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Hija de una relación extra-matrimonial del ministro Serrano Suñer

Muere Carmen Díez de Rivera, ex eurodiputada del PSOE y colaboradora de Adolfo Suárez con el que acabó enfrentado

HECHOS

El 30 de noviembre de 1999 falleció Dña. Carmen Díez de Rivera.

30 Noviembre 1999

La musa de la transición

Javier Tusell

Evocar a Carmen Díez de Rivera como esa «musa rubia y sabia de la revolución de derechas» en que consistió la transición parece obligado y, al mismo tiempo, sabe a poco. El entrecomillado, debido a Francisco Umbral, pese a su tono cariñoso, puede dar, contra los deseos de su autor, la sensación de banalizar al personaje. En ocasiones, los protagonistas que en la historia aparecen como figuras de segunda fila dan la sensación de ser adornos destinados a enaltecer la personalidad de los más relevantes. Pero si se procura ahondar un poco en ellos se acaba por descubrir su sustancia y también su aportación a un proceso colectivo.Hija de la marquesa de Llanzol, Carmen Díez de Rivera estuvo presente en la vida política española a la sombra de Adolfo Suárez. La había conocido éste siendo director general de TVE y pronto pudo descubrir, mientras desempeñaba la jefatura de relaciones internacionales, sus dotes de inteligencia, organización y capacidad de relación social. Luego le siguió en su sorprendente y zigzagueante camino hacia la presidencia del Gobierno. Estuvo con él, por ejemplo, en Telefónica, y luego en la Secretaría General del Movimiento. Resulta muy curioso que del equipo de que dispuso Suárez en ese momento -Graullera, García López, Navarro, Ortiz…-, aun en ocasiones dotado de mayores capacidades de aquellas que se le atribuyeron, sólo ella aflorara al conocimiento público. Fueron éstos los meses en que el futuro presidente empezó a despuntar venciendo al marqués de Villaverde en el Consejo Nacional o gracias a sus discursos en las Cortes. En un grado mayor o menor, ella participó en la redacción de sus intervenciones.

Pero en el momento en que adquirió mayor relevancia fue durante los primeros meses de la presidencia de Suárez. Fue ella quien recibió a una delegación del PCE -Tamames, Gallego, Lobato, Romero Marín- cuando detuvieron a Carrillo, y durante esos meses decisivos su belleza frágil pareció extrañamente vinculada al escollo más difícil de sortear de toda la transición, la legalización del PCE. Su claro criterio a la hora de negociar desde Presidencia el entierro de los abogados laboralistas de Atocha contribuyó a que el sepelio se realizara abriendo la esperanza a una convivencia no traumática. Fue ella quien habló por vez primera, tras un encuentro casual, con Carrillo a fines de enero de 1977. Lo hizo de nuevo más adelante, proporcionando al dirigente comunista un perfecto mapa de situación no sólo de cómo se veía en Presidencia el proceso político -las dificultades con el Ejército y la policía, por ejemplo- como de las cualidades y limitaciones del propio Suárez; también le dijo que no iba a estar mucho tiempo en la jefatura del gabinete de Presidencia. Convertida en símbolo de mujer independiente y proclive a posiciones de centro-izquierda, la extrema derecha se volcó en su contra acusándola incluso de haber filtrado documentos al PSP de Tierno Galván. Éste, como también Carrillo, anudaron una conexión personal con ella, pero su fidelidad, aun poco disciplinada, permaneció al lado de Suárez. En 1987 haría su reaparición política en las candidaturas de centro-izquierda a las elecciones europeas; en ese Parlamento eligió como objetos preferentes de su interés cuestiones todas ellas relacionadas con la nueva sensibilidad emergente, como la ecología.

La «musa de la transición» pudo, en ocasiones irrepetibles, contribuir a engrasar un proceso político nada fácil, pero no fue sólo el símbolo de una postura reformista avanzada, sino también de una España en que la mujer había sido capaz de conquistar un papel cada vez más relevante en la vida social. Ella personificó esta realidad, que fue el triunfo irreversible de todo un periodo.

