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El General Spínola, contrario a la dictadura salazarista, asume la presidencia de la República

‘Revolución de los claveles’ en Portugal: derribados el dictador Marcelo Caetano y el Jefe de Estado Américo Tomas

HECHOS

  • El 25.04.1974 unidades del ejército depusieron al primer ministro, Dr. Marcelo Caetano y al Presidente de la República, Américo Tomas. FUeron reemplazados por una Junta Nacional presidida por el General Spínola.

EL GENERAL SPÍNOLA, NUEVO PRESIDENTE DE PORTUGAL

Spinola_002 El cabecilla del golpe de Estado ha sido el General Spínola, que gozara de gran prestigio como Gobernador de Guinea y como Segundo Jefe del Estado Mayor. El dictador Caetano lo destituyó de su cargo el 14 de marzo por publicar el libro ‘Portugal y el futuro’ en el que criticaba a la dictadura, en especial por actitud ante las colonias. Tras su cese, Spínola se alió con los militares de la oposición que han puesto fin al régimen.

LOS CABECILLAS DE LA DICTADURA DEPORTADOS

caetano_americo Los principales figuras de la dictadura: el primer ministro, Dr. Marcelo Caetano, que en la práctica era quien tenía los poderes dictatoriales (heredados de Salazar) y el Jefe del Estado, Américo Tomas, que tenía un papel más institucional, fueron depuestos por los militares y deportados fuera del país.

30 Abril 1974

Portugal

Ramón Serrano Suñer

Siempre desde los años de mi juventud, me he sentido atraído por la dulzura del paisaje portugués y he prestado especial atención al acontecer político de este pueblo. Los azares de mi vida pública me permitieron, además, conocer primero y más tarde mantener muy afectuosa relación con el profesor Oliveira Salazar, sobre cuyas cualidades más evidentes he escrito en la Prensa más de una vez. No serla ésta la mejor ocasión para quitar una tilde de aquellos juicios elogiosos muy fundados. Pero tampoco ha de serio para ocultar las perplejidades a que últimamente me inclinaba la consideración de su poder personal mantenido por tan largo tiempo. Eran perplejidades que no oculté al propio interesado cuando nuestras relaciones se convirtieron en amistad privada. (En nuestras simpáticas conversaciones en su sencilla residencia de San Bento, a las diez de la noche, hora y lugar en que me recibía, terminadas su jornada de trabajo y ta frugalidad de su cena.)

Admiré yo en Salazar su gran capacidad intelectual, sus amplios saberes y la excepcional conciencia de su misión de gobernante, pero sobre todo el escrupuloso ascetismo de su vida casi monacal, desentendida de los halagos externos, sensuales, que el Poder suele proporcionar, y de toda veleidad de provecho económico. Seguramente no ha conocido Europa un solo hombre público que haya vivido para su función con mayor concentración en los deberes y mayor desprecio por las ventajas personales de] mando ni más alejado de vacías pomposidades. Pero tampoco puede ignorarse que las virtudes más sólidas tienen frecuentemente su reverso. En Salazar el desprecio de las vanidades le llevó a la autoafirmación íntima de su personalidad dignísima y con ello a la inclinación hacia la soledad y el dístanciamíento, tanto de su pueblo como de sus mismos colaboradores. Y la práctica de su austeridad económica Fe llevó en alguna medida a olvidar tas necesidades ajenas y a sobreestimar los valores, por otra parte muy ciertos, de la sobriedad y el ahorro. No quiero con silo sugerir que Salazar fuera avaro, ya que personalmente, para él, no creo que atesorase un céntimo aunque sí contaba, con mucho escrúpulo, los que el Estado debía gastar en el sostenimiento de sus servidores y funcionarios y en primer término para él mismo. Pero quizá ese escrúpulo administrativo fue el que le Impidió salir de los esquemas del economista clásico, anticuado, para el que el buen equilibrio del presupuesto público pasaba por delante de la necesidad de lanzar al pais a la carrera del desarrollo que tanto necesitaba. Esta puntillosa insistencia en la economía del ahorro y su imposibilidad para superar los esquemas paternalistas del mando, fueron sin duda, los contrapuntos de las extraordinarias virtudes de aquel hombre singular.

