la aproximación de mi Carta de ayer, creo que esta coincidencia, tan rotundamente enhebrada por el destino, redondea el significado histórico de la figura de Suárez y eleva aún más el nivel de la exigencia a quienes pretendan reivindicar su legado.

Hacía ya años que veníamos viviendo su «canonización laica» y había motivo para ello desde ópticas distintas pues el PP -sobre todo el de Aznar- reivindicaba al Suárez «reformista», el PSOE -e incluso Izquierda Unida por su relación con Carrillo- ensalzaba al Suárez «progresista» y los nacionalistas -antes de echarse al monte- ponían como ejemplo al Suárez «pactista».

El mérito concreto de su labor como gobernante ha ido agigantándose con la perspectiva del tiempo. Sólo el haber sido capaz de ensamblar la sociedad franquista de la que procedía con el irredentismo clandestino de esos demonios con rabo en que el régimen había convertido a los comunistas, haciendo de las dos Españas una, ya le habría dado un lugar excepcional en los anales de nuestra torturada saga. Pero además restableció las libertades políticas y sindicales, facilitó el regreso de Tarradellas como depositario de una legitimidad distinta a la suya, impulsó el consenso constitucional, pactó los estatutos catalán y vasco, allanó el camino hacia la Moncloa a su principal adversario político -Felipe González- y dimitió para evitar que la polémica derivada de todo lo anterior le convirtiera en un lastre para la balbuceante democracia.

El conjunto de todo eso supuso una transferencia de poder sin precedentes desde el ámbito del Estado al de la sociedad, desde las instituciones caducas a los ciudadanos convertidos al fin en protagonistas, desde los aparatos controlados por los profesionales de la política del régimen a una calle efervescente, poliédrica y creativa. Fue lo que los ingleses llamarían una formidable devolution. Nunca las ilusiones colectivas volaron tan alto.

Aunque el proceso no ha sido lineal, sino zigzagueante, desde el mismo momento en que el PSOE logró su aplastante mayoría electoral en octubre del 82 la clase política comenzó a recoger el hilo de esa cometa y no ha dejado de hacerlo en nombre de la rosa o la gaviota y de tal o cual victimismo histórico. Avergüenza oír en estos momentos las loas que dirigen a Suárez quienes controlan a los jueces, eluden la democracia interna, no asumen responsabilidades por la corrupción que han fomentado o comparecen en público sin aceptar preguntas de los medios.

Hay una idea de la conferencia de Ortega aún más contundente que las que reproduje ayer. Según él la «vieja política» ha consistido siempre en sacrificar a «la Nación para el Estado» mientras que la «nueva política» se resume en conseguir que «el Estado sea para la Nación». Esto es lo que pretendió Adolfo Suárez. Y después de él nadie.

23 Marzo 2014

Un legado de concordia

Alfredo Pérez Rubalcaba

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Su gran logro Suárez fue poner el sentimiento de reconciliación delante de sus ideas políticas

Conocí a Adolfo Suárez en 1993, cuando ya había dejado su escaño en el Congreso y, por tanto, la primera línea de la política. Mis encuentros con él siempre fueron extraordinariamente cordiales; Suárez era una persona afable y cercana. Pese a todos los sinsabores que había tenido que soportar, no había en él ni rastro de resentimiento o amargura. Por aquel entonces comprendí que la clave de su papel en la historia de nuestro país, su contribución a que los españoles superáramos décadas marcadas por el rencor, tenía mucho que ver con su propia personalidad. Porque está fuera de toda duda que Adolfo Suárez fue un gobernante capaz y un político inteligente y con coraje; pero siempre he pensado que su principal logro fue el de poner ese sentimiento de reconciliación por delante de sus ideas políticas.

En los últimos tiempos, con motivo del 35 aniversario de la aprobación de la Constitución, se ha hablado mucho de la Transición, especialmente de los pactos que la hicieron posible, de los profundos cambios en la vida de los ciudadanos a que dio lugar. Sin embargo se habla menos de algo que en mi opinión es fundamental: es uno de los escasos momentos de nuestra historia en el que los españoles nos hemos sentido colectivamente orgullosos de nosotros mismos, con independencia de nuestras posiciones ideológicas. La Transición y su consecuencia más trascendente, la Constitución de 1978, le deben mucho a los desvelos de Adolfo Suarez.

