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La familia Rosales apoyó decididamente al bando franquista durante la Guerra Civil, pero no pudo salvar al poeta

Muere el poeta Luis Rosales, de la ‘generación de 1927’ y marcado por el asesinato de Federico García Lorca

HECHOS

El 24 de octubre de 1992 falleció D. Luis Rosales Camacho.


25 Octubre 1992

Querido Luis, hermano Luis

Pedro Laín Entralgo

Pocas cosas tan penosas como decir el dolor de muchos, cuando ese dolor es el de uno mismo, y de manera tan punzante y honda. Tal es mi caso ante la muerte de Luis Rosales. No pocas veces he hablado y escrito sobre él a lo largo de mi vida, y siempre mis primeras palabras han sido la expresión de una verdad: «Querido Luis, hermano Luis». Fraternalmente amigos nos hizo la vida; y cuando, con su muerte, tantos lo han perdido, lo que ante todo siento yo es algo que sólo a mí me importa: que lo he perdido yo, que se me ha ido para siempre alguien a quien yo con verdad podía llamar «querido Luis, hermano Luis». Y así, rompiendo mi silencio, único modo de expresar adecuadamente el sentimiento de la muerte de un amigo fraternal, me veo en el trance de decir el dolor de muchos, de todos los que tratando o leyendo a Luis Rosales han visto en él lo que de tan rebosante modo era: un gran corazón y un gran poeta.No todos los grandes poetas han querido serlo del corazón y con el corazón. Los españoles hemos tenido la suerte de que los mejores de nuestro siglo, desde Antonio Machado y Miguel de Unamuno, deliberada y empeñadamente lo han sido. Pero, desde Abril hasta Un rostro en cada ola, pasando por La casa encendida, muy pocos de nuestros grandes poetas lo han sido del corazón y con el corazón de tan deliberado y empeñado modo, de tan espléndido modo, como Luis Rosales. El contenido del corazón es el título de una de las más preciosas joyas de la prosa poética en lengua castellana. Y bien mirados todos sus libros de poesía en verso, todos ellos, con ligeras variantes individualizadoras, hubiesen podido llevarlo en su portada. Realidad vista desde un corazón con ojos claros y dicha a través de una palabra mágica; tal es, a mi modo de ver, la clave más secreta de la poesía en verso y en prosa de Luis Rosales.

Como poeta y como hombre, cuatro círculos concéntricos tuvo el corazón de Luis Rosales. En el centro de todos, el más íntimo, aquel al que san Agustín llamaba «más íntimo que lo más íntimo de mí», la persona de Dios, cuando realmente uno ha llegado a encontrarla -Luis sí la encontró-; y en todo caso, el reducidísimo número de las personas humanas a las que con verdad se han podido decir las dos altas palabras de la entrega: «todo» y «siempre».

En torno a él y cerca de él, el círculo de quienes de verdad, además de admirarle, le querían como amigo. Seis nombraré, entre los ya muertos: Juan y Leopoldo Panero, Luis Felipe Vivanco, Dionisio Ridruejo, Antonio Tovar, Dámaso Alonso.

Tercer círculo, el de sus lectores actuales o potenciales. En su homenaje, esta mínima florecilla reciente. Cuando una voz amiga me dijo que Luis acababa de morir, tomé un taxi para acercarme cuanto antes al lugar de su muerte. «A la clínica de Puerta de Hierro», dije al conductor; el cual me pregunta: «¿Va usted a Luis Rosales?». Así, sin más: a Luis Rosales. «¿Le conocía usted?». Respuesta suya: «Una vez le llevé en mi taxi, y sé que era un poeta muy bueno». A través de ese taxista, el pueblo hispanohablante estaba acompañando al poeta muerto.

Cuarto y último círculo, ése que forman todos los hombres. Que el poeta nos lo diga con la letra del soneto, tan hermoso, Recordando un temblor en el bosque de los muertos:

«Si el corazón perdiera su cimiento / y vibrasen la tierra y la madera / del bosque de la sangre, y se pusiera / toda tu carne en leve movimiento / total, como un alud que avanza lento, / y fuese una luz fija la ceguera / y entre el mirar y el ver quedara el viento, / y formasen los muertos que más amas / un bosque ardiendo bajo el mar desnudo / -el bosque de la muerte en que deshoja / un sol, ya en otro cielo, su oro mudo- / y volase un enjambre entre las ramas / donde puso el temblor la primera hoja…».

