11 septiembre 1950
Jefe del Partido Liberal en La Restauración, fue elegido diputado por la candidatura monárquica en las tres elecciones celebradas durante la II República
Muere Álvaro Figueroa y Torres, el Conde de Romanones, ex Jefe de Gobierno durante el reinado de Alfonso XIII
Hechos
El 11 de septiembre de 1950 falleció D. Álvaro de Figueroa y Torres.
Lecturas
Don Álvaro de Figueroa, conde de Romanones, ha fallecido a las 23.30 horas de esta noche, en Madrid, de una dolencia cardiaca. Enfermo desde hace un mes, anteayer se le autorizó el traslado a Madrid, desde San Sebastián, ante el inevitable desenlace. El conde de Romanones marca una etapa de la política española.
Miembro del Partido Liberal, desde 1888 fue diputado por Guadalajara, ocupando numerosos ministerios y la presidencia del Gobierno en tres ocasiones.
Firme monárquico aconsejó a D. Alfonso XIII el abandono de España, en abril de 1931. Con la república conservó su acta de diputado, más sin el prestigio político del que gozara antaño. El fue el encabezó la defensa la figura del Rey cuando el congreso le condenó políticamente. El Conde de Romanones fue elegido diputado en las tres elecciones legislativas de la II República: en 1931, en 1933 y en 1936. En la Guerra Civil abandonó el bando nacional.
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El Análisis
Con la muerte del conde de Romanones en este 1950 desaparece una de las últimas figuras vivas de aquella política de la Restauración que, en su tramo final, más que sostener la Monarquía, la desgastó. Álvaro de Figueroa y Torres, conde por herencia y político por vocación –o acaso por astucia instintiva– encarnó como pocos la segunda etapa del sistema canovista: la de Alfonso XIII, ya sin la solidez de los viejos fundadores y sí con el creciente descrédito de una política que se debatía entre el caciquismo y la corte.
Romanones nunca fue un gran orador, ni un ideólogo profundo, pero supo moverse con una habilidad admirable entre pasillos palaciegos, ministerios y cafés madrileños. La frase que la historia le atribuye –“¡Joder, qué tropa!”– sirve como emblema involuntario de una época en la que el parlamentarismo era más una escenografía que una fuerza de transformación nacional.
Al morir Canalejas, Romanones intentó hacerse con el liderazgo liberal, sin conseguir nunca la estatura ni el respeto de su antecesor. Frente a los conservadores Maura y Dato, su figura era la del hábil maniobrador, no la del estadista. Y sin embargo, estuvo en todos los gobiernos posibles, en todos los vaivenes de un régimen que se derrumbaba por desgaste, hasta acabar desembocando en la dictadura de Primo de Rivera. Y cuando llegó el momento de la verdad, en 1931, fue de los pocos que tuvieron influencia sobre Alfonso XIII y se la usaron para pedirle que abandonara España. Lo hizo no desde la firmeza de un plan de restauración, sino desde la resignación al descrédito. Aun ganando en votos numéricos en las municipales, el rey se marchó sin resistencia, aconsejado por un Romanones que ya no creía en soluciones regeneradoras.
Aun así, no abandonó la política con la llegada de la República. Con tenacidad y sentido de la oportunidad, fue elegido diputado en las tres legislaturas republicanas (1931, 1933 y 1936), sin renegar jamás de su monarquismo. Para los que hoy hablan de restaurar la monarquía, la lección es clara. No basta con mirar atrás ni evocar viejos títulos. La nueva monarquía –si alguna vez vuelve– deberá ser otra cosa. Porque la del pícaro Romanones, con sus maniobras, sus frases lapidarias y su oportunismo, pertenece ya no a la historia, sino a la arqueología de un régimen que perdió el pulso del país. Y que no supo renovarse a tiempo.
J. F. Lamata