4 noviembre 1995

Era Nobel de la Paz al igual que quien le sucederá en el cargo, Simon Peres, igual que él del Partido Laborista

El primer ministro de Israel, Isaac Rabin – artífice de la paz con Palestina – es asesinado por un judío fanático

El primer ministro de Israel, Isaac Rabin – artífice de la paz con Palestina – es asesinado por un judío fanático

Hechos

El 4 de noviembre de 1995 fue asesinado el Tel Aviv el primer ministro de Israel, Isaac Rabin.

Lecturas

En octubre de 1994 Isaac Rabin había recibido el premio Nobel de la paz. 

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El 4 de noviembre de 1995, el primer ministro israelí Isaac Rabin, de 73 años, fue asesinado al término de una multitudinaria manifestación celebrada en la plaza de los Reyes de Israel, en Tel Aviv, bajo el lema «Sí a la paz, no a la violencia». Rabin, antiguo jefe del Estado Mayor y ministro de Defensa, se había convertido en el principal impulsor, junto al ministro de Exteriores Simón Peres, de los acuerdos de Oslo con la Organización para la Liberación de Palestina de Yasir Arafat, por los que los tres habían recibido el Premio Nobel de la Paz en 1994. Aquella política, que contemplaba el reconocimiento mutuo entre Israel y la OLP y la transferencia gradual de competencias a una autoridad palestina, había provocado una creciente oposición de los sectores nacionalistas y religiosos contrarios a las concesiones territoriales. Rabin había recibido amenazas y protagonizado enfrentamientos políticos cada vez más duros con quienes consideraban que los acuerdos ponían en peligro la seguridad y la integridad territorial de Israel.

Hacia las 21.40 horas, después de pronunciar un discurso y participar en el canto colectivo de Shir LaShalom —Canción por la paz—, Rabin descendió del escenario y se dirigió hacia su automóvil oficial. Cuando se encontraba a pocos pasos del vehículo, un joven que había conseguido aproximarse a la zona de seguridad sacó una pistola y le disparó por la espalda a corta distancia. El primer ministro recibió dos impactos de bala y uno de sus escoltas, Yoram Rubin, resultó herido al intentar protegerlo. Rabin fue trasladado urgentemente al hospital Ichilov, donde los médicos no consiguieron salvarle la vida. El agresor fue reducido y detenido inmediatamente: se trataba de Yigal Amir, estudiante de Derecho de 25 años de la Universidad Bar-Ilan, vinculado al nacionalismo religioso ultraderechista israelí. La facilidad con la que había logrado aproximarse al jefe del Gobierno desencadenó una investigación sobre los fallos del dispositivo de protección organizado por el servicio de seguridad interior, el Shin Bet.

Amir reconoció desde el principio la autoría del atentado y explicó que pretendía detener el proceso de paz. Consideraba que las concesiones territoriales a los palestinos constituían una amenaza para la vida de los israelíes y trató de justificar religiosamente el asesinato mediante una interpretación extremista del principio judío de din rodef, que permite detener a quien representa un peligro mortal para otras personas. Durante la investigación se descubrió que el magnicidio no había sido una ocurrencia improvisada: Amir había estudiado previamente distintas oportunidades para atacar a Rabin y había discutido sus planes con su hermano Hagai Amir y con su amigo Dror Adani, con quienes también había considerado atentados contra palestinos. Hagai había participado en la preparación de munición para el crimen. Las investigaciones establecieron así la existencia de una conspiración criminal, aunque no demostraron que detrás de Amir existiera una organización política que hubiera ordenado el asesinato. El magnicidio provocó una enorme conmoción nacional e internacional. Simón Peres asumió la jefatura del Gobierno, mientras dirigentes extranjeros, entre ellos Bill Clinton, Hosni Mubarak y Husein de Jordania, participaron en las ceremonias de despedida de Rabin en Jerusalén.

El recorrido judicial fue relativamente rápido. El juicio principal contra Yigal Amir comenzó en enero de 1996 ante el Tribunal de Distrito de Tel Aviv. El acusado admitió haber disparado, pero su defensa intentó evitar la condena por asesinato alegando que sólo había pretendido incapacitar políticamente a Rabin y que su obsesión con el proceso de paz había afectado a su comportamiento. El tribunal, presidido por el magistrado Edmond Levy, rechazó aquellos argumentos y el 27 de marzo de 1996 lo condenó a cadena perpetua por asesinato premeditado y otros seis años de prisión por las heridas causadas al escolta. Amir no expresó arrepentimiento y reiteró que había actuado en defensa de Israel y de sus convicciones religiosas. Un segundo proceso, celebrado contra él, su hermano Hagai y Dror Adani por conspiración para asesinar al primer ministro y preparar otros ataques, concluyó el 3 de octubre de 1996 con nuevas condenas: cinco años adicionales para Yigal Amir, doce años para Hagai y siete para Adani. La Justicia israelí había esclarecido la autoría material y la preparación del magnicidio, pero el asesinato dejó una consecuencia política que ninguna sentencia podía reparar: el hombre que había apostado su carrera por negociar la paz con los palestinos había sido asesinado por un ciudadano israelí que consideraba aquella paz una traición.