Ese orgullo colectivo, esa visión generalizadamente positiva de un hecho reciente de nuestra historia como es la Transición, ha durado hasta hace bien poco tiempo. La profunda crisis que vivimos, que ha puesto en cuestión tantas cosas, ha alumbrado algunas críticas, no siempre justas, hacia los cambios que permitieron la salida de la dictadura. Es verdad que unas cosas se hicieron mejor que otras; que las circunstancias del momento impusieron limitaciones que con el paso del tiempo se fueron haciendo más evidentes. Pero las críticas no pueden negar un hecho objetivo: que los españoles fuimos capaces de ponernos de acuerdo en torno a un gran proyecto de convivencia. Y unas de las personas que más hizo para propiciar ese gran acuerdo fue Adolfo Suárez.

Por eso, estoy convencido de que él compartiría conmigo la reflexión de que si entonces fuimos capaces de alcanzar un consenso básico sobre el que construir un nuevo momento político, no deberíamos renunciar a volver a intentarlo para abordar algunas de las dificultades que tenemos por delante

Adolfo Suárez dijo que siempre agradecería en lo más profundo de su corazón la oportunidad que había tenido de contribuir a hacer algo mejor para nuestro país. Por eso, creo que de todas las injusticias que tuvo que soportar quizá la peor fue la de la cruel enfermedad que le impidió asistir a la recuperación de su figura política, y no le permitió conocer que somos muchos los españoles que hoy le estamos agradecidos a él por su trabajo y por su obra. Muchos los que hoy le queremos trasladar a su familia nuestro cariño y respeto, junto con el propósito de convertirnos en albaceas de su recuerdo.

24 Marzo 2014

Con Adolfo Suárez se va la manera más noble de hacer política

EL MUNDO (Director: Casimiro García Abadillo)

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CON ADOLFO SUÁREZ desaparece una figura clave de la Historia de España, uno de los grandes, el hombre que fue capaz de dirigir a España desde un régimen autoritario a un modelo de democracia plena en un tiempo récord y hacerlo en paz, lo cual no quiere decir sin víctimas, sino sin la temida repetición de un enfrentamiento violento entre los españoles. El país había asistido al final del régimen franquista con una gran incertidumbre sobre el futuro, con un indisimulado temor a ese futuro, pero también con la determinación no formulada públicamente, pero compartida por todos, de no volver a repetir el horror de una guerra civil. Adolfo Suárez logró conducir constructivamente ese temor y elevar el consenso a categoría política hasta establecer los acuerdos necesarios para que España se convirtiera en una democracia de hecho a partir de junio de 1977, en que se celebraron las primeras elecciones libres de los últimos 40 años. Esa disposición para el pacto estuvo en la base de la España que se construyó entonces, y que permitió que las fuerzas políticas de todas las ideologías estuvieran presentes en la constitución de las primeras Cortes democráticas, en julio de 1977, y en la elaboración de la Constitución, que fue la primera de la Historia de España que se hizo con el acuerdo de todas las formaciones con representación parlamentaria.

Esos fueron, entre otros muchos, los grandes aciertos del hombre que nos dejó ayer, aciertos de importancia indiscutible. La España que legó Suárez era ya un país que estaba fundamentalmente de acuerdo en las cuestiones esenciales para garantizar la supervivencia de una nación. El golpe de Estado que se produce cuando él ya ha dimitido, no hace sino demostrar lo dicho. Primero, porque fue un intento fracasado de frenar el camino recién emprendido por los españoles. Y después, porque la reacción de la población inmediatamente después de la rendición de los golpistas demostró que la obra de Suárez se había culminado con éxito. Los españoles estaban dispuestos a recorrer todos a una el camino de la recién estrenada democracia y hacia el desarrollo del país y su inclusión en Europa.

El problema territorial

Pero la ejecutoria de Suárez tuvo también algunos errores que hoy estamos padeciendo. El modelo territorial es el más relevante. La decisión, anunciada por el propio Suárez a Josep Tarradellas en sus conversaciones preliminares antes de que éste viajara a Barcelona, de extender a todas las regiones de España unas instituciones preautonómicas similares a la catalana, fue el origen de una carrera que se inició poco tiempo después. De ese modo, cuando la Constitución estaba todavía elaborándose, ya las autonomías estaban presentes en España, aunque de manera provisional. Y la negociación de los estatutos del País Vasco y de Cataluña se llevó a cabo con los esfuerzos de UCD para frenar los impulsos radicales, no sólo de los nacionalistas, sino del Partido Socialista, que defendía por entonces «la autodeterminación de los pueblos de España». Pero la decisión por parte de Adolfo Suárez de ceder ante las reivindicaciones del que había sido su ministro, Manuel Clavero Arévalo, y de los líderes socialistas para que Andalucía se sumara a la primera división autonómica, junto a Cataluña y al País Vasco, acabó extendiendo a toda España el pugilato por las competencias. Ciertamente, al error inicial de Suárez se fueron sumando luego todos sus sucesores al frente de la Presidencia, hasta convertir el Estado de las Autonomías de hoy en un modelo plagado de disfunciones y de excesos, muy difícil de administrar.

