23 octubre 1976

Se declaraba falangista, fue Vicesecretario General del Movimiento con Torcuato Fernández Miranda y confundador de ANEPA y socio de la Fundación Francisco Franco

Muere el político franquista Alejandro Rodríguez de Valcárcel, fundador de ANEPA y presidente de Las Cortes entre 1969 y 1975

Hechos

El 23 de octubre de 1976 falleció D. Alejandro Rodríguez de Valcárcel.

Lecturas

El 23 de octubre de 1976 falleció D. Alejandro Rodríguez de Valcárcel.

Rodríguez de Valcárcel toma posesión a Juan Carlos I como Rey

COMO PROCURADOR, SE ABSTUVO EN EL DEBATE SOBRE PARTIDOS POLÍTICOS:

Su última intervención política relevante fue como procurador franquista participando en la sesión en la que se aprobaron las asociaciones políticas con el nombre de ‘Partidos Polícios’. En esa sesión el Sr. Rodríguez de Valcárcel se abstuvo y justificó así su votación: «Yo me he abstenido en la votación por una razón de procedimiento. Es una ley muy importante y debía haber pasado por la Comisión correspondiente de las Cortes; su propia trascendencia exigía un estudio rápido y urgente, pero meditado. ¿Mi opinión sobre la ley? Bueno, ya está aprobada y hay que esperar que entre en juego para comprobar su bondad. Yo desearía que fuera un elemento de convivencia y no de desunión».

24 Octubre 1976

Caballero falangista

Antonio Gibello

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Para quienes gozamos de su amistad, de aquella exquisita accesibilidad y comprensión que le caracterizó siempre, la muerte de Alejandro Rodríguez de Valcárcel – el entrañable Alechu de tantos y tantos como le queríamos – constituye un tremendo dolor. Fue, antes que cualquier otra cosa, un hombre íntegro que unía a la entereza de su condición castellana con una bondad y dulzura interior que trascendía. Toda su biografía, rica aún de promesas que la muerte ha truncado, está nutrida de actitudes cabellerosas como correspondía a su talante humanísimo, rico en virtudes acentradamente cristiano. Era falangista, con toda la trascendencia personal y social que el concepto conlleva. Pertenecía a una constelación familiar incarinada en la fidelidad al pensamiento de José Antonio Primo de Rivera y aunque su admiración por su hermano Carlos María le autoimponía un voluntario sello de modestia, lo cierto es que Alejandro Rodríguez de Valcárcel birlaba con voz propia en el ancho firmamento de la Falange. Nunca ocultó su identidad: «La Falange fue mi razón de ser. En ella nací a la vida de participación y de acción pública y a ella debo el principal bagaje de mi pensamiento», solía repetir con frecuencia.

Un estricto sentido del deber llevó a Alejandro Rodríguez de Valcárcel a asumir la más alta responsabilidad política de España, como eje esencial en el engranaje institucional que hizo posible el tránsito pacífico desde el Caudillaje a la Monarquía. Su tacto político, la prudencia de su actuación y la firmeza de sus convicciones, están grabado para siempre en la difícil Historia de nuestro tiempo. Sobre la firme fidelidad de Alejandro Rodríguez de Valcárcel descansó la confianza del pueblo español, en la doliente encrucijada de la muerte de Franco.

El nombre de Rodríguez de Valcárcel estará por siempre unido en la Historia al hecho trascendente de la proclamación de don Juan Carlos de Borbón como Rey de España. Él, como un día siglos atrás lo hiciera otro burgalés de pro, fue quien tomó Juramento en una sesión memorable que conviene tener bien presente en todo su contenido. No fue el Juramento de Santa Gadea, pero en el Juramento del 22 de noviembre de 1975 reside la razón última de la lealtad mutua entre el Rey y el Pueblo

El paso inexorable del tiempo acaso barra de la memoria de algunos el exacto valor de las decisiones adoptadas por Alejandro Rodríguez de Valcárcel a lo largo de su dilatada andadura política. Pero ante tantos neodemócratas, pienso que conviene recordar dos gestos, naturales y sencillos, que hablan de la amplia liberalidad del estilo falangista asumido por Alejandro Rodríguez Valcárcel: uno, fue la decisión de reporter en su justo lugar el retrado del profesor socialista don Julián Besteiro, antecesor en la Presidencia de las Cortes. Y otro, abrir a la Prensa las puertas de las Cortes, haciendo así que el trabajo legislativo trascendiera a la opinión pública.

Dios ha querido arrebatárnoslo cuando España aún necesitaba de él. Su espíritu cristiano descansa ya en la Paz del Todopoderoso. Estoy seguro que desde allí seguirá intercediendo por el bien y la paz de nuestra Patria.

El Análisis

Alejandro Rodríguez de Valcárcel, entre la lealtad y la resistencia

JF Lamata

La muerte repentina de Alejandro Rodríguez de Valcárcel, presidente de las Cortes y del Consejo del Reino en los meses decisivos de 1975, cierra un capítulo singular en la historia reciente de España. Falangista declarado, hombre de carrera larga en el Movimiento y figura de peso en los años finales del franquismo, su nombre quedará inevitablemente ligado a la transición de la Jefatura del Estado tras la muerte de Franco. Fue él quien, en su calidad institucional, rubricó con solemnidad el juramento del Rey Juan Carlos, asegurando una continuidad que pretendía salvaguardar el sistema heredado, aunque el rumbo pronto se encaminara hacia la reforma democrática.

Para algunos, Rodríguez de Valcárcel encarnó la lealtad: lealtad a las instituciones que sirvió, lealtad a la legalidad franquista que lo encumbró, lealtad al procedimiento que facilitó el traspaso del poder. Para otros, fue una figura incómoda, un representante de los sectores más inmovilistas que no veían con buenos ojos el camino emprendido tras la designación de Suárez y que trataron de torpedear, desde posiciones ultras, el curso de la Transición. Su abstención en la histórica votación de junio de 1976, cuando las Cortes franquistas abrieron la puerta a la legalización de los partidos políticos, mostró con claridad esa ambivalencia: acataba el procedimiento, pero sin adherirse a un proyecto que, en el fondo, cuestionaba el edificio en el que había hecho carrera.

La creación de ANEPA (Asociación Nacional para el Estudio de los Problemas Actuales), asociación política transformada después en partido, fue su intento de dotar de cauce político a los sectores del régimen más aferrados al franquismo sociológico. Pero su muerte dejó a ese grupo sin liderazgo, y la disputa interna entre quienes querían integrarse en la estrategia de Fraga y quienes preferían aproximarse a Suárez selló en ANEPA el destino de un proyecto condenado a diluirse.

Su figura, hoy, se mueve entre dos interpretaciones: la del servidor de las instituciones, que cumplió su papel con rigor en un momento decisivo, y la del militante falangista que nunca creyó en la democracia naciente y que, de haber vivido más tiempo, hubiera sido probablemente uno de sus adversarios más tenaces. Rodríguez de Valcárcel no alcanzó a presenciar la consolidación de la reforma que empezó a abrirse paso tras su desaparición, pero su muerte simbolizó también el final de una etapa.

J. F. Lamata