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El PSOE se apunta y también usa las amenazas a Grande Marlaska y a Gamez contra Vox

Pablo Iglesias centra la campaña mediática madrileña en las amenazas de muerte que recibe y responsabiliza a Vox por cuestionarlos

HECHOS

El 23 de abril de 2021 D. Pablo Iglesias denunció públicamente haber ido amenazadas.

23 Abril 2021

Vox es una amenaza para la democracia

Ignacio Escolar

No hay equidistancia posible entre el fascismo y la democracia para cualquiera que de verdad defienda la palabra libertad

Vox es una amenaza para la democracia española, para la convivencia pacífica y para la propia libertad que dice defender. Exactamente igual que Trump en Estados Unidos. Igual que ocurre en Francia con Le Pen.

Ha sido así desde el primer momento. No es una novedad. Pero el extremismo de Isabel Diaz Ayuso y la caída de Vox en las encuestas ha llevado a sus líderes a endurecer su discurso de odio aún más.

Parece difícil adelantar por la derecha al PP de Ayuso sin salirse de la carretera. Y eso explica en gran medida que Vox se haya desnudado como lo que siempre fue: un partido fascista, contrario a los valores democráticos, y que nadie en la izquierda o la derecha –o en la prensa seria– debería normalizar como otro más.

Vox busca cada día una nueva provocación y utiliza en su campaña las mismas técnicas que el fascismo inventó en los años 20 y 30. Deshumanizar al rival, al que convierten en «enemigo» al que hay que echar del país. Provocar enfrentamientos en barrios populares a los que se desprecia como «estercoleros culturales». Manipular los datos (y las fotos) para azuzar el odio contra los más débiles, los migrantes menores de edad, a los que tachan de violadores en «manadas». Y por último banalizar amenazas de muerte enviadas con balas de fusil a políticos de otros partidos.

Hace pocas semanas, una sede de Podemos sufrió un ataque terrorista con un artefacto explosivo. Hace unos meses, un hombre simuló un fusilamiento a varios miembros del Gobierno –unas amenazas que después archivó la Audiencia Nacional–. Hace ya casi un año que Pablo Iglesias, Irene Montero y sus tres hijos viven sitiados por un acoso permanente y diario en la puerta de su domicilio. Han llegado a entrar en su casa en alguna ocasión.

Ese acoso en la casa de Iglesias y Montero no ha parado. Sigue ocurriendo cada día. Todos los días. Nadie en la política española vive hoy algo ni lejanamente similar. Y tampoco es comparable con el famoso escrache en la casa de la exvicepresidenta Soraya Sáenz Santamaría –que puede criticarse y considerarse inaceptable– porque aquello solo duró 20 minutos y solo ocurrió en una ocasión. Este acoso, diario e impune, es simple y llanamente fascismo. Un fascismo que alienta Vox.

Sugerir que las gravísimas amenazas de muerte que han recibido Pablo Iglesias y el ministro Fernando Grande-Marlaska y la directora de la Guardia Civil, María Gámez, son «una invención del Gobierno», como dijo Rocío Monasterio, es algo más que una provocación. Es fomentar esa misma violencia, en una espiral de odio que espero no vayamos a lamentar.

Son amenazas que hay que tomarse muy en serio. Porque hay precedentes de cuáles pueden ser las consecuencias de esta extrema polarización. Ya ha pasado recientemente en Europa, en Reino Unido, con el asesinato de la diputada laborista Jo Cox en la campaña del Brexit, como recuerda Iñigo Sáenz de Ugarte en su crónica de hoy.

No dudo de que Vox también habrá sufrido pedradas, escupitajos, lanzamiento de huevos y otras formas de violencia que considero inaceptables y condeno sin paliativos. Pero hoy no hablamos de huevos o de insultos, sino de balas de un fusil militar enviadas al domicilio de varias personas con amenazas de muerte.

