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El periodista denunciaría posteriormente haber sufrido acoso de los miembros jóvenes de la redacción, permitido por el director de EL PAÍS, Javier Moreno

Polanco anuncia en la Junta de PRISA el despido de Hermann Tertsch como columnista por su colaboración con TELEMADRID

HECHOS

  • En la Junta de Accionistas del Grupo PRISA de marzo de 2007 el presidente del grupo, D. Jesús Polanco anunció que pronto se solucionaría la ‘contradicción’ que suponía que el periodista de EL PAÍS, Sr. Hermann Tertsch, fuera tertuliano en el programa ‘Madrid Opina’ de TELEMADRID.

D. Hermann Tertsch habla con J. F. Lamata sobre su salida de EL PAÍS:

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El columnista de EL PAÍS, D. Hermann Tertsch, se había convertido en el ‘verso suelto’ del diario de PRISA desde hacía tiempo. Discrepaba políticamente de posturas mantenidas firmemente por el periódico que tenía como el tema ‘Irak-George Bush’, o eso podía deducirse de su polémica con los actores de los Goyas. Los sectores más jóvenes de la redacción de EL PAÍS, varios de una línea ideológica muy en la izquierda comenzaron a protestar cada vez con más frecuencia con la línea del Sr. Tertsch o sus intervenciones en tertulias. Una intervención suya en el programa ‘El Círculo’ de TELEMADRID en la que cuestionaba la autoría sobre el 11-M establecida por la instrucción, desató las iras de los redactores hasta el punto que un colectivo acudió a su puerta a protestar con manifiesto incluido. Aunque, en opinión del Sr. Tertsch, durante el tiempo fue director  D. Jesús Ceberio, este siempre le apoyó y defendió. Algo que no pasó cuando llegó a la dirección de EL PAÍS, D. Javier Moreno que, según el Sr. Tertsch, era uno de ellos.

Finalmente la dirección de EL PAÍS solicitó al Sr. Tertsch que dejara de acudir a las tertulias, principalmente a las de TELEMADRID (en especial ‘Madrid Opina’ de D. Ernesto Sáenz de Buruaga) donde el periodista mantenía, en nombre de EL PAÍS una línea contraria a la mentida por el diario El PAÍS. El Sr. Tertsch declinó esa indicación, provocando su ruptura con el periódico en el que había colaborado casi 20 años. El propio presidente del Grupo PRISA, D. Jesús Polanco, fue preguntado en la junta de accionistas del Grupo PRISA por ‘la contradicción’ que había con el Sr.Tertcht, a lo que el propio Sr. Polanco respondió que ‘esa contradicción sería pronto superada’. El diario EL MUNDO fue el primero en confirmar con el Sr. Tertsch que había roto con EL PAÍS.

No obstante aquel despido no fue el final periodístico del Sr. Tertsch, que seguiría fichando como columnista por el diario ABC y también por la propia TELEMADRID, donde acabaría presentando programas informativos.

24 Marzo 2007

¿Y qué piensa Polanco del golpe mediático del 11-M?

Ignacio Villa

Después de la junta de accionistas, resulta imposible defender a Prisa y sus múltiples medios como meros vehículos «independientes» de la libertad de expresión. Ha hecho falta escuchar cómo Polanco atacaba, hecho un basilisco, al Partido Popular  y echaba con cajas destempladas del diario El País a un periodista como Hermann Tersch, con más de veinte años de trabajo en el diario a sus espaldas, por criticar al Gobierno en el debate Madrid opina de Telemadrid. La actitud dictatorial del presidente del primer grupo mediático de España, más propia del régimen que lo hizo rico que de la lógica empresarial, no puede sino llevar a la conclusión de que Prisa está en lo que siempre ha estado: o mandan en todo, incluyendo en ese todo al partido de la oposición, o ya pueden irse preparando los que mandan.

Las formas con que Polanco se ha expresado en público son la simple confirmación de lo se viene denunciando desde hace mucho tiempo. El imperio que ha creado gracias a las dádivas de izquierda y derecha, especialmente la «derecha extrema» que fue el franquismo, es el imperio de la manipulación, de la imposición, de la dictadura de la opinión, del control de la información. Es cierto que ya se sabía, pero ahora será mucho más difícil de esconder. Si a alguien se le ocurriera negarlo, no habrá más que recordar unas declaraciones en las que Polanco ha dejado al descubierto sus intenciones, sus objetivos, sus principios y sus negocios. Lo suyo es el control del poder, de la opinión y de la sociedad.

