19 octubre 1994
Sin perder la sonrisa, Mario Conde aseguró que ordenaba pagos sin saber a quién
Polémica comparecencia de Mario Conde en la Comisión del Congreso al responder sobre el destinatario de los pagos a Argentia que él ordenaba: «No tengo ni idea»

Hechos
- El 30 de septiembre de 1994 el expresidente del Banco Banesto Mario Conde Conde compareció en la Comisión de Investigación del Banco Banesto para responder sobre los negocios de Banesto con el Grupo Oasis de Pedro Pueyo.
- El 19 de octubre de 1994 el expresidente del Banco Banesto, Mario Conde Conde, comparece por segunda vez para hablar de otras operaciones investigadas como los pagos a Argentia Trust.
Lecturas
30 DE SEPTIEMBRE DE 1994 — PRIMERA COMPARECENCIA: EL CASO OASIS
El expresidente de Banesto Mario Antonio Conde Conde comparece el 30 de septiembre de 1994 ante la Comisión no Permanente del Congreso encargada de estudiar la intervención del Banco Español de Crédito. Nueve meses después de que el Banco de España desalojase a su consejo de administración, Conde dispone por fin de un gran escenario parlamentario para explicar públicamente una parte de las operaciones realizadas durante sus seis años al frente de la entidad.
Esta primera comparecencia tiene un objeto especialmente concreto: las relaciones entre Banesto y el grupo empresarial del mallorquín Pedro Pueyo, fundamentalmente el Grupo Oasis. El PSOE había solicitado expresamente la presencia de Conde para esclarecer su vinculación con aquellas sociedades, después de que Oasis reclamase judicialmente a Banesto más de 10.000 millones de pesetas por supuesto incumplimiento contractual.
El problema fundamental se encontraba en una compleja operación realizada en 1990. Banesto intercambió aproximadamente un 3% de su propio capital por el 50% de Oasis, operación acompañada de otros negocios, créditos y garantías. La comisión trataba de averiguar cómo se había valorado el grupo de Pueyo, qué riesgos había asumido Banesto y, sobre todo, si existían compromisos adicionales que no aparecían con claridad en la documentación ordinaria de los órganos del banco.
Uno de los asuntos esenciales era determinar si Pueyo tenía un pacto de recompra sobre una parte de las acciones de Banesto recibidas en el intercambio. Conde negó ante los diputados que existiera aquella opción. Sin embargo, documentación conocida posteriormente recogía un acuerdo Pueyo-Conde que contemplaba la obligación o compromiso de vender un 1,5% de Banesto, a un precio de 5.100 pesetas por acción y en un plazo máximo de dos años, a quien designase Banesto.
También se discutió el verdadero volumen de la exposición del banco al grupo de Pueyo. Conde habló de unos 44.000 millones de pesetas, mientras el nuevo presidente de Banesto, Alfredo Sáenz Abad, remitió posteriormente una carta a la comisión sosteniendo que la deuda ascendía a 80.963 millones. Sáenz acusó al antiguo presidente de haber incurrido en «omisiones, contradicciones e inexactitudes».
La situación empeoró para Conde cuando comparecieron posteriormente ante la comisión antiguos directivos de Banesto. Javier Abad de Miguel, director general del área corporativa e internacional, y Juan Carlos Rodríguez Cantarero, secretario del consejo, ofrecieron versiones sobre las relaciones Banesto-Oasis que chocaban con aspectos esenciales de la explicación proporcionada por el antiguo presidente. PSOE, PP, IU-IC y CiU terminaron acusando conjuntamente a Conde de haber faltado a la verdad ante el Parlamento.
Conde reaccionó negándolo. Remitió una carta al presidente de la comisión, Juan Muñoz García, ratificándose en su declaración y sosteniendo que la inmensa mayoría de las transcripciones no contradecían sus explicaciones.
La primera comparecencia termina, por tanto, sin resolver el conflicto fundamental que acompañará a Conde desde entonces. El antiguo presidente sostiene que muchas de las operaciones discutidas pueden explicarse dentro de la estrategia empresarial de Banesto y que la intervención del Banco de España fue injustificada o políticamente condicionada; sus adversarios consideran que la documentación demuestra una gestión mucho más opaca y arriesgada de lo que Conde está dispuesto a reconocer.
3 DE OCTUBRE — TRIBUNA EN EL DIARIO EL MUNDO
El 3 de octubre de 1994 Mario Conde Conde publicaba una amplia tribuna en EL MUNDO sobre su posición ante el Congreso de los Diputados.