Sobre el problema de la sucesión me insinué con él —ta| vez indiscretamente— en más de una ocasión. ¿Creyó Salazar verdaderamente en el valor de futuro de su constitución corporativamente ¿Ignoró que su exceso de personalidad y de voluntad dejaba en vana sombra toda te maquinaria institucional montada por él según un esquema doctrinal que su. propia energía de gobernante no permitía poner a prueba? En todo caso no me cabe duda de que el ilusionismo de esa soledad remontada fue el talón de Aquiles de aquel hombre grande; el defecto de realismo que le . condujo a no tener bastante presentes los peligros de las situaciones de excepción; olvido éste que propende a subestimar la necesidad de programar, con autenticidad, su propio desenlace, como le llevó a ignorar las exigencias de la economía del siglo XX y a meditar para las extensas posesiones ultramarinas —que eran el pulmón vital del Portugal europeo amenazado por la fronda de la descolonización— expedientes mejores que el de la resistencia a ultranza.

Todo esto parecía ya evidente antes de que el gran Salazar se hundiese en el penoso letargo que precedió a su muerte. Quien habla de ser su sucesor, el profesor Caetano, había discrepado de Salazar en materias de política económica y sobre todo de política colonial o transmarina. Las objeciones que Caetano oponía a su jefe respecto al régimen de las provincias africanas —oposición que le hizo retirarse al Aventlno de la Universidad— se parecen mucho —si es que no las anticipaban del todo— a las que Spínpla, el héroe africano, opondría después al mismo Caetano. Por ello no me parece exagerado decir que la continuación ofrecida por Caetano at salazarismo era ambigua o contradictoria. Ante un hecho terrible ocurrido aquí en las vísperas de nuestra guerra civil, José Antonio, desde su prisión de Alicante, nos decía: «Son víctimas de la camelancia política»; aunque la frase parezca un tanto desgarrada cabría decir algo parecido del final político de Caetano, caído por virtud de su indecisión y de sus contradicciones. Ha querido reencarnar lo que ya no servía para la Historia de Portugal, y en vez de preparar los verdaderos caminos de una nueva situación se ha mantenido, con mil incertidumbres, en el esquema heredado bajo la presión de los celantes de la Inmovilidad.

El proceso del salazarismo, por importante que fuera, que lo fue mucho, su primer animador, estaba ya agotado algo antes de la muerte de éste y prolongarlo sin él era imposible, absurdo y peligroso. Así parece haberlo entendido ahora el Ejército peninsular lusitano y su toma de posición parece lógica y razonable. Sea cual fuere el juicio que merezca la política de Salazar, una cosa resulta evidente: que su mandato fue un paréntesis en el curso «normal» de la vida política portuguesa; un paréntesis que abrió el mismo Ejército que ahora lo cierra, cuando consideró que aquella «normalidad» no merecía tal nombre, pues no podía admitirse como normalidad el caos, y creyó necesario operar sobre el cuerpo social para evitar aquéllos y mayores males. Por ello, como es bien sabido, el 28 de mayo de 1926 el mariscal Gomes d´Acosta salió con sus tropas de Braga acompañado por unos pocos carrones de tracción animal para dirigirse a Lisboa con la adhesión de otros generales y especialmente la de Carmona, que tenía el mando militar en Evora. Ambos ocuparon la capital y dominaron el país sin disparar un tiro. Poco meses después, el mariscal Gomes d´Acosta, víctima de una delirante embriaguez de poder, perdió el juicio y hubo de ser recluido por Carmona en una gran finca rodeado de guardianes-cortesanos que le hicieron .creer hasta su muerte que todavía gobernaba. Entonces, con este episodio, empezó a revelarse todo el buen sentido, que guardaba en su modestia, en su discreción y natural señorío, el general Car-mona, que fue quien devolvió el Ejército a sus cuarteles y elevó a la Presidencia del Consejo al austero y competente profesor de Coimbra que por cuatro décadas dirigiría la vida de Portugal. Carmona fue para Salazar un jefe de gran lealtad, sin la cual no hubiera podido establecer su peculiar dictadura civil. Pero, repito, que lo que el Ejército buscó entonces fue un paréntesis que permitiera reencauzar la vida civil según unos esquemas constitucionales. La gran personalidad, la poderosa voluntad, la ejemplaridad intachable del médico civil que Mamaron a la cabecera de la nación enferma, y quizá también el espíritu político de aquellas horas de Europa, hicieron que el paréntesis se convirtiera en largo capítulo. Mas, hay que repetirlo, el capítulo se cerró, aun antes de la muerte de Salazar, a la luz de los grandes cambios que trajo sobre el mundo la segunda gran guerra. La experiencia, el árbol que tantos frutos diera, se estaba agotando, y el Ejército, el mismo que abriera el paréntesis el año 26 en una hora grave, lo ha cerrado ahora en un momento crítico.

