6 marzo 2007
Muere José Luis Coll García, el histórico humorista del dúo ‘Tip y Coll’
Hechos
El 6 de marzo de 2007 fallece D. José Luis Coll.
Lecturas
07 Marzo 2007
El loro que decía 'quiero'
Cuando he oído esta mañana [por ayer] la noticia de la muerte de José Luis Coll, antes de nada, me he acordado de su loro y de la delicadeza con que lo trataba. El loro no era el de Flaubert, ni decía blasfemias de marineros, pero era capaz de imitar con precisión la sirena de una ambulancia. Si vive habrá avisado al barrio con su voz carnosa de que ha muerto el bufón, con cuya calavera podrá un día hacerse el monólogo como se hizo con la de Yorick. El español que después de haberle visto al lado de Tip no sepa cómo se llena un vaso de agua es un gilipollas.
Era el payaso con traje de sepulturero, con chistera al lado del bombín, los hermanos Marx resumidos en dos. Les debemos cuanto nos hicieron reír sin mala hiel, con aquellos gags surrealistas. Nunca insistieron en la comicidad de lo trágico, ni en el humor negro español. Jamás se rieron de la desgracia del otro, aunque jamás prestaran dinero a nadie. Creían como Nietzsche que el hombre sufre tan profundamente que ha tenido que inventar la risa.
Coll era bajito, de Cuenca, del PSOE y del Real Madrid. Jugó al billar, mejor que al póquer, con Felipe González, tenía línea directa con el Rey y fue secretario de César González- Ruano. En el Ejército le trataron como a una lombriz y 40 años después escribió Firmes, donde recordaba que en ningún sitio dicen gilipollas como en la mili.
El diccionario de Coll, que salió primero en Hermano Lobo por capítulos, es el compendio de su genio, de su ingenio, de su disparate en el malabarismo con las palabras: «Dalígula: pintor extravagante y déspota que nombró cónsul a su caballete». Hizo el viaje de novios en el metro de Madrid, vivió la gloriosa miseria de la bohemia, era uno de los conquenses más famosos de todos los tiempos incluidos El Licenciado Torralba y Álvaro de Luna. Amaba Cuenca, pero más la Cuenca que no se mueve, sabía el peligro que tiene la ciudad levítica. «La primera vez que vi Cuenca fue el día que nací. No me impresionó gran cosa. La segunda, sí. Fue inolvidable». Su madre, que era comunista, tuvo que exiliarse a Argentina.
El loro, que también imitaba el ruido del fax y las llamadas del teléfono, hasta el punto de que nos hacía levantar de la mesa, formaba parte de su familia y de su pandilla. Así como el perro de Pepe Díaz ladraba cuando al pintor no se le doblaba la trucha y le mordía la pierna al otro punto, el loro de Coll decía «quiero» cuando llevaba dos ases en la primera jugada. La partida la celebrábamos todos los sábados en la Calle General Perón. Primero se fue Pantalones, después Tola, después Tito y ahora Coll. Nos habéis jodido la timba.
Hoy ha pasado a la Historia el bufón del rey, el Buster Keaton de Cuenca.
07 Marzo 2007
Por un vaso de agua
Allá donde los seres humanos van cuando mueren, un agente del orden atendía a un tipo larguirucho y mostacheado que se mostraba triste con un jarro lleno de agua en la mano.
– ¿Qué le pasa a usted?
– Pues verá, busco a alguien con un vaso en la mano para poder hacer reír a unos amigos de aquí arriba.
– Un tipo con un vaso en la mano no será difícil de encontrar.
– Sí he encontrado varios. Pero no sabían ponerlo boca abajo para que yo le echara agua de mi jarra y se derramara por el suelo y la gente riera.
– La gente se ríe de cosas muy raras. Eso parece surrealismo.
– Eso decían los críticos.
– ¿Y qué puedo hacer por usted?
– Yo tenía un amigo en la Tierra que hacía muy bien lo del vaso.
– Podríamos hacer que subiera con su vaso.
– Hombre, no. Es mejor que suba cuando le toque. Aunque no sé si le admitirán, porque era de izquierdas.
– Por aquí los hay de todo tipo. ¿No le han admitido a usted que es de derechas? Si le veo, puedo decirle que le está buscando. ¿Su nombre?
– Luis Sánchez Polack, Tip.
El larguirucho y bigotudo siguió su camino triste, mientras el agente del orden murmuraba:
– La verdad es que aquí hay una cantidad de tipos raros…
Desde esta mañana, Tip estará tan contento echando agua en el vaso que Coll habrá colocado boca abajo para que el líquido se derrame.
Coll era lo menos parecido a la idea que la gente tiene de un humorista. Era muy serio. Tip, o mi hermano Antonio, dos genios del humor inverosímil, estaban siempre derramando ideas absurdas; Coll raramente se expresaba así.
Él, sobre todo, escribía. Aunque nunca ni Tip ni él desvelaron al autor de las ideas de sus diálogos, la opinión general era que Coll lanzaba la locura y luego, entre los dos, la retorcían en los ensayos, aunque existen dudas de que ensayaran.
Tuve la suerte de contar en ocho o nueve ocasiones con José Luis en otras tantas películas y era un profesional modelo: estudiaba sus diálogos y los decía, aunque, como todos los cómicos ingeniosos, inventaba frases nuevas que, como todos los cómicos ingeniosos, antes de pronunciarlas ante las cámaras me las consultaba por si eran oportunas.
Se nos están marchando. Quedan pocos y no tenemos sustitutos. ¿Quién relevará a Gila, a Tip, a Coll? Hay que cuidar a los que quedan.
Mi dolor por la pérdida de un amigo y un inteligente profesional. Ahora debería decir: «Que en paz descanse». Pero yo no quiero que descanse. Quiero que siga escribiendo porque tengo la esperanza de que cuando me toque a mí estar a su lado pueda divertirme con esos trabajos que son de riguroso estreno y sólo los podremos disfrutar los que estemos allí.