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Decepción de los fans de Tarantino que confiaban que su 'cine alternativo' lograra el Óscar a 'mejor director' o 'mejor película' para los que estaba nominado

Premios Óscar 1995 – Gana ‘Forrest Gump’ de Robert Zemeckis, mientras que ‘Pulp Fiction’, la película de Tarantino y Harvey Weinstein, logra colarse

HECHOS

El 29 de marzo de 1995 la prensa informó sobre los ganadores de la gala de los Óscar.

DOS AÑOS CONSECUTIVOS

Tom Hanks ha ganado por segundo año consecutivo el óscar a mejor actor entrando así en un rankin en el que pocos actores podían presumir estar: Spencer Tracy, Luise Rainer y Katharine Hepburn son hasta la fecha los únicos actores que han conseguido dos óscar a mejor actor/actriz en años consecutivos.

PREMIOS ÓSCAR 1995:

Mejor Película – ‘Forrest Gump’ de Robert Zemeckis.

Mejor Director – Robert Zemeckis por ‘Forrest Gump’.

Mejor Actor – Tom Hanks por ‘Forrest Gump’.

Mejor Actriz – Jessica Lange por ‘Las cosas que nunca mueren’.

Mejor Actriz Secundaria – Dianne Wiest por ‘Balas sobre Broadway’.

Mejor Actor Secundario – Martin Landau por ‘Ed Wood’.

Guión Original – Quentin Tarantino por ‘Pulp Fiction’.

29 Marzo 1995

Hollywood barre sin pudor hacia dentro

Ángel Fernández-Santos

La mercancía llegó averiada. Desde que la más libre, inteligente y bella película de todas las que se hicieron en Estados Unidos en 1994, Balas sobre Broadway, fue excluida de la opción a la última y fundamental estatuilla, las cartas estaban marcadas y el juego de barrer bajo la propia alfombra por parte de la Academia -otra vez coartada artística de los intereses extra artísticos de las majors- era una evidencia clamorosa. Woody Allen, como el año de Annie Hall, dio a la barrendera un corte de clarinete en el Michael’s Pub de Manhattan, mientras Robert Redford, que tampoco tiene un pelo de tonto, se olió la tostada y no acudió a hacer bulto de lujo en el encumbramiento del ingenioso y vacío mecano Forrest Gump.Esta película divertida y predigerida es, y así el círculo se redondea, una dulce caricia ideológica por encima del lomo de la ola de conservadurismo que invade la América ensimismada. Y es también la única baza que la industria de Hollywood -que mueve los hilos de las decisiones de su Academia a través de los cuadros intermedios y menores a su sueldo- tenía a mano desde hace cuatro años para detener otra ola de signo, no enteramente concordante: la del off-Hollywood, convertido en heredero de la gran tradición del cine norteamericano.

El silencio de los corderos, Bailando con lobos, Sin perdón y La lista de Schindler, las cuatro anteriores triunfadoras, aunque enganchadas a la estrategia, de la omnipotente Motion Pictures of America Association, se escapaban del pleno control de su fondo y forma por parte del tejido burocrático de la MPAA, debido a lo cual los escaparates de este gremio necesitaban un signo contundente de recuperación del triunfo total de su tinglado, hoy preocupado por la posibilidad de que las cinematografías europeas logren unirse y presenten resistencia a sus redes de distribución, que invaden los mercados exteriores al tiempo que acorazan el suyo interior.

Y así ha sido: ese signo de contundencia se ha hecho realidad y esta edición del tío Oscar reanuda, tras el paréntesis de las cuatro triunfadoras antes citadas, la interrumpida y olvidada traca de despropósitos que, por ejemplo, encumbró a Rocky a costa de Taxi driver; a Kramer contra Kramer a costa de Apócalypse now; a Gente corriente a costa de Toro salvaje; a Carros de fuego a costa de Atlantic city y a Ghandi a costa de Desaparecido, barbaridades que hoy parecen irrisorias y casi inconcebibles, como lo será -tiempo al tiempo- el triunfo de Forrest Gump a costa de la excluida Balasobre Broadway e incluso sobre otra de inferior rango, Pulp fiction, que no obstante es superior -pese a sus pronunciados altibajos- a la ganadora en riesgo y fuerza imaginativa.

