9 febrero 2020

Polémica entre Javier Cercás y Muñoz Molina por Benito Pérez Galdós

09 Febrero 2020

Galdós

Javier Cercas

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Buscaba yo la forma de razonar en esta columna por qué me gusta menos Benito Pérez Galdós que a muchos de mis colegas españoles —a pesar de haberme pasado media vida tratando de explicar en la universidad su enorme importancia histórica y sus méritos literarios— cuando vino en mi ayuda un artículo providencial de Almudena Grandes.

Se titula Galdós para entender la España de hoy (EL PAÍS, 5-1-2020) y dice en lo esencial dos cosas. La primera es que Galdós “nunca fue neutral”. Es verdad, y ahí es donde empiezan mis problemas. El 9 de diciembre de 1852, Gustave Flaubert escribe en una carta célebre: “El autor debe estar en su obra como Dios en el universo: presente en todas partes, pero sin que se le vea en ninguna”. Más de medio siglo después, James Joyce, uno de los dos mejores discípulos de Flaubert —el otro fue Franz Kafka—, recordaba quizá esas palabras cuando escribió: “El artista, como el Dios de la creación, permanece dentro o detrás o más allá o por encima de su obra, invisible, refinado de la existencia, indiferente, limándose las uñas”. Esta objetividad, esta imparcialidad — esta neutralidad— constituye uno de los pilares de la novela moderna: para sus más destacados representantes, ella es la garantía de la creación de un mundo verbal autónomo, surgido de la realidad pero emancipado de ella, cuyos moradores fingen existencias tan ricas, intensas y complejas como las nuestras (o más). Galdós, en efecto, se halla en las antípodas de eso. En sus novelas toma casi siempre partido y, preocupado por difundir las causas en las que cree (todas ellas muy encomiables, por cierto), le dice al lector lo que debe pensar, en vez de dejar que sea el lector por sí mismo quien piense; este paternalismo es literariamente letal (y en sus peores momentos degenera en el mayor defecto de la literatura española desde Quevedo: el señoritismo). No creo en la banalidad posmoderna según la cual la literatura no es útil; por supuesto que lo es, pero sólo si no pretende serlo: en cuanto lo pretende, se convierte en propaganda o pedagogía, y deja de ser literatura (al menos, gran literatura). Llegamos así al segundo punto de Grandes. Ésta afirma que “los lectores de Galdós tenemos una perspectiva más amplia de lo que estamos viviendo que los españoles que nunca lo han leído”, y a continuación enumera algunas lecciones que, leyendo a Galdós, es posible aprender sobre la historia de España. Grandes tiene también razón en esto, sólo que todas y cada una de las lecciones que menciona pueden asimismo aprenderse leyendo libros de historia (a veces, incluso, un buen manual). Ése es el segundo problema: que, precisamente a causa de su afán pedagógico, las novelas de Galdós tienden a menudo a ser redundantes; lo que ellas enseñan ya lo enseñan los libros de historia, mientras que lo que enseñan las grandes novelas (el QuijoteMadame BovaryEl proceso) no puede aprenderse más que leyéndolas: no es una verdad histórica, concreta, factual, sino una verdad moral, universal, esa verdad elusiva, huidiza, paradójica, contradictoria y esencialmente irónica que sólo las novelas contienen, y que sólo cabe llamar verdad literaria.

Esta doble inclinación que lastra tantas novelas de Galdós —la tendencia a la pedagogía y a la redundancia— explica en cierta medida la incomodidad que produce su lectura. No a todo el mundo, ya digo: de un tiempo a esta parte la novela española vive el retorno de un realismo didáctico, moralista y edificante, que yo no creo que lleve muy lejos, pero que quizá es una de las razones del fervor renovado por Galdós. El cual, casi sobra decirlo, puede ser muy bueno: Fortunata y Jacinta es tal vez, junto con La Regenta, la mejor novela española del siglo XIX. El problema es que el siglo XIX español no es el inglés ni el francés, ni tampoco el ruso. O dicho de otro modo: no le hacemos ningún favor a la literatura —ni siquiera a Galdós— cuando, llevados por el celo patriotero o por el legítimo entusiasmo, lo elevamos a la altura de Dickens o Flaubert, de Tolstói o Conrad o Dostoievski; es decir, a la de los mejores de sus contemporáneos. Sencillamente porque ése no es su lugar.

