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La concesión de calles a los dos columnistas indignan a los extremistas de ambos lados

Muere el histórico columnista de EL PAÍS, Haro Tecglen, cinco meses después que su rival, Jaime Campmany

HECHOS

El 19.10.2005 falleció el columnista del diario EL PAÍS, D. Eduardo Haro Tecglen.

D. Emilio Campmany (hijo de D. Jaime Campmany) habla con J. F. Lamata sobre su padre y D. Eduardo Haro Tecglen:

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20 Octubre 2005

DOS

Erasmo (José Luis Gutiérrez)

Dos falangistas. Jaime Capmany y su libro póstumo (Zapatiesta Zapatero).Y Tecglen, que se ha ido, huésped una vez en este ático de Erasmo: Hablaba solo por la calle como el psiquiatra de Eduardo Haro Tecglen. Sus verdades al aire, el primero; atormentado por su propio fingimiento, el segundo: hombres de confianza del régimen de Franco, ambos. Tan buenas plumas, tan distinto plumaje. Descansen.

Erasmo

22 Noviembre 2005

HARO TECGLEN, ESQUINA JAIME CAMPMANY

Emilio Campmany

Puede que dentro de unos años, algún taxista madrileño tenga que escuchar cómo se le pide ir hasta esta dirección. Hace unas semanas, el Ayuntamiento de Madrid decidió, por unanimidad, ponerle a una calle el nombre del recientemente fallecido columnista de EL PAÍS, Eduardo Haro Tecglen. Ayer, el mismo Ayuntamiento ha decidido, con la oposición de los grupos socialista y de Izquierda Unida, ponerle también el nombre de una calle a mi padre, el también columnista, también recientemente fallecido, Jaime Campmany.

Haro y mi padre eran de la misma generación. Nacidos con apenas unos meses de diferencia, los dos fueron niños de una guerra vivida de muy distinta manera, aunque eso sí, con el mismo espanto y horror. Cada uno se amoldó a la España salida de ella como mejor pudo y cada cual trató de ser coherente con sus ideas de la mejor manera que supo. Yo, que soy hijo de uno de ellos, no debo juzgar moralmente su conducta, ni creo que nadie tenga derecho a hacerlo ahora que no pueden justificar lo que hicieron o dijeron. Lo que todos sí podemos reconocer es que, desde columnas enfrentadas, desde medios ideológicamente opuestos, ambos defendieron sus ideas con vehemencia, casi siempre contra corriente y con un castellano que ya quisieran muchos, incluido yo, para sí.

No comprendo por qué los concejales de izquierda del Ayuntamiento de Madrid no han tenido el señorío de reconocer al columnista adversario la virtud que los de la derecha le han reconocido al de ellos. Si el debate acerca de los méritos que los dos pudieran tener para el honor que se les hace se hubiera limitado a lo que debía, esto es, a lo bien que escribían y al haber sido unos columnistas de éxito, no habría habido problema en aceptar que ambos tenían los suficientes. Sin embargo, al parecer, para socialistas y comunistas ese mérito no basta, sino que además hay que ser de los «suyos» para conseguir el reconocimiento de las instituciones, aunque éstas sean en realidad de todos. Es una lástima. Les hubiera bastado tomar ejemplo de su correligionario fallecido para darse cuenta de que una cosa son las ideas y otra muy distinta los méritos.

Les cuento. Ni Haro ni mi padre se andaban con chiquitas a la hora de decirse lindezas. Pero, si se odiaban, lo hacían cordialmente y nunca dejaron, aun con la boca pequeña, de reconocer la gracia en el otro. Ocurrió que durante una Feria del Libro, hace no muchos años, coincidieron el mismo día y a la misma hora, en distintas casetas, Haro y Campmany para firmar sus respectivos libros. Mi madre dejó a mi padre unos minutos diciéndole: «Voy un momento a acercarme a la caseta donde está firmando Haro para que me dedique su «Niño republicano»». Y a mi padre le pareció lo más natural del mundo. Hasta allí se fue ella, compró el libro y pidió al escritor que se lo dedicara aclarándole que era Conchita, la mujer de Jaime Campmany. El columnista de EL PAÍS la saludó amablemente y le escribió una cariñosa dedicatoria firmándola como «El Inhóspito», que es como, sin tanto cariño, desde luego, lo llamaba mi padre en sus artículos. Cuando terminaron de firmar, los tres se fueron dando un paseo por el Retiro y charlando.

¿Era mucho pedir que los concejales hubieran sido unánimes a la hora de dedicar sendas calles a estos dos columnistas de vidas casi paralelas?