El hombre que ha asumido la responsabilidad de cerrarlo, el general Spínola, es un héroe de la guerra de África, distinguido como organizador y gobernante en la Guinea portuguesa, que ha construido una hipótesis para la solución del problema cotonía! que si no es, a mi juicio, fácilmente practicable, sí constituye un inteligente punto de partida muy superior a la fórmula de la eterna guerra de desgaste sobre la que Caetano tendía a dormirse. Pero, por otra parte, Española no puede desconocer la situación; no puede ignorar que un golpe militar es algo muy´distinto de un movimiento popular que habrá de ser estimulado y encauzado creando opinión pública, responsable, como base social articulada y necesaria para un régimen civil nuevo. En tal sentido se orientan las previsiones de la Junta de Salvación declaradas en su manifiesto. No puede orientarse de otro modo. Y es importante para todos —y muy particularmente para tos pueblos de Europa— que la empresa prospere, y que el exceso en la prolongación del anterior paréntesis no haya agotado una capacidad que Portugal tuvo siempre en grado eminente: la de producir dirigentes de calidad, espíritus originales, capaces de llevar a la comunidad lusitana hacia una serena autoposesión de sus destinos.

Ramón Serrano Suñer

11 Mayo 1974

Meditación lusitana

Luis María Anson

En uno de los artículos más serios y profundos que se han publicado durante los últimos años en la Prensa española, Ramón Serrano Súñer volcaba toda su larga y excepcional experiencia política en analizar de forma certera la situación portuguesa, que se ha convertido, a mi manera de ver, en una auténtica madeja de luz.

Salazar fue el producto del largo y turbuento período que se produjo tras la calda te [a Monarquía lusitana en 1910. En «La •evolución portuguesa», un libro magistral que bastaría por sí solo para acreditar al historiador de altura. Jesús Pabón acumula e interpreta datos reveladores. La desvaloración del escudo en un tres mil por cien podría servir como botón de muestra.

En muy poco tiempo, Satazar, llamado al Poder, serenó al pafs, resanó la Hacienda, espoleó la conciencia nacional y se ganó el hondo agradecimiento del pueblo portugués. Hacer leña del árbol caído en la euforia del triunfo es tarea para la pasión del momento, no para el análisis riguroso. «No ha conocido Europa —ha escrito Serrano Súñer, antes de criticar con dureza la última política da Salazar— un solo hombre público que haya vivido para su función con mayor concentración en los deberes y mayor desprecio por las ventajas del mando, ni más alejado de vacias pomposidades.»

Conviene no olvidar que cuando Salazar subió al Poder, Portugal estaba gravemente enfermo. El modesto profesor de Coimbra sanó al paciente, al que ya no quiso abandonar nunca. Se le llamó como cirujano de urgencia y él se instaló como médico de cabecera, prorrogando innecesariamente una convalecencia que terminaría por hacerse insoportable. Fue un déspota ilustrado, tenaz y trabajador, frío y distante.