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EL ASESINO:

El judío Yigal Amir confesó en el juicio ser el autor del crimen, aunque según su versión quería herir al primer ministro pero no matarlo, por haber firmado la paz con Yasir Arafat y Palestina y «arrodillarse» ante el mundo. Fue condenado a Cadena Perpetua.

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Las siguientes elecciones en Israel serán en mayo de 1996. 

Editorial (Director: Jesús Ceberio)

05 Noviembre 1995

Crimen en Tel Aviv

Editorial (Director: Jesús Ceberio)

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Es imposible evaluar aún las consecuencias del asesinato en Tel Aviv del primer ministro de Israel, Isaac Rabin, un hombre que fue «un valiente defensor de su pueblo de Israel y de la paz», como dijo ayer Yasir Arafat, quien durante décadas fue su mortal enemigo. Un joven judío fanatizado logró alcanzar al primer ministro con cuatro disparos durante una manifestación a favor de la paz. Rabin moría poco después en el hospital.La primera reacción de todo el mundo ha sido la consternación. Isaac Rabin; su ministro de Exteriores, Simón Peres, y el líder palestino, Yasir Arafat, han dado una magnífica lección al mundo de auténtica lucha por la paz en las peores condiciones imaginables. Pero no tenían sólo admiradores. Se sabían rodeados de enemigos cuyo único afán es acabar con el proceso de paz iniciado hace tres años en secreto en Oslo y simbolizado por el histórico apretón de manos entre Rabin y Arafat en los jardines de la Casa Blanca, el 13 de septiembre de 1993.

Rabin fue un hombre duro que mató, ordenó matar y pudo morir centenares de veces en los campos de batalla. Y, sin embargo, han sido las balas disparadas por un miembro de su pueblo, un judío fanatizado por las continuas arengas y. llamadas al odio de los enemigos de la paz, el que ha acabado con su vida a los 73 años. La extrema derecha israelí y ciertos círculos del partido derechista Likud han mantenido una frenética campaña contra el proceso de paz y el establecimiento de la autonomía palestina, que ha llegado a tachar a Rabin, de traidor a Israel. Fueron ellos los que le equipararon en sus declaraciones con los terroristas o con el líder palestino, Yasir Arafat, cuya imagen tanto odio despierta aún. en muchos israelíes.

Desde la firma del acuerdo de Washington, los enemigos de la paz y la convivencia lanzaron una virulenta campaña contra este hombre, que fue durante toda su vida un campeón de la defensa de la patria judía. Esos mensajeros del odio son, por tanto, corresponsables de la muerte de Rabin, ejecutada por un joven que en nada se distingue de los asesinos palestinos, apenas niños que cometen atentados suicidas con bombas contra autobuses en pleno centro de Tel Aviv. Las palabras no matan, pero pueden inducir a ciertos individuos a hacerlo.

Rabin acababa de pronunciar un discurso a favor de la paz ante 100.000 personas, en el que dijo: «Siempre supe que la mayoría de la gente quiere la paz y que está dispuesta a arriesgarse por ella». Ahora, en su ausencia, las autoridades israelíes y palestinas tendrán que redoblar sus esfuerzos con apoyo internacional para que los asesinos de Rabin comprueben lo inútil que fue su criminal acción.

Y la población israelí puede comprobar no en la muerte de un palestino, sino en la de un héroe nacional, que también en su pueblo existen aquellos que son verdugos, y no víctimas. Los enemigos de la paz mostraron ayer su verdadero rostro.

Miembros del Gabinete de Rabin manifestaron ya ayer su firme decisión de proseguir con las negociaciones de paz, y será, sin duda, Simón Peres el que asuma el protagonismo, que ya compartía hasta ahora con Rabin. Perseverar en la vía del diálogo, marginar y neutralizar a los asesinos de la paz y lograr una convivencia entre israelíes y palestinos es, en estos duros momentos, el mejor homenaje a un hombre histórico como el que ayer murió en Tel Aviv.

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

05 Noviembre 1995

Rabin muere, pero la paz sigue

EL MUNDO (Director: Pedro J. Ramírez)

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«La cordura vencerá». Era la consigna que atrajo anoche a miles de manifestantes, reunidos en Tel Aviv, para escuchar a Isaac Rabin. Pero la cordura fue derrotada y triunfó la sinrazón. Minutos después de acabar su discurso, el primer ministro israelí era abatido por los disparos de un estudiante extremista, que le gritaba: «Toma, por traidor».

Desde hace mucho tiempo, Rabin se había convertido en el blanco de un potencial atentado de las numerosas organizaciones ultraderechistas judías, que no le perdonaban el histórico acuerdo firmado en Washington, en septiembre de 1993, por el que Israel y la OLP firmaban la paz y se comprometían a resolver por la vía de la negociación el contencioso de los territorios ocupados.

