14 octubre 1994

Se les galardona por 'sustituir el odio por la cooperación', no obstanteel galardón a Arafat desató protestas de miembros del Comité Nobel por su pasado terrorista

Premio Nobel de la Paz para el primer ministro de Israel, Isaac Rabin, su ministro Simon Peres y al líder de la OLP Yasir Arafat

Hechos

El 14.10.1994 se anunció la concesión de Premio Nobel a Yasir Arafat, Isaac Rabin y Simon Peres.

15 Octubre 1994

Polémico Nobel

EL PAÍS (Director: Jesús Ceberio)

Leer

LAS BIOGRAFÍAS de los hombres sólo son lineales en la mala literatura. Por eso, a todo horror o gloria que a alguien se otorgue puede responderse con reservas, encono o pruebas de las sombras que toda vida esconde. Cuando el honor recae en hombres que han hecho la guerra, que han sufrido pero también han hecho sufrir, el galardón es inevitablemente polémico. Éste es el caso del Premio Nobel de la Paz otorgado ayer al primer ministro israelí, Isaac Rabin, a su ministro de Asuntos Exteriores, Simón Peres, y al líder palestino, Yasir Arafat.Un miembro del Comité Nobel hizo saber su disconformidad con el galardón de Arafat, a quien considera dirigente de una organización terrorista. Puede parecer un sarcasmo que el premio de la paz se conceda a alguien que gusta presentarse con pistola al cinto y cuya fama va unida a algunos atentados de extrema crueldad (Múnich, 1972) contra víctimas inocentes y que colaboró en décadas pasadas con algunos de los más detestables dictadores.

El primer galardonado fue el fundador de la Cruz Roja, y entre los premiados posteriores figuran héroes de los derechos humanos y la causa de la paz tan admirables- como Albert Schweitzer, Martin Luther K¡ng o la madre Teresa de Calcuta. Pero también políticos que cuando lo creyeron necesario recurrieron a la fuerza de las armas, como Theodore Roosevelt o el propio Rabin. En los últimos años ha habido varios precedentes en la concesión del premio a parejas de políticos que representaban causas enfrentadas violentamente, pero que en un momento dado acertaron a encontrar salidas pacíficas: Kissinger-Le Duc Tho, en 1973, dos años antes del final de la guerra de Vietnam; Begin-Sadat, en 1978, y De Klerk-Mandela, el año pasado.

En todos estos casos el premio se otorgaba no a las trayectorias vitales, muchas de ellas controvertidas, sino al tesón y a la capacidad de estos hombres por superar las barreras del odio y encontrar un interés común en restablecer la paz y el diálogo entre dos pueblos enfrentados. Haber odiado, haber matado u ordenado matar no los hace diferentes de millones de seres humanos. Vencer al odio para acabar con la lógica de la muerte es lo que los hace dignos de admiración. No son vidas ejemplares lo que se premia, sino un gran acto de grandeza, un trascendente gesto de humanidad. Visto así, y aunque a alguno le duela, el premio a los protagonistas del proyecto de reconciliación en Oriente Próximo tiene mucha coherencia.

El Análisis

Martin Luther King, Madre Teresa de Calcuta... ¿Y Arafat?

JF Lamata

En 1994, el Comité Nobel noruego concedió el Premio Nobel de la Paz a Yasir Arafat, Isaac Rabin y Shimon Peres, reconociendo el esfuerzo que desembocó en los Acuerdos de Oslo. Fue un galardón histórico que pretendía premiar el valor político de transformar décadas de guerra y odio en un marco de negociación. Sin embargo, fue también uno de los Nobel más polémicos de la historia reciente. Que se distinguiera a Arafat, líder de la OLP y símbolo del nacionalismo palestino, suscitó una tormenta de críticas: para muchos seguía siendo el “terrorista” vinculado a actos como la matanza de Múnich 1972, en la que murieron once atletas israelíes, o a secuestros y atentados que habían marcado la década de los setenta, y ahora compartiría el mismo galardón que habían recibido figuras como Martin Luther King o la Madre Teresa de Calcuta.

Las protestas no tardaron en aflorar. Parte de la comunidad judía internacional, incluidos familiares de las víctimas de Múnich, condenaron el premio como una afrenta a la memoria de quienes murieron a manos del terrorismo palestino. Políticos israelíes de la derecha, entre ellos un joven Benjamin Netanyahu, insistieron en que Oslo no había traído seguridad, sino más amenazas. Por otro lado, figuras internacionales y buena parte de la socialdemocracia europea defendieron la concesión del Nobel como un reconocimiento al coraje de romper con el pasado: Rabin, un general que había combatido en todas las guerras árabe-israelíes, y Peres, arquitecto político de la negociación, asumían junto a Arafat el riesgo de dar legitimidad mutua.

Ese Nobel de 1994 fue, en el fondo, un reflejo de las contradicciones de la paz misma. Premió más la esperanza que los resultados tangibles, más la voluntad política que la certidumbre de un futuro sin violencia. Aun con críticas acerbas, el galardón situó a Oslo como un símbolo universal y puso en el mapa a un Arafat que había pasado de paria internacional a premio Nobel. Pero también dejó al descubierto la herida abierta: para unos, el galardón era justicia; para otros, era un insulto. Como tantas veces en Oriente Próximo, el premio mostró que la paz podía soñarse, pero también que estaba lejos de consolidarse.

J. F. Lamata