Pero Vox no solo es una amenaza para la democracia porque se esté comportando en esta campaña electoral como un troll de Twitter que busca llamar la atención. Lo es también porque cuestiona los pilares fundamentales de toda democracia. El derecho a la representación, cuando plantea ilegalizar a una parte de la izquierda y a la gran mayoría de los partidos que votan vascos y catalanes. La soberanía popular, que reside en ese Parlamento que ha elegido a este Gobierno de coalición, que Vox tacha de ilegítimo. Los derechos y libertades más básicas, como que un ciudadano español no puede ser expulsado del país por ser negro e ir en la lista de Iglesias, como pidió Vox para Serigne Mbayé.

Equiparar esta amenaza con Unidas Podemos o con el espantajo de una ‘dictadura comunista’ es una burda manipulación. El comunismo español participó de forma activa en el regreso de la democracia a España, mientras que Vox es heredero ideológico declarado de esa dictadura que, durante décadas, secuestró la libertad. Unos gobiernos asesinos, los de la dictadura, que Santiago Abascal considera mejores que el actual.

Vox no es un fenómeno pintoresco o anecdótico. Es un peligro real para la convivencia democrática: igual que Trump, igual que Le Pen. Forma parte de una misma ola internacional que está amenazando a las democracias en medio mundo, y que nace de una polarización extrema que alimentan las redes sociales y la desinformación. Es un fenómeno que afecta a todo el espectro ideológico, que se ha radicalizado. Un escenario donde el fascismo nada a sus anchas: si el debate político se convierte en una pelea de bar, ganará siempre el más matón.

No creo que todos los votantes de Vox sean fascistas. Tampoco pido su ilegalización, creo que sería un error. Pero no hay equidistancia posible entre el fascismo y la democracia para cualquiera que de verdad defienda la palabra libertad.

24 Abril 2021

La política intolerable

Mariló Montero

Hay a quienes, supuestamente, les viene bien recibir una amenaza que, saben, no se va a cumplir

Las elecciones de Madrid se están convirtiendo -o mejor, podrían convertirse de una vez-, en el detonante para el principio del fin del estilo político que se ha asentando en España. Sería muy aventurado determinar cuándo se perdió el debate de altura democrático entre aquellos políticos de los que se aprendía puesto que sus discursos estaban construidos desde las bases del conocimiento y el estudio permanente. Quiero recordar que se respetaban, y mantenían el respeto por las instituciones y el cargo que ostentaban, incluidos a los ciudadanos. El efecto era de espejo, ya que ese respeto llegaba a ser mutuo. En los últimos años, es verdad que han accedido a la política una serie de personas a las que sólo parece que les interesa lograr un estilo de vida para su gozo y disfrute. Llegan a la política para tener un trabajo bien remunerado. Echando mano de sus currículums, la preparación de muchos de ellos es muy insuficiente como para asumir y estar a la altura del cargo que se les otorga en las elecciones. Debería exigirse ya una preparación mínima, de alto nivel, que evite vuelvan a repetirse situaciones tan deleznables como el último debate entre los líderes que batallan por el primer puesto en la capital de España.

Las amenazas de muerte deben condenarse de manera contundente. Nadie, nadie en nuestro país debería sentir la ligereza al enviar un sobre con una nota amenazando a la persona y de paso a su familia, en un sobre relleno de balas. Esa no es España. Pero ha pasado. Este hecho de que tres políticos hayan recibido estos mensajes días atrás, conforma una peligrosa realidad. Pero, se agrava que este hecho está siendo mal utilizado por haberse convertido en material para la campaña política por parte de políticos sin escrúpulos. Hay a quienes, supuestamente, les viene bien recibir una amenaza que, saben, no se va a cumplir. Oh, sí. Rocío Monasterio hizo estallar a un Pablo Iglesias que cuando susurra con su voz, dispara. Había mentido el día anterior al decir que él fue quien dirigió y ordenó a la UME desinfectar las residencias de ancianos. Margarita Robles, horas después, negó que eso fuera cierto. Otra mentira de Iglesias que alienta a sus masas en Vallecas, en Barcelona, y que dijo, que en la «moderna democracia se justifiquen los insultos», también a nosotros, periodistas. El foco está en que la amenaza es intolerable y, en que la ultra izquierda y la ultra derecha deben encajar sus comportamientos e ideologías en la paz política y social. Sepan que son el hazme reír de todos.