Contemplaba el país como a un mansísimo rebaño y él se atribuyó, desde las soledades de San Bento, el papel del buen pastor que apacienta a sus corderos. Permaneció impermeable a tres grandes transformaciones de la última historia: el triunfo de las democracias en la Guerra Mundial; el golpe de timón de Roma en el Concilio Vaticano; y, sobre todo, el huracán descolonizador que liberó de sus grilletes a la hermosa esclava africana a partir da 1960. El agora política portuguesa era por entonces un mausoleo y las momias no concebían otra paz que la del sepulcro.

En 1961 estallaron los primeros brotes guerrilleros en las cotonías y la política inmovilista de) salazarismo quedó sentenciada. No fueron pacos los lusitanos de relieve que lo comprendieran así y, entre ellos, Marcelo Caetano. Cuando la enfermedad repentina de Salazar te llevó al Poder en 1968, el nuevo jefa de Gobierno intentó la evolución (llamó, por cierto, a Mario Soares, desterrado en Timor, y le recibió en triunfo). Pero abrir la radiante cripta portuguesa para que entrase el aire libre significaba la descomposición da las momias, tas cuales se rebelaron desgarrándose con escándalo sus largos sudarios.

La vieja guardia salazarista, los celadores de la inmovilidad, engrilletaron los tobillos de Caetano, quebrando la última posibilidad de entretejer en el bastidor del sistema a las nuevas generaciones, desconocedoras da la anarquía que provocó el golpe da Estado de 1926 y sin otro horizonte arr 1974 que la pobreza, el largo servicio militar y la guerra estéril de imposible victoria. Sin libertad de Prensa y sin critica política durante íargas décadas, la corrupción se había enroscado en las entrañas del país y había superado los máximos niveles tolerables.

Y así fue cómo (os jóvenes oficiales derribaron en unas horas el edificio levantado en casi cincuenta años. El salazarismo era sólo una cascara sin contenido. Tengo a la vista los resultados oficiales de tas últimas elecciones portuguesas, celebradas eí 28 de octubre de 1973, hace apenas ocho meses.

El 99,9 por 100 de los sufragios fueron a favor de la política de Caetano, con un porcentaje de votantes que se acercó al 70 por 100. ¿Dónde, dónde estaban esas masas del salazarismo el 25 de abril? El régimen no tenía otros defensores reates que unos miles de agentes de la odiada y tenebrosa Pide. En la tarde del 1 da mayo se celebró, tras medio siglo de anticomunismo, una manifestación con participación marxista tan copiosa como seria imposible encontrar hoy en Inglaterra tras un siglo de libertad.

Escribo esta última frase no sin cierta perplejidad. Yo estoy a favor de la libertad y en contra de la dictadura, sea ésta te daf católico Trujillo, la del árabe Nasser o la del comunista Mao Tse-tung. He celebrado moderadamente el fin del despotismo en Portugal, pero me quedé estupefacto al ver, entre los que se sumaron a la causa de la libertad, a Cunthal y sus comunistas. ¿En nombre de quién figura entre los liberadores este atildado caballero que representa un sistema totalitario y de opresión, bastante más cruel que el que acaba de ser derribado en Portugal? ¿No sería más lógico que Alvaro Cunhal y sus comunistas liberasen primero a la Polonia de San Estanislao, a la Rumania de Trajano, a la Hungría de Santa Isabel, a la Checoslovaquia mártir, pétalos de la rosa europea pisoteados con escarnio por los dictadores rojos?

El lector de esta breve meditación lusitana quedaríase frustrado, tal vez, si no hiciera yo alguna alusión a España. Pues bien: ciertas analogías que con ligereza se han establecido estos días entre el caso portugués y e! hispano adolecen de no poca falta de madurez y sosiego. Porque las diferencias resultan notorias.