La muerte del hombre que condujo con éxito al país de la dictadura a la democracia llega en un momento en el que el modelo de Estado que él puso en pie se muestra agotado en muchos aspectos. El consenso entre las fuerzas políticas sobre las cuestiones básicas ha desaparecido. Las pretensiones de los independentistas catalanes para desgajarse de España parecen haber acabado con el espíritu de lealtad constitucional que alumbró la Constitución. Incluso la Monarquía, que jugó un papel decisivo en la Transición que pilotó Suárez, vive las horas más bajas desde que fue instaurada a la muerte del general Franco. La España actual no es de ningún modo la que él soñó, ni siquiera la que llegó a poner en pie. Por eso, el recuerdo de su obra es hoy más vivo y más hiriente que nunca. Ahora el país está de nuevo necesitado de líderes con visión de Estado y de futuro, como siempre, pero también de hombres y de mujeres que sean capaces de colocar el interés de España por encima del de sus formaciones políticas. España necesita, como entonces, políticos que respeten la lealtad institucional y que sean capaces de caminar hombro con hombro para conducir al país a unos paisajes más favorables de los que ahora le rodean.

Esa fue una de las enseñanzas de Adolfo Suárez que han quedado en el olvido: la superación voluntaria de las diferencias ideológicas para trabajar por un objetivo superior que incluya el interés de todos los españoles; la renuncia a las pretensiones propias para encontrar un espacio común de acuerdo. Para eso hace falta la valentía que en muchos momentos de su vida demostró Suárez, quien en innumerables ocasiones no dudó en arriesgar su posición personal por perseguir la meta que en ese momento necesitaba España. Políticos de la factura del hombre que nos acaba de dejar se echan de menos en la España de hoy. En un momento en el que la clase política en general cuenta con la valoración más crítica de la historia de la democracia por parte de la opinión pública, el contraste con los elogios unánimes que se están registrando en todo el país, y a todos los niveles, sobre la figura y la trayectoria de Suárez, resulta demoledor para nuestros actuales dirigentes.

Hay otra forma de hacer política, eso es evidente y en España está demostrado. Y no hablamos de la repetición mimética de unas acciones que pertenecen a una época y unas circunstancias irrepetibles, sino de la recuperación de las actitudes y de los talantes básicos que encarnó Suárez y que compartieron los líderes de su tiempo. Con él se va la manera más noble de hacer política y de servir a España.

24 Marzo 2014

Presidente de la Transición

Felipe González Márquez

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Adolfo Suárez ha sido el presidente de la Transición democrática de España. El paso de una dictadura a una democracia pluralista, tantas veces frustrada en nuestro país, se debe a su tarea.

Sus cualidades para el diálogo y el compromiso, desde la fortaleza de su liderazgo, han sido claves para que nuestro país haya conseguido el marco de convivencia en libertad más importante de nuestra historia.

He compartido con él muchos momentos clave de nuestra historia y una amistad que superaba las discrepancias lógicas en el pluralismo de las ideas. Tengo un recuerdo imborrable de su figura y de su tarea. Quiero manifestar a su familia mis sentimientos de pesar y respeto en estos momentos de dolor.

24 Marzo 2004

El coraje y la prudencia

Rodolfo Martín Villa

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Señor:

Con la marcha de Adolfo, son ya muchas las gentes de la Transición que has llamado a tu presencia, por no hablar de Amparo y Marian, su mujer y su hija mayor, cuyas manos él ahora recuperará. No nos queda, pues, más remedio que asumir el mucho tiempo que ya ha transcurrido. El consuelo, no pequeño, es el largo fruto que ha dado aquel ejemplar proceso que condujo a que en la Transición todos ganáramos después de una incivil guerra en la que todos habíamos perdido.

Siempre es difícil asumir la pérdida de alguien a quien quieres y admiras, así que tenemos que recurrir al viejo catecismo y comprender que para que tu Reino sea la colección de todos los bienes es inevitable que desaparezcan de aquí personas como Adolfo. En cambio, nada costará entender que te pida que acojas a quien supo ser tan firme con los fuertes como misericordioso con los débiles. Buena prueba de ello es que, en estos momentos de dificultad, aún se recuerdan sus Pactos de La Moncloa en el deseo de asegurar, como se hizo entonces, el imprescindible Estado del bienestar.

