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Mitterrand negó su enfermedad en campaña electoral

Muere el ex Presidente socialista de Francia François Mitterrand, cuando se especulaba un posible pasado colaboracionista nazi

HECHOS

Muere François Miterrand-

25 Enero 1996

Salud y política

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

MITTERRAND MINTIÓ a los franceses durante, casi todo el tiempo que pasó en el Elíseo. Esto parece ya claro. E imposible de ocultar. Le grand secret, el libro en el que el médico de Mitterrand cuenta que el recién fallecido presidente francés. ocultó durante una década su cáncer, se puede leer desde ayer a través de Internet. Lo ha incorporado a la red informática el propietario de un café de Besancon, que protesta así por la decisión de un tribunal de justicia francés de prohibir la difusión del libro. Este gesto añade un nuevo elemento -la imposibilidad de ejercer una censura completa en una sociedad abierta y dotada de alta tecnología- a los ya complejos aspectos políticos, deontológicos y jurídicos del caso.La información esencial de Le gran secret es que Mitterrand mintió sistemáticamente a los franceses respecto a su salud y mostró un grado de cinismo al respecto que sólo sus peores enemigos le achacaban. En 1992 informó de que tenia un cáncer de próstata. Era cierto. Pero lo tenía desde 11 años antes, meses tan sólo después de su primera victoria en las elecciones presidenciales. Conservo su gran secreto pese a haber prometido al electorado en su primera campaña presidencial una absoluta transparencia sobre su condición física. Puede discutirse si la salud de los dirigentes políticos es un asunto público o privado. La tragedia personal de la enfermedad y la muerte es, de hecho, un asunto íntimo más que privado si por voluntad del individuo afecta de modo permanente y grave a asuntos de Estado y a la seguridad de los ciudadanos, es también un asunto público. Para evitar una repetición del caso Pompidou, que falleció de cáncer en el Elíseo sin que nunca se dijera oficialmente que lo padecía, Mitterrand estableció la costumbre de publicar mensualmente sus boletines de salud. Aun suponiendo que el desarrollo de su cáncer no afectara a su trabajo en su primer septenio presidencial, cabe, preguntarse si hubiera sido reelegido en 1988 de saberse su enfermedad.

El que Claude Gubler, el médico personal de Mitterrand y autor de Le grand secret, falsificara durante una década esos boletines revela una imagen deplorable de este personaje. De entrada, su descargo de conciencia contando toda la verdad hubiera sido quizás encomiable si lo hubiera hecho cuando importaba a los franceses y no cuando es una mera operación editorial. La vulneración por parte del médico de su juramento hipocrático es algo de lo que, deberá responder ante una comisión deontológica. No tiene por qué haber relación entre la catadura de un autor y la posibilidad de venta de su libro. El secuestro del libro, imposible en otros países del entorno, entre, ellos España, defiende una privacidad sumamente discutible.

Pero también es cierto que al traicionar la confidencialidad de la relación médico-enfermo, el libro vulnera un derecho individual que debe ser defendido a toda costa. La discusión al respecto existe. El dilema es real. Sopesar los derechos del individuo frente a los de aquellos que dependen de él es una tarea terriblemente difícil. Como lo es el evitar que una conducta canalla quiera presentarse a sí misma como un gran favor a la sociedad.

25 Abril 1996

La posteridad

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

LA POSTERIDAD de François Mitterrand está resultando casi tan agitada como su vida. Murió el 8 de enero pasado, apenas unos meses después de terminar su segundo mandato como presidente de la República. En las horas posteriores a su desaparición se desató un torrente de elogios a su figura, reconocida incluso por sus enemigos. Tuvo unos solemnes funerales de Estado en Notre Dame como sólo los tienen los monarcas en ejercicio y un entierro familiar que reunió a sus dos familias, la de su esposa legítima con sus hijos y nietos y la de su compañera de los últimos años con su hija Mazarine, de cuya existencia se tuvo noticia sólo muy recientemente.Dos escándalos se sucedieron a escasas horas de que el último puñado de tierra cayera sobre sus restos: aparecieron fotos tomadas subrepticiamente del cadáver en la sala mortuoria de su vivienda, y se conoció, gracias a las revelaciones de quien había sido su médico, que había ocultado el diagnóstico de un cáncer durante más de diez años. Las fotos fueron publicadas por los periódicos, y las revelaciones aparecieron en forma de libro que fue inmediatamente secuestrado. Esta decisión judicial suscitó un agrio debate sobre la libertad de expresión y los límites del secreto profesional y el secreto de Estado. También se supo que el ex presidente había elegido prácticamente el momento de su muerte, al abandonar tres días antes de su fallecimiento la medicación.

El último tramo de su vida estuvo jalonado por gestos y decisiones destinados a poner en orden su existencia o, mejor, el rastro de su memoria. Dos colaboradores suyos se habían suicidado, en medio de la tempestad de escándalos políticos y financieros que salpicaron al Partido Socialista. Las revelaciones sobre su juventud derechista y sobre su hija oculta daban pie al último alud de descalificaciones, que no detuvo su muerte.

No es extraño que una desaparición tan agitada siga suscitando el interés de los franceses, que devoran los libros de recuerdos y las biografías escritas por sus colaboradores, amigos y enemigos próximos. Catorce libros han sido publicados en Francia desde su desaparición, con todo tipo de versiones, muchas veces contradictorias, sobre los episodios más controvertidos de su vida. El propio Mitterrand, como si hubiera preparado este combate fantasmagórico, no está ausente en el cruce de versiones polémicas, y acaban de salir dos libros suyos de memorias, uno dedicado a desmontar los argumentos de sus denigradores sobre su comportamiento durante el régimen de Vichy o durante la guerra de Argelia y otro reivindicando la idea central de su pensamiento, y probablemente lo más perdurable de su legado: que la amistad entre Francia y Alemania es la clave de la paz y del futuro de Europa.

Fue un político versátil, un presidente contradictorio y a veces hosco, pero de enorme dimensión histórica y humana: todo un caso de hombre libre que se empeñó en domesticar su destino; su vida y también su muerte. Alguien que en los últimos meses osó incluso domeñar su posteridad, esculpiendo su propia imagen en unas memorias que entran ahora en lo que parece un combate inacabable entre él y sus contemporáneos.

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