Clamor popular

El resto de los premios, se esté de acuerdo o no con cada uno de ellos, entran en el territorio de las variantes del gusto, salvo el disparate del relativo a la mejor dirección, pues poner el -ciertamente experto, como corresponde a un derivado de Steven Spielberg- ejercicio de mecánica de Robert Zemeckis por encima del aliento creador del de Woody Allen es tan aberrante como el castigo a Balas sobre Broadway.El premio de interpretación a Tom Hanks parece obedecer al mandato del formidable clamor popular creado en Estados Unidos alrededor de la figura de este excelente cómico, que se ha convertido de un héroe nacional imaginario, un fetiche donde se proyecta una tan unánime identificación colectiva, que no premiarle hubiera sido para la Academia poco menos que suicida. No es caso de poner en duda la superioridad de Paul Newman y Morgan Freeman sobre él, porque es obvia. Lo que el estupendo Hanks logra con un aparatoso y, por consiguiente, fácil alarde de sobreactuación, esos dos viejos zorros de su oficio lo logran con la mesura y contención de quienes tienen acceso a convertir en fácil lo realmente difícil. Pero de no haber premiado a Hanks, la popularidad de la Academia en su propia casa hubiera quedado de la noche a la mañana a ras de suelo y no se pueden pedir peras al olmo. Parece por ello una decisión comprensible por simple, y hasta cierto punto legítima, autodefensa.

En el otro lado del capítulo de rostros, premiar a Jessica Lange es siempre difícil de discutir, por el talento de esta actriz, por la incomprensible selección de la maravillosa Miranda Richardson en su trabajo más exagerado y epidérmico, por las facilidades que Jodie Foster se da a sí misma, por la entidad menor del personaje de Susan Sarandon y porque Wynona Ryder tiene todavía mucho que aprender.

Y queda añadir que la simple aparición de Clint Eastwood a recoger el Premio Irving Thalberg a su carrera convirtió, si se deja fuera del saco a Jessica Lange, a la cúpula de los triunfadores de la noche en un aula de alumnos prometedores.

29 Marzo 1995

El atuendo va de retro

Vicente Verdú

Si la gente sigue dietas, hace ejercicio y estudia las ropas que va a lucir en tina boda con unos centenares de miradas, ¿qué no liará para acudir al Shrine Auditoriunt en la noche de los oscars con más de 2.000 millones de ojos encima? Todas estaban en su peso y todas en la moda retro de los cincuenta que define la temporada. Sólo Dianne Weist, mejor actriz secundaria, estaba metida en carnes y vestía como una madona lavada; con falda de satén y cuerpo de terciopelo. Todo en negro.El negro parece desaconsejado para una ceremonia de cine en color pero ofrece sus ventajas clásicas. Es elegante, socorrido, adelgaza la silueta. Desde Jessica Lange, que eligió un Calvin Klein, hasta Winona Ryder o la presentadora Jessica Parker (también con Calvin Klein) o Ellen Barkin, con Chanel, un puñado de chicas iba de negro. Lo mismo hizo, siguiendo el diseño de Armani en sus repetidas nominaciones, Jodie Foster, una de las más conspicuas propagadoras de la fusión entre la fiesta del diseño y la fiesta del cine.

El rojo fue el segundo color más frecuentado. Pero en el pelo. Una contagiosa corriente alrededor del pelirrojo teñía los peinados de Sharon Stone, Annette Bening, Sigourney Weaver Y Winona Ryder.

En rojo oscuro apareció Andie MacDowell con un espeso modelo de corte inglés y el clásico y repetido Armani de platino lo vistió, entre otras, Uma Thurman. Al costado de esta simplicidad, los que más llamaron la atención fueron precisamente quienes obtuvieron el Oscar al mejor vestuario. Lizzy Gardiner subió a escena colgando un rosario de tarjetas doradas de American Express con su nombre grabado en ellas. Su compañero, Tim Chapel, se puso faldas.

Los hombres suelen tomar la ceremonia de los oscars como un campo de experimentación sea en los cortes de pelo o en los trajes. Unos visten solapas asimétricas y otros prescinden de la corbata, como Tom Hanks, enfundado en Calvin Klein, o su mismo colega de Forrest Gump Gary Sinise. Tanto Silvester Stallone, que se acompañaba de su 3.576 nueva pareja modelo, como Steven Seagal, que le sigue los pasos, lucían camisas negras de macho-macho. Por contraste, Clint Eastwood, famoso por escoger siempre dos tallas de menos, se puso la corbata blanca.

Disfrazada de Charles Chaplin, Diane Keaton fue de nuevo de las peores y alocadamente vestidas. Pero ni Sharon Stone, que se presentó con un Valentino plateado y escotado que explosionaba aparatosamente bajo la cintura, se quedó lejos. Todo el mundo conoce las anchas caderas de la Stone pero no resultaba esperable que el camuflaje llegara a tanto.

En medio de estos arrebatos, el porte ganador de la noche fue sin duda el de Paul Néwman. Ni un pelo de tonto es el título de su película. Pero, ¿cómo se puede ser tan listo para tener esa pinta a los 70 años?

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