Aquellos días de la Transición nos trajeron la fortuna de contar con los personajes excepcionales que fueron el Rey, Adolfo, Felipe, Fraga y Carrillo. Ahora podemos sorprendernos de que se nos permitiera disfrutar entonces de unos políticos de su envergadura, con la fibra que la nación necesitaba.

El primer Gobierno de Suárez, en el que figuraban, figurábamos, gentes que no siempre habían estado en la democracia pero sí siempre en la reconciliación, dejó las cárceles sin presos políticos y a España sin exiliados por primera vez en muchísimos años. El proceso de la amnistía no habría sido posible sin las profundas convicciones de Adolfo. Porque, como he recordado recientemente parafraseando el salmo, Adolfo, de joven, había descansado los lunes, miércoles y viernes en las “verdes praderas” de los azules campamentos de Ávila, y los martes, jueves y sábados bebía en las “fuentes tranquilas” de la Acción Católica de su diócesis.

Estoy seguro, Señor, de que le permitirás que siga haciendo lo que más le gustaba y mejor hacía en esta vida: manejar la política como herramienta para la convivencia. Y que con tu respaldo ahí, como lo tuvo de los españoles aquí, mantendrá su pasión por el diálogo y su vocación por el pacto. Te ruego que le facilites los medios para que desde ahí nos ayude. No me extrañaría que se reuniese con los cuatro ponentes constitucionales que también viven en ese Reino -Gabriel Cisneros, Fraga, Peces-Barba y Solé Tura-, quienes sin ninguna duda estarán de acuerdo en que si la reforma fue el camino acertado para pasar de la dictadura a la democracia hoy resultaría extraño que se escogiera la ruptura cuando contamos con una Constitución democrática. Una reflexión de la máxima importancia ahora para resolver los problemas que puedan crear algunos españoles que quieran dejar de serlo.

Para resolver este y otros retos seguimos necesitando, Señor, el ejemplo de quien ha representado el valor del que más orgullosos estamos, el que ha concitado nuestra unión en torno a un éxito colectivo: el del consenso con que se hizo la Transición, el de la construcción de una democracia en la que cabemos todos. El ejemplo del hombre que supo llevar a cabo con coraje y prudencia los cambios que una sociedad ya preparada para ellos necesitaba. El mismo coraje y prudencia con que el Rey le eligió.

Así sea.

23 Marzo 2014

El todo por el todo

Antonio Navalón

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Sabía que solo haciendo lo imposible iba a transformar el fatalismo de la historia española

Horas, océanos de café, pocas proteínas y vegetales y muchos ducados fueron testigos de las conversaciones de un hombre que todo lo tuvo en contra. Sin embargo, él sabía que no importa lo que hayas hecho antes, una vez que diriges y tienes la oportunidad de cambiar la historia de tu pueblo, debes dar lo mejor de ti.

24 Marzo 2014

Nadie consiguió tanto en tan poco tiempo

Alfonso Osorio

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Conocí a Adolfo Suárez en una reunión de la primera ola de procuradores familiares. Me pareció simpático y agradable. Lo volví a encontrar en el primer Gobierno de la Monarquía. Ambos fuimos ministros por cauces distintos a los de la voluntad de Carlos Arias. Nos entendimos enseguida; teníamos la misma idea del futuro y de lo que había que hacer para llegar a él.

Durante la vida de aquel Gobierno, Adolfo Suárez tuvo dos momentos estelares: uno cuando defendió brillantemente la Ley de Asociaciones Políticas –«vamos a conseguir que en la política sea normal lo que a nivel de calle es normal»–; otro en los tristes sucesos de Vitoria al demostrar que sabía mandar y que se hacía obedecer.

Cuando el Rey designó a Adolfo Suárez presidente del Gobierno, sonaron truenos y cayeron rayos lanzados desde la clase política hasta la Prensa recién nacida. «Aislar a Suárez» era la consigna de los contrabajos del momento. Pero hubo un grupo de «penenes», «los Tácitos», que, con otros «ilustres desconocidos» decidieron apoyar al nuevo presidente. Adolfo Suárez no era un intelectual ni un gran jurista; no era un catedrático, ni un académico; era sencillamente un político nato, inteligente, intuitivo, receptivo, que sabía escuchar, audaz y prudente al mismo tiempo, paciente, con suaves pero firmes dotes de mando, simpático y conocedor de lo que se podía hacer con los medios de comunicación social.

