24 abril 1981

Los periodistas de Madrid le despiden con gran respeto

Muere Josep Pla, legendario escritor catalán al que los nacionalistas nunca perdonaron su apoyo a la dictadura franquista

Hechos

El 24 de abril de 1981 se conoció la muerte de D. Josep Pla.

Lecturas

D. Josep Pla se enorgullecía de no haber votado nunca: “Yo soy escritor y mi visión no es precisamente andar metiendo papelitos en las urnas, si no la de llenarlos de tinta”.

En mayo de 1980 Omnium se negó a condecorarle. 

CRONOLOGÍA

  • 1897 – Nace Josep Pla en Palafrugell (Girona).
  • 1919-1921 – Inicia su carrera periodística en Las Noticias y otros medios; pronto se orienta hacia la crónica política.
  • 1921-1928 – Corresponsal en Europa (París, Roma, Berlín, Londres) para diversos periódicos; consolida su estilo como cronista internacional.
  • 1925 – Publica Coses vistes, una de sus primeras obras destacadas, de carácter memorialístico.
  • Años 30 – Intensifica su actividad periodística; escribe sobre la Segunda República y la situación europea.
  • 1936-1939 – Durante la Guerra Civil española abandona la zona republicana para afincarse en la zona nacional; esta posición le genera controversia posterior. Formará parte de la redacción de LA VANGUARDIA con Josep Pla.
  • 1940s – Reanuda su actividad literaria en catalán en condiciones difíciles; empieza a construir su gran obra narrativa y ensayística.
  • 1950-1970 – Publica gran parte de su producción más influyente: El quadern gris (1966), considerada su obra maestra, además de libros de viajes, retratos y dietarios.
  • 1960s-1970s – Se convierte en una referencia central de la literatura catalana contemporánea, con una obra extensísima.
  • 1975-1980 – En la Transición, mantiene una postura escéptica respecto a la política democrática.
  • 1981 – Fallece en Llofriu (Girona), dejando una de las obras más vastas de la literatura europea del siglo XX.

24 Abril 1981

AL CEMENTERIO EN AUTOBÚS

Manuel Martín Ferrand

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Del mismo modo que a los generales y a los héroes les entierran, llegado su momento, en un armón de artillería a Pla debiéramos conducirle al cementerio en autobús. Un autobús desvencijado, del color del chocolate, como sacado de una estampa de los primeros años cuarenta. Cualquier otro homenaje al maestro de Palafrugell sería inútil, inadecuado y, si existe una vida posterior a ésta, merecerá en ella su más absoluta desaprobación.

Todo lo más, en memoria y homenaje a Josep Pla podéis organizaros una cena suculenta: primero una matelote de anguias y después, a escoger, una bécada en canapé, unas manzanas rellenas como las preparan las viejas matronas del Empordá o una perdiz bien salpicada de todos los hierbajos que crecen a la orilla del Mediterráneo. El espíritu de Pla, tragón y bueno, asistirá a la cena y os contará una gran aventura. Una aventura, para mayor encantamiento, sin mosquitos, sin leones, sin exotismo alguno: sencilla como una plaza mayor, cuadrada como el escote de una señorona gruesa, serena como un atardecer del verano y picara como una vecina tímida y honesta.

Y olvidarle. Pla merece el santo olvido de la vida. Su eternidad está en su prosa, en el encaje de sus palabras, en los quiebros casi taurinos que sus adjetivos le hacen a los sustantivos. No rebusquéis ahora en su biografía como cuervos hispanos voraces de carroña. Bucead, mejor, en las páginas de su obra: en sus crónicas investigada, en sus historias imaginadas, en sus desplantes geniales esculpidos con talento en las ya encuadernadas cuartillas de todos sus días.

Olvidad al personaje y adorad al autor. El hombre nació el mismo año en que asesinaron a Cánovas. El autor, el año en que Ganivet publicaba su ‘idearium’. Y esas cosas marcan.

