13 junio 2016

No hubo un triunfo claro, aunque se mantiene la figura de Pablo Iglesias como el mejor comunicador de todos ellos

Se celebra por primera vez un debate electoral «a cuatro» al que asisten todos los principales líderes: Rajoy, Iglesias, Sánchez y Rivera

Hechos

  • El 13.06.2016 se celebró el debate entre los cabezas de lista por Madrid de las candidaturas: Partido Popular (D. Mariano Rajoy), Partido Socialista Obrero Español (D. Pedro Sánchez), Unidos Podemos (D. Pablo Iglesias) y Ciudadanos (D. Albert Rivera). Que fue emitido de manera simultánea por RTVE, Atresmedia y Mediaset y moderado por Dña. Ana Blanco, D. Pedro Piqueras y D. Vicente Villés.

14 Junio 2016

Candidatos en prácticas

Bieito Rubido

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La mayor debilidad que anoche evidenciaron los tres jóvenes candidatos en prácticas a gobernar España es su mala relación con la realidad. No voy a cometer el error de decir quién ganó o quién perdió el debate, aunque parece claro que a Mariano Rajoy se le dan mejor las confrontaciones a cuatro que el cara a cara. En lo que sí quiero poner el acento es en que, cuando lo que está en juego es nuestro porvenir, conviene que quien nos dirija llegue aprendido. Efectivamente, ayer Sánchez, Rivera e Iglesias parecían tres alumnos en prácticas, amarrados a viejos lugares comunes y datos en la mayoría de los casos falseados, incapaces de aportar argumentos sólidos ni ideas concretas y viables. Decían lo que sabían, pero no sabían lo que decían. Tras la confrontación de este lunes, la pregunta es: ¿Dejaría que un aprendiz llevase nuestra vida, nuestra empresa o el proyecto en el que estamos envueltos? No lo creo. Y todavía menos, cuando se trata de dejar en sus manos un país entero, con pensionistas, estudiantes, parados, dependientes y enfermos. La vida no es tan fácil.

14 Junio 2016

Y Mariano se fue vivo

Ruben Amón

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A Mariano Rajoy le sobraron las dos últimas horas del debate, que fueron las dos primeras. Sólo necesitó los 15 segundos inaugurales de su turno para esgrimir que la investidura había de corresponder al partido más votado. Que será curiosamente el PP, aunque el debate a cuatro, anorgásmico hasta que sobrevino el guirigay de la corrupción, no permitió reconocer ningún aliado dispuesto a sostenerlo.

Se diría incluso que se avecinan otras elecciones después de el 26-J, sobre todo porque Pedro Sánchez, resignado al papel de árbitro en la encuesta del CIS, anduvo igual de beligerante con Rajoy que con Iglesias. Y rechazó el pacto que le ofreció el líder de Podemos en la epifanía de la nueva izquierda y en la evacuación del marianismo.

Necesitaba Sánchez afirmarse, distanciarse de la polarización del debate. El problema es que las discrepancias hacia Iglesias, expuestas con galantería, le quitaron presión a Rajoy, sosegado en su experiencia, en sus obviedades —»gobernar no es fácil»— y en su paternalismo. Y satisfecho de que Rivera escogiera como rival al líder de Podemos. El todos contra Rajoy, más elocuente cuando apareció la sombra alargada de Bárcenas, derivó muchas veces en el todos contra Iglesias, hasta el extremo de que Rivera asumió el papel más inquisitorial. Acusando al colega Pablo de «engañar a los españoles», vapuleándolo con Venezuela y llevándose de represalia, a cambio, la degradación peyorativa de «escudero de Rajoy» con que Iglesias pretendió retratarlo.

Fue un pasaje de relativa intensidad en un debate demasiado contenido y prudente. Salieron a empatar. Tanto se preocuparon de las maneras y de la cortesía que desenfocaron las obligaciones políticas. Abusaron de los números y de las estadísticas. Y parecieron mimetizarse con la escenografía del disco rayado, emplazados como estaban en un plató de vinilo que giraba y giraba en un debate hipnótico.

Rajoy, por ejemplo, estaba y no estaba. Apuraba sus turnos sin exponerse a la refriega. Su mayor descaro lo opuso a las preguntas de Vicente Vallés, cuyo papel de moderador no contradijo que recordara al presidente la amnesia del programa electoral, la carta secreta que remitió a Juncker, el trajín oportunista de los impuestos.

No estuvo el debate a la altura de la expectación. Ni pareció arrojar grandes novedades al desasosiego de los indecisos. Una mala noticia para Sánchez, a quien urgía un revulsivo, aunque el aspecto más inquietante del ceremonial catódico concierne a los números de la investidura. No salen. Ciudadanos pide la cabeza de Rajoy a cambio de cualquier apoyo. PSOE y Podemos han roto todos los puentes. Y el señor Mariano va camino de anotarse la tercera victoria consecutiva. Sus colegas lo indultaron.