El Rey le había encomendado que, «de la ley a la ley», cambiase el sistema político y lo convirtiera en una democracia occidental, porque quería –como su padre, Don Juan– ser Rey de todos los españoles. Pensarlo y decirlo era fácil; lo complicado era hacerlo. Y Adolfo Suárez lo hizo. Desde su primera intervención televisada, grabada en su casa, se vio que sus ideas no eran las que repetían sus opositores. Antonio Garrigues me comentó: «Esto no es lo que nos habían dicho»: «y ¿quién os lo había dicho?», le pregunté. «Eso es lo que yo quisiera saber», fue su respuesta.

Constituido el Gobierno, su primera declaración programática mereció el comentario que me hizo José María Gil-Robles, el viejo líder de la CEDA: «Eso no lo conseguirán ustedes jamás». «Jamás» es una palabra muy contundente; pero contradecirla es una gloria. O, como se dice ahora, una «pasada». Lo primero de todo fue un amplio indulto, casi una amnistía. Con él volvieron a casa, entre otros muchos, los condenados por el famoso Proceso 2001, desde Camacho hasta Sartorius. Lo segundo, entrar en contacto con todos los líderes políticos de la situación y de la oposición democrática, desde los más intransigentes, hasta los más dialogantes. A veces se hizo Adolfo Suárez acompañar por alguno de sus colaboradores; en otras ocasiones lo hizo solo –como con Felipe González–. En todas desarrolló sus especiales dotes de seducción y simpatía. Lo tercero, reunirse con todos los máximos representantes de las Fuerzas Armadas. Fernando de Santiago, el vicepresidente militar, no quería; pero se hizo y fue un éxito, otro más, de Adolfo Suárez. Lo cuarto fue la Ley para la Reforma Política. Se quería una ley breve, sintética y comprensible. Adolfo Suárez tenía sobre la mesa varios estudios y anteproyectos, entre ellos el que le entregó Torcuato Fernández-Miranda con la frase «toma esto que no tiene padre». Se basaba en un Parlamento elegido por sufragio universal y en un Senado corporativo que era quien decidía en caso de discrepancia. Adolfo Suárez eligió este anteproyecto como base de trabajo, pero en consonancia con la comisión de ministros que formó, declaró en el nuevo texto la soberanía nacional, sustituyó el Senado corporativo por otro elegido por sufragio universal y precisó que las elecciones a la primera Cámara se harían por un sistema inspirado en criterios de representación proporcional.

Lo quinto fue explicar la ley a la opinión pública y a los políticos, señalándoles que dicha ley no era definitiva, sino un medio instrumental para hacer la reforma política. Lo sexto, conseguir que las Cortes Orgánicas aprobasen el proyecto por una fortísima mayoría, con la inestimable ayuda de Torcuato Fernández-Miranda, Miguel Primo de Rivera y Fernando Suárez que pronunció un discurso inolvidable. Y que el pueblo español diese su conformidad en un referéndum contundente. «Nunca he visto a un pueblo manifestarse con tanta seriedad y sentido del deber como en esta ocasión», me comentó el nuncio, más adelante cardenal Dadaglio.

Pero volvieron a caer rayos: secuestros de Oriol y Villaescusa, vesánica matanza de Atocha. Muchas voces, incluso desde las instituciones, pidieron estado de excepción y dureza policial. Adolfo Suárez se negó, con la ley en la mano, a ningún tipo de exceso. Por aquellas fechas se suprimió el Tribunal de Orden Público y se sustituyó por la Audiencia Nacional; y no mucho más tarde se celebró en Madrid una convención eurocomunista con Santiago Carrillo a la cabeza, que ya se movía por España en libertad y sin peluca; como antes del referéndum se había reunido el congreso socialista con Willy Brandt y François Mitterrand presentes, para pedir, con éxito descriptible, la abstención en la consulta.

A partir de entonces, las disposiciones de reforma se sucedieron en cascada: legalización y refundación de los sindicatos, modificación de la legislación electoral –lástima de las listas electorales cerradas y bloqueadas contra las que nos previno el socialista francés Maurice Faure– y se legalizó el Partido Comunista. Adolfo Suárez quiso asumir personalmente esta decisión, en el luego llamado «Sábado Santo Rojo», arriesgada en la forma, que no en el fondo.

Mediada la primavera, Adolfo Suárez decidió presentarse a las elecciones. Nos pidió a los ministros del Gobierno que no concurriéramos a los comicios. Todos menos uno lo aceptamos, porque queríamos demostrar a los españoles que no nos había movido ninguna ambición torticera. Los que en julio pasado habían lanzado rayos, vinieron en tropel –«hay que arropar a Suárez»– a correr con el presidente la aventura electoral: con ellos –juntos, pero no revueltos– acudió mucha buena gente, limpia y honrada, que conformó la parte saludable de UCD. Adolfo Suárez ganó las elecciones –era lo justo– pero encajó con dolor la derrota en Madrid ante Felipe González. Entonces decidió gobernar «en centro izquierda» y políticamente nos separamos, no sin antes decirle que «nunca nadie había conseguido tanto en tan poco tiempo».

