2 agosto 1934

El régimen nacional socialista rinde honores de 'héroe de la patria' al fallecido que fuera su encarnizado enemigo apenas dos años atrás

Muere el Jefe de Estado de Alemania, Hindemburg, Hitler asume todos los poderes como dictador absoluto (Führer)

Hechos

El 2.08.1934 murió el Presidente de Alemania, Paul von Hindemburg. Tras lo cual el cargo de ‘Presidente’ se fusionó con el de ‘canciller’ siendo ambos asumidos por Adolf Hitler.

Lecturas

El gobierno alemán ha decretado los máximos honores oficiales para el presidente del Reich, mariscal Paul von Hindenburg, que falleció ayer, a los 86 años. Hindenburg fue elegido presidente de la república de Weimar en 1925 tras una brillante carrera militar, iniciada en 1866.

Aunque se había retirado del ejército ya en 1911, al estallar la Primera Guerra Mundial reingresó en el ejército y fue designado jefe supremo del frente Este.

Al final de la guerra era el jefe de la Reichswehr.

El régimen nazi ha publicado un decreto mediante el cual los dos cargos más importantes del sistema político, el de presidente del Reich y el de canciller, se unifican en la persona de Adolf Hitler, convertido en dictador único con rango de ‘Führer’.

De este modo el régimen da un nuevo paso que será de lo más decisivo hacia la concentración del poder; el conjunto de la vida social alemana ha quedado ahora en manos del nazismo y de su jefe.

Hitler asumirá sin pérdida de tiempo sus nuevas funciones presidenciales.

HITLER SERÁ A LA VEZ JEFE DEL GOBIERNO Y JEFE DEL ESTADO AL ESTILO DE LOS PRESIDENTES DE ESTADOS UNIDOS

AdolfHitler1933_22 El líder (Führer) del Partido Nacional Socialista Obrero alemán (nazi), Adolf Hitler, que como canciller del reich ya tenía los poderes de jefe del Gobierno, tendrá ahora también los de Jefe del Estado en una decisión comunicada al país por su lugarteniente Rudolf Hess, aunque ha solicitado no usar el título de ‘Presidente del Reich’ y seguir usando como título el de ‘Führer’ por el que ya era conocido.

03 Agosto 1934

Hitler se resiste a ser presidente interino porque desea anticipar la elección definitiva para jefe y canciller

Editorial (Director: Fernando Vela)

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 ‘Voelksakiser’, ‘führer’, cónsul, canciller, Presidente… ¿qué más da? Lo importante, lo esencial, es asumir las funciones soberanas que perpetúen en la cabeza visible del nacionalsocialismo la dirección de los destinos del pueblo imperial germano. Para disponer las cosas como es debido, se ha celebrado ya un consejo de familia. Toda la preocupación del Gobierno nazi hasta estos momentos era buscar la ansiada fórmula que satisficiese las ambiciones colectivas del grupo gobernante y las muy personales de Hitler. Y esto parece que se ha arreglado ya. Ahora se puede pensar en tributar al finado Presidente del Almenaia la más grande demostración de cariño leal y agradecimiento de que es capaz el nacionalsocialismo. Se le sepultara en el teatro de sus hazañas como militar, en Tannenberg, donde se levanta ya un monumento.

El comunicado oficial que se ha dado del Consejo celebrado esta tarde está matizado de detalles un poco grotescos. No hace falta para exponer los deseos fervientes del nacionalsocialismo a heredar el cargo supremo que es capaz de conceder el pueblo germano, otra cosa que reocmendar al lector que tenga presentes la crónicas que hemos venido enviando en los últimos días. Hace tiempo que se buscaba la forma de dar al a sucesión una modalidad característica de las tendencias dominantes en el Reich, a la vez que satisficiese al mismo tiempo la codicia desmedida de los jefes nazis. Todo se ha logrado.

EL preciso y conveniente – dice el comunicado oficial – que la memoria de Hindemburg se perpetúe aboliendo el título de Presidente. Desde ahora en adleante cuando se pronuncie este nombre ya se sabe a quien se alude: al mariscal Pual von Beneckendorf und von Hindemburg, descendiente de una de las familias de más rancia prosapia militar prusiana. Para Hitler, para el hombre que asume las ufnciones que desempeñaba hasta hace unas horas el hombre a quien ha zaherido con mayor despliegue de violencia en las elecciones de abril de 1932, era necesario idear un cargo nuevo: ‘Fuhrer y canciller del Reich’. Así comienza Alemania a escribir el primer capítulo de la historia del Consulado germano.

La selección del título es afortunada. Falta sólo que sea tan bien reicbida como lo han sido las maniobras tramadas por el nacionalsocialismo hasta la fecha. Allá por diciembre de 1934 cuando el general Schleicher estaba en el Poder y los nazis estaban convencidos de que el Destino les hacia jugadas sangrientas, se aprobó en el Reichstag una disposición que modificaba la cláusula de la Constitución de Weimar sobre la sucesión presidencial. Habia de pasar interinamente, en caso de defunción, al canciller. Pero el canciller era un enemigo del nacionalsocialismo y el mariscal Hindemburg era ya muy anciano. Esta cláusula pudiera entrar en juego en cualquier momento. Con sus votos, los nazis lograron que la sucesión pasase al presidente del Tribunal Supremo.