El Régimen español no fue producto de un golpe de Estado incruento, sino de una larga guerra civil. Dura, dura y resistente es la argamasa de la sangre. Tampoco se aferró el sistema a un inmovilísmp a ultranza. Osciló de la autarquía económica de la España exangüe a la liberalización del desarrollo; independizó a Marruecos, Ifni, Guinea y Fernando Poo sin instalarse en un colonialismo inviable; mandó al desván de la Historia las iniciales intransigencias religiosas y se esfuerza ahora por concordar relaciones distintas con la renovada iglesia; suprimió en 1966 la censura de Prensa, que el régimen salazarista mantuvo de hecho hasta el final; y en lugar de plantear la sucesión de un hombre singular (encumbrado tras circunstancias excepcionales y casi irrepetibles) por otro hombre que forzosamente carecería de su autoridad indiscutida, ha articulado el intento de que sea una Institución la que suceda a quien encarna el Caudillaje. Considerables, y de fondo, son, por consiguiente, las diferencias entre los casos luso e hispano, pero, una vez establecidas, conviene sentarse al borde de la situación por la que atraviesa el país hermano y meditar sobre ella con estudio y sin ira.

Está claro que el inmovilismo por sistema es un error. En la nación lusitana ha terminado por provocar la intervención de los oficiales jóvenes con todos los riesgos que un golpe militar entraña. A la vista de la crisis portuguesa, se robustece la idea de que para España no existe otra política con sentido común que la de evolución moderada y prudente. En otro caso veríamos encanecer al país de forma inevitable, situándolo en la inquietante frontera de la revolución de uno u otro signo.

Frente al extremismo ultra, dispuesto tantas veces a sacrificar a la nación en el altar de sus interesas inmóviles, parece saludable estimular e! cumplimiento del programa trazado el 12 de febrero por el presidente Arias ante las Cortes Españolas, y que fue acogido con sincero aplauso general. Bueno será añadir que también conviene frenar a los que despachan etiquetas de ultras a diestro y siniestro como coartada para eliminar a sus rivales. España atraviesa momentos muy delicados en los que desunir a las fuerzas políticas erosionaría irreparablemente las bases de la convivencia futura. Ha sonado la hora de la gran alianza nacional para organizar la moderación y consolidar la Monarquía como sistema futuro de orden y libertad para todos los españoles.

Pero organizar la moderación, organizar la libertad, no resulta tarea fácil. Lento es el germinar de la convivencia libre. Por eso la voz de los que custodian las esencias nacionales resulta siempre útil y conveníante. La evolución hacia la libertad tiene sus límites y hay que saberlos medir con prudencia y defenderlos con energía, cegando de raíz todas las corrientes subversivas. En los océanos de la libertad se corre siempre el riesgo de navegar a la deriva. El gobernante prudente y eficaz es el que pona las manos sobre el timón, consciente de los peligros de la mar y de las galernas que acechan. Abrir de par en par y de repente las bodegas de la libertad a un pueblo sediento, como se ha hecho en Portugal, es correr un grave riesgo de provocar la gran borrachera. Y entonces el remedio sería peor que la enfermedad. España, en fin, no tiene por qué solucionar sus problemas al estilo portugués, porque distinta es nuestra situación.

En el admirable discurso programático del 12 de febrero, el presidente Arias armonizaba el sano aperturismo político con la prudente cautela en su desarrollo. En España, por fortuna, se puede y se debe hacer la necesaria evolución democratizadora, rectamente entendida, sin precipitación y sin pausa, con prudencia y sin riesgos. Y con el deseo de que (os lusitanos superen beneficiosamente el arriscado período al que han debido lanzarse por el inmovílismo de una política suicida.

Luis María Anson

08 Mayo 1974

Destrucción de la Dictadura

Rafael Calvo Serer

Invitado por el Partido Laborista estuvo en la capital británica, el jueves 2, el líder socialista portugués Mario Soares. Su objetivo era entrevistarse con el primer ministro Harold Wilson y con el secretario de Relaciones Exteriores Jamos Callaghan, cuyo trato frecuenta desde hace años en la Segunda Internacional. Ese mismo día, a petición do Son res. el Gobierno inglés reconoció a la junta militar que ocupa el poder en Portugal tras derribar, el jueves 25 de abril, la dictadura establecida desde hacia cuarenta y ocho años. Del modo más sorprendente, el golpe de estado de los militares no encontró ninguna resistencia por parle del gobierno y despertó un enorme entusiasmo popular pues fue recibido como un acto de liberación.