Manuel Martín Ferrand

24 Abril 1981

Una mirada sobre el mundo y el siglo

Rafael Conte

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Hay una frase de Josep Pla que se repite en diversas ocasiones a lo largo de su obra. El escritor, desde un altozano, contempla el cementerio de Palafrugell: «El cementerio en el que, si todo va bien, me tendrán que enterrar». ¿Ha ido todo bien? Pla ha muerto sin haber merecido el premio de honor de las Letras Catalanas. Pero eso es un problema catalán.Con premio o sin él, Pla es el mayor escritor de las letras catalanas de este siglo, o al menos el de obra más amplia y universal. La edición de sus obras completas, todavía en marcha, ronda ya los cuarenta volúmenes; y todavía queda mucho material sin recoger. Precisamente uno de los encantos de esta obra aparentemente dispersa es el de su extraña unidad, la unidad que le confiere el punto de vista de su autor: un payés del Ampurdán, repleto de viajes y lecturas, que viajó a todo lo largo del mundo, contando lo que veía, sin perder nunca la serenidad, pero sin dejar tampoco a un lado la ironía.

Dos han sido los elementos que han marcado el trabajo diario de este forzado de la pluma: la independencia y el buen sentido. La independencia dentro de una vida tan errática y, sin embargo, tan arraigada como la de Pla, cuyos descansos entre viaje y viaje volvían siempre a su ciudad natal, le permitió no casarse con nadie, no alabar a nadie, no reconocer a nada ni a nadie sin que su corazón lo permitiera. El buen sentido -el seny catalán- le permitió sopesar con una ironía suave, poco enconada, mantenerse distante hasta de todo aquello que elogiaba.

Casi al final de su vida, con su libro Notedel capvesprol, resucitaba los mismos ímpetus juveniles de aquel Quadern gris, la obra maestra escrita en su juventud, y que, sin embargo, no publicó hasta pasada ya la madurez, en el primer volumen de sus obras completas.

Aquel joven ampurdanés, que en 1921 emprendía su primer viaje a París, dejando en el cajón de los recuerdos aquel dietario personal en el que mostraba su descubrimiento de los libros y la vida, permanecería así, irónico, despegado, tremendamente curioso,_hasta el final de su vida. Un pequeño burgués, de raíces campesinas, contemplando las mayores catástrofes de la historia del mundo y de su patria.

Fue, sobre todo, un periodista. No llegó nunca a escribir una gran novela. Tuvo, eso sí, unas dotes excepcionales para describir todo lo que veía. Pero con la descripción no basta, y Pla se contentó con permanecer en los límites que tan bien dominaba. Su maestría se logré a base de acomodarse al marco que dominó desde sus primeros tiempos. Todo lo demás lo puso el mundo, desde el mar hasta la gastronomía, o sus discutibles opiniones políticas. Pero Pla se limitó a poner el tono, la mirada. Ahí empieza el misterio de la escritura.

25 Abril 1981

JOSEP PLA, LA GLORIA Y LOS ODIOS

Baltasar Porcel

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Ha tenido que ser precisamente el día de Sant Jordi, el San Jorge patrón de Cataluña, con las ciudades y los pueblos llenos de tenderetes de libros y de puestos de flores que ofrecen la vieja rosa juvenil del legendario caballero capadocio, cuando ha muerto Josep Pla, sin duda el más popular y uno de los más importantes escritores catalanes de hoy, de ayer. Y, a la par, de los más perseguidos.

Muy pronto visitó la Rusia soviética, donde su amigo Andrés Nin era entonces un personaje, del brazo de Trotsky. Otro extraordinario éxito periodístico. Después de la guerra civil, y primordialmente en el semanario DESTINO publicó sus artículos y sus reportajes de viajes, que seguían con fruición miles y miles de lectores: eran los años del franquismo cerrado, y Pla se había impuesto como labor de zapa la de explicar qué era y cómo funcionaba la democracia del mundo occidental. Socarrón, suspicaz, pragmático, su prosa constituía una especie de larvada e irreductible crítica contra el sistema. Una crítica, sin duda, burguesa, pero burgueses y de clase media eran sus lectores: los que, andando el tiempo, votarían la autonomía y a Jordi Pujol. Es decir, la Cataluña mayoritaria y liberal.