No importa. Dentro de unos años, alguien pedirá a un taxista que le lleve a Haro Tecglen, esquina con Jaime Campmany y luego preguntará: «¿Sabe usted quiénes eran?» Y el taxista contestará: «Eran dos periodistas españoles».

Emilio Campmany

23 Noviembre 2005

SEÑORES CON CALLE

Francisco Umbral

Así como en la Roma antigua había señores con estatua, que pagaban ellos mismos y se la ponían a mano para verla mucho en las entradas y salidas, asimismo, digo, que en España rara es la calle que no tiene un señor, un militar o una señorita alegoría haciendo esquina. Ahora les han puesto calle a dos escritores seguidos, que también murieron seguidos: me refiero a Eduardo Haro Tecglen y Jaime Campmany.

Esto de las calles con nombre propio es pura política y los 30 años de Franco principiaron quitando y poniendo el caballo. El caballo es el animal más bello y más noble. Tiene algo de grifo y algo de perro sumiso. Jaime Campmany y Eduardo Haro, según el plano, van a quedar como un poco esquinados, que en realidad es como vivieron ideológicamente, se entiende, porque las calles también son política, son pura política. Ya se sabe que los políticos hacen política con todo menos con la Constitución, suponiendo que tengan una, que en seguida se les olvida.

¿Y cómo van a ser esas calles? A Eduardo no le veo yo nada ecuestre y espero que si hay caballo lo mandarán en seguida a las carreras, porque un rojo en mitad de la calle no pinta nada. Los rojos quedan mejor en bulto, en las manifestaciones, pero Eduardo iba a pocas manifestaciones y desde luego no iba a caballo. Cuando coincidimos en el mismo periódico, puedo asegurar que nunca le vi llevar su columna a caballo.

La derecha es más partidaria de los caballos porque este animal es caro y come mucho. Jaime Campmany tenía mucho porte de señor, de haber corrido incluso en Ascot. Gastaba bigotillo blanco, aséptico, neutral, porque el otro, el de la guerra, ya lo había perdido. Los alcaldillos españoles suponen que la gloria es la modernidad o la Academia. Pero la modernidad es el olvido y en la Academia no le votaron a Campmany.

Los tres (acabo de incluirme) vivíamos de lo mismo: la columna diaria. Es un vicio del periodismo español que ha contagiado, mediante diversas fórmulas, al periodismo europeo. Todavía recuerdo a François Mauriac en Le Figaro. No era lo suyo una columna diaria, pero daba igual porque se leía toda la semana. Si hacemos un prorrateo de columnistas y caballos, nos sale que por las calles de Madrid galopan muchos más equinos que viandantes. Los romanos, ya citados, se empinaban con un pedestal de mármol. Los españoles contemporáneos nos empinamos sobre un caballo de hierro.

Si hacemos un recuento madrileño de escritores y caballos, nos sale seguro que hay más caballos que candidatos. Decía don Paco Cossío, uno de mis maestros, que caballero es el que tiene un caballo. Asimismo, columnista es el que tiene una columna, generalmente política. Pero cuando empieza a ser conocido e influyente, van los extremistas nocturnos y le quitan el caballo. Es como quitarle el empleo a un político bien situado, porque el caballo no es sino un empleo con estribos. Hay señores desagradecidos que sólo mandan coche a los ministros. Uno preferiría que mandasen una azafata.

A cierta edad las amistades de uno se reparten ya entre los que mandan coche a recogerte y los que no mandan. Este rito tiene algo de mortuorio, de modo que he optado por ir a las cenas elegantes en autobús.