En la conferencia de prensa que el líder portugués celebró en la sede de lus sindicatos ingleses, Transport House, le fueron formuladas dos preguntas de esperirtl interés para España, país que está particularmente afectado por el nuevo nimbo democrático de la nación vecina. Seanes dijo que las reaciones oficiales se mantendrán normalmente en tanto que el régimen franquista no interfiera en la política portuguesa. Pero el llamado pacto Ibérico ya no tiene sentido porque fue un acuerdo personal de .los dictadores Franco y Salazar para ayudarse mutuamente, privando así a sus pueblos de libertad.

El lider socialista lusitano llevaba ya una semana de intensa actividad. El viernes; 26 habló rn la televisión francesa mostrándose esperanzado ante el golpe-militar; al día siguiente. fue recibido por la multitud al llegar a Lisboa donde mantuvo. una cordial entrevista con el general Antonio de Spinola. la figura más representativa de la nueva situación, poco después, el miércoles primero de mayo, habló a las masas en ocasión de los actos conmemorativos de ese día después de medio siglo de prohibición..

Durante los cuatro años de exilio tle .´´•i.´in- en París tuvo frecuentes oportunidades de discutir los problemas políticos lusitanos y sus posibles repercusiones en España separada por lo que se ha llamado el telón de corcho, es decir, una frontera sin delimitación natural alguna.

Portugal constituía el caso en que se ilnhn la continuidad de un régimen autoritario tras la desaparición del dictador que In eren. Por esto, yo denunciaba el peligro une suponían en España los tecnócratas que. apoyándose en el almirante Luis Carrero Blanco pretendían «caetanizar» España, es decir, mantener la estructura dictatorial con unos pequeños cambios de personas.. De ningún modo cabía esperar lo que ha sucedido: que el cimiento más firme del régimen, el ejército al servicio de una oligarquía, se decidiera a destruir la dictadura concediendo sin transición alguna todas las libertades democráticas. Para que esto se produjera en Alemania, Italia y Japón, cuando estaban en poder de los fascismos, fue necesaria su ocupación por los ejércitos anglosajones vencedores en la Segunda Guerra Mundial.

Por otra parte, los problemas de una sociedad tradicional, todavía en el subdesarrollo económico, hacían más impensable que en España el paso inmediato a la democracia. Esto mismo lo dio a entender, de forma patética, un miembro de ]a oposición portuguesa durante su intervención en el Congreso Europeo de la Democracia Cristiana, reunido en Venecia. Para él todos los problemas y el lenguaje político allí mismo empleado no tenían nada que ver. con la situación de su país, sometido al régimen opresor de Oliveira Salazar.

La nueva situación tiene, pues, una formidable repercusión en el régimen franquista. Pocos días antes del «golpe» militar todavía un antiguo ministro salaza-ris.ta invocó, en favor de la dictadura, el «peligro español» ya que Portugal —de perder los territorios africanos— quedaría indefenso ante el país vecino tres veces mayor en población, extensión y recursos. No es concebible, en efecto, que la Península Ibérica quede dividida en regímenes antagónicos pues servirían recíprocamente de base para los refugiadas políticos. Así, durante la II República Española, el gobierno de Madrid ayudó a los enemigos de Salazarr y este hizo lo contrario resistiendo a los franquistas durante la Guerra Civil..

Ya con ocasión de las bulliciosas y populares manifestaciones del primero de mayo, desfilaron diversas representaciones de la oposición democrática española en diferentes lugares de Portugal. En Guarda, población fronteriza, lo hicieron estudiantes de la Universidad de Salamanca mientras que en Lisboa lo hacían las comisiones obreras —los sindicatos clandestinos—r y los socialistas.