Precisamente con DESTINO tuvimos Jordi Pujol y yo un divertido y triste contencioso con Josep Pla. Habiendo comprado Pujol la revista, en 1975, me nombró a mí director de la empresa editora. Una triple batalla, que ya se fraguaba estalló en seguida: un sector radical de izquierda, centrado en diversos colaboradores del semanario, después la Administración franquista, y, finalmente, la ‘vieja guardia’ de la casa, conservadora y folklorizante, se declaró furiosamente en contra de la línea democrática y progresista, europeísta, catalanista, y más tarde de apoyo a la Monarquía, que imprimimos a la revista. Pla pertenecía al sector tradicional y pronto no quiso ni vernos. Cesó su colaboración en DESTINO, enfadadísimo. Más tarde, la revista ya en otras manos, Pla volvió: DESTINO moriría de inanidad intentando rehacer la mansurrona revista tradicional que el mismo Josep Pla había propugnado… Pero todo esto no tiene ya la menor importancia.

Toda la facción del catalanismo más nacionalista y de izquierda jamás le perdonó a Pla sus opciones política. Incluso el Premi d´Honor de les Lletres Catalanes, prestigioso galardón paradójicamente pagado por una entidad burquesa, le ha sido negado sistemáticamente a Pla por que una de sus bases establece que el escritor que recibirá el Premio de Honor tiene que haber desarrollado una ejemplar tarea cívica de signo catalanista. El problema es grave, ya que fueron muchísimos los catalanes y catalanistas, los intelectuales y los burgueses que estuvieron con Cambó, que huyeron de la República, que aceptaron – aunque la mayoría sin compartirlo – el franquismo…  Por tanto, si Cataluña es una totalidad deberán existir en ella la derecha y la izquierda, el republicano y el monárquico. Y si negarle a Pla su inmenso apostolado catalán llevado a cabo a través de sus libros y artículos resulta absurdo, llega incluso a ser dramático que se le haya vetado un galardón – y el hecho a Pla le afectó muchísimo – por una determinada tendencia o actitud política compartida por numerosísimos catalanes en aquellos trágicos años del 36, 40, 45… Pla, para los citados integristas fue, es aún, un “traidor”.

Josep Pla ha sido el notario fiel, polémico, inigualable, de medio siglo de vida, o de una vida, catalana. Y esto es irrebatible. Como, insisto, su calidad. Y  si una determinada política ha querido negarle el pan y la sal, otra le ha reconocido, con inalterable constancia, todo su valor; desde el exilio y a su vuelta a Cataluña, Josep Tarradellas; como político primero y ahora como presidente de la Generalidad, Jordi Pujol, y el Rey Juan Carlos, que siendo aún Príncipe de España quiso dar una pública muestra de hermandad hacia la cultura catalana, y para ello escogió visitar a Pla en su vieja masía de Palafrugell.

En la enorme sala, noble y destartalada, con la inmensa y renegrida chimenea, y afuera los espesos cipreses batidos por el viento de tramontana… En el Mas Pla, donde acaba de morir el escritor. El terrible final de la vida en cada persona…

Baltasar Porcel

25 Abril 1981

Pla

Francisco Umbral

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La otra tarde, en el cóctel de don Juan Carlos a los escritores, de pronto el Rey hizo un minuto de silencio por José Pla, que había muerto ese día.Pla, que en su ironía de Montaigne con boina lo tenía previsto todo, nunca pudo prever que un Rey iba a hacer un minuto de silencio entre la vociferadora república de los escribas, para ofrecer la flor silente, temblorosa y sin nombre a su memoria. Una cosa como de cuento, que también le habría ido bien a Alvaro Cunqueiro, otro genio regional (Juan Ramón), que creía más en reyes, magias, ensalmos y hechizos. Pla vivió y gastó siempre los trajes que dejaba su editor y el mío, Vergés, cuyo padre sale ya en el Cuaderno gris. Pla escribió su magna obra ingente por detrás de los recibos de la luz, los sobres y los prospectos. Sin duda, no confería suficiente valor a la literatura -y menos a su literatura- como para comprarse nunca un mazo de folios. Alguna vez escribió espontánea y generosamente sobre mí, y aprendí más, naturalmente, de sus reproches que de us elogios. Pla, por definirle de una vez, era todo lo contrario de su paisano Gironella, el Vizcaíno-Casas de los años cincuenta, pero sin el testiculario de Vizcaíno para definirse, que el gerundense tórpido de prosa jugó siempre a una imparcialidad/objetividad sospechosa. Su libro Los cipreses creen en Dios es un libro en el que hoy no cree ni Dios. En el que no hay un dios que crea. Ni que lo lea. Josep Plá. (Nadie con más derecho que él a descolgar de la panoplia idiomática esa pe como una espada, ya que ha escrito el mejor catalán moderno.)

