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Se le atribuyó un gran poder en el control de los medios durante el periodo de Gabriel Arias Salgado como ministro de Información

Muere el procurador franquista Adolfo Muñoz Alonso, ex rector de la Complutense y ex jerarca de los medios de comunicación

HECHOS

El 21.07.1974 falleció D. Adolfo Muñoz Alonso.

23 Julio 1974

EN EL PEOR MOMENTO

Emilio Romero

El profesor Adolfo Muñoz Alonso es una de esas personalidades que deben figurar en la nómina relevante de este largo y homogéneo periodo de la Historia que se extiende desde la guerra de 1936 el mismo día de su muerte, ocurrida – para su gozo íntimo y biográfico – en las orillas de una Universalidad, en la Universidad Menéndez Pelayo, de Santander, allí mismo donde fue a explicar su última lección sobre sindicalismo, que es el socialismo moderno del siglo XX.

Adolfo fue a parar, en su inicial correría política y universitaria, desde la Peñafiel de su nacimiento – uno de los sobrios, azarosos y graves hontanares de Castilla – hasta la Murcia vegetal y universitaria; y a Alicante, la ciudad más liberal o librepensadora de nuestro oriente mediterráneo. En Alicante ejerció el periodismo y mezcló información, lírica y filosofía, que son ingredientes básicos de las Sagradas Escrituras de donde venía originariamente, con la teología y con San Agustín en el equipaje. Allí le conocí y hasta quiso arrastrarme a la Universidad de Murcia. Tenía ojos de iluminado, impaciencia de predestinado y una vieja ironía magistral. Parecía un escéptico socrático y tenía la limpia e ingenua fe de los santos.

Por diferentes itinerarios volvimos a encontrarnos en Madrid pasados algunos años. A Gabriel Arias Salgado lo había deslumbrado desde los recursos inagotables de la dialéctica cristiana y de la mordacidad política. En aquel tiempo había en la Subsecretaría de Educación Popular, y luego en el Ministerio de Información, tantos especializados en la fe que resultaban un espectáculo sus torneos. Eran gentes que habían colgado los hábitos y eran más temibles y más seguras en las creencias. Gabriel Arias Salgado discutía epistolarmente con el que después iba a ser cardenal Herrera, y todo ello con la colaboración de Valentín Gutiérrez Durán; pero todavía no era suficiente. La llegada de Adolfo Muñoz Alonso al Ministerio ponía el poder civil en condiciones de aplastar en materia de interpretación de la fe a cualquier obispo o teólogo. Adolfo Muñoz Alonso era brillante, sarcástico, paradójico, incisivo, apabullante. Tenía el aire de los sofistas, pero sus razonamientos tenían la complicidad del lenguaje y de la lógica. Con el lenguaje hacía virguerías, y la lógica la facturaba en su favor. Una vez un verdadero apóstol popular se me negó a dialogar con el profesor Muñoz Alonso lleno de terror. El profesor no era inteligente, pero parecía que lo era a juzgar por lo que decía de bien construido y de alucinante. Le gustaba el laberinto de los conceptos, y la salida estaba solamente a su alcance. Pero cuando salía lo hacía ya con el acompañamiento de todos. No sé si habrá llevado algunas almas al cielo, pero era un descuartizador de pastores sin talento o de prédicas sin sentido. No era un pastor de almas, sino un maestro de pastores; por eso el Papa le tenía de consultor para no creyentes. No sé si a éstos les convencería de que había Dios, pero tenía que dejarlos sin la seguridad de que no había.