15 Febrero 2020

En defensa de Galdós

Antonio Muñoz Molina

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Decía Borges en su vejez que no darle a él el Premio Nobel de Literatura se había convertido ya en una antigua tradición escandinava. Una tradición española casi escandinava también ya de tan antigua es la de mostrar la modernidad de uno mismo como novelista perdonándole la vida a Pérez Galdós. Uno de sus primeros cultivadores fue Valle-Inclán, quien tanto le debía, personalmente y en su educación literaria y política. Valle-Inclán hizo aquella bromita sórdida de llamar a Galdós “don Benito el Garbancero” y la carcajada despectiva española no ha parado de resonar desde entonces. Galdós era garbancero, decimonónico, vulgarote, costumbrista, agropecuario.

El último en sumarse a esa antigua tradición ha sido Javier Cercas, en un artículo de la semana pasada en El País Semanal. Cercas tiene todo el derecho del mundo a que no le guste Galdós, pero tal vez no a reducirlo a una caricatura. A Galdós le costó muchos años de dedicación incesante al oficio alcanzar la maestría de sus grandes novelas y del ciclo prodigioso de los Episodios, pero a Javier Cercas le bastan un par de párrafos para descalificarlo. Dice Cercas: “En sus novelas toma siempre partido, y preocupado por difundir las causas en las que cree, le dice al lector lo que debe pensar, en vez de dejar que sea el lector por sí mismo el que piense”. Efectivamente, Pérez Galdós, desde muy joven, se comprometió apasionadamente con una causa en la que creía, y que le importaba mucho, que era la de la libertad española, el impulso siempre amenazado y siempre muy frágil de establecer un sistema político que garantizara los derechos ciudadanos y el progreso social. Vivió en persona, recién llegado a Madrid, el júbilo de la revolución de 1868, y vivió también en los años siguientes el desmoronamiento de aquellas esperanzas y el retorno al poder de quienes llevaban ejerciéndolo desde antes de las Cortes de Cádiz, la Iglesia católica, la aristocracia parásita, los militares aprovechados y despóticos. En sus primeras novelas, muy juveniles todavía, indagó en el ejemplo histórico del despotismo oscurantista de Fernando VII y en la desastrosa incompetencia de la mayor parte de los liberales que se enfrentaron a él. La vehemencia política, la necesidad de comprender, el deseo de imaginar novelescamente el pasado le permitieron superar muy rápidamente el esquematismo en el que algunas veces cayó desde luego en su primera época. Y en el progreso hacia la madurez le ayudó tanto el sentido crítico y la capacidad de observar y escuchar que siempre tuvo como el conocimiento de lo mejor que estaba publicándose en la narrativa europea. Galdós no es un provinciano español aislado del mundo. Ricardo Gullón y Stephen Gilman investigaron con sensibilidad y erudición el diálogo lector que Galdós mantuvo desde muy joven con los novelistas europeos de su tiempo. Aprendió primero de Balzac y de Dickens, y cuando llegaron Flaubert, Zola y los grandes rusos estuvo al tanto de lo que escribían, muchas veces urgido por su amiga Pardo Bazán, y se dejó influir por ellos, igual que había sabido aprender del ejemplo de un escritor más joven que había escrito una primera novela deslumbrante, Leopoldo Alas.