Pedro Laín Entralgo

25 Octubre 1992

Luis Rosales

Francisco Umbral

«Para que no te quedes huérfana de hijo, para que no te falte yo como me faltas», decían unos versos del primer poema de Luis Rosales que leí en la adolescencia deslumbrada. Un poema a su madre. Ahora él se ha quedado huérfano de nosotros como nosotros de él. A uno, como prosista, le parece que «El contenido del corazón», de Rosales, es uno de los mayores logros en prosa lírica del castellano, con «Platero» y «Pasión de la tierra», de Aleixandre. A Luis me lo presentó Ramón de Garcíasol, otro entrañable maestro, primeros sesenta, en Cultura Hispánica, adonde le llevaba yo un cuento para «Cuadernos hispanoamericanos».

Luis era felino, leonino, con una gran cabeza de tigre bueno donde de pronto se encendían los ojos en un fuego azul y casi amenazador, pues Luis era el gran justiciero de la justicia poética, y pasaba del susurro granadí de su conversación divagatoria o ensayismo verbal, a la rotundidad de la frase recién acuñada, que dejaba ahí como una moneda novísima forjada en oro antiguo. «Me ha gustado mucho, esto está muy escrito», me dijo de aquel cuento o de otro. Por «muy escrito» entendía él muy trabajado, muy elaborado. Era alto, con la cabeza pétrea entre los hombros, sin el trámite del cuello, que sólo sirve para ponerse la corbata, era alto, sí, de modo que nos hablábamos directamente a los ojos. Su miopía era translúcida, de una inteligencia azul y bondadosa, aunque imperativa. Lo de Lorca ya lo ha aclarado noblemente Félix Grande. Todos los años me llamaba para una lectura en Cultura Hispánica. He revisitado segundas y terceras vidas de Luis, cenas privadas con Francisco Nieva y alguna mujer sabia y maga. Sus últimos libros de amor son frenéticos como una adolescencia de viejo (la vejez vivida como. adolescencia), y ahí está en torrente romántico todo el clasicismo, al fin desbordado, de su juventud imperante e incluso imperial. Al fin pudo más el andaluz fatal. Era el suyo un clasicismo iluminado por la lámpara interior de los alcoholes tardíos, que tanto desvelaban a Felicidad Panero. Le cruzaban licores como afluentes de luz o látigos de intuición y el vino en él era cultura de la dulce sementera, como la cultura que nos impartía era un vino eucarístico y pagano del católico fundamental que había en Luis, frente a tanto católico circunstancial.

La generación del 36 vive bajo un poeta de formidable voz, Miguel Hernández, y un signo de bondad que trae el oriolano. No son precisamente una generación maldita o de malditos, sino que hacen la poesía bucólica con grandeza (Hernández), el lirismo burgués de la casa encendida con inspiración (Panero y Rosales), el realismo casto de Zurbarán (Vivanco), la perfección pedernal del soneto (Ridruejo). Son los anti/maudits y le quitan la razón a André Gide en aquello de que «con los buenos sentimientos sólo se hace mala literatura». Ellos hicieron una gran poesía de los buenos y comunes sentimientos, aunque, como he dicho más arriba, el Rosales tardío, de acuerdo con las convicciones de uno (que ahora poco importan), se despeña torrencial, diluvial, fatal, en unos poemas de amor y canciones desesperadas que son la venganza que el hombre se toma de sí, asesinando al lírico que fue, desordenando su obra como albaceas trágico de sí mismo. Le vi la última vez en casa de Dámaso Alonso, velando al muerto, con un rosario en la mano, maniatado de rosario como había vivido por dentro, a temporadas (ah ese rosario de los malditos tardíos, como las blasfemias de Baudelaire). La otra tarde recompré en Berceo, librería de lance, «Cervantes y la libertad», el magno ensayo del Rosales pensante, ese otro Rosales del concepto y el whisky, porque el whisky a él le ponía frío, conceptual, clásico. Cogía grandes borracheras de lucidez. Me quiso enviar a Hispanoamérica, en la que creía, por promocionarme, pero ni lo acepté ni se lo agradecí. De estas chulerías juveniles se arrepiente uno tarde. Ahora él ha tenido la chulería de morirse.

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