En los dos años transcurridos desde el apretón de manos entre Rabin y Arafat, mucho han cambiado las cosas en la región. La autonomía de Gaza y parte de Cisjordania -embrión del futuro Estado palestino- es ya una realidad, Israel y Jordania han hecho los paces y se iniciaba un lento y difícil pero irreversible proceso de acercamiento a Siria.

Las balas que segaron anoche la vida del líder laborista iban, sin duda, encaminadas a acabar con la valiente apuesta de Rabin, que había iniciado el camino de la paz con una precaria mayoría parlamentaria y bajo la implacable oposición del Likud. Rabin había superado mociones de censura, manifestaciones masivas de los colonos judíos en Cisjordania contra su política, insultos, ataques personales y toda clase de amenazas físicas.

Hijo de un inmigrante a EEUU y de madre rusa, Rabin había sido miembro de las organizaciones sionistas que luchaban contra los británicos a finales de los años 40. Ingresó en el Ejército y realizó una carrera meteórica que le llevó al cargo de Jefe del Alto Estado Mayor durante la guerra de los Seis Días. En los años 70, Rabin saltó a la política, siendo designado primer ministro en 1975, cargo que ejerció durante dos años. Había ocupado diversas carteras ministeriales y era, junto a su colaborador y antiguo rival Simón Peres, el político de mayor experiencia en Israel.

Si alguien tenía autoridad moral, coraje político y un partido capaz de respaldarle para abordar el complejo proceso de paz, éste era, sin duda, Isaac Rabin. El primer ministro asesinado conocía perfectamente los obstáculos a los que se iba a enfrentar y la impopularidad del arriesgado camino que emprendía. Pero nada le arredró. Rabin era, sobre todo, un hombre de convicciones.

Su desaparición supone un duro golpe al proceso de distensión en Oriente Medio, pero es dudoso que los asesinos vayan a conseguir el objetivo que se proponían. Afortunadamente, la paz ha acabado por generar paz. Muchos israelíes y palestinos saben ya que el diálogo es un camino imperfecto pero el único posible para lograr una convivencia estable. Este es el legado de Rabin, un hombre que, tras 30 años de guerra, había hecho un hueco en su corazón a la esperanza.

El Análisis

El silencio de Rabin y la paz en suspenso

JF Lamata

El 4 de noviembre de 1995, en Tel Aviv, Israel se estremeció con el asesinato de su primer ministro, Isaac Rabin, tiroteado al salir de un acto por la paz. El autor fue Yigal Amir, un joven israelí ultranacionalista que, convencido de que los Acuerdos de Oslo ponían en peligro la existencia misma del Estado judío, decidió apretar el gatillo para frenar lo que consideraba una traición. El crimen, cometido por un compatriota y no por un enemigo exterior, sacudió los cimientos de la política israelí y dejó claro que, más allá de las tensiones con los palestinos, existía una profunda fractura dentro de la propia sociedad israelí.

El asesinato de Rabin evocó inevitablemente la figura de Anwar el-Sadat, el presidente egipcio que cayó bajo las balas de extremistas islamistas en 1981 tras firmar la paz con Israel. Ambos compartieron el mismo destino: líderes militares convertidos en estadistas que, al apostar por acuerdos con el enemigo histórico, despertaron la furia de quienes veían en la paz un acto de claudicación. En ambos casos, los verdugos no vinieron de fuera, sino de dentro, lo que subraya el carácter trágico de unos liderazgos que pagaron con su vida el precio de intentar romper con décadas de odio.

El futuro inmediato se presentaba oscuro. La Autoridad Nacional Palestina, con Yasir Arafat a la cabeza, seguía aspirando a convertirse en un Estado soberano, pero el asesinato de Rabin ponía en cuestión la continuidad de Oslo. Muchos israelíes desconfiaban de la viabilidad de la paz; muchos palestinos dudaban de que Israel quisiera realmente cumplir lo pactado. El vacío que dejaba Rabin en un momento tan delicado era enorme, porque había logrado lo que pocos podían: combinar la autoridad de un héroe de guerra con la credibilidad de un hombre dispuesto a firmar la paz.

El relevo recayó en Shimon Peres, ministro de Asuntos Exteriores y compañero de Rabin en el proceso de Oslo. Su figura, aunque respetada internacionalmente, no contaba con la misma legitimidad interna que la del general asesinado. A Peres le tocaría la tarea casi imposible de recomponer la confianza en el camino de la negociación, en un contexto en el que los extremistas, tanto palestinos como israelíes, habían demostrado que la violencia podía torpedear cualquier esperanza. La pregunta que quedó flotando desde aquella noche en Tel Aviv fue clara: ¿podrá sobrevivir el proceso de paz sin Rabin?

J. F. Lamata