Convocó los Pactos de la Moncloa buscando el consenso entre todas las fuerzas políticas y se lanzó a intentar hacer, por primera vez en nuestra Historia, una Constitución aceptada y aceptable por y para todos. Lo consiguió –aunque se dejó bastante en el camino–. Mejor dicho, le hicieron dejarse bastante en el camino el autor del «café para todos» de las autonomías y un ingeniero agrónomo y un perito teatral, «ilustres y reputados» constitucionalistas.

El general Peñaranda, entonces en el CESID, nos ha contado en un libro reciente cuántas y cuán variadas operaciones se intentaron, por aquellos tiempos, para desestabilizar a Adolfo Suárez. No quiero referirme a ello; no estaba políticamente con él ni en su partido. Pero cuando dimitió, dando una prueba inmensa de dignidad, y cuando permaneció firme y valeroso en su escaño ante la estúpida «boutade» de Tejero, mientras sus sucesivos sucesores se sumergían en sus «piscinas» tuve de nuevo la sensación de haber hecho política junto a un gran hombre.

Creí que cuando Adolfo Suárez fue creado duque de Suárez debió retirarse de la política. Lo hizo, no mucho después, la Providencia y ahora, como dice León Felipe, «murió allá arriba (…) como un soldado del mar, con la rosa de los vientos en la mano deshojando la estrella de navegar».

25 Marzo 2014

El valor de la concordia

José Luis Leal

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Tal vez el principal legado de Adolfo Suárez haya sido el haber sabido, junto con el Rey, salvarnos de nosotros mismos y de nuestros viejos demonios

Recordar a Adolfo Suárez es sentir el soplo de la Historia sobre un país perdido en el tiempo. Es cierto que la Historia la hacen los pueblos pero también los hombres que se cruzan en su destino. Tal fue el caso de Adolfo Suárez y de su majestad el Rey. Sin ellos la transición de una dictadura a la democracia habría sido muy diferente: puede, incluso, que no hubiera habido transición, o que hubiéramos caído en una democracia limitada, indigna de su nombre.

La España de los primeros momentos de la transición tuvo que hacer frente a una difícil herencia. Se había intentado puentear la crisis del petróleo con el resultado de una inflación galopante y un fuerte desequilibrio exterior. Las últimas ejecuciones por motivos políticos se habían llevado a cabo a cabo dos meses antes de la muerte de Franco. A su llegada a la Presidencia del Gobierno Adolfo Suárez sabía que el camino sería arriesgado y difícil.

Todo conspiraba en aquellos primeros momentos para dejar fuera del juego democrático al Partido Comunista: el peso de los militares, que habían trazado su línea roja, las voces de muchos políticos que consideraban que aún no había llegado el momento de legalizarlo, la aparente apatía de las masas. Pero Adolfo Suárez arriesgó y ganó: era un hombre valiente.

Vino luego la elección del Vicepresidente económico, nombrado fuera del partido, por su prestigio profesional y su credibilidad. Confiar la economía a una persona independiente y creíble era y es, para cualquier político, un riesgo importante porque lo necesario desde el punto de vista técnico no siempre es factible desde el punto de vista político, al menos en el corto plazo, terreno privilegiado de la política. Adolfo Suárez arriesgó y ganó: era un hombre de Estado. Los Acuerdos de la Moncloa allanaron el camino de la Constitución.

Hablar de consenso era para muchos desdibujar los perfiles del programa del partido, entrar en tierra de nadie, enfrentarse a los militantes. Más aún cuando de lo que trataba era de redactar una Constitución. Como en otros momentos de nuestra Historia, Adolfo Suárez podría haber encargado su redacción a miembros de UCD para que reflejara los valores que habían triunfado en las urnas y que, dada la naturaleza de la propia UCD, eran bastante amplios. Pero prefirió una Constitución de consenso. De nuevo arriesgó y ganó. Y con él ganamos todos: España pasó sin trauma de la dictadura a la democracia.

A veces se critica la calidad de nuestra democracia poniendo el acento en la transición. Pero no se suele tener en cuenta que una cosa es el entramado jurídico, el equilibrio de poderes, los derechos y obligaciones de los ciudadanos, el juego de mayorías y minorías, y otra la interiorización de los valores que se plasmaron en la Constitución. Esa interiorización lleva tiempo y no depende del arquitecto ni de los redactores ni de quienes, en abrumadora mayoría, la aprobaron en su día. Depende más bien del ejercicio cotidiano del poder y del ejemplo de quienes lo ejercen.