25 Abril 2021

Yo recibo amenazas todas las semanas, Pablito

Eduardo Inda

Pablo Iglesias, que es un tramposo profesional, ha conseguido cambiar el ritmo de la campaña pero me temo que no logrará revertir el resultado de las elecciones generales de Madrid el 4-M. Tras su “nene, pupa”, uno más, y el “Jorge Javier, ¡Sálvame!” de Gabilondo se esconde la desesperación de una izquierda y una ultraizquierda que no sólo ven cómo no se aproximan al centroderecha y a la derecha sino que, mas al contrario, contemplan impotentes cómo la distancia se agiganta por momentos. Al punto que en estos momentos la suma de PP y Vox supera por un margen que oscila entre los 5 y los 7 escaños esa mayoría absoluta de 69 que, salvo malas artes de última hora, cambiará el ciclo político en España.

Claro que condenamos las cartas recibidas por Iglesias, Marlaska y la directora de la Guardia Civil. Mil y diez mil veces, las que sea menester. No seré yo quien siembre de dudas el relato. Ni mucho menos. Mientras no se demuestre lo contrario, el sobre con las balas es una realidad. No creo, ni mucho menos, que sea un remedo de esos intentos de magnicidio frustrados que se inventan cuando vienen mal dadas su jefe Maduro o sus idolatrados Castro en Cuba. Además, ni un servidor ni OKDIARIO somos como él, ni como Echenique y demás basura de la cúpula podemita, que tildaron de “ketchup” la sangre que manaba de la frente de la diputada de Vox Rocío de Meer en el enésimo ataque a la formación verde en el País Vasco.

Lo que sí voy a denunciar hasta la extenuación es el show que se ha montado el pájaro y que nos intentan colar esa absolutísima mayoría de medios podemitas. Sería conveniente recordar que los cargos públicos con cierta relevancia reciben todas las semanas amenazas de muerte en toda suerte de formatos. ¿Cuántos “Abascal, te vamos a pegar un tiro en la nunca” o cuántos carteles con el rostro del presidente de Vox y la leyenda “un buen facha es el facha muerto” han aparecido en las paredes de nuestro país en los tres años que han transcurrido desde que el partido de derechas salió del cascarón? ¿Cuántas cartas con advertencias criminales han llegado a la centralita de la sede central de Vox en la calle Bambú? ¿Cien, 200, 1.000, 2.000? Ni idea, pero muchísimas. Y jamás he visto al de Amurrio ir de víctima por la vida. Rol que tampoco desempeñó cuando era el más joven concejal del PP del País Vasco y le amenazaban de muerte día sí, día también, o cuando quemaban el negocio de su madre, Moda Abascal, al más puro estilo nazi. Tampoco les voy a decir ni a contar el ambientazo que padecimos Pablo Casado y yo hace dos años en Alsasua, donde lo más bonito que nos deseaban los amigos de Risto Mejide es que nos pirásemos del pueblo.

Estoy convencido de que Rajoy, Sánchez y todos los presidentes de la democracia han sido amenazados por tierra, mar y aire. Bueno, muchísimo más que convencido, lo sé. Primero fue ETA pero antes, durante y después también han recibido toda suerte de amedrentamientos por carta, por teléfono o de viva voz todos los presidentes. Cada uno de los inquilinos del Palacio de La Moncloa han sido objetivo de perturbados o psicópatas. Sin excepción. Sea como fuere, los expertos de la Policía y la Guardia Civil subrayan que el peligro real no proviene normalmente de los autores de este tipo de anónimos: “El que quiere hacer algo, lo hace, no avisa”. Oswald no avisó que iba a matar a Kennedy, Mark David Chapman tampoco que iba a pegar cinco tiros a John Lennon y el turco Ali Agca jamás de los jamases fue propagando a los cuatro vientos su intención de atentar contra Juan Pablo II.