4 DE OCTUBRE — CONDE CONTRA SUS CRÍTICOS EN TELECINCO
Entre las dos comparecencias parlamentarias se produce un episodio televisivo extraordinariamente significativo.
El 4 de octubre, Telecinco dedica su programa Mesa de redacción, moderado por Fernando Jáuregui Campuzano, a enfrentar directamente a Mario Conde con varios periodistas que han escrito o investigado sobre su trayectoria: Ernesto Ekaizer Wolochwianski, Luis Herrero-Tejedor Algar, Antonio Herrero Lima, Raúl Heras Planells y Nicholas Bray, corresponsal de The Wall Street Journal.
No es una entrevista complaciente. Algunos de quienes están sentados frente a Conde se han convertido precisamente en los periodistas más críticos con su gestión. Ekaizer y Luis Herrero han publicado libros sobre él; el primero mantiene además un duro enfrentamiento periodístico con el antiguo banquero desde las páginas de El País.
La estrategia pública del antiguo banquero empieza a resultar evidente: Conde ha decidido defenderse hablando. Comparece en el Congreso, concede entrevistas, discute directamente con periodistas y presenta la intervención de Banesto como una decisión que debe ser examinada tan críticamente como su propia gestión. Dos semanas después volverá al Congreso. Y allí una respuesta de apenas unos segundos terminará siendo mucho más recordada que horas enteras de explicaciones.
19 DE OCTUBRE DE 1994 — SEGUNDA COMPARECENCIA: AHORA, TODO BANESTO
La segunda comparecencia es considerablemente más importante que la primera. La propia diputada socialista Mercedes Aroz Ibáñez comienza recordando que aquella sesión no puede separarse de la del día 30, pero explica que ahora corresponde analizar globalmente las causas de la crisis de Banesto y los seis años durante los cuales Conde fue su máximo responsable.
Ya no se trata únicamente de Pedro Pueyo y Oasis.
Sobre la mesa aparecen numerosas operaciones y decisiones de la etapa Conde: la gestión de la Corporación Industrial, las pérdidas acumuladas, operaciones accionariales, garantías, créditos, participaciones empresariales y determinadas transferencias cuyo destino o justificación los diputados consideran insuficientemente explicado.
Conde mantiene su posición de fondo. Discute la valoración realizada por el Banco de España, cuestiona las consecuencias de la intervención y llega a sostener que la propia sustitución de los administradores perjudicó gravemente al banco, provocando problemas de liquidez, pérdida de depósitos y daño para los accionistas.
Pero el momento destinado a quedar para la historia llega cuando Mercedes Aroz introduce un pago realizado en 1990.
ARGENTIA TRUST: 600 MILLONES Y UNA RESPUESTA
Aroz pregunta quién ordenó que Banesto Industrial Investment pagase una factura de 600 millones de pesetas a Argentia Trust.
Conde responde que la orden partió de él, previa consulta con la Comisión Ejecutiva, y que fue trasladada al director general a través del consejero delegado. Cuando la diputada pregunta por el concepto del pago, Conde se niega a desarrollarlo alegando que el asunto se encuentra sub iudice y que ya ha declarado cuanto debía ante el juez.
Entonces llega la parte decisiva:
- Mercedes Aroz – ¿Tampoco puede informar de quien está detrás de Argentia Trust?
- Mario Conde – Sí puedo informar: no tengo ni idea.
- Mercedes Aroz – ¿Sí? ¿Quién está?
- Mario Conde – Que no tengo ni idea.
- Mercedes Aroz – Ah, no tiene ni idea.
- Mario Conde – No tengo ni idea.
- Mercedes Aroz – Pero usted ordenó la transferencia.
- Mario Conde – Sí, señora.
- Mercedes Aroz – ¿Y no sabe quién es?
- Mario Conde – No.
- Mercedes Aroz – ¿No lo sabe?
- Mario Conde – No.
- Mercedes Aroz – Siguiendo la pista del dinero, que es lo que se suele hacer en estos casos, se llega a un paraíso fiscal a las Islas Vírgenes. ¿Le puede ayudar a recordar algo?
- Mario Conde – Me puede ayudar a recordar con muchas más fuerza que no sé quién es. No sé si eso se puede saber. Si se pudiera saber por mí encantado.
- Mercedes Aroz – O sea que usted ordenaba a pagos, pero no sabía a quién.
- Mario Conde – Sí, claro. Exactamente eso, sí, exactamente (sonríe).
- Mercedes Aroz – Bien.
Son apenas unos segundos dentro de una comparecencia larguísima. Pero contienen todos los ingredientes necesarios para convertirse en imagen televisiva: una pregunta sencilla, una cantidad enorme de dinero, una sociedad situada en un paraíso fiscal, un presidente de banco reconociendo haber autorizado el pago y una respuesta aparentemente despreocupada sobre el desconocimiento del destinatario.