Qué momento, si, qué temblor, qué silencio, qué dedo de sombra en la locuacidad verde de los montes del Pardo. Si la gloria es algo, la gloria es eso, un segundo. Ochenta años escribiendo, ni un día sin línea, amor y poesía cada día, para conquistar unos segundos de silencio en los que enmudece la literatura y emerge un rey.

Ocurre hoy en Europa (la Europa que conozco, que es casi toda) que los sistemas más socializantes son las monarquías. Hay más socialismo en Suecia u Holanda que en la republicana Francia, llevada por Giscard con un estilo entre De Gaulle y reinona. Pla era escéptico de estas cosas, y el escepticismo, como ya advirtiera Sartre, lleva siempre a la derecha. Entre las varias entrevistas que me han hecho estos días sobre la muerte de Pla, he dicho en una de ellas:

-Yo siempre habla escrito que Pla es un escritor sin género, como Saint-Simon, como Montaigne, como sus maestros. Hoy pienso que su género literario era Cataluña.

Cataluña está completa en Pla, que universaliza, no ya un país, sino su propio huerto entre ampurdanés y volteriano. Ahora que el catalán libra su grande y necesaria batalla, algunos catalanes caen en la inhábil omisión de ignorar a Pla o a D’Ors, que son las grandes prosas o columnas del catalán moderno: descriptiva una, especulativa la otra. Una guerra que se hace a espaldas de los propios príncipes es una guerra sucia. Pla bebía picón, fumaba negro, escribía con letra min utísima, de avariento o de loco, como si se hubiera propuesto hacer sus obras completas en una cerilla, y cuando viajaba al interior de la península daba ingenuos rodeos para no entrar en Madrid. Hombre humilde, creía tener su maestro en Baroja. Pero bajo su boina hay muchísimo más talento, estilo, sensibilidad y cultura que bajo la boina de Baroja.

Pla se refugió últimamente en Poblet, moribundo y temulento, porque Monserrat es beligerante y quizá no le hubiera querido. Guerra medieval de monasterios. Mientras un grupo de barceloneses se autoafirmaba obviamente contra no se sabe qué, el catalán máximo, olvidado y solo, erraba póstumo de monasterio en hospital. El silencio que habían hecho sobre él era una losa. El silencio que hizo el Rey era una flor.

El Análisis

Josep Pla: la tinta frente a la urna

JF Lamata

La figura de Josep Pla se impone en la historia de la literatura catalana como la de un escritor monumental, dueño de un estilo inconfundible y de una capacidad de observación casi obsesiva. Periodista antes que nada, Pla convirtió la realidad cotidiana en materia literaria, elevando la crónica, el dietario y el retrato a una categoría que trasciende géneros. Su obra, vasta y minuciosa, constituye un auténtico archivo del siglo XX, donde el paisaje, la política, la vida rural y urbana y los caracteres humanos quedan fijados con una prosa precisa, irónica y profundamente personal. Más que un ideólogo o un narrador de ficciones, Pla fue un notario de su tiempo.

Pero su legado no está exento de controversia. Su actitud durante el franquismo —lejos de la oposición activa— y su escepticismo hacia la democracia parlamentaria han pesado en la valoración de su figura. Pla llegó a expresar que prefería “llenar papel de tinta” antes que “meter papelitos en urnas”, una frase que resume su distancia respecto al compromiso político entendido en términos militantes. Esa postura, vista por algunos como lucidez desencantada y por otros como conformismo, no ha impedido que su obra sobreviva a cualquier debate coyuntural. A la postre, Josep Pla será recordado menos por sus silencios o ambigüedades políticas que por haber construido, con palabras, uno de los retratos más completos, duraderos y vivos de la sociedad catalana y europea de su tiempo.

J. F. Lamata