30 Noviembre 1999

El precio de la libertad

Ana Romero Galán

«Eso no me lo pongas cuando me muera y te pidan que escribas sobre mí», solía decir, riendo, después de soltar alguna verdad, de esas brutales, tan suyas. Tantas veces bromeamos sobre esto, y hoy resulta que hay que hacerlo.

Se hizo famosa en la Transición. Durante nueves meses, de julio de 1976 a mayo de 1977, Carmen Díez de Rivera e Icaza fue jefe de Gabinete del primer Gobierno de Adolfo Suárez. Tenía 33 años, era la primera mujer que llegaba a ese puesto en España y nunca se quitaba los pantalones vaqueros. Había estudiado Ciencias Políticas y hablaba francés, inglés y alemán. Había trabajado en Televisión Española con Suárez, al que conoció cuando todavía era secretario general del Movimiento.

Hija de la marquesa de Llanzol, por su enorme atractivo, su pelo rubio, sus bellos ojos azules, y los constantes rumores acerca de su vida privada, a Carmen se le otorgó el estúpido sobrenombre de la musa de la Transición. A ella, esa denominación le parecía una soberana tontería. Pero, decía, «viendo lo que es España ahora, no es difícil imaginar lo que fue para mí, para una mujer de esas características y con ese puesto, hace 23 años».

Primero desde Castellana 3, donde se instaló la Presidencia del Gobierno, y luego en el palacio de La Moncloa, jugó un papel fundamental en la legalización del Partido Comunista y en la abdicación de Don Juan. Muchos la recuerdan todavía por su famoso chinchón con Santiago Carrillo cuando de éste casi no se podía decir ni el nombre, y ella habló con él en público. Ese episodio, y otros, le valieron más de un disgusto con sus superiores.

Profundamente de izquierdas, el sarcasmo de algunas estrellas de entonces le dolía aún. Si tanto interés tenía en que se legalizara el Partido Comunista en España, llegaron a sugerirle, ¿por qué no sacarse un billete de ida, pero sin vuelta, a Moscú? Allí quizá estaría mejor que en Madrid. Muchos de éstos han brillado infinitamente más que ella en las biblias de la Transición. Ella siempre prefirió ser una «mujer escondida».

Agotada, tardó diez años en recuperarse de su intensa experiencia durante la Transición. Volvió a la política, en 1987, a la Eurocámara de Estrasburgo, de la mano del Centro Democrático y Social (CDS), el segundo partido de Suárez. Lo abandonó cuando esta formación decidió integrarse en la Internacional Liberal.

En el Parlamento Europeo, optó por ocuparse de lo que siempre le interesó de verdad: la gente. Lo hizo desde las comisiones de Medio Ambiente, Salud Pública y Protección del Consumidor. Votó siempre a su aire y, miembro del PSOE desde 1989, no le importaba nada romper la disciplina de partido cuando ella lo consideraba. Así, se opuso a la elección de Jacques Santer, al que no consideraba lo suficientemente cualificado para ser presidente de la Comisión Europea.

Ella resumía así su labor: «¡Yo no estaba allí [en el Parlamento] para votar por los intereses de las petroleras!». Elaboró el dictamen sobre política medioambiental y participó en la realización del proyecto del número telefónico 112, de llamadas de urgencias para casos de peligro de catástrofes en los países de la Unión Europea. Se declaraba «ecosocialista». Exasperante incluso para algunos compañeros de su mismo grupo, el Parlamento Europeo en pleno le brindó un emocionado adiós el pasado febrero cuando tuvo que dejar su trabajo.

Lo de una «larga enfermedad» le parecía, de nuevo, una cursilada. Carmen tenía cáncer. Desde su última entrevista, el pasado marzo, no paraba de repetir que en este país había que hacer algo para mejorar el estudio, tratamiento y prevención del cáncer. Sobre todo, porque el de ella fue resultado de un error médico. «Si hubiese peleado desde el principio», se lamentaba, «ahora no estaría muriéndome».

Pero, obstinada y corajuda, luchó hasta el final. El mes pasado estaba nadando en su querido San Lluís, en Menorca, a donde huyó cuando le construyeron una cementera junto a su casa de Carboneras, en Almería. Allí, en Menorca, pasó los dos últimosmeses de vida antes de ser ingresada. Hace tres semanas, la última vez que la ví, se hacía leer todavía los periódicos. Estaba al tanto de todo lo que pasaba dentro y fuera de España y lo comentaba con pasión.