La explicación técnica que pudiera existir detrás de aquella operación pasa inmediatamente a segundo plano.
EL PROBLEMA DE LA SONRISA
Conde podía argumentar —y continuaría haciéndolo durante años— que una cosa era ordenar formalmente una transferencia dentro de una operación aprobada en el banco y otra muy distinta apropiarse personalmente del dinero. Podía insistir también en que él nunca había recibido los 600 millones de Argentia Trust y que correspondía a los tribunales determinar quién había terminado beneficiándose de ellos.
Todo ello podía ser jurídicamente relevante.
Televisivamente era mucho más difícil de explicar.
El problema estaba en la imagen: el antiguo presidente del cuarto gran banco español parecía reconocer con naturalidad que había autorizado el pago de 600 millones de pesetas sin conocer al beneficiario último de la sociedad que los recibía.
A partir de aquel momento, sus adversarios ya no necesitarían explicar toda la operación Argentia.
Les bastaría con reproducir la respuesta.
Para los jueces, el caso Banesto acaba de empezar.
Para la imagen pública de Mario Conde, aquel 19 de octubre puede haber ocurrido algo mucho más difícil de recurrir.


03 Octubre 1994
Comparecencia parlamentaria y soberanía popular
Cuando el pasado 30 de diciembre de 1993, el ministro de Economía, Sr. Solbes, en nombre del Gobierno, y el gobernador del Banco de España, Sr. Rojo, comparecían ante la Comisión de Economía del Congreso para explicar las razones del acto de intervención de Banesto, albergué la esperanza de que, con carácter más o menos inmediato, yo tendría la misma oportunidad.
Dada la transcendencia de la decisión de intervenir uno de los grandes bancos privados españoles, me parecía que el principio de contradicción -elemental en todo Estado de Derecho- exigía la presencia de quien, aparte de ser el máximo responsable de la institución, era, al mismo tiempo, uno de sus más caracterizados accionistas. Igualmente pensaba que sería el Partido Popular -además de Convergençia i Unió- quien, en defensa de la filosofía de empresa privada y economía de mercado, iba a demandar mi presencia, dado que la intervención sobre un gran banco privado había sido acordada por una institución que, al menos en teoría, debía prestar obediencia debida a un Gobierno del Partido Socialista.
Lo cierto es que me equivoqué. Esperé nueve meses a tener la oportunidad de ir al Parlamento y, cuando ésta se produce, se trata de abordar, según el texto de convocatoria, no la intervención de Banesto en cuanto tal, sino los aspectos concretos de «mi supuesta vinculación personal con el Grupo Oasis». Por ello escribí una carta al presidente del Congreso en la que, después de ponerme a disposición de los señores diputados de forma total y absoluta, en una o varias sesiones, con la duración y alcance que estimaran adecuadas, manifestaba, con todo respeto, que, en mi opinión, el orden lógico de los acontecimientos, sobre todo después del tiempo transcurrido y la notoriedad nacional e internacional del suceso, debería seguir el principio de descender de lo general a lo particular, que, en roman paladino, es tanto como decir empecemos por el principio.
Alguien quiso interpretar mi carta como una «intromisión en la soberanía popular». Nada más lejos de esta calificación. Se trataba de la simple opinión de un ciudadano, expresada con el mayor respeto y sin otro espíritu que el de contribuir al mejor esclarecimiento de la verdad. Podré estar o no equivocado, pero una opinión, en mi concepto de la libertad, nada tiene que ver con algún tipo de insumisión. La mejor prueba de ello -si es que esto necesita prueba- es que el pasado día 30 de septiembre, a pesar de que mi petición había sido denegada, acudí al Parlamento a debatir el asunto de la convocatoria, en una comparecencia que, como recordó el presidente de la Comisión, es voluntaria.
Casi cinco horas de debate -el tiempo inicialmente fijado eran dos- en las que, tengo que reconocerlo, gracias al sentido de la libertad del presidente, pudo tener lugar un diálogo fluido y directo en el que traté de responder a las preguntas con la contundencia de los datos y a los juicios de valor con otro tanto de la misma naturaleza. Creo honestamente que fueron abordadas todas las cuestiones concretas del caso y, a pesar de la dificultad de penetrar en el mundo de las relaciones financieras internacionales, con mayor o menor fortuna, pero en todo caso son sinceridad, fui contestando a los requerimientos de los miembros de la Comisión, cuyo esfuerzo e interés por el asunto, antes y durante el debate, quiero agradecer.