Ahora, en los momentos mismos en que expiraba el mariscal Hindemburg, Hitler y sus colegas tropezaron con un grave problema para su creación. Había que hacerle frente. Se logró mediante una medida de ‘emergencia’ que revocó el acuerdo del Reichstag y hace volver las cosas por donde solían ir. Con esto se pone demasiado en evidencia que las frases un poco hábiles en que Hitler pretende demostrar que no desea ocupar la presidencia, a menos que el pueblo así lo disponga, no tienen otro valor que el de evitar que se lleguen a celebrar elecciones dentro de dos meses, cuando las cosas pudieran muy bien haber variado. En cambio se celebrará un plebiscito, en forma similar a las elecciones de noviembre del año pasado, cuando los jefes de las S. A. y las S. S. se encargaron de que el pueblo ‘votase’ a favor de la política exterior de Hitler y la lista única de los nuevos diputados.

Hitler desea que el pueblo sancione las disposiciones y acuerdo de su consejo de familia, que le elija führer y canciller del Reich y que le confirme como dueño absoluto de los destinos nacionales. Alemania se inicia por una ‘vida nueva’ que es tan nueva como el ferviente deseo a buscar precedentes para todo en la tradición feudal. Como en los tiempos en que Alemania estaba dividida en pequeñas tribus, con su jefe indiscutido e indiscutible, así ahora, con la única diferencia de que el jefe es dueño absoluto de dominios mucho más vastos y de una cantidad de vidas muchas veces. Por lo demás no hay diferencia, los sepakers del nacionalsocialismo se reclinan ante su ‘führer’ como vasallos que hacen revivir otras épocas.

El apresuramiento con que se ha fijado la fecha en que se ha de celebrar este plebiscito, el domingo 19 del corriente, pudiera hacer pensar en que no se puede perder e, tiempo inútilmente, Hitler no quiere prolongar una situación de interinidad que fortalecería a los elementos que se oponen cada vez más tenazmente a su política. Ya se habla de otros candidatos posibles. Se habla del general Mackesen, demasiado viejo para asumir las funciones presidenciales; de von Epp, a quien ven con agrado los ojos de muchos soldados y oficiales de la Reichswehr; a von Papen, que gozaba de una amistad entrañable del mariscal Hindemburg; al general von Seeckt figura de relieve en el Ejército, que se halla actualmente en China. Se mencionan otros más. Es indispensable aprovechar la confusión del momento, evitar que la atención se concentre en una personalidad, y asegurar al nacionalsocialismo en la presidencia del a misma manera que cree estarlo en la Cancillería. Pero la vida política de Alemania ha marcado desde hace meses una regresión al pasado. Y no por abundancia de floraciones medievales ha de esperarse que esto pretenda siquiera marcar un estado de oposición a la recrudescencia de normas como las que distinguían los palacios ducales de Venecia o la Corte florentina en tiempos de Maquiavelo. La intriga no es incompatible con el feudalismo.

El Análisis

Alemania sin presidente: el Reich en manos de un solo hombre

JF Lamata

Con la muerte de Paul von Hindenburg, mariscal de campo y último símbolo viviente del viejo Imperio alemán, Alemania cierra un capítulo histórico. El anciano presidente muere convencido de haber salvado al país del caos republicano, del peligro bolchevique y de la amenaza revolucionaria dentro del propio nazismo, que él mismo aprobó aplastar con mano de hierro en la llamada “Noche de los cuchillos largos”. Hindenburg creyó que al entregar el gobierno a Adolf Hitler garantizaba una dictadura autoritaria y ordenada, bajo control de la élite conservadora y el ejército. Pero apenas exhalado su último aliento, el nuevo Reich cambia de rostro —y quizá de naturaleza.

El lugarteniente Rudolf Hess ha anunciado al país la fusión de los cargos de Jefe del Estado y Canciller en la figura de Hitler, quien —en un gesto que pretende humildad— renuncia al título de “Presidente” para quedarse con el de “Führer”. Pero bajo esa renuncia simbólica se esconde un hecho incuestionable: Alemania ya no tiene contrapesos, ni institucionales, ni políticos, ni militares. Hitler concentra ahora todos los resortes del poder, y los soldados alemanes no juran ya fidelidad a la Constitución, al Reich o al Estado, sino directamente a su persona. El Partido Nazi es el único autorizado, el culto al líder sustituye al debate, y la represión silencia cualquier disidencia.

Alemania parece entrar en una era de unidad y fuerza sin precedentes, al menos en apariencia. Pero las dictaduras personales rara vez traen la estabilidad duradera que prometen. La figura de Hitler se erige como guía supremo de la nación, pero su poder sin límites, su ideología radical y sus ambiciones aún no del todo confesadas despiertan temores, incluso entre antiguos aliados conservadores. ¿Será esta la culminación de un orden nuevo, o el preludio de una tormenta aún mayor? El tiempo lo dirá. Por ahora, Europa observa con inquietud cómo una gran potencia se entrega, sin reservas, a la voluntad de un solo hombre.

J. F. Lamata