Tampoco pongo en tela de juicio las intenciones del francotirador Manuel Murillo, un catalán experto en armas al que le aprehendieron varios rifles con mira telescópica y un plan para consumar un magnicidio en la persona de Pedro Sánchez. Operación que se produjo en noviembre de 2018, menos de un mes antes de las elecciones autonómicas andaluzas que supusieron el fin a 38 años de autocracia socialista en la región. ¿Alguien piensa que es factible atentar contra un presidente del Gobierno que, entre el primer círculo de escoltas de Moncloa y la protección de Policía y/o Guardia Civil y la municipal de turno, acude a actos públicos acompañado de no menos de 75 personas convenientemente armadas? Cosa bien distinta es Al Qaeda, el ISIS y sus células durmientes en Europa o en su tiempo los terroristas etarras comandados por ese socio de Iglesias y Sánchez que es Arnaldo Otegi. Eso sí que son palabras mayores.

Lo mismo se puede colegir del Rey y su entorno. Don Felipe, Doña Letizia, la Princesa Leonor y la Infanta Sofía cuentan con 750 efectivos asignados a su protección. Las posibilidades de atentar contra ellos son infinitesimales. No digo que nulas porque siempre hay margen de error pero casi. Por cierto: ni el monarca ni su Casa han empleado demagógicamente las miles de amenazas llegadas al Palacio de La Zarzuela en los últimos 50 años ni el intento de regicidio de 1995 en Porto Pi (Mallorca).

Las posibilidades de que Pablo Iglesias, Irena Montera y sus hijos sean víctimas de un atentado son igualmente mínimas, próximas a cero. ¿Saben por qué? Pues por una elemental razón que para captarla no hace falta haber pasado por Harvard ni poseer el coeficiente intelectual de un Premio Nobel: tienen asignados 26 escoltas para su seguridad, tanto estática —los que están a las puertas del casoplón ateridos de frío— como dinámica, los que les acompañan a todas partes. Sin contar el personal de seguridad privada contratado por el partido para vigilar la dacha de 1,2 millones comprada por 675.000 euros o los amiguetes matones que van siempre con ellos, como ese Pirrakas que cuenta con antecedentes policiales por desórdenes públicos, presunta pertenencia a organización criminal y hasta por tentativa de homicidio.

Cualquier intimidación a un ciudadano, sea político o no, es condenable. Eso es terrorismo en potencia. Pero el peligro real del custodiadísimo Pablo Iglesias es infinitamente menor al que sufre un constitucionalista corriente y moliente en el País Vasco o Cataluña y no digamos al que padecen los candidatos de Vox en esas comunidades en las que, por obvias razones presupuestarias, carecen de seguridad. Nada que ver también con el riesgo que corren los vecinos de barrios amedrentados por capos de la droga o por menas de la vida.

Y, qué carajo, Javier Arenas también recibió un sobre con una bala dentro en 2013 y tres cuartos de lo mismo sucedió por partida doble con Rita Barberá, la segunda de ellas tres meses antes de su súbito fallecimiento. El primero no montó ningún circo, lo puso en conocimiento de la Policía y sanseacabó. La ex alcaldesa habló de ello en rueda de prensa pero porque previamente había sido noticia en todos los medios de comunicación de la Comunidad Valenciana.

Y así podríamos estar hasta mañana relatando casos de amenazas a políticos. El propio Iglesias y Errejón ya recibieron cartas intimidatorias en los albores de Podemos, allá por 2014 y 2015. ¿Por qué entonces calló y ahora monta la mundial? ¿Tal vez porque hay elecciones a 10 días vista? Un servidor también puede impartir un máster en esta desagradable materia: en 2006, siendo director de El Mundo de Baleares, llegó a mi domicilio particular un sobre con una bala en su interior que abrió mi mujer. Y qué quieren que les cuente de las decenas de amenazas que me han llegado desde que fundé OKDIARIO hace cinco años y medio. No menos de una por semana. Hay de todo: por escrito, telefónicas e incluso por la calle. Situación que ha provocado que tenga que ir protegido las 24 horas. Pero ni me jacto de ello ni lo empleo maquiavélicamente.