Cuando la sesión estaba a punto de concluir, en el turno de réplica -no sé si éste es el nombre técnicamente correcto- creo recordar que el representante del PNV vino a decir algo así: «Me preocupa que la sensación que pueda quedar entre los miembros de esta comisión en el día de hoy es que puede haber determinadas inexactitudes en las cifras originalmente proporcionadas por el Banco de España, por lo que yo quiero decirle que su gestión no me gusta en absoluto». Es una pena que en los momentos de redactar este artículo no disponga del Diario de Sesiones y espero, por mi bien, que las palabras que consten en el mismo no reflejen una idea sustancialmente distinta de la transcrita aunque estaría dispuesto a rectificar de forma inmediata si éste fuera el caso.
Partiendo ahora de lo que registra mi memoria, no me preocupa que el Sr. Zabalía formule un juicio de valor -«su gestión no me gusta»- porque cualquiera tiene derecho a hacerlo. Sin embargo, me llama la atención que si después de mi intervención pudiera atisbarse algún punto de duda acerca de alguna cifra proporcionada inicialmente por el Banco de España en un asunto tan concreto, eso pueda desagradar o molestar a un miembro de una Comisión Parlamentaria cuyo objetivo es, precisamente, el esclarecimiento de los hechos.
Siempre he entendido -con derecho a error- que el problema radica en una ecuación: situación global de Banesto y respuesta del Banco de España, puesto que si hubiera desproporcionalidad, absoluta o relativa, entre una y otra, la pregunta de si existieron o no consideraciones políticas en el acto de intervención resulta, en mi opinión, inevitable. Creo que esta cuestión interesa y sigue viva, a pesar de que algunos creyeron que se trataba de un problema de días o, a lo sumo, semanas, dada la «autoridad moral» del Banco de España, cuyo nivel actual es sobradamente conocido.
Creo que un debate en profundidad de los comportamientos de los actores en el proceso resulta imprescindible en aras de la objetividad y de la aceptabilidad social del resultado. Como muy bien dijo el Sr. Espasa, la comisión representa a millones de votos y yo soy sólo un ciudadano, lo cual es absolutamente cierto, pero quizás por ello el principio de transparencia debe llevarse hasta sus últimas consecuencias y estoy seguro de que el representante de IU coincide conmigo en este punto.
El debate sobre el contenido político de la intervención me parece imprescindible, a la vista de los datos que conocemos, y no lo digo como ex-presidente de Banesto, sino como simple ciudadano. Este tipo de debate ya está en los medios de comunicación social -la «cámara paralela» según algunos- y, en mayor o menor medida en ciertos sectores de la opinión pública. Por ello me gustaría que quedara recogido, para la Historia, en el Diario de Sesiones porque, aceptando el precio que personalmente tenga que pagar, me parece una contribución a la democracia. Por ello agradezco al presidente de la Comisión que me garantizara una oportunidad de comparecer para el debate global sobre lo sucedido.


22 Octubre 1994
El caso Mario Conde
SIN duda alguna, el ex presidente del Banco Español de Crédito, don Mario Conde Conde, preparó su regreso a la vida pública con la misma minuciosidad y dedicación del opositor que fue a la abogacía del Estado, en aquella ocasión con excelentes resultados. Sabido es que en una oposición de esa envergadura lo esencial es recitar el inicio de los temas con gran aplomo y compostura, dando la sensación además de que se conocen y entienden al dedillo y no simplemente que se cacarean como pudiera hacerlo un papagayo.
Lo del inicio es importante, porque los examinadores no suelen tener ni ganas ni tiempo de escuchar la exposición completa y, como máximo, efectúan alguna apostilla para convencerse de que el examinando conoce los temas.
En este otoño de 1994, cuando han transcurrido casi diez meses de la intervención del Banesto, Mario Conde ha vuelto a la palestra voluntariamente -al amparo de un libro sobrado de presunta ciencia política y extremadamente parco en gestión bancaria- y, forzosamente, compareciendo ante el juez y ante las comisiones parlamentarias correspondientes.
Y el caso es que, una vez transmitido urbi et orbi el mensaje que a él le interesa transmitir -que fue víctima de una conspiración política, que el banco no estaba en peor situación que otros, que contaba hasta el último momento con el apoyo incondicional de J. P. Morgan, etc.-, acogido con escepticismo generalizado. Conde resulta cada vez menos convincente a medida que se desciende a los. detalles concretos.