Mis recuerdos de director de periódico de Madrid con el profesor Muñoz Alonso, que era Director General de la Prensa, hubieran merecido alguna cinta magnetofónica. Eran los tiempos de la censura previa y entonces la negociación de la libertad era ardua entre el director de un periódico y el Director General de Prensa. Confieso que en aquel periodo fui latoso y terco. Muñoz Alonso me recibía con el ‘hola, majo’ de Peñafiel y con absoluta tranquilidad trataba de convencerme de que las circunferencias eran cuadradas o de que las opiniones eran poliédricas. Pero en ningún caso, porque el profesor no fuera amante de la libertad, sino porque eran los tiempos en los que la situación española acosada por todas partes, precisaba una estrategia de cautelas y de reservas. Con Luis Calvo en ABC había maniobras sagacísimas, y a Aquilino Morcillo de YA, le debía orientar, asombrosamente, sobre la patrística. Yo que era vecino suyo castellano, me artillaba de ironía y me enjalbegaba de astucia defensiva. Me acuerdo de un Congreso de Asociaciones de la Prensa en Barcelona. El país evolucionaba hacia las formas actuales de libertad en la expresión de las ideas e incluso Muñoz Alonso era el autor de un anteproyecto de ley de Prensa sin censura, que se vino abajo en la crisis de Gobierno en el que cesaría Arias Salgado y entraría Fraga en el Ministerio. Entonces, el profesor Muñoz Alonso trataba de calmar a los periodistas dándose un plazo para la articulación del proyecto, y nos hacía el elogio de la censura, desde la moral, la ascética y el heroismo. No es que amara la censura, sino que trataba de ganar tiempo y de señalar a su vez los riesgos de una libertad no responsable. Todos estábamos en aquel salón deseando escuchar promesas de supresión de trabas y estuvo el profesor tan exuberantemente agudo, tan rotundamente convincente, tan apasionante de aseveraciones sobre la libertad verdadera y tan restallante contra la apócrifa; se apareció tan malabarista con las ideas, con las palabras, con los hombres y con las madres políticas que nos parieron a todos, que a punto estuvo de provocarnos un fervor delirante por la censura que ya es obtener de un público no dispuesto. Aquel día pensé para mí: El Régimen tiene dos únicas salidas con este hombre: o aprovecha su lengua o sea la corta.

Después lo he tenido al lado o cerca en los dos Parlamentos: en la Carrera de San Jerónimo y en la plaza de la Marina Española. Si hubiera vivido en el siglo XIX habría acabado, por medio de una frase, con los oradores de la época. El anecdotario de sus intervenciones es riquísimo. Un día le dio al general Vigón: “Yo estoy a sus órdenes, pero a sus opiniones”. No era un constructor de discursos parlamentarios; era un temible administrador de latigazos y de sutilezas. Las decía con energía y luego se recogía en el escaño humildemente, como un fraile fanciscano. Estábamos juntos en el Comité Ejecutivo de la Organización Sindical  y mientras los dirigentes obreros o empresarios, y el cuadro de directores políticos y administrativos, enhebraban interminables discusiones por los matices innumerables que proporciona la política, nos entreteníamos hablando de libros, de escritores, de la clase dirigente intelectual, de los grandes sembradores de la vida española futura. Nos congratulábamos y nos desalentábamos a solas. Las dos estábamos en este Comité Ejecutivo como expertos, e interveníamos solamente cuando se nos preguntaba. A veces el profesor cogía el hilo sobre la marcha,  y resultaba que tenía un oído puesto en la asamblea y otro en su conversación conmigo. Lo último que hicimos juntos fue el texto de las definiciones del último Congreso Sindical. El profesor tenía la prosa enrevesada y profunda, y yo tenía que pasarla el peine a veces y otras le añadía el lenguaje directo. “Majo – me decía – tú te empeñas en escribir para la gente, y eso es muy peligroso”.

Tuve el honor de pedir su colaboración – que fue fundamental – para el acceso del periodismo a la Universidad, cuando fui director de la Escuela Oficial de Periodismo. Y después propuse su nombre, y fui convincente en la propuesta, para que fuera el primer decano comisario de la nueva Facultad de Ciencias de la Información. Finalmente, nos hemos visto juntos en el Consejo de Dirección del Instituto de Estudios Políticos, por la bondad de su presidente, el profesor Jesús Fueyo.

Adolfo Muñoz Alonso deja para la comprensión de su insigne personalidad, artículos periodísticos, libros y discursos. Su nombre suena con fuerza en el mundo universitario intelectual extranjero. Ha sido rector de la Complutense, la más alta dignidad para un profesor. Pero donde deja un vacío tremendo es en la propia estrategia de continuidad del Régimen hacia el futuro de la Monarquía. Era una voz y un pensamiento indispensables. Una cabeza de primera clase, y un corazón, cuando se le escarbaba, lleno de fidelidades y de ternura. Tenía una alta dignidad para echar la mano a una persona, injustamente pateada. En cualquier momento la personalidad de Muñoz Alonso – físicamente tan mínima y tan endeble – era vigorosa y decisiva. Es, ciertamente, una de las pérdidas más importantes de nuestra España contemporánea. “Oye, majo, nos has hecho la puñeta en el peor momento; te podías haber ido un poco más tarde”.

Emilio Romero

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