14 Junio 2016

Ganó Pablo Iglesias y Rajoy fue el Presidente

Ivan Redondo

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Decía Stefan Zweig, con gran acierto, en relación al origen del ajedrez, que si lo analizamos con precisión como arte, se trata de un juego que, a pesar de que se pierde en la noche de los tiempos, resulta siempre nuevo; su marcha nos parece mecánica como la de la política y, sin embargo, su resultado final se debe siempre a la imaginación de los jugadores. No podríamos definir de mejor manera lo que vimos en el primer «Debate a cuatro» entre presidenciables de la historia de nuestra democracia. Faltó precisamente eso: creatividad.

El tono fue muy versallesco. Muy de guante blanco y de ritmo lento. Pablo Iglesias mostró su carisma iconográfico. Las expectativas estaban muy altas en torno a su figura y fue el ganador claro pero a los puntos. Sin conseguir el ‘efecto Rocky Balboa’ de aquel primer debate a cuatro que protagonizó junto a Soraya Saenz de Santamaría.

El secretario general de Podemos se comportó como lo que el historiador Georg Eickhoff denominó con precisión como un «signo a la vista». Es un león como político que todavía no sabe representar el ‘papel de presidente a la espera’ que necesita para el sorpasso al PP, pero se consolidó visualmente frente a ellos como el líder de la oposición. Su figura fue creciendo a lo largo del debate. El plató del debate a cuatro fue su balcón, su plaza pública hacia el sorpasso en votos y en escaños que Sanchez no supo frenar. No soy yo el rival, Pedro. Es Rajoy. No soy yo. Con ese tono ‘familiar’ tan estudiado.

Y mostró con ello no sólo su dominio del medio, sino su maestría en el Gobierno del lenguaje, las metáforas, la personalización para acercar el mensaje, las cifras y los ejemplos. Es indiscutible su victoria en el formato por su cantidad de registros. Llamó incluso a Albert Rivera como ‘escudero’ del presidente. Sólo el líder de Ciudadanos estuvo a su altura en la técnica del debate, pero desdibujado como consecuencia del eje izquierda-derecha que domina la campaña. El reparto de roles en el debate que se visualizaban perfectamente en el escenario fue fiel a ese marco: dos partidos alfa a los extremos (PP frente a Unidos Podemos) y dos árbitros políticos en el centro (PSOE y Ciudadanos).

Nos gustó el presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy. Le costó superar el previsible 3 a 1 al que se enfrentaba, pero cuando lo consiguió, demostró fases de gran destreza política. El atril le ayudó para hacerle pensar que estaba en la tribuna del Congreso que domina. Le sirvió para ganar en seguridad.

Fue un Rajoy muy superior al del cara a cara de diciembre. Combativo, refutó y ganó en audiencia durante el debate. Estuvo en su papel y se posicionó como un presidente frente a tres aspirantes: no se accede al Gobierno para hacer prácticas llegó a decirles. Incluso tuvo toques en los que recuperaba ese sentido del humor socarrón. No venció en el debate, pero si superó su debate. Ganó en contenido. Triangulo y su mensaje estrella se escuchó entre bloques: 2 millones de puestos de trabajo.

Pedro Sánchez estuvo muy robótico. Era el que más se jugaba, pero no cumplió su objetivo: movilizar a los votantes socialistas que hoy están en la abstención y no votaron el 20D (un 27.5%). Muy tímido en sus ataques a Iglesias siempre con Rajoy de por medio. Nunca fueron directos. Tenía el minuto de oro para ganar, al menos, el partido entre las formaciones de izquierdas. Le faltó emoción. Sorpresa. Y no activó el Código rojo.

El debate no moverá a los indecisos para que vayan a votar. Faltó tensión e inteligencia estratégica. No hubo magia electoral. Iglesias salió a ganar por la mínima. Contención como la mejor herramienta política. Desactivando el voto del miedo. Seguimos en las mismas cifras del CIS preelectoral. Mismas posiciones. Nada cambia en la campaña. De momento, a la espera de sorpresas.