Los periódicos españoles han encontrado un motivo para manifestar su adhesión a la democracia y su repulsa a la dictadura franquista ilestnrando cuando sucede en el país vecino, pues basta cambiar algunas palabras pitra que se entienda que ludo 1» que sucede en Portugal es válido para España En unas horas se ha destruido una dictadura de casi medio siglo sin que nadie saliese en su defensa. La alternativa no ha sido el caos sino la implantación de las libertades democráticas. Han regresado inmediatamente los asilados, se ha amnistiado a los desertores y se ha liberado a los presos políticos.

La prensa ha recobrado la libertad, y la Justicia su independencia. Con respecto a los destituidos detentadores del poder dictatorial, el jefe del Estado —otro almirante, que como todos, acaba mal— y el presidente del gobierno han sido deportados en espera de su posible enjuiciamiento. Los policías que abusaron de los medios de represión han pasado a ocupar los vacíos de las cárceles y serán sometidos a los tribunales ordinarios.

Los militares tratan ahora de formar un gobierno provisional que prepare unas elecciones libres. Para ello se están ya formando los partidos políticos, Quien ha ganado la delantera ha sido el Partido Comunista, por ser el que había mantenido mejor su organización en la clandestinidad.

Si a lo que está sucediendo en Portugal se añade el posible triunfo de Mitterrand en Francia, cabe esperar que en breve plazo se produzcan acontecimientos en España. El régimen franquista puedo incluso acabar de modo grotesco, pues no es concebible que soporte el ridículo de que la democracia esté, paradójicamente, funcionando en Portugal.

La oligarquía franquista de corrompidos, egoístas o ignorantes tendía que cesar de seguir tratando a los españoles como seres Inferiores, incapaces de ejercer la. libertades que el mismo caudillo concedió a sus territorios africanos de Marruecos y de Guinea, antes de aceptar su independencia. Esta situación española es tan absurda que, con el favorable cursó de in experiencia democrática portuguesa, aun en el caso probable de que triunfe Giscard d´Estaing por cesar la protección que el golismo le dispensaba en Francia el final del régimen franquista estaría también´ Irreversiblemente fijado.

27 Abril 1974

El error de Caetano

Luciano Erguido ('Copérnico')

Seguramente a la Companhia Uniao Fabril, “más de una décima parte del capital social de todas las sociedades existentes en Portugal”, según María Belmira Martins en ‘Sociedades e grupos em Portugal”. Lisboa, 1973, el golpe de Estado del general Spínola le debe haber sentado bien. No en vano ha sido la patrocinadora del libro ‘Portugal e o futuro’ a través de la casa editorial Arcadia, que forma parte de ese centener largo de empresas portuguesas que constituyen su imperio. Este hecho traduce una voluntad de reestructuración económica del país, una cierta imaginación cansada de la fórmula salazarista de aquí nunca pasa nada, mantneida por la fuerza contra la evidencia. Lo que viene a demostrar que los bancos a veces saben más que los Gobiernos. La CUF debe haber llegado a la conclusión de que la libertad es rentable. Un 20 por 100 de subida de la vida en 1973 es demasiado para un pueblo que carece de los derechos humanos fundamentales. Entre la guerra colonial y la emigración clandestina, la CUF, se estaba quedando sin país. Portugal desaparecía por consunción. El libro del general Spínola es el final de un proceso, la conclusión de un razonamiento en ningún caso, la premisa de una revolución. Quien ha echado la gente a la calle, con el signo de la victoria entre los dedos, no han sido esas 244 páginas, utópicas y providencialistas. El error de Caetano no fue desoir los signos premonitorios y separar el poder al general Costa Gomes, sino desconocer la realidad económica del país. Ha sido una equivocación fatal creer que otra tradiciones en las que había sido educado podrían prolongarse en el desdén económico. Esto ha permitido que el libro de Spínola suene bien tanto a los banqueros como al pueblo. Por primera vez la historia, parodiando, la célebre frase de la General Motors, ha venido a confirmar que lo que es bueno para la CUF es bueno para Portugal.