Por más que esto estuviera a la vista, siempre había quien defendiera a Polanco por un motivo u otro. No en esta ocasión. Aunque muchos hayan clamado contra la justa respuesta del PP, nadie ha defendido las palabras del empresario. Tan sólo sus propios empleados, claro, que les va el sueldo en ello. Pero aún así, resulta llamativo, sobrecogedor y dramático el miedo con que en muchos medios de comunicación se han recogido las acusaciones de Polanco al Partido Popular. Son muchos los que han guardado silencio ante las palabras del presidente de Prisa. Un silencio que habla demasiado alto.

Lo único bueno que podemos sacar es que esta gota haya colmado al fin la paciencia del PP. El único partido de la oposición ha anunciado que no intervendrá en los medios del Grupo Prisa mientras Polanco no rectifique. Es una decisión que debería haberse tomado hace tiempo, pero que ahora se hace absolutamente obligada. No hay que olvidar que, cuando José María Aznar aplicó esa receta en el 2000, ganó las elecciones con mayoría absoluta. Demostrarle a Polanco que hay líneas que no se pueden traspasar no sólo es gratificante y necesario; también puede ser rentable electoralmente.

Ahora, eso sí, hay que aguantar el pulso. Esperemos que no empiecen a salir presidentes autonómicos asustados, alcaldes cómplices, diputados azorados y secretarios provinciales aterrados por lo que puedan pensar de ellos los empleados de Polanco. Pero una vez que el propietario de Prisa ha explicado claramente los motivos por los que sus medios de comunicación someten al PP a una auténtica persecución mediática, los populares no se pueden quedar mirando a la luna de Valencia. Una vez que han decidido plantar cara han de aguantar. Si no lo hacen, su base se lo echará en cara.

Lo único malo de todo esto es que no hubiera ningún accionista que preguntara a Polanco por el golpe mediático del 11 de marzo. Quizá de esa forma podíamos haber salido de dudas sobre lo que pasaron aquellos días y como se articuló la violación del día de reflexión. Otra vez será.

Libelo contra la secta

“Has sido desleal con el periódico y lo estás perjudicando. Por eso hemos decidido, la dirección de EL PAÍS, que tienes que abandonar las colaboraciones externas. Y no sólo las de TELEMADRID. Todas las colaboraciones externas. Porque si sigues en ONDA CERO con Carlos Herrera seguirás diciendo lo que opinas. Sería más de lo mismo”. Estas palabras que me dirigía con gesto muy adusto Vicente Jiménez, ya director adjunto del diario, marcaban el comienzo del fin de mis veintidós años de vinculación profesional con EL PAÍS.

Una semana más tarde, corría el mes de marzo de 2007, el presidente del Grupo PRISA, Jesús de Polanco, ya estaba en disposición de confortar a sus accionistas – entre los que había algunos muy interesados en ello – con la noticia de que mis días en el diario estaban contados.

“La contradicción (Tertsch) ya ha sido superada. Lo comprobarán en las próximas semanas, tanto usted como los lectores”. Así respondía don Jesús a la pregunta de un accionista muy hostil a mí, que consideraba una vergüenza que escribiera en el periódico alguien como yo que criticaba al gobierno y discrepaba tan claramente de la línea editorial desde TELEMADRID, la televisión de la Comunidad de Madrid.

Hacía ya unos años que yo acudía con cierta regularidad al programa de debate político ‘Madrid Opina’ dirigido por Ernesto Sáenz de Buruaga. Ya muchos meses antes había tenido el primer aviso de que se me vigilaba de cerca en la redacción de ‘la casa’ por mi presencia en ‘Madrid Opina’. Los jóvenes turcos – como los llamo por no utilizar el más drástico ‘jmeres rojos’ – ganaban continuamente terreno, influencia y cargos desde la llegada de Zapatero a la dirección del PSOE.

Un día llegaba yo a trabajar a media tarde a la antesala de los despachos de la planta tercera, cuando las secretarias de Dirección y Opinión me avisaron de que habían subido varios miembros del Comité de Redacción que me buscaban con insistencia. Ya estaba sentado en mi despacho dispuesto a comenzar un editorial cuando recibí la visita de unos personajes. Me dijo que lo sentía mucho pero que estaba obligado a comunicarme que yo había sido denunciado ante la Dirección por deslealtad y por atacar la línea editorial del periódico con el agravante de haberlo hecho desde TELEMADRID.