15 Junio 2016

Si no hay pactos no habrá gobierno ni estabilidad

LA RAZÓN (Director: Francisco Marhuenda)

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El debate electoral del pasado lunes empezó con una pregunta a la que los candidatos debían responder con un simple sí o un no: ¿se comprometen a que no se vuelvan a repetir las elecciones? Como no podía ser de otra manera, la respuesta fue que facilitarían la formación de un futuro gobierno. Sin embargo, en la noche del debate no se concretó bajo qué fórmula y qué pactos estarían dispuestos a suscribir los respectivos partidos. Sobra decir que la formación con más votos y escaños, que según todas las encuestas sería el PP, tiene que hacer valer su primera posición y, por lo tanto, formar Gobierno, si realmente tiene posibilidades reales. ¿Se respetará que gobierne el partido más votado? Ésa es la primera incógnita. Si nos guiamos por el último sondeo del CIS, ninguno de los cuatro grandes partidos suman votos suficientes para llegar a La Moncloa, pero todos son necesarios para alcanzar cualquier pacto. El debate evidenció que no va a ser fácil llegar a un acuerdo que facilite un gobierno estable. Estamos en la misma situación que el pasado 3 de mayo, cuando el Rey firmó el decreto de disolución de las Cortes, con la diferencia de que ahora los bloques están más claramente delimitados entre las opciones de izquierda y centro derecha. Según un sondeo de NC Report que publicamos hoy, los encuestados creen que el pacto que tiene más posibilidades de salir adelante es el de PP-Ciudadanos (23,2%), seguido por un escaso margen del de PSOE-Unidos Podemos (23%). Las opciones que se habían barajado en la pasada y frustrada legislatura han sido apartadas, como el acuerdo de gobierno entre socialistas y Ciudadanos, con el que Pedro Sánchez mantuvo falsamente en vivo sus aspiraciones presidenciales, y la llamada gran coalición de tres partidos que propuso el PP y a la que los socialistas y Albert Rivera se negaron. Por lo tanto, el mapa queda repartido entre dos bloques, con una clara radicalización del de izquierdas y, sobre todo, con el predominio dentro de esta alianza de la facción de Podemos. El escenario es confuso y su desenlace anuncia turbulencias en las constantes económicas del país. No hay que descartar la tentación de Sánchez de formar parte –¿como vicepresidente?– de un Gobierno presidido por Iglesias, a pesar de que el objetivo de éste no es otro que liquidar al viejo PSOE y quedarse con su electorado, por lo menos con el más joven. La apreciación de los encuestados abona la posibilidad real de que Iglesias se convierta en una alternativa real. Mariano Rajoy aparece como claro ganador del debate, porque fue el más convincente y el que mejor dominó los temas tratados, pero siempre seguido de Iglesias, incluso en la apreciación de «presidenciable», por encima en todos los casos del líder socialista. Es decir, en el pacto entre PSOE y Podemos primarían los intereses de este último partido, después de haberse convertido en el primero de la izquierda. Siguiendo las previsiones de los especialistas, que consideran que los debates televisivos pueden ser decisivos ante las urnas, un 13,7% confiesa cambiar el sentido de su voto y un 37% haber decidido a qué partido apoyará. Si se cumple el compromiso de los candidatos de que tras las elecciones debe salir un gobierno y, en ningún caso, se repetirían las elecciones, está claro que se deberán alcanzar pactos que rompan el bloque entre izquierda y derecha. Es decir, será necesario que se deje gobernar a través de la abstención. Tras las elecciones del 26-J debe exigirse a los partidos que actúen con la máxima responsabilidad. Nos jugamos demasiado.