En este sentido, su última comparecencia ante la comisión Banesto del Congreso de los Diputados fue patética. Acorralado por unos diputados que ya han buceado en los intrincados entresijos de la problemática financiera y contable de la entidad y que, por lo tanto, preguntan cada vez más atinadamente, Conde hizo gala de una memoria selectiva, que, en algunos casos, desafió el sentido común. ¿Cómo puede defenderse sin rubor, por ejemplo, que ordenó el pago de 600 millones de pesetas a una sociedad de la que manifestó desconocer su identidad?
Puede que Conde, que tan ansioso se manifestaba hace apenas algunas semanas por dar su particular visión a los representantes del pueblo, eche ahora de menos su prolongado ostracismo. A mayor abundamiento, la intervención del viernes ante la misma comisión de su sucesor en el cargo, Alfredo Sáenz, fue demoledora para Conde; el banquero vasco recalcó que no es que se hubiera perdido dinero, en el sentido contable del término, sino que, pura y simplemente, el dinero se había esfumado. Se puede decir más alto, pero no más claro.
La gran pregunta que se hace la opinión pública en el caso Mario Conde, cuya respuesta afirmativa propiciaría necesariamente la traslación del asunto al ámbito penal, es la de si el presunto enriquecimiento del empresario gallego está de alguna forma relacionado con el grave quebranto experimentado por el banco y por sus accionistas. Porque una cosa es la mala gestión y otra la comisión de un delito. A falta del pronunciamiento oficial de la comisión Banesto, los integrantes de la misma ya han expresado que observan indicios de conductas delictivas.
El Análisis
Es posible que algún día los tribunales absuelvan a Mario Antonio Conde Conde de unas acusaciones y le condenen por otras. Es posible que nunca llegue a demostrarse que los 600 millones de pesetas enviados por Banesto a Argentia Trust acabaran en su bolsillo. Es incluso posible que exista una explicación técnica para que el presidente de un banco ordene una transferencia sin conocer personalmente al beneficiario último de la sociedad receptora. Todo eso tendrá que determinarlo la Justicia. Pero hoy ha ocurrido algo que ningún tribunal podrá ya revocar: ha muerto el Mario Conde que conocíamos. El hombre que entre 1987 y 1993 había representado para una parte de España la inteligencia, el éxito, el control absoluto y la seguridad en sí mismo se ha sentado ante el Congreso y ha reconocido que ordenó pagar 600 millones de pesetas sin saber quién estaba detrás de la sociedad que los recibió. Y lo peor para su imagen no ha sido siquiera la respuesta, sino la manera de ofrecerla. Mercedes Aroz preguntaba con creciente incredulidad mientras Conde respondía con una seguridad que terminaba pareciendo suficiencia. «¿Usted ordenaba pagos, pero no sabe a quién?». «Sí, claro, exactamente eso es así». Y después las risas que hasta el propio Diario de Sesiones ha considerado necesario registrar. Quizá Conde creyera que estaba demostrando lo absurda que consideraba la pregunta. Quizá sonriera por nerviosismo, ironía o convencimiento de que la operación tenía una explicación que no podía desarrollar por encontrarse sub iudice. Sólo él sabe por qué actuó así. Pero en televisión las intenciones importan menos que las imágenes, y la imagen que millones de españoles podrán recordar es devastadora: el presidente de Banesto riendo mientras admite que ordenaba pagos del dinero de su banco sin conocer a quién terminaba llegando el dinero.
A partir de hoy, Mario Conde tendrá que combatir contra algo bastante más poderoso que un fiscal: una frase. Podrá explicar Argentia, Oasis, las provisiones, la Corporación Industrial y la intervención del Banco de España; podrá conceder entrevistas como la de Mesa de redacción, enfrentarse a Ernesto Ekaizer y discutir durante horas cada cifra publicada sobre Banesto. Pero siempre podrá aparecer alguien que reduzca seis años de gestión a aquellos pocos segundos: «¿Ordenó usted el pago? Sí. ¿Sabía quién estaba detrás? No». La respuesta se repetirá en radios y televisiones porque contiene una historia demasiado sencilla para competir contra ella mediante explicaciones financieras. Quien había construido su prestigio sobre la imagen del hombre que sabía más que los demás acaba de proporcionar a sus enemigos la imagen del presidente que no sabía a quién pagaba. Podrá insistir durante años —y tiene perfecto derecho a hacerlo— en que él no se quedó con aquellos millones. Podrá incluso tener razón. Pero para una parte de la opinión pública la distinción entre autorizar un pago inexplicable y apropiarse personalmente del dinero empezará a desaparecer. La Justicia todavía no ha sentenciado a Mario Conde. La televisión acaba de hacerlo: para el público era un ladrón.
J. F. Lamata