Un novelista aprende de la vida y de las novelas. Observando la vida política y la vida cotidiana, viajando regularmente por Europa, recorriendo España en viajes que le dieron un conocimiento variado y profundo del país, Pérez Galdós fue creando un mundo narrativo que es exactamente lo contrario de esa simpleza pedagógica o doctrinaria que Javier Cercas dice encontrar en sus novelas. La conciencia política de Galdós se corresponde con su actitud de novelista en una pasión simultánea por comprender y mostrar la complejidad. Los Episodios empiezan en su primera serie como estampas patrióticas de heroísmo popular y muy pronto se convierten en algo mucho más complicado, y más sombrío, y más desolador. En la segunda serie ya casi no hay héroes: hay, sobre todo, verdugos y víctimas, personajes divididos entre la nobleza de los ideales y la vulgaridad de la ambición, el oportunismo, el delirio estéril. No sé cómo se puede acusar de didactismo, o de simplismo, a quien ha creado el retrato a la vez trágico y banal del coronel Riego, el héroe liberal de 1820 que resulta ser un atolondrado y un irresponsable, que sube sin dignidad al cadalso en una escena que tiene la catadura siniestra de una pintura negra de Goya. Zumalacárregui, el primer episodio de la tercera serie, en la que se narran con amargura los horrores de la guerra carlista, tiene en su centro la pura ambigüedad: Zumalacárregui es al mismo tiempo el espadón que asegura las victorias del bando ultra y un hombre caballeroso, capaz, austero, de un valor sereno. Galdós era un ciudadano liberal que cada vez fue inclinándose más al republicanismo y al socialismo, y también era un hombre lúcido que veía el contraste entre los ideales y los intereses, entre las intenciones y los comportamientos. A Cercas parece ofenderle que se le sitúe a la altura de otros grandes novelistas europeos. Pero cabe preguntarse si los usureros de Dickens o de Balzac tienen la complejidad humana y novelesca del Torquemada de Galdós, cuyo ascenso social está prodigiosamente relatado a través de sus cambios en el vocabulario, o si hay un personaje femenino en Flaubert o en Zola que esté retratado con la hondura, la perspicacia, la sofisticación literaria y psicológica de muchas de las mujeres de Galdós, no solo Fortunata o Jacinta: pienso en la Amparo de Tormento, o en la Isidora de La desheredada, la Benina de Misericordia, la deslumbrante Tristana. En cada una de ellas se va perfeccionando esa tercera persona de Galdós en la que el punto de vista se desplaza de un personaje a otro con la flexibilidad de una cámara de cine que no para de moverse y no llama la atención sobre ella misma.

Dice Cercas que una de las razones del “fervor renovado por Galdós” es que “la novela española vive el retorno de un realismo didáctico, moralista y edificante”. Es verdad que ahora hay novelas que tienen mucho de manifiestos doctrinarios. Pero Galdós, para quien lo lea con atención y a ser posible sin arrogancia, actúa precisamente como un antídoto de las simplificaciones y las divisorias entre buenos y malos. Su pasión por la libertad y la justicia es inseparable de su talento de novelista: retratando a seres humanos verdaderos, hombres y mujeres, burgueses y trabajadores, niños y viejos, potentados o mendigos, Galdós nos muestra la gran lección universal de la novela, que la vida concreta está por encima de cualquier doctrina.

15 Febrero 2020

Galdós y Muñoz Molina

Javier Cercas

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Afirma Antonio Muñoz Molina que tengo “todo el derecho del mundo” a que Galdós no me guste tanto como a él; puede ser, pero a juzgar por su artículo En defensa de Galdós (Babelia), no parece muy contento con que haya ejercido ese derecho en Galdós (El País Semanal, 9-2-2020). Asimismo, afirma Muñoz Molina que caricaturizo a Galdós; también puede ser: al fin y al cabo, a pesar de haberme pasado media vida tratando de explicar en la universidad su enorme importancia histórica y sus méritos literarios (que los tiene), no he sido capaz de vislumbrar en su obra los casi infinitos placeres, sutilezas y complejidades que detecta en ella Muñoz Molina, hazaña por la que le felicito.

En definitiva: es posible que yo subestime a Galdós, pero también es posible que él lo sobrevalore y que sostener, como él parece sostener, que el novelista canario es superior a Dickens o Flaubert sea una verdadera temeridad (si no un disparate). En cualquier caso, lo que Muñoz Molina no debería de ningún modo permitirse es decir que quienes no compartimos su imbatible entusiasmo galdosiano y tenemos el atrevimiento de tratar de razonarlo en público, desde Valle-Inclán o Baroja hasta Juan Benet —por mencionar solo escritores españoles—, lo hacemos para dárnoslas de modernos. ¿No podría imaginar Muñoz Molina una motivación un poquito menos espuria que esa, o simplemente menos insultante? ¿No cabría la posibilidad de que algunos de nosotros lo hayamos hecho, por ejemplo, porque no consideramos inútil discutir los méritos reales de los clásicos, aunque nuestra valoración de ellos no coincida exactamente con la de Muñoz Molina? Yo creo que debería pensarlo.