Copernico

30 Mayo 1974

Experiencia y lección

YA (Director: Aquilino Morcillo)

Hay en los acontecimientos de Portugal dos factores específicos: el problema colonial, como determinante de la intervención militar, y el Ejército, como única fuerza capaz de acabar con el régimen que él mismo estableció hace cuarenta y ocho años; de ambos factores nos hemos ocupado ya. Pero en el problema al que se ha aplicado el tratamiento tajante de cortar el nudo que no se supo desatar a tiempo han intervención otros factores que nos parece importante considerar.

Todo indica que se va a partir de cero, sin más punto de referencia que el que proporcionen las fuerzas armadas. Todo depende entonces – como hemos dicho – de que los gobernados colaboren leal y disciplinadamente ; y la pregunta es ¿colaborarán? ¿Querrán aceptar las indispensables reglas del juego? Sería pueril negar el peligro del desbordamiento. ¿Tendrá que contenerlo el Ejército? ¿Y a qué debería recurrir para contenerlo?

Es la incógnita del futuro; pero esa incógnita no existirá si Salazar, primero, y Caetano, después hubiesen reaccionado a tiempo; si el segundo, sobre todo, hubiera llevado a cabo la ‘renovación en la continuidad’ que anunció cuando ocupó el poder.

No se atrevió o no pudo. ¿A causa del problema apremiante de la guerra de Ultramar? No nos parece suficiente razón. Se ha apuntado también el terrorismo, y si por causa de él se detuvo el proceso de apertura, no cabe duda de que fue hacerle el juego; pero tampoco nos parece que esté ahí la explicación decisiva, sino donde nuestra prensa la ha visto con significativa unanimidad: en el influjo de los ultras, de los intransigentes, integristas e inmovilistas, que frenaron los buenos propósitos de Caetano y produjeron el estado de cosas que más pronto o más tarde tenía que explotar.

Salazar había sido indiscutiblemente una gran figura pero no son las grandes figuras las que garantizan el futuro una vez que han desaparecido, sino las instituciones los sistemas y la apertura a las exigencias de los tiempos, y a todo esto se cerraron Salazar y su sucesor, Caetano. No estructuraron su país con vista al provenir ni crearon las instituciones que hacían falta, ni supieron abrirse a las nuevas corrientes y de ahí el peligro con que ahora se enfrenta Portugal: que, por razón de la ley del péndulo, las cosas vayan al otro extremo si el poder militar no lo impide. Pues, llegada la hora crítica, se ha comprobado que las mayorías silenciosas, peros despolitizadas no son suficientes; cuando hacen más falta no se las encuentra y están a merced de los grupos que, preparados en la clandestinidad, tienen todas las ventajas en el momento en que, por la imprevisión anterior, hace falta improvisarlo todo.

No faltaron allí (el fenómeno es característico de todos los epíganos, y por eso hay que atajarlo inmediatamente) las voces apocalípticas anunciando males sin cuento, catástrofes indescriptibles si se daba oído a otras voces, si se verificaba el menor intento de renovación. Los ultras no son fruto exclusivo de ningún país ni de ningún régimen y se los encuentra siempre que se afloja la tensión de las situaciones excepciones en beneficio de la propia de sociedades estables; cuando se busca la unidad que nace de la espontánea coincidencia en lo fundamental y no de la forzada uniformidad y se pretende sustituir la retórica con realidades; en suma y por emplear una frase feliz de nuestros gobernantes, si se quiere completar la estática y por sí sola estéril lealtad al pasado, poniéndola al servicio de la vida y fecunda lealtad al futuro. En 1974, ¿quién podía acordarse en Portugal de la situación que había producido el golpe de Estado de 1926? Pero todos podían ver que no se les ofrecían opciones válidas para el porvenir.

Lo que ha terminado con el salazarismo no ha sido la oposición; ni en rigor ha sido el Ejército, que más bien ha actuado como agente cristalizador, de lo que desde hacía tiempo estaba latente; los que han matado al salazarismo han sido los que se presentaban como sus más fieles defensores. Porque la fidelidad cuando se atiende a la letra y no al espíritu y es puro alarido y no razón y se ciega ante la realidad, acaba siendo la peor de las traiciones. Una vez más la historia ha dado, esta vez en el país hermano, su permanente lección.

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