“¿Entonces me estás diciendo que en este periódico se hacen ya denuncias anónimas?

“No puedo decirte quién fue”

– “Pues entonces estamos ya como en la redacción del Frankfurter Allgemeine en 1933.

Recibí muchas más visitas poco agradables, una de ellas de todo el Comité de Redacción. Con mucha solemnidad. De pie frente a la mesa de mi despacho – yo permanecí sentado – me comunicaron que podían evitar que la denuncia prosperara. “Hay que respetar el estatuto de la redacción”.

Les dije que todo lo que estaba ocurriendo en mi despacho me parecía insólito y les pregunté si no les daba vergüenza hacer el ridículo con esta defensa de una denuncia anónima, esa figura repugnante que revela miedo y odio a la libertad de expresión. Además de cobardía. No contestaron, pero era evidente que vergüenza no sentían ninguna.

La denuncia anónima no prospero. No lo hizo porque aún era director del periódico Jesús Ceberio. No he hablado nunca con él al respecto. Gran amigo durante años, para entonces ya nos habíamos distanciado mucho. Y estoy seguro que mis columnas en EL PAÍS y mis intervenciones en ONDA CERO y TELEMADRID no le hacían ninguna gracia. Pero Ceberio era un periodista de la vieja escuela, que creía – y espero siga creyendo – en el talento individual más que en la subordinación de un individuo a la causa. Y por carácter estoy seguro que despreciaba este intento de lincharme en la redacción por expresar mis opiniones. Según pude saber, Ceberio les había escuchado, después comentó algo sobre mi labor en el periódico y mi carácter algo especial y dio por terminada la reunión. Después conocí la causa de la denuncia anónima y supe quién la había hecho.

El instigador es un redactor muy mediocre que probablemente se prometía algún rédito de su alarde de fervor militante. Me denunció porque yo había dicho en un programa matinal de TELEMADRID, ‘El Círculo a primera hora’ que presenta y dirige Ely del Valle, que, sin apoyar ninguna de las tesis conspirativas, yo albergaba muchas dudas sobre el transfondo real de ese atentado.

Meses más tarde, sin embargo, las cosas habían cambiado. Ceberio ya no era director.

Ceberio había sido director desde 1993, cuando junto a él fuimos nombrados subdirectores de Información y Opinión Félix Monteira – que acabaría de secretario de Estado de la Comunicación de Zapatero – y yo respectivamente. Ceberio había sido nombrado director en contra de la preferencia de Cebrián, que era Javier Valenzuela. Hoy resulta muy gracioso recordar que en su momento se dijo que Jesús Ceberio sería un director de transición. Más de trece años estuvo en el cargo este gran profesional, vasco malencarado y rudo, pero con más periodismo y sentido común en la cabeza que todos los jovencitos funcionarios del izquierdismo que intentaron cubrir su hueco. Y muy en vano. Su puesto lo ocupaba Javier Moreno, un hombre elegido por Cebrián, cuya fundamental aportación al periodismo había sido la criba de la plantilla del diario económico de PRISA, CINCO DÍAS, y un par de meses en Berlín. No porque supiera poco o algo sobre Alemania y Centroeuropa, sino porque habla algo de alemán.

No puedo decir mucho de este director porque realmente no se le conocen decisiones de importancia que no se atribuyan a Juan Luis Cebrián. Sí puedo decir que desde su llegada a la Dirección, en la tercera planta las relaciones humanas se deterioraron aún más en la redacción y siguieron haciéndolo después de mi partida, tal y como he ido sabiendo de aquellos periodistas aún en EL PAÍS que mantienen contacto conmigo. Aquello ya no era el tradicional Kelvinator, marca de frigorífico y nombre con el que Javier Pradera solía definir al gélido trato que otorgaba PRISA a uss empleados, bien pagados pero siempre despreciados por una impronta déspota que se atribuía a Cebrián. Era mucho peor. Juan Luis siempre había infundido temor por sus frecuentes ataques de ira y su habitual trato despectivo y arrogante hacia sus subordinados. Todos agradecían en la redacción que ese carácter tan brillante como complicado del primer director no se prodigara por la calle de miguel Yuste y estuviera ocupado en cuestiones de mayor enjundia en su despacho del número 32 de la Gran Vía.

Yo sí he recibido una gran noticia de Cebrián en mi vida: mi nombramiento como corresponsal en Bonn, lo que siempre le agradeceré por decepcionante que me pueda parecer su evolución posterior lejos del periodismo. Cada uno es muy libre de equivocarse como quiera, pero lo cierto es que la brillantísima trayectoria periodística de Cebrián ha quedado eclipsada por una gestión empresarial que resultó catastrófica para los propietarios.