19 Abril 2020

En favor de Pérez Galdós

Mario Vargas Llosa

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Tengo a Javier Cercas por uno de los mejores escritores de nuestra lengua y creo que, cuando el olvido nos haya enterrado a sus contemporáneos, por lo menos tres de sus obras maestras, Soldados de SalaminaAnatomía de un instante y El impostor, tendrán todavía lectores que se volcarán hacia esos libros para saber cómo era nuestro presente, tan confuso. Es también un valiente. Quiere su tierra catalana, vive en ella y, cuando escribe artículos políticos criticando la demagogia independentista, es convincente e inobjetable.

En la muy civilizada polémica que tuvo sobre Benito Pérez Galdós hace algún tiempo con Antonio Muñoz Molina, Cercas dijo que la prosa del autor de Fortunata y Jacinta no le gustaba. “Entre gustos y colores, no han escrito los autores”, decía mi abuelo Pedro. Todo el mundo tiene derecho a sus opiniones, desde luego, y también los escritores; que dijera aquello en el centenario de la muerte de Pérez Galdós, cuando toda España lo recuerda y lo celebra, tenía algo de provocación. A mí no me gusta Marcel Proust, por ejemplo, y por muchos años lo oculté. Ahora ya no. Confieso que lo he leído a remolones; me costó trabajo terminar En busca del tiempo perdido, obra interminable, y lo hice a duras penas, disgustado con sus larguísimas frases, la frivolidad de su autor, su mundo pequeñito y egoísta, y, sobre todo, sus paredes de corcho, construidas para no distraerse oyendo los ruidos del mundo (que a mí me gustan tanto). Me temo que si yo hubiera sido lector de Gallimard cuando Proust presentó su manuscrito, tal vez hubiera desaconsejado su publicación, como hizo André Gide (se arrepintió el resto de su vida de este error). Todo esto para decir que, en aquella polémica, estuve al lado de Muñoz Molina y en oposición a mi amigo Javier Cercas.

Creo injusto decir que Benito Pérez Galdós fuera un mal escritor. No sería un genio —hay muy pocos—, pero fue el mejor escritor español del siglo XIX, y, probablemente, el primer escritor profesional que tuvo nuestra lengua. En aquellos tiempos en España o América Latina era imposible que un escritor viviera de sus derechos de autor, pero Pérez Galdós tuvo la suerte de tener una familia próspera, que lo admiraba y que lo mantuvo, garantizándole el ejercicio de su vocación y, sobre todo, la independencia, que le permitía escribir con libertad.

Había nacido en Las Palmas de Gran Canaria, el 10 de mayo de 1843, hijo del teniente coronel Sebastián Pérez, jefe militar de la isla, que, además, tenía tierras y varios negocios a los que dedicaba buena parte de su tiempo. Tuvo 10 hermanos y la madre, doña María de los Dolores de Galdós, de mucho carácter, llevaba los pantalones de la casa. Ella decidió que Benito, quien, al parecer, enamoraba a una prima que a ella no le gustaba, se viniera a Madrid cuando tenía 19 años a estudiar Derecho. Benito le obedeció, vino a Madrid, se matriculó en la Complutense, pero se desencantó muy rápido de las leyes. Lo atrajeron más el periodismo y la bohemia madrileña —la vida de los cafés donde se reunían pintores, escribidores, periodistas y políticos— y se orientó más bien hacia la literatura. Lo hizo con un amor a Madrid que no ha tenido ningún otro escritor, ni antes ni después que él. Fue el más fiel y el mejor conocedor de sus calles, comercios y pensiones, sus tipos humanos, costumbres y oficios, y, por supuesto, de su historia.