Francisco Umbral

20 Octubre 2005

Haro

Juan Luis Cebrián

Había sobrevivido a las calamidades del siglo a base de impartir a diario su particular pedagogía cívica desde una columna casi invisible en EL PAÍS. Era tal su influencia y tan grande su significado que muchos lectores acostumbraban a abrir el diario por la página del Visto / Oído,convertida en trinchera personal del autor más descreído y lúcido de cuantos ha tenido este periódico. Llegó a nuestra redacción de la mano de Jesús de Polanco, al socaire de una crisis terminal de la revista TRIUNFO, que fue martillo de tiranos y crisol de la nueva cultura democrática española. Crítico teatral, editorialista sobre política extranjera, comentarista de televisión, Eduardo supo incorporarse como ningún otro profesional de su generación al cambio que transformó España tras la muerte del dictador. Era un demócrata y un hombre de izquierdas, y ejercía de ambas cosas sin matices; su prosa inmisericorde, pétrea, exasperaba hasta el infinito a la derechona, término, por cierto, acuñado por un antiguo amigo suyo que no supo, sin embargo, resistirse a los ocultos encantos de aquellos a los que denostaba. Mientras tantos de su entorno abandonaban la ascesis literaria por los oropeles del poder o del dinero, Haro Tecglen mantuvo hasta el final su estética, siempre displicente con los corruptos y con los idiotas, porque sabía que ése era un escalón irrenunciable en la defensa de la ética. Aplicó ese método letal tanto en sus comentarios políticos como en sus diatribas y lamentos por el estado de la escena. Cientos, quizá miles, de estrenos de pésima factura no lograron apearle de su amor al teatro, en el que apoyó de manera persistente las vanguardias y persiguió a los mitos de la bienpensancia. Todo eso le costó más de un disgusto, que conllevó con perseverante paciencia. Su acidez en la crítica sólo resultaba comparable a su lealtad para con los amigos, lo que no les evitaba, antes al contrario, ser víctimas de su censura cuando, a su juicio, la merecían. Tenerle al lado, escuchar su opinión, siempre distanciada e irónica, a veces arbitraria pero nunca inútil, compartir sus sarcasmos y sus ironías, han sido lujos irrepetibles. Con Eduardo disfruté y sufrí de un buen puñado de noches de estreno, de conferencias ocasionales y discusiones en el consejo editorial. Luego, pasaron años queriéndonos a distancia, porque nos sabíamos inevitablemente cercanos. Los lectores de EL PAÍS y los oyentes de la SER echarán a faltar sus lecciones agridulces, de hombre cabal hasta el exceso: ese punto en que el sentido común, a fuer de tan escaso, acaba por convertirse en verdadera excentricidad. Y en un territorio lleno de asechanzas por el que Haro supo deambular con singular e irrepetible maestría.

Juan Luis Cebrián

20 Octubre 2005

Irreemplazable

Eduardo Haro Tecglen

Estoy anonadado por la noticia. Mi ánimo no admite la desaparición de Eduardo. Surge inmediata la evocación de la mejor época de nuestro trabajo codo a codo en TRIUNFO. Y también, implacable, me invade el recuerdo de cuando él y yo nos reuníamos a menudo en inolvidables almuerzos y traveseábamos sobre a quién tocaría escribir la necrológica del otro. Yo protestaba porque la edad me convertía en seguro candidato. Un torpe azar ha dispuesto lo contrario. De ahí mi desconsuelo.

No hace mucho, en su Visto / Oído, E. H. T. recogía el Vuelva usted mañana de Larra, transponiendo a la actualidad aquella tremenda verdad. Lo que Haro no imaginaba es que dentro de un siglo él mismo será recordado con idéntica importancia a la del propio Larra. (Y pienso a la vez en otro inmenso escritor de aquella excelente cosecha de TRIUNFO también injustamente desaparecido: Manuel Vázquez Montalbán).

Quienes hemos compartido con Eduardo Haro muchos años de tarea sabemos de su gran capacidad de trabajo, de su enorme eficacia a la hora de contar cada semana, cada día, con sus compromisos. Daba igual que se tratara de editoriales, reportajes, críticas, columnas o simples artículos de opinión: siempre eran sobrios, invariablemente certeros, excelentemente escritos. Con una ventaja añadida para el responsable de una publicación en aquellos tiempos: el artículo dos de la ley Fraga serpenteaba entre las galeradas sometidas a la torpe indagación de tales funcionarios. Resultaba tranquilizador contar con la seguridad de que difícilmente la censura haría mella en cualquiera de sus crónicas, gracias a la aguda visión que Eduardo poseía de la pobre cultura de aquellos censores. Su inteligente escritura los sorteaba hábilmente. Y es que la actitud de Haro fue siempre la de proceder según el signo del mejor periodismo: mostrar como fácil lo dificultoso, natural lo arduo, liviano lo profundo.

Quizá lo más admirable de Eduardo Haro Tecglen resida en su gran capacidad intelectual, de la que se desprende una enciclopédica cultura. Puede afirmarse que no necesitó de nadie para adquirirla. Sus libros constituyen una evidente muestra de su ingente erudición. Cuando hablábamos de su vida, me contaba de su largo aprendizaje en el periodismo militante a pesar de las penosas dificultades por ser hijo de rojo. Y siempre recordaba como ejemplo la independencia absoluta de su padre como director de un diario de izquierdas durante la República y la Guerra Civil. Independencia que heredó y hasta incrementó el propio Eduardo, como atestiguan sus más recientes columnas en EL PAÍS. En estas tristes circunstancias, considero un imperativo moral e ideológico dejar constancia de mi adhesión a los postulados que ha defendido.

La cultura española ha perdido a alguien irreemplazable. Verdaderamente, la desaparición de Eduardo Haro Tecglen deja huérfano al periodismo español.

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