Lo cierto es que con la salida de Ceberio y la llegada de Moreno y sus hombres de confianza se impuso en la redacción un miedo difuso en constante crecimiento. Cada vez eran más los redactores que cerraban las páginas web que leían cuando un mando pasaba por detrás de ellos y podía ver sus pantallas de ordenador. Cada vez eran más los convencidos de que todo su correo electrónico estaba intervenido. Cada vez se hablaba más bajo en aquella gran nave diáfana.

Las declaraciones públicas de Polanco en la Junta de Accionistas, en las que se comprometía a demostrar que la contradicción Tertsch había quedado superada, me facilitaron mucho las negociaciones para mi partida. Hay todavía algunos conocedores de las interioridades de Miguel Yuste, 40, que creen que Polanco, entones ya gravemente enfermo y fuertemente medicado, habló así para hacerme un favor. Sin caer en especulaciones tan piadosas, lo cierto es que siempre tuve un gran respeto por Polanco.

Mantuve conversaciones intensas con Polanco cuando tuvo que sustituir a Joaquín Estefanía como director del periódico y Juan Luis Cebrián les presentó tres candidatos que éramos Jesús Ceberio, Javier Valenzuela y, supuestamente, yo. Aunque yo era un falso candidato presentado por Polanco para lograr convencerle de que el relevo generacional – corría el año 1993 – debía encabezarlo Javier Valenzuela. Gracias a Dios – con mi modesta aportación – Polanco se decidió por el único que razonablemente podía dirigir el diario en aquel momento, que era Ceberio. Cualquier otra decisión, sobre todo el nombramiento de Javier Valenzuela, habría sido una catástrofe. Es un gran periodista de calle y un buen corresponsal, pero toda sensatez y profundidad le son ajenas, y es casi tan obsequioso con el poder como otras trovadores de empresa. No es extraño que el presidente Zapatero se lo pidiera al periódico como director general para Relaciones Internacionales en la Secretaría General de Comunicación de su gobierno.

Lo cierto es que con aquella firma del finiquito – sin despedida de director, por supuesto, no es la cortesía su fuerte – acababa una etapa de mi vida y comenzaba otra fuera de la casa “Fuera hace mucho frío”. Esta frase la he oído mil veces. Irse voluntariamente de allí era considerado un suicido o acto enajenado. Ser despedido una condena al abismo. Por eso se sorprendió tanto que el director adjunto cuando días después de decirme que debería limitarme a escribir en el periódico si quería seguir allí, acudí a su despacho y le dije:

– Vicente, va a ser que no.

– ¿Qué va a ser que no, qué?

– Que no acepto vuestras condiciones, que además me parecen inconstitucionales, pero eso da igual. No voy a dejar de decir lo que pienso en todos los medios en los que colaboro y por tanto creo que me voy del periódico.

– Pero ¿Cómo? ¡Pero qué me dices! Entonces habrá que hablar con el director.

– Por supuesto, tienes que hablar con el director, pero sobre todo con Cebrián y Polanco. No me dejáis otra salida.

Jiménez estaba estupefacto.

El Análisis

GRUPO MEDIÁTICA, GRUPO IDEOLÓGICO...

JF Lamata

Si un periódico fuera un grupo meramente mediático, podría haber columnistas que opinaran un poco una cosa y otros la contraria. Pero en España los grupos mediáticos tienden a ser también ‘grupos ideológicos’ busca a lectores de una ideología muy concreta y por tanto, no puede permitir columnas de la línea contraria que puedan molestar a los lectores. Los columnistas pueden discrepar de la línea, pero sólo un poquito, y que en ese poquito no esté el clásico PP-PSOE. En momentos de crispación PP-PSOE, no puede permitirse a tener posiciones cercanas al enemigo en casa. Si a esto añadimos que en aquel año 2007 el PSOE/EL PAÍS había declarado la guerra a TELEMADRID… ¿cómo iba a aceptar que uno de los suyos fuera colaborador de la cadena apestada? La suerte estaba echada. El ex subdirector de EL PAÍS abandonaba PRISA.

En todo caso, si a los popes de PRISA les parecía que el Sr. Tertsch estaba moderadamente próximo al PP, a partir de ese momento el escoramiento a la diestra sería claro y palpable.

J. F. Lamata

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