La enfermedad de Adolfo Suárez le impidió desempeñar el papel que siempre le gustó de búsqueda de concordias y consensos. Nos ha faltado su presencia cuando las tensiones de nuestra vida política han llegado a un punto a partir del cual ya nadie tiene nada que ganar. Adolfo Suárez habría podido, por su personalidad, su carisma y el inmenso caudal de cariño y respeto del que gozaba, haber acercado posturas y evitar muchos de los problemas que nos aquejan ahora. Pero no fue posible. El destino fue benévolo al principio, pero cruel al final.

Como en la magistral película de John Ford El sol siempre brilla en Kentucky, tal vez el principal legado de Adolfo Suárez haya sido el haber sabido, junto con su majestad el Rey, salvarnos de nosotros mismos y de nuestros viejos demonios. Se nos ha ido un gran hombre que forma parte de nuestra Historia. El tiempo agranda y seguirá agrandando su figura.

José Luis Leal

25 Marzo 2014

SUÁREZ Y EL ESPÍRITU DE LA TRANSICIÓN

ABC (Director: Bieito Rubido)

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El recuerdo del primer presidente de la democracia consiguió reavivar ayer aquel espíritu de consenso que permitió el pacífico cambio de régimen a un marco de libertades

ESPAÑA se despidió ayer de Adolfo Suárez con una muestra unánime de gratitud y respeto por la histórica labor desempeñada al frente de la Transición. Junto a políticos, empresarios, sindicatos y los representantes de las más altas instituciones del Estado, miles de ciudadanos se acercaron a la capilla ardiente situada en el Congreso para ofrecer su último adiós al primer presidente de la democracia, fallecido el domingo a los 81 años. El pueblo español en su conjunto rindió un sentido homenaje a uno de los principales artífices de la democracia, que posibilitó el tránsito pacífico de la dictadura a un nuevo marco de derechos y libertades políticas, convertido hoy en referencia internacional. Y lo hizo blandiendo como únicas herramientas el espíritu del pacto, la concordia y la reconciliación. Su recuerdo consiguió revivir ayer un sentimiento de unidad y consenso que no se veía desde hace mucho tiempo.

Todos los asistentes coincidieron en destacar el trascendental papel jugado por Suárez en la reciente Historia de España. El Rey confesó «una gran pena» por su pérdida y el Príncipe de Asturias destacó que «hay que agradecerle todo» por el gran servicio prestado al país. Pero si hay una imagen que concentra el espíritu que encarna Súarez, es la de los tres expresidentes vivos homenajeando juntos su figura: Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero. Los representantes de todos los partidos también elogiaron al unísono su obra, en especial su forma de entender y hacer política, abierto a todas las fuerzas y agentes con el fin de llegar a acuerdos en beneficio del interés general, más allá de sus ambiciones personales. La generosidad y altura de miras demostradas por Suárez en aquel trascendental momento no tiene parangón reciente. La única nota discordante la protagonizó, por desgracia, el presidente de la Generalitat, Artur Mas, quien no dudó en aprovechar el foco para volver a reivindicar su proyecto soberanista.

El laudatorio consenso que ha generado la figura de Adolfo Suárez, con la amplia perspectiva que ofrece el paso del tiempo, no extraña si se tiene en cuenta que simbolizó un conjunto de valores forjados en la Transición, y reclamados hoy por amplios sectores de la sociedad española. La democracia, la Constitución y los Pactos de La Moncloa son frutos directos del espíritu de diálogo, generosidad, audacia, valentía, consenso y conciliación que tan bien representó Suárez durante sus años de gobierno. Como señaló Don Juan Carlos en 2002, «España no habría volado tan alto ni tan deprisa» sin él.

25 Marzo 2014

Si yo fuera Presidente

Landelino Lavilla

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Con estas palabras inició Adolfo Suárez, en la primavera de 1975, la primera conversación que sostuvimos con un serio propósito de intercambiar nuestros respectivos puntos de vista sobre la convicción –ya dato– de que pronto tendría España que afrontar su transformación política cancelando la realidad política decantada tras la Guerra Civil y estableciendo el orden constitucional –el Estado democrático y social de Derecho– en sintonía con el sistema político de los países de nuestro entorno y con alineamiento en el proceso de europeísmo en curso.