Leer más:  Si no hay pactos no habrá gobierno ni estabilidad  http://www.larazon.es/opinion/editorial/si-no-hay-pactos-no-habra-gobierno-ni-estabilidad-DK12907477?sky=Sky-Julio-2016#Ttt1UbXcAv9MiFjX
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El debate electoral del pasado lunes empezó con una pregunta a la que los candidatos debían responder con un simple sí o un no: ¿se comprometen a que no se vuelvan a repetir las elecciones? Como no podía ser de otra manera, la respuesta fue que facilitarían la formación de un futuro gobierno. Sin embargo, en la noche del debate no se concretó bajo qué fórmula y qué pactos estarían dispuestos a suscribir los respectivos partidos. Sobra decir que la formación con más votos y escaños, que según todas las encuestas sería el PP, tiene que hacer valer su primera posición y, por lo tanto, formar Gobierno, si realmente tiene posibilidades reales. ¿Se respetará que gobierne el partido más votado? Ésa es la primera incógnita. Si nos guiamos por el último sondeo del CIS, ninguno de los cuatro grandes partidos suman votos suficientes para llegar a La Moncloa, pero todos son necesarios para alcanzar cualquier pacto. El debate evidenció que no va a ser fácil llegar a un acuerdo que facilite un gobierno estable. Estamos en la misma situación que el pasado 3 de mayo, cuando el Rey firmó el decreto de disolución de las Cortes, con la diferencia de que ahora los bloques están más claramente delimitados entre las opciones de izquierda y centro derecha. Según un sondeo de NC Report que publicamos hoy, los encuestados creen que el pacto que tiene más posibilidades de salir adelante es el de PP-Ciudadanos (23,2%), seguido por un escaso margen del de PSOE-Unidos Podemos (23%). Las opciones que se habían barajado en la pasada y frustrada legislatura han sido apartadas, como el acuerdo de gobierno entre socialistas y Ciudadanos, con el que Pedro Sánchez mantuvo falsamente en vivo sus aspiraciones presidenciales, y la llamada gran coalición de tres partidos que propuso el PP y a la que los socialistas y Albert Rivera se negaron. Por lo tanto, el mapa queda repartido entre dos bloques, con una clara radicalización del de izquierdas y, sobre todo, con el predominio dentro de esta alianza de la facción de Podemos. El escenario es confuso y su desenlace anuncia turbulencias en las constantes económicas del país. No hay que descartar la tentación de Sánchez de formar parte –¿como vicepresidente?– de un Gobierno presidido por Iglesias, a pesar de que el objetivo de éste no es otro que liquidar al viejo PSOE y quedarse con su electorado, por lo menos con el más joven. La apreciación de los encuestados abona la posibilidad real de que Iglesias se convierta en una alternativa real. Mariano Rajoy aparece como claro ganador del debate, porque fue el más convincente y el que mejor dominó los temas tratados, pero siempre seguido de Iglesias, incluso en la apreciación de «presidenciable», por encima en todos los casos del líder socialista. Es decir, en el pacto entre PSOE y Podemos primarían los intereses de este último partido, después de haberse convertido en el primero de la izquierda. Siguiendo las previsiones de los especialistas, que consideran que los debates televisivos pueden ser decisivos ante las urnas, un 13,7% confiesa cambiar el sentido de su voto y un 37% haber decidido a qué partido apoyará. Si se cumple el compromiso de los candidatos de que tras las elecciones debe salir un gobierno y, en ningún caso, se repetirían las elecciones, está claro que se deberán alcanzar pactos que rompan el bloque entre izquierda y derecha. Es decir, será necesario que se deje gobernar a través de la abstención. Tras las elecciones del 26-J debe exigirse a los partidos que actúen con la máxima responsabilidad. Nos jugamos demasiado.

15 Junio 2016

Lo que no se debatió

Federico Jiménez Losantos

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Desconozco si el debate de la Academia de las Artes y las Ciencias de la Comunicación, cuyo nivel técnico se acerca al de la Sima de los Huesos de Atapuerca pero queda, ay, muy lejos del bisonte de Altamira, cambiará mucho la intención de voto de los llamados indecisos, que así llaman las encuestas a los reservones o pasotas. Lo que sí sé es que los titiriodistas y los titiricandidatos no debatieron acerca de los dos mayores problemas que tiene España; tan graves que no se atreven ni a mentarlos.

En el interior, el problema esencial es el de la crisis nacional y la quiebra del Estado de Derecho que debe garantizar la libertad y la igualdad de los españoles ante la Ley pero que, en buena parte de España, ya no garantiza absolutamente nada. En el exterior, el gran problema de los países occidentales es el del terrorismo islámico, al que por no llamar terrorismo y, sobre todo, para no llamarle islámico, la Academia de Atapuerca y los Candidatos de Guisando asumieron la falsificación de Obama, que, presa de pánico electoral, atribuye a las armas la ideología que niega a los que las disparan. Los candidatos salvo Rajoy y los dizque periodistas, salvo tal vez Vallés, han aprendido a decir LGTB a cambio de olvidarse de decir Islam.

La dictadura de lo políticamente correcto, implacable en su censura y feroz en sus silencios, ha extendido la elusiva doctrina obamita a la ETA, que pese a mandar en el País Vasco y Navarra y a que su líder, el terrorista Otegui, ha sido recibido a hombros en el golpista Parlamento de Cataluña, ha sido borrada de la realidad político-mediática, como si ese siniestro pasado no actuara sobre el turbio presente o como si el desmemoriado presente no amenazara el futuro. Por supuesto, si los abogados de los etarras que asesinaban a policías embarazadas hubieran conocido esta moderna ideología de la exculpación, hubieran atribuido los delitos de sus clientes a «enajenación patriótica transitoria con atenuante de herencia heteropatriarcal insuperable». Un juez carmenita los hubiera condenado a recoger colillas un fin de semana y, hale, a la calle, a hacer patria.

Salvo el iletrado Iglesias, que luce todavía más tupé, y a veces el siniestradoSnchz, los candidatos contestaban, mal que bien, a las preguntas. Pero sobre lo realmente importante nadie preguntó y nadie contestó.