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Premio Planeta 1991 – Triunfo de ‘El Jinete Polaco’ de Antonio Muñoz Molina al tiempo que Néstor Luján queda finalista

HECHOS

Fue noticia el 16 de octubre de 1991.

16 Octubre 1991

Antonio Muñoz Molina gana el Planeta con "una ficción en forma autobiográfica"

Ignacio Echevarría

Antonio Muñoz Molina fue el gran triunfador de la 40ª edición del Premio Planeta de Novela, dotado con 25 millones de pesetas, en un acto celebrado en el hotel Princesa Sofía de Barcelona. Muñoz Molina presentó El porvenir de los vencidos, bajo el seudónimo A. Larsen. La novela, que en realidad se titula El jinete polaco y que fue definida por su autor como «una ficción autobiográfica», trata de un joven de una pequeña población que reconstruye su propia vida. Néstor Luján, que se presentó bajo el seudónimo Marcos Boscoso y con el título Los espejos paralelos, presentó una obra sobre un pintor que, encerrado en un palacio, entabla diálogo con las figuras de un cuadro de Felipe IV.

El jinete polaco es, según explicó el autor tras ser anunciado el veredicto, una obra «en la que cuento muchas historias, pero básicamente es un intento de explicarse de dónde procede uno. Es un acto de búsqueda y de gratitud hacia una serie de personas, hacia una clase social que vive con heroísmo vencido y sin mucho porvenir y cuyo sufrimiento originó a las personas que vivimos ahora».Muñoz Molina destacó que el seudónimo ALarsen procede de un personaje de Juan Carlos Onetti, «uno de los escritores que más amo». En cuanto al título, el ganador del Planeta aclaró que se trataba de un Rembrandt que se expone en Nueva York y que asume un papel destacado en la narración.

El acto, al que acudieron numerosas personalidades, estuvo presidido por el presidente de la Generalitat, Jordi Pujol. Entre los invitados estaba el alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall, y Antonio Gala, ganador del Planeta del pasado año con El manuscrito carmesí.

Además de Muñoz Molina y Luján, concurrían El pintor y la modelo, de Pau Faner; El des cuidado asesinato de Valle Inclán, de Juan Carlos Arce, y El glauco mar de las tinieblas, de Carolina-Dafne Alonso Cortés. Los dos finalistas fueron los únicos que acudieron con seudónimo.

Antonio Muñoz Molina nacido en Úbeda (Jaén) en 1956, está considerado como uno de los valores más sólidos de la nueva narrativa española. Estudió periodismo en Madrid y se licenció en Historia del Arte por la Universidad de Granada, ciudad donde vive desde 1974. Las tres novelas que ha publicado hasta ahora han gozado de excelentes críticas y se han mantenido durante largo tiempo entre los libros más vendidos.

En editorial Planeta, Muñoz Molina había publicado este mismo año Córdoba de los omeyas, libro a medio camino entre la creación literaria y la guía de viajes.

Néstor Luján, nació en Mataró el 1 de marzo de 1922. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Barcelona y empezó a colaborar, en 1943, en la revista Destino, de la que llegó a ser director entre los años 1958 y 1970. Hombre de vasta cultura, Luján ha tratado, en sus colaboraciones periodísticas, así como también en sus numerosos libros, de temas históricos, artísticos, gastronómicos y taurinos.

Nestor Luján escribió su primera novela en 1987, cuando tenía 65 años. Decidnos, ¿quién mató al conde? fue galardonada con el III Premio Internacional Plaza y Janés de Novela.

Entre los primeros ‘planetables,’

No hace falta ser ningún enterado para que la noticia de que Muñoz Molina ha obtenido el premio Planeta cobre todo el valor de una constatación. El no es el primero, ni será desde luego, el último de los «nuevos» narradores en morder tan suculento anzuelo.Pero más allá de las contingencias que, por lo que a esta convocatoria se refiere, pueden haber colaborado en la decisión del jurado, no cabe duda de que Muñoz Molina se contaba, por derecho propio, entre los primeros de la lista (de la lista de autores planetables, se entiende, fuera de que se cuente también -o no- en otras listas de más polémico consenso). Menos una cara bonita, Muñoz Molina lo tiene casi todo. Juventud y talento, por supuesto; (de un tiempo a esta parte, basta que uno disponga de cualquiera de estos dos atributos para que el otro, como el valor al soldado, se le suponga); pero también -y para lo que importa- buenas historias que contar y buenas maneras con que hacerlo.

Cuesta pensar en un autor más emblemático de los valores narrativos que con tanto estrépito y ajetreo, se han consagrado en España durante la pasada década. Y es virtud de Muñoz Molina el haberse impuesto tan unánimemente, detectando, con su fino olfato literario, cuál era la brecha por la que abrirse paso -sin perder su pista- entre los maestros.

Algo tiene, desde luego, este novelista para ser siempre el primero de la clase, y lograr Incluso la severa aprobación de ceños tan fruncidos como el de Juan Marsé. Hazaña tanto más meritoria por cuanto lo consigue sin sonsacar la más breve sonrisa.

El sentido del humor es de las pocas cosas de que Muñoz Molina anda escaso. De casi todo lo demás, va más bien sobrado; según y cómo, hasta demasiado. Y quizás la incertidumbre que dota de más aliciente a su nueva novela es la de averiguar qué nuevos talentos habrá incorporado a su oficio o si habrá sabido librarse de algunos otros, y si es así, de cuáles (¿la consistencia arquetípica de sus personajes, los exagerados contrastes de sus escenografías cinematográficas, la sordina saxofónica de sus historias, o esas frases que compiten por cobrarse cada una su propia presa, enseñando sus doradas dentaduras?).

Y es que como es sabido, en literatura hay algo mucho más peligroso que el fracaso, y es un éxito rotundo. Tan rotundo como el de Muñoz Molina, premio Nacional y de la Crítica, premio de ventas y, ahora, premio Planeta.

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