En julio de 1976, aquella hipótesis era ya un hecho. «Ya soy presidente», me dijo y, evocando la conversación de un año antes, me pidió la incorporación al Gobierno como ministro de Justicia. Recordamos la necesidad sentida del relevo generacional, obviamente ya producida con su ascenso a la Presidencia del Gobierno, y consumimos el tiempo que me dedicó actualizando nuestras convicciones y, sin mostrar curiosidad por mi parte sobre la composición del Gobierno, insistí al presidente acerca de los términos generales, y aun los detalles, de la tarea a que me convocaba, inquiriendo la precisión sobre el cómo y el cuándo. Me incorporé al Gobierno fiado en la exposición del presidente, que, prácticamente, fue hecha pública en la primera declaración del Gobierno (la del día 16) y que, en síntesis, suponía reconocer la soberanía del pueblo, constituir unas Cortes bicamerales con expresa legitimación para abrir un proceso constituyente y celebrar las elecciones por sufragio universal en el primer semestre de 1977, previo reconocimiento de los derechos y libertades, de modo que se asegurara la corrección del proceso y la aceptación, sin controversia, de sus resultados. Anunciamos, además y como prenda, una inmediata amnistía por los delitos estrictamente políticos.

Todo se cumplimentó, tras la programación y ejecución en el plazo convenido. El 15 de junio de 1977, en un ambiente generalizado de optimismo y hasta fervor democrático, se celebraron las anunciadas elecciones.

Cuando en las tristes circunstancias de hoy traigo al presente mis recuerdos de entonces –como el que acabo de reseñar–, siento un desgarramiento paralelo al que me produjeron la noticia del quebranto físico del presidente Suárez y la terminación de nuestros almuerzos y periódicas conversaciones, severamente interrumpidas por la exposición que me hizo Adolfo Suárez Jr. sobre el estado del presidente.

El período de tiempo en el que compartimos preocupaciones y responsabilidades, en el que impulsamos nuestra gestión directa, en el que ideamos soluciones y orientaciones es un período en mi vida que, aún con sus limitaciones temporales, está incrustado en el presente –más en un presente tan singularizado como hoy mismo de manera mucho más viva y persistente que otros muchos períodos más largos, más sosegados y personalmente gratificantes–. Fue aquel un período marcado por la dirección del presidente Suárez, por su personalidad y su admirable capacidad de gobierno y de construcción de un orden político en el que la convivencia entre españoles se afirmara como un categórico mentís frente a la repetida y temida realidad de una congénita dificultad de los españoles para convivir en un orden político estable, hecho de concordia y armonía.

El presidente Suárez pregonó su voluntad de conducir el Gobierno y articular el pluralismo de modo que el respeto y la conciliación desterrasen nuestras más amargas experiencias y fuéramos capaces de poner en práctica los mejores valores cívicos en pro del progreso y la modernidad.

He dicho que pregonó sin cohibiciones su voluntad de concordia, y añado que dirigió una operación en la que los objetivos compartidos fueron referencia y meta para el estimulado esfuerzo de un pueblo que apreció y valoró, sin reservas, el definitivo propósito de que no se produjeran nuevos enfrentamientos entre españoles y nos aplicáramos a convivir en nuestro común solar y sin exilios.

Añado también, sin hipérbole, que el presidente Suárez gobernó con rigor, con entereza, con decisión y, cuando fue menester, con incontestables gestos de dignidad y valentía. Como hoy me rindo, sin resistencia, al confesado dolor de la separación en el final de su vida, me rendí en su momento, con admiración discreta e incondicionada, ante sus cualidades de gobernante y sus capacidades de dirección; como ante la sagacidad y perspicacia de sus intuiciones y el buen sentido con el que dirigió los destinos del país y el cambio político protagonizado. Siempre que he caído en la sima de mis recuerdos me he sentido deudor del presidente Suárez. Cuando por reconocimiento sincero o por halago convencional se me han dedicado expresiones de elogio a lo que hicimos –o a lo que hice en ejercicio de mi responsabilidad–, he contestado sin rebozo que, si mi paso por la política podía adornarse con algún mérito éste era plenamente transferible al presidente Suárez. Solo cuando el eventual reconocimiento o el ocasional halago provenía del presidente Suárez yo podía sentirme y me sentía íntimamente reconocido y hasta halagado.

Termino ya para que mis sentimientos no me desborden y dejo testimonio de cuantas compensaciones he hallado en la amistad del presidente Suárez y en la verdad con la que, en mi colaboración con él, me he sentido partícipe de la magna acción política por la que ha sido y es la referencia de mayor dimensión en nuestra reciente historia y, desde luego, en mi vida política.

Landelino Lavilla