Más que la que ella vivió, le preocupaba ahora «esa segunda Transición que todavía se ha de realizar en España y que ninguno de los grandes partidos ha querido emprender».

Libre y lúcida, veía los fallos de unos y otros. Consideraba que ahora, casi 25 años después de la muerte del dictador, ya sí se podía hablar claro en este país. Andaba obsesionada por ayudar a los jóvenes, por que éstos tuvieran más oportunidades, sobre todo en el campo de la política. «¡Qué hartura, siempre los mismos!», decía ella, que ya antes de caer enferma envió una carta a Felipe González diciéndole que no volvería a repetir escaño en Estrasburgo.

Más que de política, me gustaba oírle hablar de la vida. La suya fue dura, demasiado. A los 15 visitó París, a la que adoraba, y lloró de pena al compararla con la «gris y aburrida» ciudad que era entonces Madrid. A los 17 años, sufrió un fuerte revés familiar que la marcó para siempre. Mucho más, según decía, que la enfermedad que acabó con su vida. Durante tres años, hasta los 21, trabajó en Costa de Marfil de cooperante. Contaba que aprendió a vivir de esas rentas: «Aprendí entonces que era una privilegiada». Nunca se casó ni tuvo hijos, aunque le hubiese gustado tener «dos varones» porque «les toca sufrir menos».

Tantos dolores del alma la convirtieron en la persona que fue, de una increíble sabiduría y un genial sentido del humor. Blanda por dentro y dura por fuera, si por algo le hubiera gustado ser recordada es porque a pesar del precio que se paga, vale la pena ser libre.

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Carmen Díez de Rivera

02 Diciembre 1999

Carmen

Maruja Torres

Inteligente, culta, educada, bella por fuera y por dentro, solidaria y generosa. Carmen Díez de Rivera ha muerto a los 57 años de una vida singular que no le ahorró dolor ni incomprensión pero por la que ella transitó con intensa discreción o discreta intensidad, que da lo mismo. Mujer guerrera y elegante, sabía más de feminismo y progresismo que muchas desmelenadas del momento, y, desde luego, conocía muy bien las miserias de la política por dentro, sin que ello le permitiera mostrar más amargura que la apenas esbozada por su pequeña sonrisa irónica, por alguna frase cortante que a veces emergía en su proverbial delicadeza. Buena gente; por encima de todo, buena gente; de la que tiene talento: es decir, la necesaria.Al recordarla evoco los días de la incipiente democracia española, aquel país tan distinto, ni mejor ni peor pero sí más ingenuo, más inocente y más sobresaltado, con otros sustos: la extrema derecha, todavía sin domar; los militares, rugiendo agravios.

Como siempre que muere alguien valioso -y Carmen lo era-, siento el dolor de su desaparición mezclado con la rabia que me produce que el cáncer no arrase a los indeseables, por ejemplo, que manejan el asesinato como argumento disuasorio. Y recuerdo nuestros pequeños encuentros de mujeres que, sin ser amigas, se profesan cariño y respeto en la distancia. A veces coincidía con ella en los aeropuertos, a veces intercambiábamos notas de aprecio y aliento. En tales ocasiones no dejaba de meditar acerca de cuánto valía Carmen, de lo imprescindible que nos era y sobre cuán natural resultaba, por otra parte, que su sabio espíritu permaneciera en la sombra en este tiempo y paisaje de fantoches.

Otra en su lugar habría pasado factura o habría esgrimido un libro de explosivas memorias. Otra, claro; nunca Carmen. Pero alguien que la haya conocido mejor que yo debería dejar en un volumen su historia para que los jóvenes, sobre todo las jóvenes españolas, sepan con qué piedras preciosas se pavimentó el camino que ahora pisamos y sobre el que, demasiado a menudo, escupimos como si no mereciera aprecio.

Yo no te olvido, Carmen. Cualquiera que sea el mundo al que has ido a parar, habrá mejorado con tu llegada.

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