Hay fotos que muestran la gran concentración de madrileños el día de su entierro, el 5 de enero de 1920, que acompañaron sus restos hasta el cementerio de la Almudena; al menos treinta mil personas acudieron a rendirle ese póstumo homenaje. Aunque todos aquellos que siguieron su carroza funeraria no lo hubieran leído, había adquirido enorme popularidad. ¿A qué se debía? A los Episodios nacionales. Él hizo lo que Balzac, Zola y Dickens, por los que sintió siempre admiración, hicieron en sus respectivas naciones: contar en novelas la historia y la realidad social de su país, y, aunque sin duda no superó ni al francés ni al inglés (pero sí a Émile Zola), con sus Episodios estuvo en la línea de aquellos, convirtiendo en materia literaria el pasado vivido, poniendo al alcance del gran público una versión amena, animada, bien escrita, con personajes vivos y documentación solvente, de un siglo decisivo de la historia española: la invasión francesa, las luchas por la independencia contra los ejércitos de Napoleón, la reacción absolutista de Fernando VII, las guerras carlistas.

Su mérito no es haberlo hecho sino cómo lo hizo: con objetividad y un espíritu comprensivo y generoso, sin parti pris ideológico, tratando de distinguir lo tolerable y lo intolerable, el fanatismo y el idealismo, la generosidad y la mezquindad en el seno mismo de los adversarios. Eso es lo que más llama la atención leyendo los Episodios: un escritor que se esfuerza por ser imparcial. Nada hay más lejos del español recalcitrante y apodíctico de las caricaturas que Benito Pérez Galdós. Era un hombre civil y liberal, que, incluso, en ciertas épocas se sintió republicano, pero, antes que político, fue un hombre decente y sereno; al narrar un período neurálgico de la historia de España, se esforzó por hacerlo con imparcialidad, diferenciando el bien del mal y procurando establecer que había brotes de los dos en ambos adversarios. Esa limpieza moral da a los Episodios nacionales su aire justiciero y por eso sentimos sus lectores, desde Trafalgar hasta Cánovas, gran cercanía con su autor.

Escribía así porque era un hombre de buena entraña o, como decimos en el Perú, muy buena gente. No siempre lo son los escritores; algunos pecan de lo contrario, sin dejar de ser magníficos escribidores. El talento de Pérez Galdós estaba enriquecido por un espíritu de equidad que lo hacía irremediablemente amable y creíble.

Se advierte también en su vida privada. Permaneció soltero y sus biógrafos han detectado que tuvo tres amantes duraderas y, al parecer, muchas otras transeúntes. A la primera, Lorenza Cobián González, una asturiana humilde, madre de su hija María (a la que reconoció y dejó como heredera), que era analfabeta, le enseñó a escribir y leer. Sus amoríos con doña Emilia Pardo Bazán, mujer ardiente salvo cuando escribía novelas, son bastante inflamados. “Te aplastaré”, le dice ella en una de sus cartas. No hay que tomarlo como licencia poética; doña Emilia, escritora púdica, era, por lo visto, un diablillo lujurioso. La tercera fue una aprendiz de actriz, bastante más joven que él: Concepción Morell Nicolau. Pérez Galdós apoyó su carrera teatral y el rompimiento, en el que intervinieron varios amigos, fue discreto.

Su gran defecto como escritor fue ser preflaubertiano: no haber entendido que el primer personaje que inventa un novelista es el narrador de sus historias, que éste es siempre —personaje o narrador omnisciente— una invención. Por eso sus narradores suelen ser personajes “omniscientes”, que, como Gabriel Araceli y Salvador Monsalud, tienen un conocimiento imposible de los pensamientos y sentimientos de los otros personajes, algo que conspira contra el “realismo” de la historia. Pérez Galdós disimulaba esto atribuyendo aquel conocimiento a los “historiadores” y testigos, algo que introducía una sombra de irrealidad en sus historias; pasaban, a la larga, desapercibidos, pero sus lectores más avezados debían de adaptar su conciencia a aquellos deslices, después de que Flaubert, en las cartas que escribió a Louise Colet mientras hacía y rehacía Madame Bovary, dejara claro esta revolucionaria concepción del narrador como personaje central, aunque a menudo invisible, de toda narración.