Me llama poderosamente la atención que sean tan sensibles tras haber provocado y luego minimizado el salvaje apedreamiento a militantes de Vox en Vallecas convirtiendo a las víctimas en victimarios y después de haber acusado a los de Abascal y Monasterio de “ir a provocar” a un barrio que esta gentuza piensa que es suyo. Gentuza que se da el pico con Otegi, que jalea al violento delincuente Pablo Hasél, que considera al experto en explosivos Alfon víctima de un montaje policial, que apadrinaba al asesino chileno del hombre de los tirantes y que justifica de alguna manera el terrorismo de ETA por “el alto grado de abusos policiales” en el País Vasco. Estoy harto de primas donnas. De pavos reales. De demagogos. De embusteros.

Espero, confío y deseo que la investigación llegue hasta las últimas consecuencias. Si las amenazas son, como parece, reales el que se tiene que ir a su casa es el director de Correos, Juanma Serrano, el amiguísimo del presidente del Gobierno. ¿Cómo es posible que tres sobres con cuatro balas del tamaño de un dedo pasen desapercibidas a los escáneres del ente público? Item más: ¿cómo se puede poner en riesgo de forma tan palmaria a carteros y demás personal? De la misma manera que pasa desapercibida una docena de balas, puede acontecer lo mismo con una mucho más letal carta-bomba. Sea como fuere, una cosa está clara: la izquierda ya no sabe qué hacer para alterar el destino de una campaña que se les va por el desagüe mientras Isabel Díaz Ayuso va por libre al margen de PSOE, Más Madrid, Podemos e incluso Vox. Mientras unos ladran, con razón o sin ella, la candidata del PP cabalga. Eso es lo de que de verdad los tiene en modo pánico.

26 Abril 2021

La utilización de las amenazas

Francisco Marhuenda

Iglesias se siente más víctima que personas que sufrieron el horror de ETA

España vivió durante décadas sometida a la angustia permanente del terrorismo de ETA. Eran los amigos de Arnaldo Otegi los que amedrentaban, extorsionaban y asesinaban. No se trataba de locos o desequilibrados que enviaran cartas con balas o cuchillos, sino que pegaban tiros en la nuca y hacían estallar bombas para causar el mayor número posible de víctimas. Eran terroristas que contaban con un entramado político que ha confluido en Bildu. Los «hijos» del terrorismo son ahora interlocutores privilegiados del gobierno y sus votos son aceptados con irresponsable complacencia.

La izquierda política y mediática no acepta ningún cordón sanitario para sus «amigos» de Bildu. En cambio, sí se utilizan las amenazas de desequilibrados con fines partidistas porque resulta útil en el objetivo de movilizar a la izquierda. Iglesias, que tanto se ha jactado de sus buenas relaciones con Otegi y sus compinches y que ha considerado que el terrorismo etarra era un fenómeno político, ahora se siente más víctima que personas que sufrieron el horror de ETA como Ortega Lara o tantos dirigentes del PP o de Vox que malvivieron durante décadas con una diana en la espalda.

Lo que está sucediendo me resulta impúdico y la actitud oportunista de algunos dirigentes del PSOE es tan triste como lamentable. Nunca he contado algo que viví y me impresionó. En la campaña del 96 propuse que en uno de los folletos se incluyeran las imágenes del atentado que sufrió Aznar y se negó porque el terrorismo no se podía utilizar políticamente. Por cierto, lo mismo dijo de una imagen suya con el rey porque no se podían utilizar las instituciones en beneficio propio.

En ocasiones he discrepado del que sería un gran presidente del Gobierno, pero me sentí orgulloso de votar a un político capaz de mostrar esa altura y dignidad. Le habían intentado asesinar, pero entendía que no vale todo para conseguir votos. Esta integridad, al margen de ideologías, es lo que tenemos que esperar y exigir de los políticos que nos tienen que representar. No me parece ético lo que están haciendo, porque es mezquino y no les dará resultado.

Esta sobreactuación, cuando saben que no estamos hablando de ETA sino de desequilibrados o provocadores, muestra que se sienten tan inseguros como desesperados. El centro derecha no tiene nada que ver con la gentuza que ha mandado esos sobres que, por cierto, no han sido detectados por Correos que es una empresa que controla el gobierno.

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